26.05.08

Mayo virtual: Madre de los Vivientes

Día 26 de Mayo: Madre de los Vivientes

“El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta: da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece” (1 Samuel 2,6-7).

Al celebrar la solemnidad de la Anunciación, los cristianos celebramos la entrada del Señor en el mundo, confesándolo como Dios y como hombre verdadero. Dios preparó a su Hijo un cuerpo para que, a través, de él, pudiese cumplir su voluntad (cf Hebreos 10,4-10).

María es la Virgen que creyó el anuncio del ángel y llevó a Cristo hecho hombre en sus purísimas entrañas con amor. La salvación de Dios nos llega a través de la concepción en el seno de María del “Dios-con-nosotros”, del Emmanuel, el Hijo de la Virgen, que se hizo hombre por salvar a los hombres.

María es la Madre de los Vivientes, porque es la Madre de Jesús, el Príncipe de la Vida, el Viviente que ha resucitado, el que vive. Por la obediencia de la fe, respondiendo con su fiat a la palabra de Dios, María es la nueva Eva, a través de la cual nos vino la Vida.

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La memoria de Dios

La celebración del aniversario de la muerte de un cristiano es un ejercicio de memoria, de recuerdo, de evocación. Recordamos a aquel ser amado que ha dejado este mundo. Recordando, haciendo memoria, intentamos, guiados por un instinto natural, que el que ha muerto no haya muerto del todo. Nuestro recuerdo equivale a una protesta frente a la aniquilación: “Juzga [el hombre] con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte” (Gaudium et spes 18).

Pero la memoria humana, siendo grandiosa, es también débil y limitada. Nuestra memoria dura lo que duramos nosotros, y no tenemos nunca la garantía de perpetuar el recuerdo. ¿Quién se acordará de los que nosotros recordamos cuando pasen los años, los siglos, los milenios? Lo más probable es que nadie. El paso del tiempo es un enemigo poderoso que acaba por borrar todas las huellas.

Pero la memoria del hombre no es toda la memoria. Más poderosa que la nuestra es la memoria de Dios. San Agustín, en su esfuerzo por comprender el contenido de la fe, descubrió una analogía, una semejanza, entre las facultades del alma y el misterio de Dios. El alma humana es una sola, pero tiene tres facultades: la memoria, el entendimiento y la voluntad. De modo análogo, el único Dios es Padre e Hijo y Espíritu Santo.

La celebración litúrgica es un ejercicio de memoria. En la plegaria eucarística, en la oración central de la Santa Misa, se celebra el memorial de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. No sólo el recuerdo, sino el memorial; es decir, el recuerdo que hace presente y actual aquello que se recuerda. Cuando se celebra la Santa Misa, por la fuerza del Espíritu Santo, la muerte y la resurrección del Señor no son meramente evocadas, sino que son sacramentalmente actualizadas. Lo que el hombre no puede alcanzar por sí mismo, que es vencer el paso del tiempo, lo puede Dios, dueño y señor de todos los tiempos.

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25.05.08

¿Renovar el aborto?

Leo una noticia sobre un Congreso de la Unión Progresista de Fiscales que, al parecer, se ha celebrado en Cáceres. El ministro de Justicia, en la clausura de ese evento, se ha manifiestado a favor de renovar, entre otras, la ley que regula la interrupción del embarazo.

Renovar, dice el Diccionario, es “hacer como de nuevo algo, o volverlo a su primer estado”. El que renueva sustituye una cosa vieja, inservible, por otra nueva, más útil y adecuada. Yo estoy de acuerdo con el ministro: Hay que renovar la ley despenalizadora del delito de aborto en determinados supuestos. Pero disiento en lo que concierne a la dirección que debería tomar esa renovación. A mi juicio, lo viejo, lo inservible, lo caducado, es apostar por la muerte; permitiendo, empujando o consintiendo que la madre - y el padre - se hagan violencia a sí mismos matando su maternidad/paternidad y, de paso, destrozando a su hijo. Lo auténticamente nuevo sería apostar por la vida y poner las bases legales para que ese bien fundamental fuese protegido en todo caso y en toda circunstancia.

Un Congreso que se moviliza “Frente a la intolerancia y la exclusión social” no puede, coherentemente, optar por la mayor intolerancia y la más grande exclusión, que consiste en eliminar al “inoportuno”; al que causa molestia; al que, llamado a nacer, a última hora se le cierra la puerta de la vida, convirtiendo lo que tendría que ser un alumbramiento en una siniestra guillotina.

El Congreso ha premiado a un sacerdote por su labor en pro de los desfavorecidos. Es de esperar que, entre estos desfavorecidos, estén también los niños que terminan en las cubetas, la carne de cañería, los desperdicios quirúrgicos que a los que se les quiere privar hasta de la consideración de restos humanos.

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24.05.08

La fiesta de la presencia real

La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo es la fiesta que celebra la presencia real del Señor en el Sacramento. La Eucaristía es acción de gracias, memorial sacrificial de la Pascua de Cristo y sacramento de su presencia real: En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero”, enseña el Concilio de Trento.

Las procesiones eucarísticas y la exposición del Santísimo surgen en la vida de la Iglesia como manifestaciones de la fe católica en esta presencia de Cristo. Hoy la Liturgia nos invita a creer y a adorar, y también a conocer mejor la riqueza de La Eucaristía.

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22.05.08

Mayo virtual: Nuestra Señora del Santísimo Sacramento

Día 25: Nuestra Señora del Santísimo Sacramento

“Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a sus discípulos y dijo: - Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mateo 26,26-28).

En la encíclica Redemptoris Mater, el Papa Juan Pablo II constata una realidad que todos podemos experimentar: “María guía a los fieles a la Eucaristía” (n. 44). La devoción a la Virgen, si es auténtica, conduce al culto eucarístico. Así se pone de manifiesto en los grandes santuarios marianos como Lourdes o Fátima e, igualmente, en la vida de los santos.

El Señor, en la Eucaristía, nos entrega su Cuerpo y su Sangre. Se trata del mismo cuerpo, aunque ya glorioso, que Él tomó de María, su Madre: “Ave verum Corpus natum de Maria Virgine”; “salve, verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María”, canta la Iglesia en un motete eucarístico. El cuerpo de Cristo, nacido de María, no es un cuerpo aparente, sino real. La presencia del Señor en el Sacramento es también una presencia real y no meramente simbólica: el pan y el vino que se ponen en el altar “después de la consagración son el verdadero cuerpo de Cristo que nació de la Virgen […] y la verdadera sangre de Cristo, que se derramó de su costado” (Sínodo de Roma de 1079).

San Pedro Julián Eymard (1811-1868) fue llamado “apóstol de la Eucaristía y de la Virgen” y propagó la devoción a Nuestra Señora del Santísimo Sacramento. Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, profundizando en el vínculo que une a Nuestra Señora con el Santísimo Sacramento, llama a María Mujer “eucarística”: “En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino” (n. 55).

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