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14.03.19

Padrenuestro (IV - Respuestas XXXVI)

7. La oración predilecta y más amada, entregada por Cristo, es el Padrenuestro. Es el “compendio de todo el evangelio” (Tertuliano, De orat., 6). Toda oración para ser cristiana deberá concordar con el Padrenuestro porque sólo así se orará en el Espíritu, como conviene:

 “Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual” (S. Agustín, Ep. a Proba, 130,12,22).

  Con la oración dominical, confesamos admirados que Dios, por el bautismo, nos ha hecho hijos suyos, dándonos el espíritu de adopción y pudiendo llamar a Dios Padre y compartir la heredad del Hijo único y amado:

 “Sólo en Cristo, en efecto, podemos dialogar con Dios Padre como hijos, de lo contrario no es posible, pero en comunión con el Hijo podemos incluso decir nosotros como dijo él: ‘Abbá’, padre, papá. En comunión con Cristo podemos conocer a Dios como verdadero Padre. Por esto, la oración cristiana consiste en mirar constantemente y de manera siempre nueva a Cristo, hablar con él, estar en silencio con él, escucharlo, obrar y sufrir con él. El cristiano redescubre su verdadera identidad en Cristo, ‘primogénito de toda criatura’, en quien residen todas las cosas. Al identificarme con él, al ser una sola cosa con él, redescubro mi identidad personal, la de hijo auténtico que mira a Dios como un Padre lleno de amor” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3-octubre-2012).

 Es importante, o sugerente, entender que en la oración, especialmente la oración litúrgica, aunque sea personal, ni es privada ni está aislada de los demás; es profundamente personal e interiorizada pero supera el “propio yo” para entrar en un “yo” más grande: ¡la Iglesia!, “el nosotros”. Así también somos educados para orar eclesialmente y alcanzar un alma eclesial. Las catequéticas palabras del siempre claro y luminoso Benedicto XVI ahondan en este aspecto:

 “Mirando el modelo que nos enseñó Jesús, el Padrenuestro, vemos que la primera palabra es ‘Padre’ y la segunda es ‘nuestro’. La respuesta, por lo tanto, es clara: aprendo a rezar, alimento mi oración, dirigiéndome a Dios como Padre y orando con otros, orando con la Iglesia, aceptando el don de sus palabras, que poco a poco llegan a ser para mí familiares y ricas de sentido. El diálogo que Dios establece en la oración con cada uno de nosotros, y nosotros con él, incluye siempre un ‘con’; no se puede rezar a Dios de modo individualista. En la oración litúrgica, sobre todo en la Eucaristía, y -formados por la liturgia- en toda oración, no hablamos solo como personas individuales, sino que entramos en el ‘nosotros’ de la Iglesia que ora. Debemos transformar nuestro ‘yo’ entrando en este ‘nosotros’” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3-octubre-2012).

 Es la oración de la unidad y la concordia, que nunca se reza en singular aunque uno esté solo, sino siempre en plural, como miembro de la Iglesia y en nombre de todos. Son las conocidas palabras de S. Cipriano las que destacan claramente este punto:

 “Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo. El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que Él incluyó a todos los hombres en su persona” (De dom. orat., 8).

    8. El Padrenuestro comienza con una invocación (“Padre nuestro que estás en el cielo”) y prosigue con siete peticiones.

 Tras invocar a Dios como Padre, las tres primeras peticiones nos llevan hasta Él: ¡tu nombre, tu reino, tu voluntad! Hermosa explicación presenta el Catecismo:

 “Lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que amamos. En cada una de estas tres peticiones, nosotros no nos nombramos, sino que lo que nos mueve es el deseo ardiente, el ansia del Hijo amado por la Gloria de su Padre: Santificado sea… venga… hágase…; estas tres súplicas han sido escuchadas en el Sacrificio de Cristo Salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su cumplimiento final mientras Dios no sea todavía todo en todos” (CAT 2804).

 Después cuatro peticiones referidas a nuestra condición actual frágil y necesitada: danos… perdónanos… no nos dejes… líbranos…:

 “La cuarta y quinta peticiones se refieren a nuestra vida como tal, sea para alimentarla, sea para sanarla del pecado; las dos últimas se refieren a nuestro combate por la victoria de la Vida, el combate mismo de la oración” (CAT 2805).

7.03.19

Padrenuestro (III - Respuestas XXXV)

5. De distintas formas se reza el Padrenuestro según las distintas liturgias, tanto en la Misa como en la Liturgia de las Horas.

   En el Ordinario de la Misa romana actual, tras la monición, extendiendo las manos el sacerdote, lo rezan juntos a una sola voz el pueblo y el sacerdote: “El sacerdote hace la invitación a la oración y todos los fieles, juntamente con el sacerdote, dicen la oración” (IGMR 81); “terminada Plegaria Eucarística, el sacerdote con las manos juntas, dice la monición antes de la Oración del Señor; luego, con las manos extendidas, dice la Oración del Señor juntamente con el pueblo” (IGMR 152).

   Anteriormente, con el Misal romano de S. Pío V (hoy forma extraordinaria del rito romano), recogiendo una antigua costumbre, el sacerdote lo rezaba solo, en voz baja; levantaba la voz al decir: “et ne nos inducas in tentationem”, y el acólito o los fieles sí decían juntos la última petición: “sed libera nos a malo”. Éste era el modo que se practicaba entre los monjes que seguían la Regla de S. Benito: “Nunca deben terminarse las celebraciones de laudes y vísperas sin que al final recite el superior íntegramente la oración que nos enseñó el Señor, en voz alta para que todos la puedan oír, a causa de las espinas de las discordias que suelen surgir, con el fin de que amonestados por el compromiso a que obliga a esta oración cuando decimos: ‘Perdónanos así como nosotros perdonamos’, se purifiquen de ese vicio. Pero en las demás celebraciones solamente se dirá en voz alta la última parte de la oración para que todos respondan: ‘Y líbranos del mal’” (RB 13,12-13).

   En la Divina Liturgia de S. Juan Crisóstomo, el rito bizantino, precedido por unas letanías, el sacerdote invita a todos diciendo: “Y concédenos, Maestro, que con confianza y sin condenación podamos atrevernos a llamarte Dios celestial y Padre, y a decirte” y entonces el pueblo reza junto: “Padre nuestro…”

   Otro modo, muy distinto e incluso más solemne en su desarrollo, es el que emplea el rito hispano-mozárabe. Tras la introducción llamada “ad dominicam orationem”, es el sacerdote, con las manos extendidas quien reza el Padrenuestro, mientras los fieles responden “Amén” a cada una de las siete peticiones.

   6. Tanto en Laudes como en Vísperas, las dos horas mayores que vertebran el Oficio divino, y sólo en estas dos horas de Laudes y Vísperas, la Iglesia entona el Padrenuestro, según la Liturgia de las Horas en rito romano. Se hace así para que brille -como ya dijimos- la antigua costumbre cristiana que decía la Didajé, de rezar el Padrenuestro tres veces al día: en la Misa, en Laudes y en Vísperas.

   La Ordenación general de la Liturgia de las Horas así lo recoge para enlazar con la antigua tradición: “Así, la oración dominical, de ahora en adelante, se dirá solemnemente tres veces al día, a saber: en la Misa, en las Laudes matutinas y en las Vísperas” (IGLH 195).

   En Laudes y en Vísperas el Padrenuestro, casi al final de la Hora litúrgica, representa el culmen de la plegaria eclesial. Es el verdadero y propio “salmo cristiano”, dictado por Cristo Jesús, entonado gracias a la acción del Espíritu Santo en el alma de los fieles.

   Requiere la máxima atención espiritual y, según las posibilidades, la mayor solemnidad:

  “En las Laudes matutinas y en las Vísperas, como Horas más populares, a continuación de las preces ocupa el Padrenuestro el lugar correspondiente a su dignidad, de acuerdo con una tradición venerable” (IGLH 194).

   El canto es connatural a la celebración litúrgica de las Horas, especialmente las Laudes y las Vísperas (cf. IGLH 272), y se recomienda que sea cantada esta liturgia siempre que se pueda, aunque no todo haya que cantarlo siempre, sino según el grado de solemnidad.

   Hay elementos que, de por sí, reclaman el canto por su naturaleza poética o de alabanza: “qué elementos hayan de ser elegidos en primer lugar para ser cantados, habrá que deducirlo de la ordenación genuina de la celebración litúrgica, que exige observar fielmente el sentido y la naturaleza de cada parte y del canto; pues hay partes que, por su naturaleza exigen ser cantadas (IGLH 277). Del Padrenuestro no se dice nada en concreto, pero si se habla de salmos y cánticos, hay que pensar que la Oración dominical con más razón debe cantarse: “En primer lugar las aclamaciones, las respuestas al saludo del sacerdote y de los ministros, la respuesta de las preces litánicas y, además, las antífonas y los salmos, como también los estribillos o respuestas repetidas, los himnos y los cánticos” (IGLH 277).

  Después de las preces, la oración de la Iglesia concluye con el Padrenuestro que “será dicho por todos, antecediéndole, según fuere oportuno, una breve monición” (IGLH 196), y “una vez recitado el Padrenuestro, se dice inmediatamente la oración conclusiva” (IGLH 53).

   Algunas de las moniciones brevísimas que introducen el Padrenuestro dan la clave espiritual para entonarlo:

“Prosigamos nuestra oración, buscando el reino de Dios”;

“Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo”;

“Ahora, confirmemos nuestras alabanzas y peticiones diciendo la oración del Señor”;

“Alabemos a Dios nuevamente y roguémosle con las mismas palabras de Cristo”…