XXIII. El bautismo de San Juan Bautista

La vida de Nazaret[1]

Después de la cuestión dedicada a la circuncisión de Jesús, la imposición del nombre de su nombre, su presentación en el templo y la purificación de María, Santo Tomás no se ocupa ya de los otros hechos de la llamada su vida oculta, narrados por los evangelistas. Se comprende que no lo haga en este lugar, porque no plantean problemas teológicos propios. Hay que tener presente que el tratado de la Vida de Cristo es teológico, porque pertenece a la Suma Teológica.

No obstante, para tener una visión completa de la infancia de Jesús, tal como se nos ha revelado y clarificar su sentido, son muy útiles las reflexiones de Joseph Ratzinger, que hace sobre la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret. Después de comentar el episodio de la huída a Egipto y su retorno a Nazaret(cf. Mt, 13-23), escribe sobre el relato el Niño perdido y hallado en el Templo, referida por San Lucas (2, 42-51): «La misión divina de Jesús rompe toda medida humana y se convierte para el hombre una y otra vez en un misterio oscuro. En aquellos momentos se hace sentir en María algo del dolor de la espada que Simeón le había anunciado (Cf. Lc 2, 35). Cuanto más se acerca una persona a Jesús más queda involucrada en el misterio de su Pasión».

Refiere: «la pregunta de su madre al encontrarle: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2, 48)», y comenta: «La respuesta de Jesús a la pregunta de la madre es impresionante: «Pero ¿cómo? ¿Me habéis buscado? ¿No sabíais dónde tiene que estar un hijo?¿Que tiene que estar en la casa de su padre, en las cosas del Padre» (cf. Lc 2, 49). Jesús dice a sus padres: « Estoy precisamente donde está mi puesto, con el Padre, en su casa»[2].

Advierte que: «en esta respuesta hay sobre todo dos aspectos importantes. María había dicho: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús la corrige: yo estoy en el Padre. Mi padre no es José, sino otro: Dios mismo. A Él pertenezco y con Él estoy ¿Acaso puede expresarse más claramente la filiación divina de Jesús?»[3]. Jesús revela la relación de filiación con Dios, que supera la de nuestra invocación de «padre» (Mt 6, 9) en el padrenuestro.

En cuanto al segundo aspecto, en este pasaje: «Jesús habla de un «deber» al que se atiene. El hijo, el niño debe estar con el padre (…) Él debe estar con el Padre, y así resulta claro que lo que puede parecer desobediencia, o una libertad desconsiderada respecto a los padres, es en realidad precisamente una expresión de obediencia filial. El no está en el templo por rebelión a sus padres, sino justamente como quien obedece, con la misma obediencia que lo llevará a la cruz y a la resurrección»[4]. José y María debían recordar que en su presentación al templo, después de su nacimiento, con la ofrenda de «un par de tórtolas o dos pichones» (Lc 2,24), como se hacía con todo niño recién nacido, no habían efectuado el pago del rescate del primogénito, por cinco ciclos[5], prescrito también por la Ley, Jesús pertenecía totalmente a Dios, era completamente de su propiedad.

Nota asimismo que: «también es importante lo que dice San Lucas sobre cómo Jesús crecía no sólo en edad sino también en sabiduría». De su respuesta se sigue que: «no sólo conoce a Dios a través de seres humanos que dan testimonio de Él, sino que lo reconoce en sí mismo. Como Hijo, él vive en un tú a tú con el Padre. Está en su presencia. Lo ve. San Juan dice que Él es el unigénito, «que está en el seno del Padre», y por eso lo puede revelar (Jn 1, 18). Esto es precisamente lo que se hace patente en la respuesta del niño a los doce años: él está con el Padre, ve las cosas y las personas en su luz»[6].

Además, como se dice en el Evangelio de San Lucas, también: «su sabiduría crece. En cuanto hombre, no vive en una abstracta omnisciencia, sino que está arraigado en una historia concreta, en un lugar y en un tiempo, en las diferentes fases de la vida humana, y de eso recibe la forma concreta de su saber. Así se muestra aquí de manera muy clara que él ha pensado y aprendido de un modo humano. Se manifiesta concretamente que él es verdadero hombre y verdadero Dios, como lo formula la fe de la Iglesia»[7].

Razones del bautismo de San Juan

De lo último que se ocupa Santo Tomás, en la primera de las cuatro partes en que divide la vida de Cristo, dedicada a su entrada en el mundo, es del bautismo de Cristo. Como el bautismo que recibió fue el de Juan, comienza con el estudio de su naturaleza. En el artículo primero de la cuestión, que le destina, se pregunta sobre la conveniencia de este bautismo en general.

Su respuesta es que fue conveniente por cuatro motivos: Primero: «porque: convenía que Cristo fuese bautizado por Juan, a fin de que consagrase el bautismo, como dice San Agustín (Com. S. Juan, Tract. 13, sob. 3, 22)».

Segundo: «para que Cristo fuera manifestado. Por lo que el propio Juan Bautista dice: «Para que sea manifestado (Cristo), a Israel, por eso vine yo a bautizar con agua». (Jn 1,31) Pues anunciaba a Cristo a las muchedumbres que acudían a él. Esto resultó más fácil que si hubiera tenido que correr de aquí para allá (anunciándolo) a cada uno en particular, como dice San Juan Crisóstomo (Cf. Com. S. Mateo, hom. 10)»[8].

Recuerda Santo Tomás que: «Juan no fue sólo un profeta, sino más que un profeta, como dijo el Señor (cf. Mt 11,9). Fue el término de la ley y el principio del Evangelio (cf. Lc 16,16). Y por eso a Él le competía a inducir, con la palabra y con las obras, a los hombres a recibir la ley de Cristo más que a la observancia de la ley antigua»[9].

Tercero: «para que con su bautismo acostumbrase a los hombres al bautismo de Cristo. De donde dice San Gregorio que para esto San Juan bautizó: «para que, guardando el orden de precursor, el que con su nacimiento había precedido al Señor que había de nacer, precediese también con el bautismo al que había de bautizar» (Com Evang., l. 1, hom. 7)»[10].

Advierte Santo Tomás que; « El bautismo de Juan no era de suyo un sacramento, sino una especie de sacramental, que disponía para el bautismo de Cristo. Y por eso, de algún modo, pertenecía a la ley de Cristo, no a la ley de Moisés»[11].

Cuarto: «para que, induciendo a los hombres a penitencia, los preparase para recibir dignamente el bautismo de Cristo. Por lo que dice San Beda: «cuanto aprovecha a los catecúmenos aún no bautizados la doctrina de la fe, tanto aprovechó el bautismo de Juan antes del bautismo. Porque, como aquél predicaba la penitencia y anunciaba de antemano el bautismo de Cristo, y traía al conocimiento de la verdad, que había aparecido en el mundo, así sucede con los ministros de la Iglesia, que primero enseñan, después reprenden los pecados de los hombres, y finalmente prometen la remisión de los mismos por el bautismo de Cristo» (Cf. Glosa ord. sob. Juan, 3-24)»[12].

Precisa Santo Tomás que el bautismo de Juan no era igual que los lavatorios de los ritos de purificación de los judíos, porque: aquellas abluciones de los fariseos eran inútiles, como ordenadas que estaban a la sola limpieza corporal. En cambio, el bautismo de Juan se ordenaba a la limpieza espiritual, pues inducía a los hombres a la penitencia»[13].

Origen divino del bautismo de Juan

Indica también Santo Tomás que el bautismo de San Juan venía de Dios. No puede negarse, porque: «se lee en el Evangelio de San Juan: «El que me envió a bautizar con agua, ése fue el que me dijo: Sobre quien vieres el Espíritu…» (Jn 1,33)»[14].

Sin embargo, advierte que: «en el bautismo de Juan pueden considerarse dos cosas: el rito de bautizar y sus efectos. El rito de bautizar no provino de los hombres, sino de Dios, el cual mandó a Juan a bautizar por la revelación familiar del Espíritu Santo. En cambio, sus efectos eran de los hombres, pues nada obraba aquel bautismo que el hombre no pudiera hacer. De manera que el bautismo no fue de Dios, sino en cuanto Dios obra en el hombre»[15].

No es así en el sacramento del bautismo, porque: «mediante el bautismo de la ley nueva, los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, lo que sólo Dios hace. En cambio, mediante el bautismo de Juan, sólo el cuerpo era limpiado por el agua. Por lo que se dice en evangelio de San Mateo: «Yo os bautizo con agua; él os bautizará con Espíritu Santo» (Mt 3, 11). Y por eso el bautismo de Juan recibe su nombre de él, del ministro que lo causa, en cuanto que nada se producía en tal bautismo que el propio Juan no hiciese. Por el contrario, el bautismo de la ley nueva no se denomina por el ministro, puesto que él no produce el efecto principal del bautismo, es decir, la limpieza interior»[16].

Por este motivo: «el bautismo de Juan, según la ordenación divina, debía durar poco». Sólo hasta que se hubieran preparado los caminos de Cristo, «Y debido a esto no se halla recomendado por ningún precepto general de la Sagrada Escritura, sino por particular revelación del Espíritu Santo»[17], que le mando a Juan administrarlo.

Podría parecer que: «el bautismo administrado por Juan no venía de Dios», porque: «de San Juan Bautista se dice en el evangelio que: «Juan no hizo ningún milagro» (Jn 10, 41)». Debe tenerse en cuenta que: «toda doctrina nueva proveniente de Dios es confirmada con algunos milagros; por lo cual, según se dice en el Éxodo, el Señor dic a Moisés el poder de hacer prodigios (cf Ex 4); y, en la Epístola a los Hebreos, se dice de nuestra fe que: «habiendo comenzada a ser promulgada por el Señor, fue confirmada entre nosotros por los que la oyeron, atestiguándola Dios con señales, prodigios y diversos milagros» (Heb 2, 3-4)»[18].

La falta de milagros, sin embargo, no es una razón para admitir que el bautismo de Juan Bautista «era del cielo»[19], porque: «toda la doctrina y la obra de Juan se ordenaban a Cristo, el cual con multitud de milagros confirmó su propia doctrina y la de Juan». Debía ser de este modo, porque: «si Juan hubiera hecho prodigios, los hombres se hubieran acercado por igual a Juan y a Cristo. Y para que atendiesen principalmente a. Cristo no se le concedió a Juan hacer milagros».

Además todo ello es evidente porque, por una parte, el mismo Juan Bautista dijo que su bautismo venía de Dios. «Cuando los judíos le preguntaron por qué bautizaba, confirmó su misión con la autoridad de la Escritura (cf. Is 40, 3), diciendo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto» (Jn 1,19)». Por otra, «la misma austeridad de su vida recomendaba su misión, pues, como dice San Juan Crisóstomo: «era cosa maravillosa ver en un cuerpo humano tanta resistencia»[20].

Bautismo preparatorio para la gracia

El bautismo de San Juan venía de Dios, pero no confería la gracia, como los sacramentos de la Antigua ley, que se obtenía por la fe en la venida del Mesías, y los sacramentos instituidos por Cristo, que la confieren por sí mismos. El bautismo de Juan, por ello, sólo inducía o instigaba al arrepentimiento de los propios pecados, y así preparaba para su remisión. En cambio, el sacramento del bautismo perdona todos los pecados.

La razón de esta limitación del rito de San Juan Bautista es porque, como se ha dicho: «toda la enseñanza y la obra de Juan eran preparatorias de la obra Cristo, como la del aprendiz y la del obrero de rango inferior en preparar la materia para recibir la forma que ha de introducir el obrero superior».

Por medio de todos los sacramentos se recibe la gracia de Dios, o por ser un signo de los sacramentos de Cristo a los que se acompaña la fe en Él, como ocurría en los de la Antigua Ley, o por la eficacia del mismo sacramento, como ocurre en los de la Nueva Ley. Siempre, por tanto, se cumple que: «la gracia debe ser conferida a los hombres por Cristo, según la sentencia de San Juan: «La gracia y la verdad han venido por Jesucristo» (Jn 1,17)».

Como no era un sacramento; «el bautismo de Juan no confería la gracia, sino sólo la preparación para la misma», que se obtendría con el bautismo de Cristo, más abundante y eficaz que los sacramentos que la significaban. La preparación la realizaba de tres maneras. «Una, por la doctrina con que Juan inducía a los hombres a la fe en Cristo. Otra, acostumbrando a los hombres al rito del bautismo de Cristo. La tercera, preparando a los hombres, mediante la penitencia, a recibir los efectos del bautismo de Cristo»[21], que eran superiores a los que conferían los antiguos. El bautismo de Cristo quitaría todo el pecado original de la naturaleza humana y no sólo en cuanto a sus efectos individuales, como se hacía en los anteriores, sino también se borraría todo el reato de pena, que quedaba en ellos. Además, se podría ya alcanzar la retribución final en el cielo.

Se confirma que «el bautismo de Juan no confería la gracia», porque: «se dice en San Mateo: «Yo os bautizo con agua para la penitencia» (Mt 3,11); y, como comenta San Gregorio Magno: «Juan no bautizaba en el Espíritu, sino en agua, porque no era poderoso para perdonar los pecados» (Com. Evang., l. 1, hom. 7)». Por tanto, a su bautismo le faltaba toda gracia, porque «la gracia procede del Espíritu Santo, y por medio de ella se quitan los pecados.»[22].

No obstante, se dice en el Evangelio de San Marcos que: «estaba Juan en el desierto bautizando y predicando el bautismo de penitencia para remisión de los pecados»[23]. Parece, por tanto, que el bautismo de Juan confería la gracia ya que «la penitencia y el perdón de los pecados se realizan por la gracia»[24].

. Esta conclusión no es valida, porque en la premisa mayor, las palabras de San Marcos, según San Beda (cf, Com. S. Marc., l. 1, 1, 4) pueden entenderse referidas a: «un doble bautismo de penitencia. Uno, el que confería Juan bautizando, del cual se dice «bautismo de penitencia», inducía a la penitencia y era como una manifestación por parte de los hombres de que harían penitencia. Otro, el bautismo de Cristo, que perdona los pecados, el cual no podía administrar Juan. El sólo lo predicaba diciendo: «Él os bautizará en el Espíritu Santo» (Mc 1,8)»[25].

El mismo evangelista dice a continuación que los hombres, que acudían a Juan, y eran bautizados en el Jordán, «confesaban ellos sus pecados»[26], «Esa confesión de los pecados no se hacía para obtener al instante la remisión de los mismos por medio del bautismo de Juan, sino para recibirla por la penitencia consiguiente y por el bautismo de Cristo, al que aquella penitencia preparaba»[27].

También puede darse esta otra interpretación del primer versículo de San Marcos, que invalida la objeción. Cuando se dice que «Juan predicaba «el bautismo de penitencia», querría decir el bautismo que inducía a la penitencia. La cual lleva a los hombres «a la remisión de los pecados».

Por último, queda igualmente respondida la dificultad con esta interpretación de San Jerónimo: ««por el bautismo de Cristo se confiere la gracia, por la que son perdonados gratuitamente los pecados. Esta obra es acabada por el Esposo, habiéndola comenzado el amigo del esposo», que es Juan. Por eso se dice de él que «bautizaba y predicaba un bautismo de penitencia para remisión de los pecados (cf. Mc 1,4. Lc 3, 3, Mt 3, 1)» (Pseudo-Jerónimo, Com. Marc, 1, 4), no que él acabase esa obra, sino que empezando, la preparaba »[28].

Esta misma interpretación se encuentra en la explicación de Joseph Ratzinger del significado del bautismo de Juan. Escribe, en su obra Jesús de Nazaret, sobre este bautismo: «Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un nuevo comienzo, es decir de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas»[29].

Sobre las palabras anteriores a las citadas del versículo comentado, «acudía a él toda la gente de Judea y todos los de Jerusalén»[30], escribe Ratzinger: «Podemos imaginar la extraordinaria impresión que tuvo que causar la figura y el mensaje del Bautista en la efervescente atmósfera de aquel momento de la historia de Jerusalén. Por fin había de nuevo un profeta, cuya vida también le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautizaba con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está al llegar»[31].

 

Eudaldo Forment

 



[1] Rembrandt, El sermón de San Juan Bautista (1634).

[2] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús. Barcelona, Planeta, 2012, p. 128.

[3] Ibíd., pp. 128-129.

[4] Ibíd., p. 129.

[5] Cf.  Ibíd., p. 89.

[6] Ibíd., p. 131.

[7] Ibíd., pp. 131-132.

[8] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 38, a. 1, in c.

[9] Ibíd., III, q. 38, a. 1 , ad 2.

[10] Ibíd.,  III, q. 38, a. 1, in c.

[11] Ibíd., III, q. 38, a. 1 , ad 1.

[12] Ibíd., III, q. 38, a. 1 , in c.

[13] Ibíd., III, q. 38, a. 1 , ad 3.

[14] Ibíd., III, q. 38, a. 2, sed c.

[15] Ibíd., III, q. 38, a. 2 ,in c.

[16] Ibíd., III, q. 38, a. 2 , ad 1.

[17] Ibíd., III, q. 38, a. 2 , ad 3.

[18] Ibíd., III, q. 38, a. 2 , ob. 2.

[19] Mt 21, 25.

[20] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 38, a. 2, ad 2..

[21] Ibíd., III, q. 38, a. 3, in c.

[22] Ibíd., III, q. 38, a. 3, sed c.

[23] Mc 1, 4.

[24] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 38, a. 3, ob.1

[25] Ibíd., III, q. 38, a. 3, ad 1.

[26] Mac 1, 5.

[27] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 38, a. 3, ad 2..

[28] Ibíd., III, q. 38, a. 3, ad 1.

[29] Josep Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Primera parte, Madrid, La esfera de los Libros, 2007, p. 38.

[30] Mc 1, 5:

[31] Josep Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Primera parte, op. cit., p. 37.

1 comentario

  
Vicente
Jesús es bautizado para santificar las aguas
02/01/23 10:30 PM

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