Filosofía y teología del Mas Allá: La comunión de los santos

Los sufragios[1]
La cuestión siguiente, la setenta y uno del Suplemento de la Suma teológica, está dedicada a los sufragios por los difuntos, la ayuda que se puede dar a los muertos para sufragar o pagar su pena por los pecados.
En el Concilio ecuménico de Lyon, en 1274, al que tenía que asistir santo Tomas, pero que la muerte se lo impidió durante el viaje al mismo, al hablar de la purificación con penas de las almas purgatorio se dijo que: «para alivio de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos»[2].
En el concilio ecuménico de Florencia, en 1439, se definió: «Sí los verdaderos penitentes salieron de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la muerte y para ser aliviadas de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos»[3].
También, en el Decreto sobre el purgatorio del Concilio de Trento, en 1563, se definió que: «existe el purgatorio» y «que las almas en él detenidas son auxiliadas con los sufragios de los fieles»[4].
Posibilidad de los sufragios
En el primer artículo de esta cuestión, santo Tomás, examina la posibilidad de los sufragios en general, si «los sufragios que hace uno pueden aprovechar a otro», independiente de su situación. Para ello, indica que: «nuestras acciones pueden tener valor para dos cosas. Primera, para alcanzar un estado, de la manera que el hombre, por una obra meritoria, alcanza el estado de la bienaventuranza». Tales acciones valen «por modo de mérito» y «por modo de oración». Con la diferencia que «el mérito estriba en la justicia» y la oración en la «liberalidad» o misericordia.
Segunda, las obras meritorias sirven «para adquirir algo que se sigue a ese estado, como merece el hombre por una acción, un premio accidental o la remisión de la pena». Ni esta recompensa adventicia ni el perdón del castigo llevan a un cambio de estado. También en este caso, valen ««por modo de mérito», basado en la justicia, y asimismo «por modo de oración», que se basa en la misericordia, porque «el que ora impetra lo pedido de la sola liberalidad de aquel a quien se ora». No se apela a la justicia, sino a la misericordia.
Como consecuencia, se puede establecer: Primero: «De ninguna manera pueden servir las obras de uno para que otro alcance el estado de la bienaventuranza por modo de mérito, o sea, que por mis acciones alguien merezca la vida eterna. Porque la porción de la gloria es dada conforme a la capacidad de quien la recibe, ya que cada uno se capacita por sus acciones y no por las ajenas -hablo de la capacidad que nos hace dignos del premio–». No puede merecerse en justicia el mérito para otro.
Segundo: tampoco por modo de oración puede conseguirse el cambio de estado de un difunto, aunque: «por medio de la oración. –aun en cuanto a conseguir dicho estado– las obras de uno pueden ser de provecho a otro, que todavía vive». De manera que: «un hombre puede impetrar la gracia primera para otro. Y puesto que la impetración de la oración se da por la liberalidad de Dios, a quien se ora, dicha impetración puede extenderse a todo aquello que cae ordenadamente bajo el poder divino»[5].
Puede orarse para que Dios conceda la gracia a otro por medio de esta oración. De manera que: «la porción de la vida eterna a nadie se da sino por propios méritos, porque, aunque uno pida para otro que llegue a la vida eterna, con todo, nunca es esto, sino mediante las propias obras; por las preces de uno se da la gracia a este otro con la cual merece la vida eterna»[6], porque le permitirá realizar obras meritorias de salvación.
Tercero: «en cuanto a lo que es consiguiente y accidental a dicho estado», es decir que no implica un cambio del mismo, «pueden valer las obras de uno para que lo consiga otro», y, por tanto, por «obra de mérito». Así, por ejemplo, los sufragios de obras de caridad de uno pueden servir para aliviar o disminuir la pena que sufren las almas del purgatorio.
Cuarto, para el cambio de lo accidental en el estado de otro, vale no sólo el modo de mérito, sino «por modo de oración». En el ejemplo anterior, valdría como sufragio la oración.
Sobre estos dos últimos corolarios, debe tenerse en cuenta que: «no va contra la justicia divina el que uno reciba el fruto de las obras hechas por quien es uno consigo en caridad o por las obras que se han hecho por él. Esto mismo sucede en la justicia de los hombres que la satisfacción de uno es aceptada por la del otro»[7].
El cuerpo místico de Cristo
Por consiguiente, en la segunda consecuencia, las obras para otro por modo de oración para que consiga el estado de bienaventuranza valen, pero sólo para los vivos, que pueden en su estado merecer.
En la tercera y la cuarta, es decir, «en cuanto lo que es consiguiente y accidental» al estado, que no cambia, «pueden valer las obras de uno para que las consiga otro, no sólo por modo de oración, sino también de mérito». Valen, por tanto, las obras por modo de mérito y las obras por modo de oración.
Además: «esto de dos maneras». Una: «Por la intención del que las hace, que realiza algunas especialmente para que aprovechen a otro. Por donde estas obras pasan a ser de aquellos por quienes se hacen, como dadas por el realizador, pudiendo así servir para el cumplimiento de la satisfacción o para cualquier otra cosa que no cambia dicho estado». Así ocurre, por ejemplo, cuando alguien ofrece el mérito de una buena obra o una oración, y especialmente el sacrificio de la Misa, para el descanso de un alma.
Otra: «Por comunicación en el alma de la obra, cual es la caridad en las obras meritorias; y, por eso, todos los conectados entre sí por la caridad reportan ganancias de las mutuas obras, aunque según medida del estado de bienaventuranza de cada uno, pues en el cielo cada uno goza de los bienes de los otros. De ahí que haya un artículo de la fe llamado «la comunión de los Santos»[8]´.
En su comentario al Símbolo Niceo-Constantinopolitano, el que se profesa en la Misa, santo Tomás da la siguiente razón de esta transmisión o comunión: «De la misma manera que en un cuerpo natural la actividad de cada miembro repercute en beneficio de todo el conjunto, así también ocurre en el cuerpo espiritual, que es la iglesia: como todos los fieles, forman un solo cuerpo, el bien producido por uno se comunica a los demás. «Cada uno somos miembros los unos de los otros» (Rom 12, 5). Por este motivo, entre las verdades de fe que transmitieron los apóstoles, se encuentra la de que en la Iglesia existe una comunicación de bienes; es lo que el Símbolo quiere expresar con la «comunión de los Santos»[9].
Este artículo décimo del Credo implica que, en el cuerpo místico, que es la Iglesia de Cristo: «Cada miembro tiene un acto propio y un poder de obrar; así es que en cuanto un miembro por su propio poder y acto propio le es útil a otro, se dice que es miembro de este otro, como el pie se dice que es miembro del ojo en cuanto lleva al ojo de un lugar a otro, y el ojo es miembro del pie, en cuanto que lo dirige»[10].
Añade santo Tomás en su explicación de la comunión de los santos que: «Entre todos los miembros de la Iglesia, el principal es Cristo, que es la cabeza: «Lo puso por cabeza sobre todo a la iglesia, la cual es su cuerpo» (Ef, 22-23 ). Por consiguiente, el bien producido por Cristo se comunica a todos los cristianos, como la energía de la cabeza a todos los miembros. Esta comunicación se lleva a cabo por medio de los sacramentos de la Iglesia, en los que opera el poder de la pasión de Cristo, que actúa dando la gracia para el perdón de los pecados»[11].
También en su comentario al Avemaría dice santo Tomás que: «María fue llena de gracia en cuanto a la efusión de ésta a todos los hombres. Ya es grande en cualquier santo que posea tanta gracia que sea suficiente para la salvación de muchos; pero lo máximo sería que poseyeran tanta gracia fuera suficiente para salvar a todos los hombres del mundo; y esto último es lo que ocurre en Cristo y en la Santísima Virgen», en cuanto que es dispensadora de todas las gracias.
Precisa, asimismo, que: «De tal manera María es llena de gracia, que sobrepasa en su plenitud a los ángeles. Por ello, con razón se le llama «María», que quiere decir «iluminada interiormente». Por lo cual se dice: «El Señor llenará tu alma de resplandores». (Is 58, 11); y significa, además, «iluminadora de los otros» por referencia al mundo entero; y se la compara a la luna y al sol»[12]. De manera parecida a la luna, que recibe la luz del sol, la Virgen María recibe la luz de la gracia de Cristo, y la transmite a los demás, sin eclipsarla. En el Apocalipsis se habla de «una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies»[13].
Y añade conclusivamente: «En todo peligro puedes alcanzar la salvación de esta Virgen gloriosa; por eso se dice «Mil escudos –mil remedios contra los peligros– penden de ella» (Cant 4, 4). Igualmente, para cualquier obra virtuosa, puedes invocarla en tu ayuda; por eso dice Ella misma: «en mí toda esperanza de vida y de virtud». (Eccl 24 25)»[14].
Comunión de bienes espirituales
En el apartado dedicado a la comunión de los santos, en el Catecismo de la Iglesia Católica, se afirma, en el primer párrafo, que:«La comunión de los santos es precisamente la Iglesia»[15]. En el siguiente reproduce el texto de Santo Tomás citado para definir lo que es la comunión de los santos[16]. A continuación, se incluyen en el mismo estas palabras del Catecismo Romano de Trento: «Porque la unidad del Espíritu, que gobierna a la Iglesia, hace que sea común todo lo encomendado a ella»[17], o «que todos los bienes que ella ha recibido sean necesariamente como un fondo común»[18].
Se dice también respecto a la explicación de Santo Tomás, que: «La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia «cuerpo de Cristo» se han de resaltar más específicamente: la unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo Cabeza del cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo»[19].
Se infiere de todo ello que: «La expresión «comunión de los santos» tiene, pues, dos significados estrechamente relacionados: «comunión en las cosas santas» y »comunión entre las personas santas»[20].
Sobre el primer significado de comunión en los bienes espirituales, se dice que lo es en la fe, en los sacramentos, en los carismas, y en la caridad. Sobre la comunión en la fe se indica en el siguiente número que: «La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte»[21].
Acerca de la comunión de los sacramentos se explica con el siguiente párrafo del Catecismo romano: «El fruto de todos los sacramentos se comunica a los fieles de todo el mundo; con los cuales sacramentos, como con sagrados vínculos, se unen y estrechan los fieles con Cristo, y más que con todos con el bautismo, que es como la puerta por donde entran en la iglesia. Y por esta comunión de los santos debe entenderse la comunión de los sacramentos».
Se añade que, en esta comunión: «lo significan los Padres en el Símbolo (Credo de Nicea-Constantinopla), por estas palabras, «confieso un bautismo». Pero al bautismo sigue principalmente la eucaristía, y después los demás sacramentos; porque si bien este nombre, el de comunión, conviene a todos ellos, pues todos nos unen con Dios y nos hacen participantes de Aquel cuya gracia recibimos, sin embargo, es más propio de la eucaristía, la cual produce esta comunión»[22], puesto que: «ella es la que lleva esta comunión a su culminación»[23].
En cuanto a la comunión de los carismas se dice que: «En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo «reparte gracias especiales entre los fieles», para la edificación de la Iglesia (Conc. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, 12), Pues bien, «a cada cual se le otorga la manifestación del espíritu para provecho común» (1 Co 12, 7)»[24].
No obstante, se advierte que: «aparece siempre necesario el discernimiento de carismas», gracias gratis dadas, como la palabra de sabiduría y de ciencia, la profecía, el don curaciones, los milagros, el don de lenguas y otros. «Ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los pastores de la Iglesia»[25].
Comunión de méritos
Hay otra comunión en la Iglesia: «porque todas las obras que emprende uno piadosa y santamente pertenecen a todos, y la caridad, que no busca sus intereses, hace que les aprovechen».
A esta descripción del Catecismo romano, se le añade esta confirmación: «Por lo cual Cristo nos mandó tal modo de orar, que decimos «El pan nuestro» y no «mío»; y lo demás de igual modo, procurando no solo por nosotros, sino por la salud y el bien de los demás»[26].
Esta comunicación personal en la Iglesia se da entre sus tres estados, porque sus miembros: «unos peregrinan en la tierra; otros ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando «claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es» (Const. dogm. sobre la Iglesia, 49)»[27].
Por ello, explicaba Royo Marín: «La iglesia única de Jesucristo extiende como algo gigantesco sus ramas a tres estados, o regiones diferentes: la tierra, el purgatorio y el cielo. La Iglesia militante, la purgante y la triunfante constituyen en realidad una sola iglesia, una sola sociedad, una sola familia, un solo cuerpo, cuya cabeza es Cristo y cuyos miembros somos todos los que estamos, en una forma o en otra incorporados a Él».
Además: «El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. La unión de todos los que constituyen este Cuerpo, realizada por el Espíritu Santo mediante la caridad, es tan íntima y eficaz, que se da –a semejanza del cuerpo natural, pero en sentido trascendente, incomparablemente más profundo y elevado–, un influjo vital de la cabeza en los miembros y de los miembros entre sí en orden a los bienes espirituales»[28].
Como se concluye en el Catecismo de la Iglesia Católica: «En la comunión de los santos, «ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo» (Rm 14, 7). «Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Co 12, 26-27). «La caridad no busca su interés» (1 Co 13, 5; cf. 1 Co 10, 24). El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión»[29].
Según esta doctrina sobre el dogma de la comunión de los santos se comprende que Santo Tomás, en este artículo primero de la cuestión dedicada a los sufragios, la coloque como el fundamento de los mismos. La existencia de los sufragios viene así exigida por la de la comunión de los santos.
De este modo quedan fundamentados los sufragios, o, como se advierte en el Catecismo de la Iglesia Católica, en: «la comunión con los difuntos. «La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos; «pues es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (2 Mac 12, 46) (Const. dogm. sobre la Iglesia, 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor»[30].
Eudaldo Forment
[1] Jan van Eyck, Políptico del Cordero Místico (1432).
[2] Dz 464.
[3] Dz 691.
[4] Concilio de Tranto. Decreto sobre el purgatorio. Sesión XXV.
[5] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl. q. 71, a. 1, in c.
[6] Ibíd., Supl. q. 71, a. 1, ad 1.
[7] Ibíd., Supl. q. 71, a. 1, ad 2.
[8]Ibíd., Supl. q. 71, a. 1, in c.
[9]IDEM, Exposición del Símbolo de los apóstoles, art. 10, n. 142.
[10] ÍDEM, Comentario a la Epístola a los romanos, c. 12, lec. 2.
[11] ÍDEM, Exposición del Símbolo de los apóstoles, art. 10, n. 142.
[12] ÍDEM, Exposición del saludo del Ángel o Avemaría, 1118.
[13] Ap 12, 1.
[14] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Exposición del saludo del Ángel o Avemaría, 1118.
[15] Catecismo de la Iglesia católica, núm. 946.
[16] Ibíd., núm. 947.
[17] Catecismo Romano de S. Pío V, I, 10, 24.
[18] Catecismo de la Iglesia católica, núm. 947.
[19] Ibíd., núm. 789,
[20] Ibíd., núm. 948.
[21] Ibíd., núm. 949.
[22] Catecismo Romano de S. Pío V, I, 10, 24.
[23] Catecismo de la Iglesia católica, núm. 950.
[24] Ibíd., num. 951.
[25] Ibíd., num. 801.
[26] Catecismo Romano de S. Pío V, I, 10, 25.
[27] Catecismo de la Iglesia católica, núm. 954.
[28] ANTONIO ROYO MARÍN, Teología de la salvación, Madrid, BAC, 1956, p. 451.
[29] Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 953.
[30] Ibíd., num, 958.
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