El gimnasio y la "Magnifica humanitas"

Los pabellones dedicados al ejercicio, al entrenamiento, al variado mundo del “fitness” forman parte de nuestra vida. Por razones de salud, por motivos estéticos, por el deseo de sentirse mejor, por recomendación médica… son muchas las personas que se apuntan a un gimnasio. “Mens sana in corpore sano”, dice el conocido adagio latino, que invita a cultivar el bienestar integral, de la mente y del cuerpo; de la unidad de ambos que configura la naturaleza humana.

Hay quien tiende a abandonarse, a descuidar de modo irresponsable el propio estado físico y mental comiendo o bebiendo más de la cuenta, llevando un estilo de vida excesivamente sedentario, consumiendo tabaco u otras sustancias nocivas. En el extremo contrario, se puede caer en un exceso de preocupación por el propio aspecto, bien sea dejándose atrapar por la cautividad del narcisismo o sucumbiendo al empeño imposible de conjurar los signos del paso del tiempo, de la temible vejez que se aproxima sin molestarse en pedir permiso.

La obsesión por una delgadez inalcanzable, por una musculatura perfecta, por una silueta atlética; la atención maníaca a una alimentación baja en calorías y rica en proteínas; la prioridad concedida, sobre cualquier otra cosa, al tiempo de entrenamiento; el excesivo gasto invertido en tratamientos estéticos; la autoinspección frente al espejo en busca de eventuales imperfecciones… pueden ser indicios de que quizá el responsable propósito de cuidarse degenera en una actitud que confina con la neurosis.

Un ensayista alemán, Manfred Lütz, escribe con ironía: “Mi impresión es que hoy muchos ya no creen en Dios, sino en la salud, y todo cuanto una vez se hacía por Dios – peregrinaciones, ayunos y buenas obras – hoy se hace por la salud. Hay personas que no afrontan ya la vida de modo lineal, sino que viven en modo «preventivo» y, al final, mueren sanas. No obstante, incluso el que muere sano, desgraciadamente está muerto”.

Y sigue ahondando en esta comparación: “Así también las manifestaciones típicas de la experiencia religiosa han entrado en el campo de la salud. Se puede observar el paso de las tradicionales procesiones a las visitas en procesión al médico, a las peregrinaciones al especialista. En los gimnasios se pueden encontrar personas que viven una vida de renuncias y mortificaciones en comparación con las cuales la regla de las órdenes religiosas de la más estrecha observancia parece un divertimento. Para evitar la muerte, se corre en la calle, en los bosques, se comen cereales y cosas peores… para llegar a morir igualmente, por desgracia”.

Ya Aristóteles advertía que la virtud consiste en el justo medio, en el punto de excelencia entre dos extremos viciosos. Así, la valentía es virtud, cuyo defecto sería la cobardía y cuyo exceso, la temeridad. Seamos virtuosos, cultivando una vida buena, también saludable en lo posible, pero sin olvidar nuestra finitud y contingencia, de la que puede formar parte también el dolor, la enfermedad y el sufrimiento. Y esos límites no restan ni un ápice de la dignidad que tenemos como personas. Hace falta entrenar el alma, el corazón, para asumir con lucidez y con esperanza todas las dimensiones de lo auténticamente humano.

Hace falta, como pide la visita del Papa a España, estar atentos a una petición: “Alzad la mirada” (Juan 4,35). De lo material a lo divino: “Alzad la mirad”. No somos ni animales ni ángeles. Es algo que recuerda muy bien León XIV en su encíclica “Magnifca humanitas”.

Guillermo Juan-Morado.

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