“Exitus”

            Esta tarde ha sido una tarde muy diferente a las demás tardes de mi vida. Esta tarde falleció mi padre, Constantino, a los 86 años, tras pasar los últimos diez especialmente asediado por una enfermedad pulmonar. Unos diez años que fueron casi una prórroga graciosa, un aplazamiento, un combate que él libró con una incontestable voluntad de vivir – él se marcaba como meta al menos los 90 años -. No llegó a los 90, pero casi. Le faltaban cuatro años, que son los que tiene su único nieto, Adrià, el hijo, de momento único, del más joven de sus hijos, Miguel.

            Cuando esta tarde llegué a la casa de mis padres, ya estaba expedido el certificado de defunción firmado por el médico. Y allí, en medio de mil explicaciones, reinaba, solitaria, una sola palabra: “Exitus”. Esa palabra significa “salida” o “desenlace”. En el lenguaje médico “exitus” equivale a “exitus letalis”, el desenlace letal y final. En esa especie de lengua global que es el inglés, “exit” significa “salida”. El que tuvo – el latín – retuvo, hasta llegar al inglés.

            La muerte es “exitus”, es salida. Cuando uno sube a un avión y oye las aterrorizadoras palabras de la tripulación indicando las medidas de seguridad, siempre escucha que si hay que salir – “exitus”, “exit” – de emergencia, hay que hacerlo sin llevarse nada: ni una bolsa, ni un maletín. Nada es nada. Cualquier cosa que se intentase portar consigo podría ser un obstáculo que impidiese la salida de todos los demás. La muerte, el “exitus”, pide ligereza, escaso equipaje, disposición a no atesorar cosas.

            Más amable que la palabra “exitus”, es la palabra “transitus”, “tránsito”, que es pasar de un lugar a otro, de un estado a otro. Equivale a salir, pero no a salir hacia la nada, sino hacia otro lugar, hacia otro estado. Yo creo que los humanos “transitamos”. A veces, a la muerte de los santos, se le llama “tránsito”. Se habla, con el decoro que tiene el lenguaje de la fe, del “tránsito de la Virgen María”. La liturgia dice, en esta fiesta de la Asunción: “En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al mundo, oh Madre de Dios. Te trasladaste a la vida porque eres Madre de la vida, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas”.

            Un gran teólogo, el patrono de todos ellos, santo Tomás de Aquino, articuló su obra magna, la “Suma de Teología”, siguiendo el esquema del “exitus” y del “reditus”; de la salida y del retorno. El gran drama de la redención, de la salvación cristiana, bascula entre esos dos momentos: “exitus” y “reditus”.

            El “exitus”, la salida, parte de Dios, que crea el mundo, que es la causa primera de todo lo que existe, que manifiesta la fecundidad de la Trinidad divina. El “reditus”, el retorno, equivale a la vuelta al origen, a Dios, al fin de todo lo existente. En economía, el “rédito”, o los “réditos”, designa el dinero que vuelve tras un depósito o una inversión. El retorno a Dios se logra, según santo Tomás, mediante el amor, la vida moral y la gracia. Pero el camino, el puente, el pontífice de ese retorno es Jesucristo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

            El camino conduce al descanso: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

            Yo quiero pensar, y esperar, que mi padre haya encontrado ese descanso en el Corazón de Cristo. Y quiero expresar el agradecimiento por tantas muestras de cercanía y de afecto. Muchas gracias en nombre de mi madre – con sesenta años de matrimonio -, de mis hermanos – especialmente de David, que ha llevado el yugo y la carga del día a día – y en el mío propio. Muchas gracias a todos.

Guillermo Juan-Morado.

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