22.05.20

La Ascensión, paciencia y esperanza

Cuarenta días después de la Resurrección, durante los cuales “come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino” (Catecismo 659), el Señor entra de modo irreversible con su humanidad en la gloria de Dios. El acontecimiento histórico y trascendente de la Ascensión supone la exaltación de Cristo a la derecha del Padre, obteniendo el señorío sobre todas las fuerzas creadas: “Y todo lo puso bajo sus pies”, escribe San Pablo (Ef 1,22).

La Ascensión del Señor no equivale a su ausencia, sino a un modo nuevo de presencia. Él, que tiene “pleno poder en el cielo y en la tierra”, les dice a los discípulos: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (cf Mt 28,16-20). Jesús, que por su Encarnación se hizo el “Emmanuel”, sigue siendo el “Dios con nosotros”. Su presencia es, a la vez, un consuelo – ya que nunca estaremos solos – y un desafío, que nos tiene que mover a descubrirlo continuamente en los hambrientos, en los pequeños y en los marginados (cf Mt 25, 31-46).

La presencia de Jesús es incondicional: “Yo estoy con vosotros”. Nada ni nadie puede destruir esta presencia, ni siquiera la muerte o nuestra imperfección. Él siempre está y, por consiguiente, siempre podemos estar con Él o retornar a Él si nos hemos alejado del Señor por nuestro pecado. Igualmente, a pesar de las crisis que le toque padecer a la Iglesia en su caminar por la historia, tenemos la certeza de que el Señor sigue estando en ella y con ella.

San Mateo, en el final de su Evangelio, recoge esta promesa de Jesús; una promesa que va acompañada de un encargo: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). A unos discípulos que no son perfectos - al menos, no todos, ya que, aunque “se postraron” reconociendo a Cristo, “algunos vacilaban” – el Señor les confía la misión de hacer nuevos discípulos.

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20.05.20

Las comunicaciones sociales: Los tejidos y los textos

Un amigo que tiene el don de hablar bien, y de escribir aun mejor, me ha hecho llegar el mensaje del papa Francisco para la 54 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales – jornada que se celebrará el domingo, 24 de mayo – titulado “Para que puedas contar y grabar en la memoria (cf. Ex 10,12). La vida se hace historia”.

Una cita de uno de los libros más narrativos de la Biblia, el “Éxodo”, se une a la constatación de los vínculos que conectan la vida a la historia. Empezando por la propia biografía. Recuerdo, y seguro que los lectores también, que de niño mi imaginación y mi capacidad de abrirme al mundo, inmenso y extraño, se ampliaba al escuchar relatos.

En mi infancia tuve la enorme fortuna, la providencia, de tener cerca a una persona muy querida por mí que me contaba cuentos e historias. Poseía, esta segunda madre, esta querida abuela, que no era abuela pero que ejercía como tal, el don del relato. Situaba las escenas, adelantaba los acontecimientos, sembraba de pistas el surco narrativo haciendo que el oyente, en este caso yo, estuviese deseando conocer el final; saber, definitivamente, qué había pasado.

Este aprendizaje me inició en la lectura de textos. Sobre todo, de novelas. Algo de este “gen” le ha llegado a mis hermanos, porque son buenos lectores y hasta aceptables escritores. Mejores que yo, seguro.

“Los tejidos y los textos”. Me ha gustado esa analogía que el papa establece entre tejidos y textos: “El hombre no es solamente el único ser que necesita vestirse para cubrir su vulnerabilidad (cf. Gn 3,21), sino que también es el único ser que necesita ‘revestirse’ de historias para custodiar su propia vida. No tejemos solo ropas, sino también relatos: de hecho, la capacidad humana de ‘tejer’ implica tanto a los tejidos como a los textos”.

No creo que se pueda decir mejor. Y he leído no sé dónde que el papa Francisco ha sido, en el pasado, profesor de Literatura. Bien sea que él haya tejido este texto o que lo haya aprobado, se ve que tiene buen gusto. Lo importante es lo que el papa llama una “buena historia”; aquella que “es capaz de trascender los límites del espacio y del tiempo”. A distancia de siglos, añade, “sigue siendo actual, porque alimenta la vida”.

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18.05.20

Poco a poco los católicos regresamos

Me refiero a que regresamos, los católicos, a la celebración de la Santa Misa con más fieles físicamente presentes. Es muy comprensible que esta reincorporación sea progresiva. No se contaba con “avalanchas”. Nunca las hay, más allá de celebraciones puntuales de un santo, de un patrón, de una fiesta. No hay “aludes”. No. Tampoco los había.

Cada domingo, en general, caben en nuestros templos más personas de las que realmente vienen. Vienen los que vienen, que son muchos, si se hace la suma de todos los templos. Pero son menos de los que han sido bautizados. Una situación que debe cambiar, porque el Bautismo es sacramento de fe, no de apostasía.

Toda esa (sobredimensionada) dramática, o tragedia, de “por favor, la Santa Misa” no se cumple en general. Sí se verifica en la paciente parcela, en el paciente “rebaño” que está ahí cada día y que ayuda siempre. En esa paciente parcela hay jóvenes, adultos, ancianos y, sin duda, algún sacerdote. Esa paciente parcela sostiene, hoy por hoy, la presencia de la Iglesia en nuestros pueblos, barrios y ciudades.

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17.05.20

Una ridícula campaña contra las mitras

Se ve que, con el confinamiento, mucha gente se aburre. Y surgen campañas, “campañitas” diría yo, más que barrocas, rococó, pero de un rococó del malo, de una vulgarización extrema y de una simplificación no menos excesiva.

Tomo como un divertimento que algunas personas – muy poquitas – hayan emprendido una especie de cruzada contra las mitras de los obispos. Es pintoresco. Entre las preocupaciones existenciales que pueden asediarnos a los seres humanos, la urgencia de abolir el uso de la mitra debe de ser de las últimas.

Todo depende, “de según como se mire todo depende”, que cantaba “Jarabe de Palo”. ¿Que la mitra es esencial al episcopado? ¿Que si no se usa es ya el fin del mundo, con virus o sin él? Tampoco.

Pero un mundo ceñido a lo de primerísima necesidad material sería un mundo muy plano, muy aburrido. Por desgracia, lo estamos comprobando en cierto modo. Un mundo reducido a un espacio aséptico, a un quirófano y, si pasamos de fase, a un hospital.

Yo no conozco a nadie normal que desee vivir eternamente en una sala de operaciones o en un sanatorio. Si es necesario, mientras lo sea, se soporta. Pero de ahí a erigirlo como ideal va un trecho.

Con lo de las mitras sucede algo análogo. Eliminar toda la riqueza de lo simbólico y crear un universo unidimensional, meramente funcional, aburre. Suena a campo de concentración, a hospicio de posguerra, a edificios de viviendas soviéticos o fascistas donde no había nada de belleza, sino mera funcionalidad no funcional.

Conviene leer, aunque solo sea por curiosidad, lo que el Ritual de la Ordenación de Obispos dice cuando se unge la cabeza del ordenado: “Dios, que te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, derrame sobre ti el bálsamo de la unción, y con sus bendiciones te haga abundar en frutos”.

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16.05.20

La comunión con Cristo, conocer y amar

La fe es la adhesión personal de cada uno de nosotros a Jesucristo, el Señor. Creer supone conocer y amar, sin que podamos establecer una separación tajante entre ambas dimensiones. En la medida en que amemos más a Jesucristo, mejor lo conoceremos y, a su vez, cuanto más lo conozcamos más lo amaremos.

En este proceso de identificación con el Señor se hace concreta la vocación fundamental de todo hombre, que no es otra que participar en la plenitud de la vida divina: “Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada” (Catecismo 1).

La adhesión a Jesucristo comporta querer lo que Él quiere y hacer lo que Él hace. Como ha explicado Benedicto XVI: “Idem velleidem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común” (Deus caritas est 17). Este pensar y desear común se expresa, para el seguidor de Cristo, en el cumplimiento de los mandamientos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, dice el Señor (Jn 14,15).

Esta observancia de los mandatos de Jesús no es una imposición externa, una carga pesada, sino que se trata de una exigencia que brota del amor. San Agustín decía que “el amor debe demostrarse con obras, para que su nombre no sea infructuoso”: “Quien los tiene presentes [los mandamientos] en la memoria y los guarda en la vida; quien los tiene en sus palabras, y los practica en sus obras; quien los tiene en sus oídos, y los practica haciendo; quien los tiene obrando y perseverando, ‘Ese es el que me ama’ ”.

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