Manso y humilde de corazón
Jesús agradece a Dios su revelación a los pequeños e invita a todos los oprimidos a seguirlo.
Lo que es ocultado a los sabios y entendidos, es dado a conocer a los pequeños, quienes, de este modo, participan del mutuo conocimiento del Padre y del Hijo: “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo de lo quiera revelar”.
Algo similar leemos en el libro del Eclesiástico: “grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes” (Eclo 3,30). Necesitamos situarnos en la senda de la humildad y del discipulado para poder aprender de Jesús, el Hijo de Dios. Frente a los sabios e inteligentes, a los escribas y a los maestros de la Ley, el Señor prefiere, como destinatarios de su revelación, a los simples creyentes, humildes y piadosos; a los excluidos y despreciados.
En cualquier campo del saber se requiere la humildad para poder aprender. Un simple virus ha detenido la marcha del mundo y los grandes sabios han reconocido que apenas sabían nada de él, o muy poco. Un fenómeno de la naturaleza, como un volcán, desafía con su imprevisibilidad los conocimientos de los expertos.
¡Cuánto más acontece en los misterios que rodean al hombre! ¿Qué sabemos nosotros del enigma del dolor y de la muerte? Fuera del Evangelio, lejos de la enseñanza de Cristo, ese enigma nos abruma: “¿cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte?, ¿qué seguirá después de esta vida terrena?”.

José Fernández Lago es el deán de la catedral de Santiago de Compostela. Licenciado en Sagrada Escritura y doctor en Teología por la PUG de Roma, es un prolífico autor, tanto de obras de investigación bíblico-teológica como de libros de divulgación y de piedad popular.
Hace ya mucho tiempo que reflexiono sobre la fe. A mi modo de ver, es el tema fundamental: “Creer o no creer”. No me refiero a creer en cualquier cosa, sino, específicamente, a creer en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.
Apertura del Curso Académico 2021-2022 del Instituto Teológico de Vigo.






