El Santísimo Cristo de la Victoria

En su poema “La Saeta”, Antonio Machado prefiere contemplar a Cristo no en el estatismo de la cruz, atrapado por el sufrimiento y por la muerte, sino en la libertad, en el movimiento y en la esperanza del Cristo que camina sobre las aguas: “¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, /sino al que anduvo en el mar!”. Los poetas – y don Antonio Machado en grado sumo - tienen licencia para preferir, según su sensibilidad, una u otra escena de la vida de Jesucristo. Pero es el mismo Jesús el que, con majestad divina, domina los elementos y calma el mar que sacudía la barca de Pedro, diciendo “Yo soy” que el Crucificado que, poco antes de exhalar el espíritu, gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, una cita del Salmo 22 que expresa con toda su crudeza la angustia del justo, que, sin embargo, se abandona con confianza a Dios.

El cantar del pueblo de Vigo al Santísimo Cristo de la Victoria es consciente de esta identidad entre cruz y esperanza, entre aparente fracaso y victoria, entre la obediencia de aquel que se entrega a la muerte y la libertad y la fuerza del que, muriendo, destruyó la muerte. El Santísimo Cristo de Vigo es el Cristo de la Sal que se impone con su autoridad sobre el oleaje cuando el viento resulta contrario: “Alza, Vigo, la frente serena y contempla a tu Cristo en la Cruz; y verás como envuelve a este pueblo en torrentes de amor y de luz”. En medio de las turbulencias de la historia y de la propia biografía, la mirada elevada a Cristo proporciona serenidad.

Las villas y las ciudades de la Ría de Vigo saben mucho acerca del mar y de sus peligros, de su poder formidable y terrible. La mitología mesopotámica veía el océano cósmico que circunda al continente como una bestia monstruosa, Tiamat, un dragón que simbolizaba los poderes caóticos y devastadores a los que Marduk, el dios del orden, debía reducir a la impotencia para transformar el caos en cosmos. En la Biblia, por el contrario, el mar, por poderoso que sea, no deja de ser una criatura, que jamás puede rivalizar con la soberanía del Dios todopoderoso: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”, le dice Jesús a Pedro y a los discípulos, asustados por la tormenta. Basta con una palabra de Jesús para que el mar se calme: “¡Calla! ¡Enmudece!”.

Desde diferentes ubicaciones de la ría de Vigo surge espontáneamente una misma súplica: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. No es un indicio de duda, sino de confianza lo que hace que tantas parroquias invoquen a “su” Cristo y procesionen “su” imagen por las calles: El Cristo de Cangas, el Cristo de Redondela, el Cristo de Bouzas… El Cristo de Vigo. “Cielos y tierra canten la gloria del Santísimo Cristo de la Victoria. Del Santísimo Cristo de la Victoria”. Los creyentes cuando cantan al Crucificado ensalzan siempre su victoria, su triunfo sobre el pecado, sobre el dolor y sobre la muerte. El Santísimo Cristo ha transformado por completo la señal de la cruz y por eso la Iglesia, en el Viernes Santo, adora la santa Cruz: “¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!”.

Quizá no sea Vigo la ciudad más religiosa del mundo. Seguramente no lo es. Pero ha comprendido algo muy importante: En el Crucificado, en el Santísimo Cristo, en el amor que es más fuerte que la muerte y que no retrocede ante ella, se expresa la esencia del cristianismo y el auténtico ser de Dios. Y ahí tiene su base firme nuestra esperanza. Ojalá que el esplendor de la procesión del Santísimo Cristo, que es realmente el paso de la imagen del Rey del Universo aclamado por su pueblo, se extienda, aunque solo sea un poco, a otra procesión, la del “Corpus Christi”, donde ya no sale de la basílica-concatedral una imagen, por venerable que sea, sino el humilde Sacramento de la presencia real del Señor entre nosotros. ¡Qué menos, permítanme esta sugerencia, que una banda de música acompañe también el paso del “Dios escondido” en la custodia por las calles de Vigo!

 

Guillermo Juan-Morado.

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