¿Los sacerdotes católicos están dispensados de cumplir el tercer mandamiento de la ley de Dios?
“Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo” (Ex 20,8-10). El “sábado”, día de descanso, evoca en la Escritura la creación, la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, el signo de la alianza de Dios con su pueblo. El sábado tiene un profundo sentido antropológico, ya que interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro: “Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto al dinero” (“Catecismo de la Iglesia Católica”, 2172).
Un filósofo contemporáneo como Byung-Chul Han reivindica la vida contemplativa y ha elogiado “la inactividad”: “Ya no conocemos aquel reposo sagrado y festivo que «reúne intensidad vital y contemplación y que incluso es capaz de reunirlas cuando la intensidad vital llega al desenfreno». El «tiempo libre» carece tanto de la intensidad vital como de la contemplación. Es un tiempo que matamos para impedir que surja el tedio. No es un tiempo realmente libre, vivo, sino un tiempo muerto. Una vida intensa hoy implica, sobre todo, más rendimiento o más consumo. Hemos olvidado que la inactividad, que no produce nada, constituye una forma intensa y esplendorosa de la vida. A la obligación de trabajar y rendir se le debe contraponer una política de la inactividad que sea capaz de producir un tiempo verdaderamente libre”.
Desde la perspectiva de la espiritualidad cristiana, Erik Varden, presidente de la Conferencia Episcopal Nórdica, insiste sobre la importancia de la oración y de la contemplación: “Escuchar [comenta en una entrevista] no es nuestro punto más fuerte en este momento. Quizás incluso para descubrir qué es la oración, primero que nada, necesitamos callar, aprender a estar en silencio y aprender a escuchar con esos oídos externos y también con los oídos de nuestro corazón. El silencio es la atmósfera de la oración porque nos permite oír y escuchar”.
Descansar, experimentar respiro, contemplar, callar, escuchar… Ninguno de estos valores bíblicos, antropológicos y espirituales son olvidados por la doctrina de la Iglesia. El domingo realiza la verdad del sábado judío y anuncia el descanso del hombre en Dios: “Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, el descanso necesario del espíritu y del cuerpo” (“Catecismo de la Iglesia Católica”, 2185).
Una práctica contraria a la auténtica pastoral, una práctica ilícita según la ley pontificia del Derecho Canónico, cuando incita u “obliga” a un sacerdote a celebrar, incluso sin permiso del Obispo, hasta tres veces la Santa Misa en los domingos o días de precepto - más de tres veces ni el Obispo la puede autorizar-, es una práctica que contraviene el necesario descanso. Las legítimas excusas, precisa el “Catecismo”, respecto al precepto del descanso dominical, no deben introducir hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud: “El amor de la verdad busca el santo ocio, la necesidad del amor cultiva el justo trabajo”, decía San Agustín.
Hay que introducir en la pastoral verdad y amor. Salvo que se desee que, por falta de verdad y de amor, se acabe con los pastores y con la pastoral. Si no se introduce verdad – lógica -, sin desvincularla del amor, que no es amor si se aparta de la verdad, no aguantarán los pastores ni surgirán, es imposible que lo hagan, vocaciones al sacerdocio ministerial.
La pastoral de la Iglesia no debe conducir – si está guiada por la verdad y por el amor – al suicidio de la Iglesia.
Guillermo Juan Morado.
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