La Ascensión y la dignidad de cada hombre

La solemnidad de la Ascensión del Señor se sitúa en la dinámica de la Pascua, del paso o éxodo de Cristo de este mundo al Padre. Jesucristo, vencedor de la muerte, entra para siempre con su humanidad glorificada en la esfera de Dios; en ese ámbito divino simbolizado en la Escritura por la nube y por el cielo.

El movimiento del ascenso, de la subida, nos hace pensar en el descenso, en la Encarnación: el que vuelve al Padre es el que salió del Padre (cf Juan 16, 28). Entre la salida primera y el retorno hay una diferencia. Cristo “sale” del Padre para, sin dejar de ser Dios, hacerse hombre, verdaderamente hombre, semejante a los hombres en todo, menos en el pecado.

Como canta la liturgia: “Sin dejar de ser lo que era ha asumido lo que no era”. Pero este “hacerse hombre” no es un acontecimiento pasajero, como si el Hijo de Dios se revistiese de un modo puramente externo de la condición humana. No, la Encarnación es un acontecimiento definitivo, irreversible. Para siempre, el que era sólo Dios es también hombre. Por su Ascensión, un hombre, uno de los nuestros, con un cuerpo como el nuestro, ha entrado para siempre en Dios.

Si la Encarnación supone la máxima cercanía de Dios a los hombres, la Ascensión supone la máxima cercanía de la humanidad y del mundo a Dios. El camino hacia Dios, el itinerario que marca para el hombre la meta definitiva, no es un camino cerrado, un callejón sin salida, un esfuerzo imposible. Es una realidad; es un camino ya transitado. El “territorio de Dios” no está vedado; la frontera se ha alzado para siempre: “Dios está abierto respecto del hombre” (J. Ratzinger).

Todo esto no carece de consecuencias para nosotros. Por la Ascensión, la naturaleza humana ha sido “extraordinariamente enaltecida”, hasta el punto de participar de la misma gloria de Dios. Nadie, salvo Dios, puede exaltar de tal modo la condición humana, elevarla a la dignidad suprema de lo divino.

Se equivocan quienes ven en Dios a un rival o a un enemigo del hombre. Se equivocan quienes ven en el cristianismo un adversario de lo humano. La Iglesia sabe que el camino hacia Dios, trazado por el mismo Cristo, es el hombre. Y de esta certeza brota un compromiso irrenunciable: el de no abandonar al hombre, a cada hombre, incluso al no nacido, en su realidad singular. Nada es más humano que mirar al cielo; nada humaniza más que recordar que el cielo es el destino del hombre.

Una segunda consecuencia atañe al mismo ser de la Iglesia. Contemplando a Cristo en su Ascensión, la Iglesia contempla la victoria de Aquel que es su Cabeza, y “donde nos ha precedido Él […] esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo”. La esperanza define el caminar de la Iglesia; ella “espera con todas sus fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey en la gloria” (Lumen gentium, 5).

Esta esperanza de la Iglesia se convierte en una luz para el mundo, pues “el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable” (Juan Pablo II). La Ascensión de Cristo nos lleva, pues, a vivir la esperanza y a testimoniar “la esperanza que no falla” (Romanos 5, 5); también en medio de las pruebas y de las tribulaciones.

Para cada uno de nosotros, la Solemnidad de la Ascensión supone una invitación a elevar nuestro espíritu a los bienes del cielo. Como decía el apóstol San Pablo: “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; sentid las cosas de arriba, no las de la tierra” (Colosenses 3, 1-2).
El Bautismo nos eleva, nos cambia de nivel, nos hace ciudadanos del cielo. Buscar “las cosas de arriba” es buscar a Dios; es buscar a Cristo; es permitir que Él llene todos los horizontes de nuestra existencia. Todo adquiere así su verdadero valor, su auténtico puesto.

El cielo que se abre por la Ascensión del Señor no se desentiende de la tierra. El cielo viene a la tierra, y la tierra se convierte en un anticipo del cielo, en la Eucaristía. Ahí, en ese admirable misterio, está Cristo. Ahí está el cielo; ahí se nos da la prenda de la gloria futura.

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