Filosofía y teología del Mas Allá: La escatología

La metafísica[1]

La Escatología, tal como expresa su sentido etimológico, es el estudio de lo último tanto de la vida individual como de la social, lo que se llama también las postrimerías o los novísimos. Un problema que presenta es que su temática está alejada de la falta de experiencia de la misma, no sólo sensible sino también en el ámbito del conocimiento racional natural, y asimismo distante de lo que puede aportar el conocimiento filosófico.

La Filosofía trata de este tema en su parte fundamental, que es la Metafísica, el saber estrictamente racional sobre lo más profundo de toda la realidad. El escritor inglés Clive Staples Lewis, en su último de los siete libros de Crónicas de Narnia, publicados en la primera mitad del siglo pasado, titulado La última batalla, los protagonistas llegan desde la «tierra de las sombras» a otra del «más allá y más adentro»[2].

Describe a este último como un país «de verdad», cuya «luz es cada vez más intensa»[3] y «todo (…) es más real y más hermoso»[4]. Mucho más de lo que conocemos de nuestro mundo, calificado en este sentido como de sombras.

Se explica que se llega marchando «hacia arriba y hacia adentro»[5], porque es «un mundo dentro de otro mundo», pero con la peculiaridad de que: «Lo que hay dentro es mucho mayor de lo que hay fuera […] Cuanto más allá y más adentro se llegue, más grande es todo».

Como la obra es un relato de ficción alegórico, dirigido principalmente a lectores juveniles, para se comprenda lo que es este mundo interior y a la vez trascendente, escribe Lewis que podría decirse que es «igual que una cebolla, sólo que a medida que se llega más y más dentro, cada círculo es más y más grande que el anterior»[6].

La caracterización de este mundo incluido en el nuestro, del más allá y del más acá, expresa muy bien lo que es y la finalidad de la Metafísica, porque los dos adverbios, que utiliza Lewis para ello, se pueden aplicar al objeto o contenido de la ciencia metafísica.

Con la expresión «allá», se designa normalmente un lugar alejado del que lo pronuncia, pero de una manera imprecisa, como se advierte al decirse «ve por allá», porque no se determina exactamente el lugar donde hay que dirigirse. También se indica una cierta gradación. Se nota, cuando se dice: «pon esto más allá». Por último, denota una cierta lejanía. Claramente se advierte en frases como: «allá por el siglo XIII».

En cambio, el adverbio «acá» nombra el lugar del que lo expresa. Sin embargo, Igualmente, lo hace de modo indeterminado. También, supone que existen grados. Se dice, por ejemplo; «más acá» en el sentido de «muy acá». Finalmente, por el contrario, denota cercanía.

La corriente locución adverbial «de acá para allá», que se utiliza para significar que es un moverse de un lugar a otro sin permanecer en ninguno, podrá representar el orden con que procede la metafísica, que incluye los dos elementos para acceder a unas realidades, que no se manifiestan inmediatamente. Hay que partir del «más acá», del interior del propio sujeto. Hay que empezar por lo que está más adentro, por la propia interioridad.

Así lo advirtió Sócrates, hace dos mil quinientos años. Su consejo «conócete a ti mi mismo»[7], implicaba la convicción de que reflexión sobre el interior de uno mismo, el más acá, revela lo que está más allá. Desde el autoconocimiento se conoce lo que está «más allá», el mundo o naturaleza y, en otro grado más lejano, lo que trasciende a la realidad en que se encuentra el hombre. Al conocimiento de esta última realidad se consagró su discípulo Platón. Su pensamiento podría considerase la primera Escatología sistematizada racionalmente

La Escatología en la actualidad

La Metafísica desde la mera razón no puede alcanzar el misterio del más allá. Puede lograr algunas verdades, pero son muy pobres e insuficientes. Quizás ésta sea una de las causas de que filósofos y teólogos parece que hayan perdido interés por la temática escatológica

Además, debido a que las ciencias, las ciencias empírico-experimentales, no se ocupan de ello, dado su método limitado, que no es apto para llegar a lo más profundo de las cosas, a su esencia y causas últimas, se han quedado en lo superficial o en lo fenoménico, el hombre actual ha creído que no se puede saber nada del «más acá» ni del «más allá».

Parece que el agnosticismo es la respuesta del hombre sobre todo lo que está más allá de él, y, por tanto, de lo trascendente. Ya en el siglo XIX notaba Jaime Balmes: «La vida es breve, la muerte cierta: de aquí á pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana, habrá descendido al sepulcro, y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida».

De manera que: «Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato, no destruyen la realidad de los hechos: si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno, y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo; y, además, esta caprichosa negativa no mejorará el destino que según las leyes eternas me haya de caber. Cuando suene la última hora, será preciso morir, y encontrarme con la nada o con la eternidad».

Debe advertirse asimismo que: «Este negocio es exclusivamente mío, tan mío, como si yo existiera solo en el mundo: nadie morirá por mí; nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida, privándome del bien, o librándome del mal».

Toda esta cuestión tiene una «alta importancia» y si «no quiero pensar en ella, hablo como el más insensato de los hombres. Un viajero encuentra en su camino un rio caudaloso; le es preciso atravesarle, ignora si hay algún peligro en este o aquel vado, y está oyendo que muchos, que se hallan como él a la orilla, ponderan la profundidad del agua en determinados lugares, y la imposibilidad de salvarse el temerario que a tantearlos se atreviese. El insensato dice: «¿qué me importan á mí esas cuestiones?», y se arroja al rio sin mirar por dónde. He aquí al indiferente»[8].

Puede que se haya sucumbido a este desinterés y despreocupación, porque como escribía Lewis, en el siglo siguiente, por: «el terrible sortilegio de la mundaneidad imperante desde hace aproximadamente cien años. Buena parte de la educación recibida ha ido dirigida a silenciar esta tímida y persistente voz interior. La mayoría de las corrientes filosóficas modernas han sido urdidas para convencernos de que el bien del hombre se halla en esta tierra», que su vida, por tanto, consiste en lo meramente terrenal.

Sin embargo, el hombre de hoy, aparentemente alejado de la búsqueda del conocimiento de lo que está «más acá y más allá», de su interioridad y de lo que le trasciende, no ha renunciado a prestar atención a la realidad y a su misterio. No quiere permanecer en una especie de somnolencia que le cierre a la voz y a la luz del trasfondo de la superficie de las cosas materiales y de las espirituales, e igualmente de los hechos humanos, individuales y colectivos, actuales e históricos.

Notaba Lewis que: «es sorprendente que doctrinas filosóficas como la del progreso o la evolución creadora sean, a pesar suyo, testimonios de que nuestro verdadero fin está en otra parte».

La razón es porque asombrosamente: «arremeten contra la tierra cuando quieren convencernos de que es nuestra morada. Comienzan tratando de persuadirnos de que la tierra se puede transformar en el cielo. Al hacerlo así, quieren compensar nuestro sentimiento de exilio en un mundo terrenal como éste. A continuación, nos aseguran que el feliz acontecimiento ocurrirá en un futuro todavía muy lejano. Quieren desagraviar así el conocimiento de que la patria no es ésta de aquí y ahora»[9].

Añadía Lewis que: «finalmente, para no despertar el anhelo de lo transtemporal y echarlo todo a perder, recurren a cualquier retórica disponible para expulsar de nuestras mentes el recuerdo de que, si la felicidad por ellos prometida pudiera alcanzarla el hombre en la tierra, la muerte haría que la perdieran las sucesivas generaciones, incluida la última de todas. La historia entera sería, pues, nada para siempre. Ni siquiera sería historia»[10].

Por ello, como ha indicado el Concilio Vaticano II: «Son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?»[11].

La Escatología de santo Tomás.

Para el estudio de la Escatología, al igual que en todas las otras partes del pensamiento filosófico-teológico católico, santo Tomás, como dijo el papa Pío XI en la encíclica, que le dedicó en 1923, en el sexto centenario de su canonización, es el «guía principal en los estudios»[12], tanto filosóficos como teológicos.

En nuestros días, el papa Pablo VI, en la carta del séptimo centenario de la muerte del Aquinate, dijo que debía ser aceptado: «no solo como pensador y doctor del pasado, sinó también por la vigencia de sus principios, de su doctrina y de su método»[13].

La gran consideración y la constante recomendación de santo Tomás por la Iglesia, prácticamente desde su muerte, se explican porque: «La Iglesia ha querido reconocer en la doctrina de santo Tomás la expresión particularmente elevada, completa y fiel de su magisterio y del sensus fidei de todo el pueblo de Dios, como se habían manifestado en un hombre provisto de todas las dotes necesarias y en un momento histórico especialmente favorable»[14].

El conocimiento de la Escatología tomista es, por tanto, de gran utilidad teórica y práctica. Sin embargo, al problema indicado de la misma Escatología, se une otro, porque su obra cumbre la Suma teológica está incompleta.

La Escatología de santo Tomás debería constituir la última parte de la Suma, pero su muerte no permitió su redacción. Su tempana y extraña muerte hizo que llegara hasta el Tratado de los Sacramentos, que tampoco pudo completar; y la Suma se quedó en el artículo primero de la cuestión noventa de la Tercera parte, en el Tratado de la penitencia. Debían seguir, además de las otras cuestiones sobre el sacramento de la penitencia, las del Tratado de la extremaunción, del Tratado del sacramento del orden y del Tratado del matrimonio, sacramentos que quedaban por tratar, y también el Tratado de los Novísimos.

Es innegable que este último tenía que ser un tema integrante de la Tercera parte de la Suma teológica, porque, como indica santo Tomás en su Prólogo, esta parte se ocupa de Cristo en cuanto camino para volver a Dios, ya que: «Nuestro Salvador y Señor Jesucristo, «liberando a su pueblo del pecado» (Mt 1, 21), tal como anunció el ángel, se nos mostró como la vía de la verdad por la cual podemos llegar a la resurrección y a la bienaventuranza de la vida inmortal». Es la culminación de las otras dos partes de la Suma, que tratan de Dios como es en sí mismo –uno en esencia, trino en personas, y creador– y como fin para las criaturas racionales y libres, respectivamente.

Revela a continuación el plan a seguir en esta Tercera parte: «Primeramente hemos de estudiar al Salvador en sí mismo; después los Sacramentos, con los que alcanzamos la salvación; y en tercer lugar el fin de la vida inmortal al que nos hace Él llegar por la resurrección»[15].

Hay que notar que, en el tratado anterior de los sacramentos, había escrito:«En los sacramentos se pueden distinguir tres aspectos: la causa misma de nuestra santificación, que es la pasión de Cristo; la forma de nuestra santificación, que consiste en la gracia y virtudes; y el último fin de nuestra santificación, que es la vida eterna. Por donde, el sacramento es signo rememorativo de lo que ocurrió en el pasado, a saber, la pasión de Cristo; signo demostrativo de aquello que se realiza en nosotros por la pasión de Cristo, a saber, la gracia; y signo profético, el anuncio y fianza de la gloria futura»[16].

El sacramento manifiesta, por tanto, tres aspectos: pasión, gracia y gloria. De manera que: «el sacramento significa las tres realidades en cuanto que forman una unidad por una cierta relación entre sí»[17].

Esta dificultad quedó resuelta muy ponto, porque parece ser que su secretario y amigo Fray Reginaldo de Piperno preparó todo lo que había quedado inconcluso. Tomó, para ello, los textos de una de sus primeras obras del Aquinate, Escrito sobre los cuatro libros de las Sentencias del Maestro Lombardo, concretamente del comentario al libro IV.

Todo este texto final, que se le conoce con el nombre de «Suplemento», está constituido por noventa y nueve cuestiones. que incluyen el Tratado de las postrimerías –desde la 69 a la 99 –. Todas ellas están estructuradas como en la Suma y, por ser el texto del mismo santo Tomás, casi no se advierte este añadido

La única dificultad que presentan es que no están redactadas en su época de madurez. Sin embargo, se puede solventar, porque para perfeccionar el contenido, se puede acudir a textos más cercanos a la época de la redacción de la Tercera parte de la Suma. Entre ellos, hay que citar los diecinueve capítulos dedicados temas escatológicos de la Suma contra los gentiles, que había terminado quince años antes. También se encuentran algunos en el Compendio de Teología, que había iniciado dos años antes de morir, y que tampoco pudo terminar. En general, se pueden encontrar explicaciones de temas escatológicos en casi todas sus obras.

Por consiguiente, es posible ofrecer fielmente y comentar la Escatología de santo Tomas. En los escritos siguientes se intentará hacerlo de manera clara y asequible, siguiendo el orden y principalmente el contenido las cuestiones del Suplemento, preferibles a los del Comentario al libro cuarto de las «Sentencias», que se atiene al esquema propio del manual, que se usaba en las aulas universitarias de entonces.

Eudaldo Forment



[1] Fray Angélico, Frag, de “El juicio final”.

[2] C.S. LEWIS, La última batalla (The last battle, trad. de M. Martínez-Lage), Alfagurara, Madrid 1991, p. 185.

[3] Ibíd., p. 194.

[4] Ibíd., p. 192.

[5] Ibíd., p. 194.

[6] Ibíd.. p. 192.

[7] Platón, Teeteto 149ª.

[8] Jaime Balmes, El criterio, en Obras completas, Madrid, BAC, 1948, v. III, pp. 537-775, c. 21, n. 1, p. 689.

[9] C.S. LEWIS, El peso de la gloria, en Id, El diablo propone un brindis, Rialp, Madrid, 1994, 2ª ed., pp. 115-130, p. 119.

[10] Ibíd., pp. 119-120.

[11] CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes, Exp. Prel., n. 10.

[12] PÍO XI, Encíclica Studorum ducem, 29- 6-1923, Introd. 1

[13] PAULO VI, Carta Lumen ecclesiae, 20 nov., 1974., Introd., 2.

[14] Ibíd., III, 22.

[15] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, III, Prol.

[16] Ibíd., III, q. 60, a. 3, in c.

[17] Ibíd., III, q. 60, a. 3, ad 1.

2 comentarios

  
Jordi
Me parece que hay dos escatologías: la personal y la social, ésta asociada al fin de los tiempos.

Lo cierto es que es un tema muy muy muy complejo, y poco tratado por la Iglesia más que en lo esencial. Hasta el Catecismo tiene una síntesis muy concisa y sintética. El Apocalipsis es de difícil interpretación aún hoy día.

Más o menos sería así, haciendo una mezcla de diversos autores, aunque hay una gran discusión sobre algunos de ellos:

........................


La Teología Dogmática se divide en cuatro tratados

I. Dios creador
II. Dios redentor
III. Dios santificador
IV. Dios consumador, remunerador o escatología

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A. Escatología personal o de almas

1. Novísimos o Postrimerías: Muerte, juicio particular, infierno, purgatorio, cielo

Algunos autores añaden:

a) Resurrección primera (Ap 20, 5-6)
b) Cuerpo glorioso (1Cor 15, 48-49)
c) Transformación de los vivos (1Cor 15, 51)
d) Resurrección final (Ap 20, 5)
e) Juicio universal (Ap 20, 12)


....................

B. Escatología social y eclesial

Habrán tres reinos:

1. Reino del Anticristo

2. Reino de Cristo y los santos, consumado en la Tierra (al final, rebelión de Gog y Magog)

3. Reino del Padre, consumado en el Cielo (Jerusalén Celestial, Nueva Tierra y Nuevo Cielo)

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Algunos autores diferencian:

1ª fase escatológica: Regeneración, restauración, fin de los tiempos, palingenesia:

a) Gran Tribulación
b) Transformación
c) Juicio de las Naciones
d) Nueva Tierra
e) Nueva Jerusalén
f) Reinado Eucarístico o Milenio: Reino de Cristo y los santos consumado en la Tierra, o también Reino del Pueblo de los Santos


2ª fase escatológica: Recapitulación, renovación, fin del mundo, anakaínosis:

a) Batalla final
b) Resurrección de los muertos
c) Juicio Final
d) Paraíso Celestial
e) Jerusalén Celestial
f) Bienaventuranza eterna
04/01/26 2:55 AM
  
fvl
Una buena exposición D. Eudaldo. ¡¡Feliz año!!
El comentario de Jordi fenomenal...

- - -

E.F.: ¡Muchas gracias! ¡Feliz año nuevo!
05/01/26 5:37 AM

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