La esencia del cristianismo y la coherencia institucional

En ocasiones, lo que puede parecer más teórico resulta lo más práctico. Hay que buscar el ser tras el obrar, sin separar ambas dimensiones, sin disociar la “teología” de la “economía”, la “doctrina” de la “pastoral”.

            Respondiendo a la pregunta sobre la esencia del cristianismo, sobre qué es lo propiamente cristiano, Romano Guardini escribe: “no hay ninguna determinación abstracta de esta esencia. No hay ninguna doctrina, ninguna estructura fundamental de valores éticos, ninguna actitud religiosa ni ningún orden vital que pueda separarse de la persona de Cristo y del que, después, pueda decirse que es cristiano. Lo cristiano es él mismo, lo que a través de él llega al hombre y la relación que a través de él puede mantener el hombre con Dios”. La persona de Jesucristo, en su unicidad histórica y en su gloria eterna, es la categoría que determina el ser, el obrar y la doctrina de lo cristiano.

            Es preciso no olvidar esta esencia – “lo esencial es el esencial”, dirá J. Ratzinger- para, en consecuencia, no confundirse acerca de la razón de ser de la Iglesia; de su finalidad misionera: “la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos” (LG 17). Juan Pablo II decía, muy bellamente, que “la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor". Es eso, esencialmente, y no otra cosa.

            La coherencia, la concordancia, la consistencia entre lo que somos y lo que debemos ser nunca suele ser perfecta. Los cristianos comenzamos el principal acto de culto a Dios, la Santa Misa, pidiendo perdón por nuestros pecados. Pero, más allá de la coherencia personal, siempre deseable y casi siempre imperfecta, está lo que podríamos denominar la “coherencia institucional”.

            Cualquier programa, cualquier proyecto, que emane de una institución de la Iglesia ha de estar en armonía con Jesucristo – en él radica la esencia del cristianismo – y con la finalidad misionera de la Iglesia. Es un criterio, este acuerdo, del que no cabe dispensarse. Y, a veces, parece que este criterio es pospuesto en favor de otros, rebajando lo esencial y dando primacía a lo aparentemente ventajoso o funcional. Se pierde así credibilidad y, a medio y largo plazo, también relevancia.

            Pongamos algún ejemplo: ¿Tiene sentido alquilar un espacio, un local, que pertenece a una congregación religiosa, a un espectáculo centrado en el espiritismo? Todo parece indicar que no. El “Catecismo de la Iglesia Católica” dice en el número 2116: “Todas las formas de ‘adivinación’ deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone ‘desvelan’ el porvenir”. Y, en el número 2117, añade: “El ‘espiritismo’ implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él”. La superstición, la idolatría, la adivinación y la magia, la irreligión, etc. se oponen al primer mandamiento de la ley de Dios y a la virtud de la religión.

            Tampoco parece muy coherente, desde el punto de vista institucional, que una parroquia católica ofrezca, entre sus actividades, cursos de yoga. El yoga no es solo un ejercicio físico. En una “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana”, la Congregación para la Doctrina de la Fe advierte que las propuestas “de armonización entre meditación cristiana y técnicas orientales deberán ser continuamente examinadas con un cuidadoso discernimiento de contenidos y de métodos, para evitar la caída en un pernicioso sincretismo”.

            Por su parte, un documento del Consejo Pontificio de la Cultura y del Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso titulado “Jesucristo portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la ‘Nueva Era’” recuerda que “muchas prácticas de la ‘Nueva Era’ no plantean problemas doctrinales a quienes las realizan; pero, al mismo tiempo, es innegable que estas prácticas, aunque solo sea indirectamente, comunican una mentalidad que puede influir en el pensamiento e inspirar una visión particular de la realidad”.

            No olvidemos lo esencial. Ni confundamos la finalidad para la cual Jesucristo quiso que existiese la Iglesia. A eso me refiero al hablar de “coherencia institucional”.

 

Guillermo Juan Morado.

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