8.09.09

La Natividad de la Santísima Virgen María

Hoy, 8 de septiembre, celebramos “con alegría el Nacimiento de María, la Virgen: de ella nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios”. La antífona de entrada de la Misa de esta fiesta nos sitúa en la perspectiva adecuada: De la Virgen nació Cristo, Ella es su Madre y, por eso, celebramos con gozo su natividad.

Parece que el origen de esta fiesta nos remonta a Oriente, más o menos al siglo V. En esa época se dedicó en Jerusalén una basílica, la basílica de Santa Ana, en el lugar en el que se supone que nació la Virgen.

En la oración colecta de la Misa se pide a Dios que consigamos “aumento de paz” en la fiesta del nacimiento de María, pues de su maternidad “hemos recibido las primicias de la salvación”.

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7.09.09

En este desierto de Dios

La expresión que encabeza este post no es mía. La ha empleado esta mañana Benedicto XVI en un discurso dirigido a un grupo de obispos de Brasil: “En este desierto de Dios, la nueva generación siente una gran sed de trascendencia”.

Sin Dios, sin pensar en Él, sin abrir a Él los límites de nuestra existencia, la vida humana se encuadra en un marco despoblado, pedregoso, de escasa vegetación. Nuestra cultura poscristiana ha ido, más o menos, resistiendo la desertización. Ha hecho un poco lo que hacen, a veces, los herederos irresponsables de inmensas fortunas. Durante un tiempo se permiten dilapidar lo que han recibido, basándose en una especie de pretensión quimérica que les convence de que la bolsa del tesoro no tiene fondo. Pero sí lo tiene. Y todo, al final, si no se repone, se agota.

La gran aportación de la cultura cristiana ha sido la idea de “persona”. Un concepto – no digo una palabra - que, como tal, no existía antes de ese fecundo encuentro entre el saber griego y el saber derivado del Evangelio. “Sustancia individual de naturaleza racional”, decía Boecio. La persona humana es un individuo irrepetible de la especie; un “alguien” y no un “algo”; un ser único, singular, y no un mero eslabón de una cadena de congéneres. El mensaje cristiano ha visto el fundamento de la dignidad del hombre en el hecho de haber sido creado “a imagen y semejanza de Dios”; llamado, pues, desde el origen, a ser interlocutor de Dios.

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6.09.09

X Jornadas de Teología

Mañana comienzan las X Jornadas de Teología, organizadas por el ITC, de Santiago de Compostela.

X Jornadas de Teología

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Peregrinos y testigos en el Camino

Nunca como en nuestros tiempos ha existido una literatura tan abundante sobre la peregrinación y el peregrinar a Santiago de Compostela. Después de siglos el camino continúa siendo foco de atención y de interés para muchos, no sólo católicos, sino para gentes de toda condición religiosa, social o política. San Agustín lo había formulado con unas palabras parecidas a éstas: “la raíz de la peregrinación está en el corazón inquieto del hombre. En él vive un ansia que le hace salir de la vida cotidiana y del entorno inmediato, para buscar lo otro, lo extraño, lo diferente a sí mismo…En el fondo de su corazón busca de forma constante al Otro por excelencia, que es Dios". Por ello, todos los hombres son peregrinos y, de hecho, se puede encontrar una práctica de peregrinación en todas las grandes religiones.

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Noble sencillez

La Constitución sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II dice, a propósito de la estructura de los ritos, que “deben resplandecer con noble sencillez; deben ser breves, claros, evitando las repeticiones inútiles, adaptados a la capacidad de los fieles y, en general, no deben tener necesidad de muchas explicaciones” (SC 34).

Me parece un principio muy sabio, válido para muchas otras esferas de la vida y no sólo para la Liturgia. Lo “noble” es lo excelente, lo honroso, lo estimable. Un metal noble es aquel que no se oxida ni altera con facilidad; aquel que, de algún modo, perdura. Y lo “sencillo” es lo carente de artificio, de ostentación, de adornos innecesarios. Es una buena combinación la que aúna nobleza y sencillez, excelencia y simplicidad; en definitiva, algo así como lo que podemos llamar “buen gusto”.

En la disposición de un templo, en la selección del ajuar litúrgico, en la elección de los ornamentos; en suma, en tantas cosas, debemos buscar esa noble sencillez. También en el modo de vestir o de presentarnos. Una faceta en la que todos, pero especialmente los clérigos, podemos pecar por exceso o por defecto.

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5.09.09

Fides ex auditu

XXIII Domingo TO (B)

Los seres humanos nos orientamos en el mundo gracias a los sentidos. La vista, el gusto, el tacto, el oído, el olfato nos permiten recibir y reconocer estímulos que provienen del exterior o, incluso, de nosotros mismos. La privación de alguna de estas fuentes de conexión con la realidad nos atrofia en mayor o menor medida.

La imposibilidad de oír nos aísla singularmente. Gracias a Dios, ha habido progresos en el tratamiento y en la inserción social de las personas que padecen una pérdida auditiva. Hoy, merced a esos avances, el mundo del silencio no es ya tan dramáticamente silencioso.

Jesús se encuentra con un sordomudo, con alguien que “era sordo y que a duras penas podía hablar”. La dificultad de comunicarse traía como consecuencia inevitable la exclusión, la marginación, la soledad, el ostracismo. El Señor se hace cargo de esa situación. Él, que es la Palabra, sabe ponerse en el lugar del que no puede oír. Discretamente, lejos de la muchedumbre, mete los dedos en los oídos del sordo y toca su lengua para que aquel hombre pueda, en adelante, oír y hablar.

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