Filosofía y teología del Mas Allá: Los sufragios

Existencia de los sufragios[1]

Después de ocuparse de los sufragios en general y probar que la doctrina de la comunión de los santos son su fundamento, santo Tomás, en el artículo siguiente, el segundo de esta cuestión, examina en concreto los sufragios por los difuntos.

Establece su existencia porque se puede ayudar a los fallecidos para sufragar o pagar su reato de pena por los pecados que les quedan. «Dice la escritura: «Santo y saludable es el recuerdo de rogar por los difuntos, para que sean libres de los pecados» (2 Mcb 12, 46). Lo cual sería inútil si no les ayudase. Así, los sufragios de los vivos aprovechan a los difuntos»[2].

Se corrobora, porque como: «Dice san Agustín: «No es pequeña la autoridad de la Iglesia universal, que resplandece en la costumbre de que, en la oración del sacerdote, que en el altar hace al Señor Dios, tenga también su lugar la recomendación de los difuntos» (La piedad con los difuntos, 1, 1). Dicha costumbre empezó con los mismos apóstoles, como dice San Juan Damasceno: «Los discípulos de los sagrados apóstoles del Salvador, conscientes de los misterios, determinaron hacer memoria de aquellos que murieron en la fe» (Hom. Los sufragios de los difuntos, 3). Lo cual también está claro en Dionisio (Jerarquía eclesiástica, 7, 2), en la parte donde recuerda el rito con que en la primitiva iglesia se oraba por los difuntos y aún allí Dionisio (Ibíd., 7, 3) asegura que los sufragios de los vivos les aprovechan. Luego eso ha de ser indudablemente creído»[3].

Se prueba porque: «la caridad, que es el lazo que une los miembros de la Iglesia, no sólo abarca los vivos. sino también a los muertos que mueren con caridad, pues ésta no se acaba con la vida del cuerpo, según el apóstol: «La caridad nunca desfallece» (1 Cor 13, 8). Asimismo, los finados también viven en el recuerdo de los hombres, y por eso la intención de los vivos se puede enderezar a ellos. De esta suerte, los sufragios de los vivos doblemente pueden aprovechar a los difuntos como a los vivos: por la unión de la caridad y por la intervención dirigida a ellos»[4].

Puede satisfacer una persona por otra, porque: «como decía Aristóteles : «lo que hacemos por los amigos parece que lo hacemos por nosotros mismos» (Ética, III, 5), porque la amistad y principalmente el amor de caridad hacen de dos uno solo. Y por esta razón uno puede satisfacer a Dios por otro como por sí mismo, principalmente cuando fuere necesario».

Se comprende, porque tal como explica a continuación de este último pasaje antedicho de la Suma contra los gentiles: «la pena que el amigo padece por él la reputa uno cual si la padeciese él mismo; y así no carece de pena cuando padece con el amigo que padece, y tanto más cuanto que él es para el otro la causa de padecer. Y, además, el afecto de la caridad produce una satisfacción más acepta a Dios en aquel que padece por el amigo que si padeciese por sí mismo, pues esto es propio de la caridad, espontánea, y aquello, de la necesidad. De donde se deduce que uno puede satisfacer por otro con tal de ambos estén en caridad. Por esto se dice; «Ayudaos mutuamente a llevar a vuestras cargas, ya sí cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6, 2)»[5].

Precisa finalmente, en el antedicho texto del cuerpo del artículo de la Suma teológica, que: «con todo, no hay que creer que los sufragios de los vivos les sirven para mudar su estado de condenación en el de la bienaventuranza o al contrario; pero sí le sirven para disminución de la pena u otra cosa tal que no haga cambiar el estado del muerto»[6].

A esta doctrina del sufragio se le podría objetar que: «Reportar provecho de algunas obras es solo del que vive. Pues bien, los hombres después de la muerte ya no son viadores, porque de ellos se entiende lo que se lee en la Escritura, «Ha cerrado mi camino, y no puedo pasar» (Job, 19, 8). En consecuencia, los muertos no pueden recibir ayuda con los sufragios de alguno».[7]

A ella responde santo Tomás: «Aunque las almas después de la muerte no estén en absoluto en estado de viador, sin embargo, lo están en algo: en cuanto que se les retarda el alcance del último premio. Y así su camino está absolutamente cerrado, por manera que no puede mudar el estado de felicidad o de miseria por las obras de otro. Más, en cuanto están impedidos de alcanzar la retribución última, no tienen el camino impedido: pueden recibir ayuda de otros, porque conforme a esto, todavía son viadores»[8].

Enseñanza de la Iglesia

El Concilio Vaticano II recordó este fundamento histórico de los sufragios al decir: «La iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos de la religión cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, porque «santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados» (2 Mac 12, 46)»[9].

También en el Catecismo de la Iglesia Católica se lee: «Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos. «Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5,) ¿por qué habríamos de dudar de nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo?, no dudemos, pues en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan Crisóstomo, Hom in Cor 41, 5)»[10].

Se enumeran así cuatro clases de sufragios, la santa Misa, las penitencias, la limosna y los sufragios. Sobre el primero, el principal de todos, en el Catecismo romano, se indica que: «El fruto del sacrificio de la Misa se extiende también a los difuntos, (…) y es tan grande la virtud de este sacrificio que aprovecha no solo al que celebra y consume, sino también a todos los fieles, ya sea que vivan con nosotros en este mundo, ya sea que habiendo muerto en el señor, aún no se hayan purificado enteramente de sus pecados. Porque según la verísima tradición de los Apóstoles, se ofrece por ellos, no menos fructuosamente que por los pecados, las penas, las satisfacciones, y por cualquiera desgracia y aflicción de los vivientes»[11].

Sobre estas últimas se dice en el Concilio de Trento que: «Enseña el Santo Concilio que es tan grande la dulzura de la bondad divina, que no solo podemos satisfacer para con Dios Padre por medio de Jesucristo con las penitencias, que voluntariamente adoptamos para purgar el pecado, o con las que nos impone a su arbitrio el confesor proporcionadas a nuestras culpas, sino también lo que es extraordinaria prueba de amor, con los castigos temporales que Dios nos envía, y nosotros sufrimos con resignación»[12].

De manera que no sólo se saldan las penas temporales con la penitencia impuesta en la confesión y con las penitencias voluntarias que uno se impone, sino también con todo tipo de males que a todos no llegan en esta vida. Dios permite estos padecimientos y si los aceptamos, los sufrimos con paciencia, nos sometemos a las decisiones divinas y los ofrecemos en sacrificio, unidos al sacrificio de Cristo, serán útiles para satisfacer por los pecados[13].

La oración impetratoria por los difuntos

Otro importante sufragio es la oración. Así lo ha enseña la Iglesia y lo manifiesta en su liturgia, especialmente en la de los difuntos, y también las que rezan los fieles, como el padrenuestro y sobre todo el rosario.

Sobre el valor de estas oraciones impetratorias, independientemente de su mérito y valor satisfactorio, sostiene Royo Marín que: «no tiene valor directo e infalible en orden a obtener la remisión de la pena que han de satisfacer a la Divina Justicia las almas del purgatorio, sino tan solo un valor indirecto y de mera congruencia, en cuanto se le pide a Dios se digne a aplicar a esas almas las satisfacciones de Jesucristo, de la Virgen y de los santos, e inspire a los fieles de la Iglesia militante el ofrecimiento de obras satisfactorias en favor de esas almas»[14].

Esta afirmación se justifica porque la oración en la modalidad impetratoria: «no se dirige a la justicia de Dios, ofreciéndole una determinada compensación penal, sino únicamente a su misericordia y a título gratuito o de limosna. Ahora bien: las penas del purgatorio, por su misma naturaleza, dicen relación a la justicia divina, y sólo ofreciéndole la debida compensación satisfactoria o penal, puede obtenerse de ella directa e infaliblemente la relajación de la pena»[15], tal como ocurre con los otros medios de ayuda a las almas del purgatorio.

De esta explicación infiere que: «la misma intercesión de la Santísima Virgen y de los Santos del cielo en favor de las almas del purgatorio no tiene otro valor que el de la pura impetración».

Aclara Royo Marín, en una nota de pie de página a la que remite: «que la Santísima Virgen y los Santos del cielo interceden por las benditas almas del purgatorio no puede ponerse en duda, puesto que lo enseña la iglesia en su liturgia».

Además, que: «la Santísima Virgen y los santos ofrecen a Dios las satisfacciones de Cristo y las suyas propias adquiridas en esta vida, y le piden se digne inspirar a los vivos la práctica de satisfacciones en favor de las almas dolientes y acepte la solución de la deuda a través de las indulgencias que concede la Iglesia a manera de sufragios».

Añade que, no obstante: «parece poco probable que le pidan la aplicación de los méritos de Cristo de una manera plena y total que libere enseguida el alma del purgatorio, sin que esta tenga nada que padecer. Una tal súplica parecería contrariar un poco el orden

de la divina Providencia, que ha establecido las penas del purgatorio como medio ordinario y normal de purificación de las almas más allá de la muerte»[16] .

Con su intercesión, sin embargo, la Santísima Vigen puede conseguir que la pena se acorte e incluso sea de duración mínima, de pocos días u horas e incluso minutos o segundos. Así se debe entender el llamado «privilegio sabatino» vinculado al sacramental del escapulario del Carmen y la denominada «bula sabatina».

En la noche del 15 al 16 de julio de 1251, en el convento carmelita de Aylesdford, en Inglaterra, la Virgen María se apareció al general de la orden san Simón Stock, mientras le rezaba el himno Flos Carmeli, que había compuesto, ­en el que se le denomina «Estrella del mar». La Virgen le entregó el escapulario que portaba, diciéndole que quien muera con él, no sufrirá el fuego eterno. También, según la tradición, quien muera portándolo saldrá del purgatorio el primer sábado después de su muerte. De manera que no se librará, aunque sea por poco tiempo del purgatorio, incluso si alguien muere el mismo sábado tendrá que sufrir las penas durante lo que queda del día, porque la liberación de la Virgen no cambia su estado inmediatamente al de bienaventuranza.

Además, como explica Royo Marín al referir la devoción al escapulario de la Virgen del Carmen. el 3 de marzo de 1322, «el papa Juan XXII promulgó una bula –motivada por la aparición de la Virgen– sobre el llamado «privilegio sabatino», vinculado al escapulario del Carmen, llevado con determinadas condiciones», encaminadas a imitar su vida virtuosa excelente. «En virtud del cual la Virgen prometía liberar a sus devotos de las penas del purgatorio lo más pronto posible, especialmente el sábado después de su muerte. Esta bula fue confirmada por varios pontífices posteriores, principalmente Alejandro V, Clemente VII, San Pío V, Gregorio XIII y Pablo V»[17].

Doctrina de San Bernardo

La devoción del escapulario del Carmen se compagina, con la doctrina de la asociación de María a la redención de Cristo, de San Bernardo de Claraval e incluso se podría fundamentar en ella. El santo Doctor de la Iglesia nota que: «Muchísimo daño nos causaron un varón y una mujer; pero, gracias a Dios, igualmente por un varón y una mujer, se restaura todo».

Explica que: «Ciertamente podía bastar Cristo, pues aún ahora toda nuestra suficiencia es de Él, pero no era bueno para nosotros que estuviese el hombre solo. Mucho más conveniente era que asistiese a nuestra reparación uno y otro sexo, no habiendo faltado para nuestra corrupción ni el uno ni otro»[18].

Se advierte, porque de Cristo: «no se canta de Él solo la misericordia, sino que también se le canta igualmente la justicia, porque, aunque (…) vino a ser misericordioso, con todo eso tiene la potestad de juez al mismo tiempo (…) Así pues, ya no parecerá estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María». Por tanto: «da las gracias a aquel Señor, que con una benignísima misericordia proveyó para ti tal mediadora, que nada puede haber en ella que infunda temor. Ella se hizo toda para todos»[19].

La Virgen María es así mediadora universal, tal como también expresa esta conocida afirmación de San Bernardo: «Nada ha querido Dios que tengamos que no pase por las manos de María»[20]. También dice en otro sermón: «Ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María»[21]. Es de este modo el «acueducto»[22] de las divinas gracias.

Sobre la finalidad de esta mediación, dice San Bernardo que: «Quizá para que Eva fuese disculpada por la hija y cesase la queja del hombre contra la mujer para siempre. No digas ya jamás, Adán:» la mujer que me diste me ofreció del árbol prohibido» (Gn 3, 12). Di más bien, la mujer que me diste me ha dado a comer el fruto bendito».

Precisa a continuación sobre lo dicho: «consejo piadosísimo, sin duda, pero no es esto todo acaso; hay otro todavía oculto (…) pues quiso fuese honrada María por nosotros aquel Señor que puso en ella toda la plenitud del bien, para que, consiguientemente, si en nosotros hay algo de esperanza, algo de gracia, algo de salud, conozcamos que redunda de aquella que subió rebozando en delicias»[23].

Esta enseñanza de San Bernardo se ve reflejada en su comentario al versículo de la Anunciación, del Evangelio de San Lucas: «Y el nombre de la virgen era María»[24]. Comenta: «este nombre significa Estrella del mar, y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción. Se compara María oportunísimamente a la estrella, porque, así como la estrella despide el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya, dio a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella su claridad, ni el Hijo a la Virgen su integridad».

María es, añade: «la esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar grande y espacioso, brillando en méritos, ilustrando en ejemplos». Por ello, exhorta: «cualquiera que seas el que en la impetuosa corriente de este siglo te ves fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar por la tierra: no apartes los ojos del resplandor de esta Estrella, si quieres no perecer oprimido de las borrascas».

Siempre hay que acudir a María. «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María. Si eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María»[25].

En definitiva, insta San Bernardo: «En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: «Y el nombre de la virgen era María»[26].

Eudaldo Forment



[1] Giambattista Tiepolo, La virgen del Carmen dando el escapulario a san Simón Stock (1774).

[2] SANTO TOMÁS, Suma teológica, Supl., q. 71, a 2, sed c., 1.

[3] Ibíd., Supl., q. 71, a 2, sed c.,2.

[4] Ibíd., Supl., q. 71, a 2, in c.

[5] ÍDEM, Suma contra los gentiles, III, c. 158.

[6] ÍDEM., Supl., q. 71, a 2, in c.

[7] Ibíd., Supl., q. 71, a 2, ob. 3.

[8] Ibíd., Supl., q. 71, a 2, ad 3.

[9] Lumen gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia, 50.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1032.

[11] Catecismo de Trento, II, c. 4, n. 79.

[12] Concilio de Trento, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, c. IX.

[13] Cf. ARMANDO BANDERA, Comentarios al Tratado de la Penitencia de Santo Tomás de Aquino, en Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Madrid, BAC, 1947-1960, 16 vols., v. XIV, p. 102.

[14] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, Madrid, BAC, 1956, pp. 452-453.

[15] Ibíd. p. 453.

[16] Ibíd., p. 453, nota 112.

[17] ÍDEM, La Virgen María, BAC, 1968, p. 486.

[18] SAN BERNARDO, Obras completas, Madrid, BAC, 1957, 2 vols., vol I, “En el domingo dentro de la octava de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María,” pp. 724-737, p 724.

[19] Ibíd., p. 725.

[20] IDEM, Sermones de tiempo,“En la vigilia de la natividad del Señor”, Serm 3. pp. 239-247, 10, p. 247.

[21] ÍDEM, Sermones de santos, “En la natividad de la bienaventurada Virgen María” (“Del acueducto”) , pp. 737-751, 7, p. 741.

[22] Ibíd, 3, p. 739.

[23] Ibíd., 6, p. 740.

[24] Lc 1, 27.

[25] SAN bERNARDO. Obras completas, op. cit., vol. I, Sermones de tiempo. “Homilías sobre las excelencias de la Virgen Madre”, pp.184-228, Hom. 2, 17, p.205.

[26] Ibíd., Hom. 2, 17, p.p 205-206.

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