La homilía
De entre las tareas que tenemos los sacerdotes pocas son más arduas, más difíciles, que la homilía. Cada domingo, como parte de la liturgia y como alimento de la vida cristiana, hay que predicar. Y hay que intentar hacerlo bien. Este ministerio nos obliga a una revisión constante, a un continuo ejercicio de “ensayo y error”, a un sostenido esfuerzo por acertar y por avanzar. Quizá más que nunca el que predica está sometido a la crítica, pocas veces indulgente, de los oyentes. Apenas se oye elogiar una buena homilía. Es más frecuente lo contrario, la queja, más o menos fundada o infundada.
Al predicar se anuncia y se explica el misterio cristiano, el misterio de la Pascua de Cristo, para que los fieles lo acojan en su corazón y lo testimonien en su vida. Predicar no es hablar por hablar. El tema – o los temas – viene dado. Ante todo, por la palabra divina que se proclama y, también, por los textos eucológicos de la liturgia. El anuncio del mensaje, la exposición de la doctrina, la exhortación moral, la defensa de la fe son motivos que se entrelazan en una predicación; con mayor o menos acento, según ocasiones, en uno o en otro de estos elementos.
Predicar, más que una ciencia, es un arte; una virtud, una disposición, una habilidad. No hay una correlación estricta entre conocimientos y predicación. Un sabio puede predicar mal, aunque es difícil, o imposible, que un ignorante lo haga bien. El saber como condición necesaria no es, sin más, una condición suficiente. La homilía es un puente, una mediación, entre la Palabra de Dios y la asamblea que la escucha. Y vale en la medida en que sea puente. Si no lo logra, entonces estorba y, en lugar de ser un canal para la comunicación, se convierte en mero ruido, en interferencia desagradable.

Siempre me ha preocupado el tema de la increencia. En el vocabulario clásico, más que de “increencia” se hablaba de “incredulidad”; es decir, de repugnancia o de dificultad para creer, de falta de fe y de creencia religiosa. Y es un tema que me preocupa porque lo siento como muy cercano a mí. Personas muy allegadas no creen. Es más, yo mismo puedo pensarme como no creyente. Recuerdo un libro de un jesuita - que fue en su día profesor mío - que, a propósito de la increencia, titulaba uno de los capítulos de su obra con una frase provocadora: “Celebrar Misa como un ateo”.
“En octubre diré quién soy y lo que quiero”, había anunciado la Virgen María a los videntes de Fátima. Y este anuncio se cumple en la aparición del día 13 de octubre de 1917: “Soy Nuestra Señora del Rosario”; quiero “que continúen siempre rezando el Rosario todos los días”. Las revelaciones privadas, entre las cuales debemos contar las apariciones de Fátima, nos ayudan a vivir más plenamente la revelación definitiva de Cristo en una época de la historia (cf Catecismo 67). ¿En qué medida puede ayudarnos a vivir la fe en nuestro tiempo saber que María se llama a sí misma “Nuestra Señora del Rosario” y saber que Ella nos pide que recemos el Rosario todos los días?
Jesús nos invita a entrar al banquete del Reino; a ese banquete de bodas que describe el proyecto divino de la salvación. Dios quiere que los hombres participen de su vida reuniéndolos, en la Iglesia, en torno a su Hijo Jesucristo. Cristo es el “corazón mismo de esta reunión de los hombres como ‘familia de Dios’ ” (Catecismo, 542). Él es el Reino de Dios en persona. Entrar en el Reino es vivir con Cristo y en Cristo.
La Apologética se ocupa de la “apología” de la fe cristiana. Y la “apología”, si acudimos al Diccionario, es un discurso, de palabra o por escrito, en defensa o alabanza de algo o de alguien. Podemos pensar, por ejemplo, en la célebre obra de Newman “Apologia pro Vita Sua”, un texto en el que el futuro Cardenal se defiende de acusaciones injustas, motivadas por su conversión al Catolicismo.












