14.08.18

En el aniversario de D. Daniel Bermúdez Morales

Ayer celebramos, en la Parroquia de San Pablo, de Vigo, el aniversario de quien fue su primer párroco, D. Daniel Bermúdez Morales. En la oración colecta de la Misa, tomada del Ritual de Exequias, se decía:

“Oh Dios, que pusiste al frente de esta familia tuya a nuestro hermano Daniel, presbítero, para que, representando a Jesucristo, presidiera esta comunidad parroquial, y prometiste recompensar al siervo fiel y solícito, escucha nuestras plegarias y haz que el que fue nuestro pastor en este mundo pase ahora al banquete festivo de su Señor”.

Con motivo de este aniversario se imprimió una postal. En el anverso aparece una imagen de la Virgen que se venera en la Parroquia de San Pablo. En el reverso, algunas fechas de la vida de D. Daniel, así como la oración colecta mencionada.

En esa oración se le presentan a Dios nuestro Padre dos peticiones a favor de “nuestro hermano Daniel, presbítero”. Se trata, pues, de una intercesión. La primera petición es: “Escucha nuestras plegarias”. La segunda: “Haz que el que fue nuestro pastor en este mundo pase ahora al banquete festivo de su Señor”.

La Iglesia, y nosotros en ella, acude confiada a la misericordia de Dios: “Escucha nuestras plegarias”, “escúchanos”. Es una súplica confiada, porque entre Dios y nosotros se ha establecido, por decirlo de algún modo, una misma frecuencia de onda.

Esta posibilidad de hablar y de ser escuchados – más aun, esta posibilidad de ser introducidos en el diálogo ininterrumpido de Cristo con su Padre – tiene su inicio en el Bautismo.

D. Daniel nació en Ribadeo el 10 de enero de 1932. Pronto, a este nacimiento, a esta primera llamada al ser, se unió la llamada a la vida cristiana por la recepción del Bautismo. El bautizado es incorporado a Cristo por la unción del Espíritu Santo y es hecho, de este modo, hijo adoptivo del Padre por la gracia.

El libro de la Sabiduría aplica al Espíritu Santo unas palabras muy bellas: “El Espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido” (Sb 1,7).

Ninguna súplica pasa desapercibida al Espíritu de Dios. Él es la atmósfera que sostiene el diálogo del Padre con el Hijo. Y, en este diálogo, en esta intimidad de la vida de Dios, nos introduce a nosotros. Crea la sintonía adecuada para que podamos escuchar a Dios y para que podamos hablarle.

En la liturgia nuestras súplicas no son solo nuestras. Son las peticiones de la Iglesia, Esposa de Cristo. Son el contenido de la intercesión del Señor ante el Padre.

¡Escucha nuestras plegarias!

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10.08.18

¿Abortos sin abortados?

A pesar de todo, el hecho de que la despenalización y la legalización del aborto sean objeto de controversia constituye un indicio muy significativo. Sobre lo obvio, no suele haber controversia. Si se debate sobre la legitimidad legal y moral del aborto, es porque, aunque esta (presunta) legitimidad sea reivindicada por parte de instancias muy poderosas, no resulta tan evidente para todos la justicia de este recurso.

Algunos defensores del aborto parecen olvidar algo tan básico como que, cuando este procedimiento se practica, hay no solo una abortante, sino también un abortado. Es simplificar las cosas hablar solo de “interrupción voluntaria del embarazo”, como si la gestación fuese una película almacenada en un dispositivo, como un DVD, que puede ser “pausado” a gusto del consumidor sin mayores consecuencias.

Las cosas no son así. No solo se interrumpe, poniéndole punto final, un embarazo, sino que se interrumpe, destruyéndola, una vida humana. Pasar por encima de esta realidad es engañarse y, sobre todo, querer engañar a otros. Resulta enormemente cínico que cuando el álbum familiar comienza con las ecografías de los hijos o de los nietos, se haga depender la condición humana de esos seres “ecografiados” de su aceptación o rechazo por parte de sus padres o de otras personas.

O no son nada ni nadie, estos entes “ecografiados”, en cuyo caso el aborto debería de ser completamente libre – y, ya puestos, también el infanticidio - , hipótesis monstruosa, pero que muchos defienden con cierto grado de coherencia, o, si son algo y alguien, no cabe hablar del aborto en términos de mera “interrupción del embarazo”.

No cabe hablar de “garantías sanitarias” solo para la abortante, ya que, en un aborto, no hay ninguna garantía sanitaria para el abortado. No suele sobrevivir. Y, cuanto más profesional y aséptico es el quirófano en el que es descuartizado o envenenado, menos probabilidades tiene de supervivencia.

Apelar a los abortos clandestinos y a sus riesgos – para la abortante - es quedarse a medias. Habrá que pensar en la razón por la cual se producen embarazos no deseados y en cómo remediar esa circunstancia. Donde hay responsabilidad, donde hay respeto, donde se asumen las consecuencias de los propios actos, debería descender el número de embarazos no deseados. Y el remedio a algo no deseado no puede ser eliminar a un semejante. Nadie desea quedarse inválido, o sordo, o mudo. Pero esas eventualidades no justifican, para acabar con ellas, borrar del mapa a quien las sufre. Tampoco se remedia un embarazo no deseado abortando al feto; solo se suma mal al mal.

Yo no quiero pensar que quienes no se alegran con las aprobaciones legales del aborto sean unos desalmados. No disfrutan, yo desde luego no lo hago, con la imagen de un tugurio clandestino donde una pobre chica inocente es llevada a abortar sin garantías para su vida – y, por supuesto, sin garantías para la vida de su bebé - . Pero es que, sea donde sea donde se practica el aborto, este no es nunca un motivo de alegría. Es un espanto y un mal trago que, de respetar a las mujeres, habría que contribuir a evitárselo.

La alegría de parte de la población de Irlanda por el “éxito” del referéndum pro-aborto me ha parecido obscena y muy triste. ¿Salían a festejar, qué? ¿La facilidad de matar a un hijo? ¿Eso les hacía felices?

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6.08.18

La pena de muerte, hoy inadmisible

No todos los contenidos del Catecismo son dogmas de fe, en sentido estricto; pero eso no significa que carezcan de importancia. El Catecismo de la Iglesia Católica es una “presentación auténtica y sistemática de la fe y de la doctrina católica”, decía Juan Pablo II. “Auténtica”, porque está promulgado por la autoridad del Romano Pontífice como “instrumento de derecho público”.

Los últimos papas se han mostrado partidarios de la abolición de la pena de muerte y han ido poniendo cada vez más reparos a la hora de reconocer, en la práctica, la legitimidad moral de esta medida. Baste, a modo de ejemplo, citar un discurso del papa Benedicto XVI, dirigido al Embajador de México, en el que se congratulaba por la abolición en ese país de la pena capital: “Nunca se insistirá bastante en que el derecho a la vida debe ser reconocido en toda su amplitud” y, añadía citando a Juan Pablo II, que en el reconocimiento del derecho a la vida “se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política”.

En este contexto se inserta la iniciativa del papa Francisco de reformular la enseñanza del Catecismo sobre la pena de muerte, modificando el número 2.267. Cabe entender esta reformulación en la clave de un progresivo “afinamiento” de posiciones anteriores. No es que lo que se enseñaba antes fuese erróneo, pero este reconocimiento no es obstáculo para que la exposición de la doctrina pueda ser perfeccionada y aquilatada, haciéndola más conforme aun con las exigencias del Evangelio y con el respeto a la dignidad de la persona.

Todo es susceptible de mejora. No cabe la vuelta atrás, en el sentido de rebajar las exigencias morales, pero sí es posible ahondar en el sentido de esas exigencias para ser cada vez más conscientes de sus implicaciones más profundas.

No nos escandaliza demasiado, y hasta cierto punto lo consideramos moralmente aceptable, que alguien que delinque sea castigado con la privación de libertad. Pero esta medida, que debería ser extrema, debe ir aplicándose con la mayor parsimonia, compatible con la defensa del bien común. Si una multa bastase para reprimir y castigar un delito, sería preferible optar por la multa y no por el encarcelamiento.

Sobre la pena de muerte en sí misma no recae una condena absoluta por parte de la doctrina católica. Eso debería de quedar muy claro. No estamos ante un absoluto moral, ante un acto intrínsecamente malo. La ley que proscribe el homicidio voluntario de un inocente sí posee una validez universal, en el sentido de que obliga a todos y a cada uno, siempre y en todas partes: “No quites la vida del inocente y justo” (Éxodo 23,7). Así lo recuerda el número 2.261 del Catecismo, número que no ha sido modificado.

Cuando hablamos de la pena de muerte no nos encontramos ante una prohibición similar. Lo reconoce el Catecismo, en la versión renovada del número 2.267: “Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común”.

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25.07.18

¿Hijos o infecciones?

Parece ser, según algunas informaciones, que una periodista le ha preguntado (retóricamente) a un obispo que hizo un comentario sobre la encíclica “Humanae vitae” del papa Pablo VI: “Señor obispo, ¿qué prefiere, un mundo lleno de hijos o lleno de personas infectadas por el VIH?”.

La pregunta me ha dejado estupefacto: ¿Qué tendrán que ver los hijos y las infecciones? Un hijo, si todo va bien, es, o debe ser, el fruto del amor de sus padres. Una infección es, por sistema, algo no deseado, algo que evitar sistemáticamente, algo de lo que defenderse. Yo no creo que los hijos deban ser considerados como algo a evitar sistemáticamente, como algo necesariamente no deseado, como algo de lo que defenderse

Pablo VI llamó la atención sobre las consecuencias no deseadas que podría acarrear para el mundo la aceptación pacífica de la convicción según la cual, en la práctica, uno puede evitar los hijos con los mismos, o parecidos medios (objetivos), con los que se protege de las infecciones,

Si lo que corresponde a la procreación queda sometido exclusivamente al libre arbitrio de los hombres, a su capricho, sin reconocer que en el propio cuerpo y en sus funciones pueden reconocerse indicios que, junto a otros, permiten discernir, distinguir, entre lo bueno y lo malo, entre lo permitido y lo prohibido, se dan pasos que pueden llevar, obviando el valor simbólico del cuerpo y de sus reclamos, a la explotación del débil por parte del fuerte.

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12.07.18

No es bueno ceder a la tentación: “Si no es perfecto, ¡qué desaparezca!”

Perfecto, lo que se dice “perfecto”, solo es Dios. Solo Él tiene el mayor grado de bondad. Solo Él es “Aquel mayor del cual nada puede ser pensado” y, a la vez, solo Él es “lo mayor, lo más grande, que puede ser pensado”.

Solo Dios. San Benito captó muy bien esta grandeza, esta perfección. Dios lo es todo. Si se deja “el mundo”, es para agradar a Dios. El monasterio ha de ser una escuela del divino servicio, dedicado, preferentemente, al “Opus Dei”, a la Liturgia, a la alabanza divina. Los que desean ser novicios han de buscar a Dios sinceramente. Los monjes han de actuar para gloria de Dios…

Dios lo es todo. Pero lo que no es Dios no lo es todo. Ni es perfecto, en el mismo sentido en que Dios lo es. Eso no quiere decir que no sea valioso. Porque todo lo que es, en mayor o menor medida, refleja en cuanto que “es” la perfección divina.

Hasta la humanidad tiene esta valencia sacramental, esta capacidad de ser asumida por Dios para mostrar su grandeza – la de Dios - . Es el caso de la humanidad de Jesucristo. O, incluso, de otro modo, el de la humanidad de la Virgen María, limpia del pecado.

Jesús nos pide ser perfectos, pero no desespera si no lo somos aún. Se compadece y perdona. Espera y da fuerza para tratar de mejorar. La Iglesia, en su vertiente humana, nunca ha sido perfecta, más que en la humanidad de nuestro Salvador y en la de su Madre Santa. La Iglesia abraza en su seno a los pecadores, que son imperfectos. No tienen, obviamente, la perfección de Dios, pero tampoco la perfección que Dios desea para los hombres.

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