21.09.19

El dinero es útil, pero no es Dios

“No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Lc 16,13). Se trata, en definitiva, de una consecuencia del primer mandamiento de la ley de Dios: “Adorarás al Señor tu Dios y le servirás […] no vayáis en pos de otros dioses” (Dt 6,13-14). Nuestra confianza, nuestras esperanzas y nuestros afectos han de estar centrados, por encima de todas las cosas, en Dios.

El servicio de Dios proporciona libertad. Reconocer a Dios como Dios, como Señor y como Dueño de todo lo que existe, “libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (Catecismo 2097).

Las riquezas se convierten en una dificultad cuando el servicio a Dios es suplantado por la servidumbre del dinero, que es un amo implacable. La seducción de las riquezas ahoga la palabra del Evangelio, impide que fructifique en nuestras vidas (cf Mt 13,22) y hace olvidar lo esencial: la soberanía de Dios.

En la adoración del Dios Único se unifica la vida humana, evitando así una dispersión infinita (cf Catecismo 2113). Las riquezas en sí mismas no son malas, pero no deben constituir un obstáculo a la hora de confesar la bondad de Dios, que es nuestra verdadera riqueza. Frente a lo principal, que es Dios, las demás realidades – también el dinero – ocupan un lugar secundario y relativo. Cuando esta relativización de la riqueza es olvidada, se corre el peligro de fiarse en exceso de los bienes terrenos olvidando que solamente Dios es nuestra fortaleza.

El respeto de Dios va unido al respeto del prójimo. El profeta Amós condena, con duras palabras, la corrupción y el abuso de los más indefensos: “Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias (…) Jura el Señor por la Gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones” (cf Am 8,4-7).

Los bienes de este mundo han de estar ordenados a Dios y a la caridad fraterna. No es ilegítimo poseer riquezas, pero sí lo es convertirlas en un fin último. El dinero es sólo un instrumento del que nos servimos los hombres para poder vivir con mayor dignidad, para atender a nuestras necesidades y a las necesidades de quienes están a nuestro cargo. El cristiano ha de ser señor de su dinero, no su siervo.

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18.09.19

Novena a San Judas Tadeo

La Liturgia de las Horas nos proporciona una breve noticia sobre San Simón y San Judas, apóstoles, cuya fiesta se celebra el 28 de octubre: “El nombre de Simón figura en undécimo lugar en la lista de los apóstoles. Lo único que sabemos de él es que nació en Caná y que se le daba el apodo de ´Zelotes`. Judas, por sobrenombre Tadeo, es aquel apóstol que en la última cena preguntó al Señor por qué se manifestaba a sus discípulos y no al mundo (Jn 14,22). La liturgia romana, a diferencia de la de los orientales, conmemora el mismo día, juntamente, a estos dos apóstoles”.

El apóstol san Judas, llamado “Tadeo” o también “Judas de Santiago” - para distinguirlo de Judas Iscariote, el que entregó a Jesús - , goza de gran devoción popular. Son muchos los fieles que lo invocan en situaciones de especial dificultad.

En realidad, “para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37) y Jesús nos invita a presentar ante el Padre nuestras peticiones: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Cuando rezamos debemos someter, con confianza y humildad, nuestra súplica a la voluntad de Dios, sabiendo que de Él solo recibiremos cosas buenas. El Espíritu Santo acude en ayuda de nuestra debilidad, pues, como recuerda San Pablo, “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rom 8,26).

La finalidad de esta Novena es ayudar a rezar, recurriendo a la intercesión del apóstol san Judas Tadeo. La Iglesia estima enormemente la piedad popular. El papa Francisco dice que esta forma de piedad “no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum” (Evangelii Gaudium, 124).

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14.09.19

Señor, ¡ten piedad!

Homilía para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

En la Sagrada Escritura, la misericordia es a la vez ternura y fidelidad. La ternura refleja el apego instintivo de un ser a otro; por ejemplo, el de una madre o de un padre hacia su hijo. La fidelidad alude a una bondad consciente y voluntaria, no meramente instintiva, que equivale, en cierto modo, al cumplimento de un deber interior.

En Dios vemos reflejadas de modo eminente ambas acepciones de la misericordia. Dios se siente vinculado por lazos muy firmes a cada uno de nosotros. Nuestra suerte, nuestro destino, no le resulta indiferente. Esta ternura se traduce en compasión y en perdón. Dios es capaz incluso de “arrepentirse” de su cólera, que es una muestra de su afección apasionada por el hombre.

Dios cede a la súplica de Moisés y “se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (cf Ex 32,7-14). San Pablo experimenta en primera persona esta compasión divina: “Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano” (cf 1 Tm 1,12-17).

Pero la misericordia de Dios es, igualmente, fidelidad. Dios se manifiesta tal como es; obra en coherencia con su ser más íntimo, que no es otro que el amor. Podríamos decir que Dios no puede no amar. Y ese amor fiel se traduce en paciencia y en espera, en una permanente disposición que busca la conversión de los pecadores.

La oveja o la dracma perdida, así como el hijo pródigo que regresa a la casa del Padre, son imágenes del pecador que vuelve a Dios y que, con ese retorno, es capaz de conmover su corazón.

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7.09.19

Aquel que no renuncia… no puede ser discípulo mío

Homilía para el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C).

Creer en Jesús es seguirle con valentía y perseverancia por el camino de la cruz – que es, a la vez, el camino de la resurrección-. La fe es algo más que acompañar circunstancialmente a Jesús o que sentir admiración por Él. La fe exige la identificación del discípulo con el Maestro y comporta el dinamismo de caminar tras sus huellas. No se puede creer en Jesús sin vivir como Él, sin seguirle. Y este proceso de seguimiento supone estar dispuestos a un cambio continuo, a una verdadera conversión.

Jesús pide una entrega radical, una entrega que solamente puede pedir Dios. Explicando las condiciones que se requieren para seguirle, el Señor, indirectamente, revela su identidad divina. Él es más que un profeta. Siguiéndole a Él se hace concreta la observancia del primer mandamiento de la ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Seguir a Jesús es responder, con la propia vida, al amor de Dios.

Esta primacía de Dios, esta renuncia a divinizar lo que no es divino, que Jesús pone como condición para ser discípulo suyo, la recoge San Benito al indicar la finalidad de su regla: “No anteponer absolutamente nada al amor de Cristo”. Ni los lazos familiares, ni los bienes, ni el amor a uno mismo pueden tener la precedencia. El primer lugar le corresponde a Dios, que ha salido a nuestro encuentro en la Persona de Cristo.

El Señor, caminando delante de nosotros, nos indica cómo hacer real este programa exigente. Pide renuncia aquel que se anonadó a sí mismo; pide pobreza el que por nosotros se hizo pobre; pide llevar tras Él la cruz aquel que se hizo obediente hasta la muerte. Conformando nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones con los del Señor responderemos a la primera vocación del cristiano, que no es otra que seguir a Jesús (cf “Catecismo” 2232).

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31.08.19

Invitado por la Asociación Española de Profesores de Liturgia: Fe y ritualidad

He tenido el honor de participar como invitado en las “XLIV Jornadas de la Asociación Española de Profesores de Liturgia”, dedicadas a “El lenguaje no verbal en la liturgia” y celebradas en Guadarrama (Madrid) del 27 al 29 de agosto.

Me habían pedido, como profesor especializado en Teología Fundamental, una ponencia con el título “Fe y ritualidad”. El Catecismo de la Iglesia Católica – un texto que nunca estudiaremos suficientemente – dice sobre los sacramentos: “No solo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman sacramentos de la fe” (1123).

Si estas breves líneas fuesen interiorizadas por docentes y pastores, además de por los demás fieles católicos, muchas cosas mejorarían. Mejoraría la lógica de la fe, su coherencia, su consistencia.

Siempre he estado interesado en la teología de la fe. Le he dedicado varios artículos y estudios, además de mi tesis doctoral. Cito algunos: “La dimensión eclesiológica, comunitaria y celebrativa de la fe”, Scripta Fulgentina 22 (2012) 61-82. “Carácter testimonial de la fe cristiana”, Revista Española de Teología 73 (2013) 429-444. “La estructura sacramental de la fe. La fe, los sentidos y la imaginación”, Revista Española de Teología 78 (2018) 333-356. “Lo visible y lo eterno. La estructura sacramental de la fe en teología fundamental”, Compostellanum 64 (2019) 397-421.

La reflexión sobre la fe y la ritualidad se enmarca en esa dirección. Una misma gramática vincula la revelación, la fe y la ritualidad (y los elementos esenciales de la comunicación humana). Una gramática que tiene como bases el simbolismo y la sacramentalidad. Los sentidos y la fe se unen para descubrir el elemento fascinante de la experiencia de la realidad y de lo divino. La imaginación ayuda a explorar lo posible, a ver de otro modo el mundo para obrar en él hacia el bien.

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