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16.04.18

La muerte de un ateo "bueno"

Quería hacerte una pregunta. Cuando una persona atea muere que pasa con su alma? Si esa persona fue buena y nunca hizo daño a nadie, tenía buenas obras.. pero no creía en Dios? Yo estoy haciendo oración por su alma, ayer ofrecimos la sagrada eucaristía por él. –P.F.

* * *

El tema del “ateo bueno” es actual y de gran importancia.

Para mí lo más interesante de la pregunta sobre qué sucede con la eternidad de un ateo “bueno” es que nos obliga a preguntarnos con mayor profundidad qué es ser “bueno,” con lo cual, en el fondo, nos estamos preguntando qué tipo de vida debe uno vivir.

Lo más interesante es comprobar que para mucha gente ser bueno significa simplemente “no ser malo” y esto de “no ser malo” quiere decir: respetar las costumbres de convivencia social y tener de vez en cuando algunos actos de solidaridad, como por ejemplo, dar una donación para las víctimas de un terremoto, o ayudar a algún anciano a pasar la calle, o prestar dinero sin interés a un amigo en necesidad. Eso es lo que quiere decir “bueno” para mucha gente.

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14.02.18

Nota sobre la mundanización de la Iglesia

Ayunar en orden a compartir nuestros bienes con los pobres es bueno y santo pero la razón más plena y bíblica del ayuno no es solucionar un problema social.

El hecho de que tantos se sientan casi obligados a explicar el ayuno en clave de ayuda humanitaria parece ser signo de algo más profundo. Parece que poco a poco nos quieren matricular a todos en la “ICA,” la Iglesia Católica ACOMPLEJADA, que necesita demostrarle a todos, una y otra vez, que los católicos no vamos a ser una cuerda disonante en la “música” que hoy deleita al mundo. Se cumple así lo que dijo San Pablo: “vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos” (2 Timoteo 4,3).

Ya que el Papa Francisco ha advertido numerosas veces sobre la tentación y los peligros de la mundanización, conviene apuntar aquí algunas señales que nos ayudan a despertar a esa realidad nefasta para la fe:

(1) Eliminar las palabras incómodas del Evangelio, empezando por pecado, arrepentimiento, conversión y salvación.

(2) Ocultar sistemáticamente lo que concierne al sacrificio redentor de Cristo. Y por ello: disminuir o hacer desaparecer términos como Cruz, Sangre, sacrificio, sacramentos, abnegación, valor incomparable del martirio.

(3) Presentar la vida cristiana como un conjunto de “ideales” que pueden servir de inspiración, modelo o guía pero que son eso: ideales y por tanto no se le pueden exigir a nadie. Lo cual implica que no hay una diferencia real entre lo bueno y lo malo sino una serie infinita de grados y matices, una escala en la que todos cabemos y que por lo tanto hace aceptables, en cierta medida, todos los comportamientos.

(4) Privilegiar algunos pecados por encima de los demás. Los pecados “privilegiados,” o pecados con corona, tienen un régimen especial. Son tratados con delicadeza, eufemismos, circunloquios, sonrisas de profunda empatía, gestos de comprensión frente a lo inevitable. Ejemplo: la esclavitud de seres humanos en el siglo XVII; las prácticas homosexuales en el siglo XXI. Como lógica consecuencia, otros pecados son presentados en cambio como lo peor de lo peor, por ejemplo, la corrupción política o el daño ecológico. Este tipo de faltas, que pueden ser muy graves, están sobredimensionadas en algunos sermones actuales, que quizás quieren caer bien en los oídos de los que ya piensan de ese modo.

(5) Disculparse una y otra vez de las mismas fallas del pasado, cometidas por cristianos católicos a lo largo de los siglos. Como si cada discurso hubiera que empezarlo SIEMPRE pidiendo perdón por Galileo, la inquisición, la Matanza la Noche de San Bartolomé, el abuso sexual a menores, el daño causado a culturas aborígenes. Sin quitar importancia a las fallas graves allí sucedidas, uno ve que esos reconocimientos por parte nuestra no encuentran una contraparte por parte de los ateos, los protestantes, los comunistas o los que han perseguidos sistemáticamente la religión.

(6) Justificar, tácita o explícitamente, la existencia de la Iglesia solo en la medida en que es una institución humanitaria que resuelve problemas sociales y ayuda a una convivencia pacífica entre todos. por algo el Papa Francisco ha tenido que explicar más de una vez que la Iglesia no es una ONG.

(7) Abandonar en las nieblas del agnosticismo–endulzado con matices generalísimos sobre la misericordia divina–los temas propios de la vida eterna y las postrimerías.

(8) Tener siempre a mano una serie de etiquetas y caricaturas para descalificar a todos los que pretendan hablar del Evangelio con un lenguaje que recuerde la radicalidad, la santidad o aquello de que no vale nada el mundo entero si uno pierde su alma. Las etqietas preferidas serán: fariseos, rigoristas, legalistas, preconciliares, cruzados y sobre todo: “nostálgicos de una Cristiandad ya superada.”

La buena noticia es que hay acciones prácticas que uno puede hacer para quitarle fuerza a la mundanización de la Iglesia.

(1) Si uno compra libros del autor espiritual de moda, que nunca habla de redención ni del valor de la Sangre de Cristo, uno está fortaleciendo la mundanización. Si en cambio uno busca y compra autores clásicos, de probada virtud y doctrina, está haciendo un bien a la Iglesia.

(2) Si uno va a la película que todo el mundo está viendo, y que contiene blasfemias y lenguaje sacrílego, uno es parte de la mundanización de la Iglesia y está fortaleciendo a los enemigos de Cristo.

(3) Si uno sistemáticamente prefiere el arte religioso que disimula el dolor Cristo, por ejemplo con cruces del Resucitado, posiblemente está favoreciendo la idea de la entrega absoluta por la gloria del Padre y por nuestra salvación no es el camino propio de todo cristiano.

(4) Si uno guarda silencio cuando por enésima vez se recuerdan heridas o problemas de la Iglesia, de seguro uno está siendo cómplice del buenismo y la mundanización. Si uno en cambio reconoce con claridad lo que hay que reconocer pero además sabe bien y difunde bien lo que hoy se calla por medicridad y por complejo está haciendo una gran obra.

(5) Pero es sobre todo la vida nuestra, la de cada uno en su vocación y lugar, la que puede hacer la diferencia. Si somos expresión de la profundidad y extensión del reinado de Cristo podremos ser también testigos que con su vida y sus palabras proclamen: ¡Viva Cristo rey!

25.01.18

Combate espiritual

Leyes actuales en muchos países de Occidente apuntan a que admitamos los siguientes cinco enunciados; dos de ellos son clásicos y de gran solidez y los restantes tres son exabruptos de reciente factura:

1. Todos somos iguales delante de la ley.
2. Toda persona es inocente mientras no se demuestre lo contrario.
3. Sin embargo, en casos de agresión, abuso u otros crímenes, se presume culpabilidad por parte del hombre (es decir, del varón).
4. Las discriminaciones deben ser castigadas a menos que se trate de algunas que van específicamente contra los hombres.
5. Pero un hombre puede volverse mujer, o una mujer, hombre, con la sola fuerza de su declaración subjetiva.

Estimo que las evidentes contradicciones entre estos enunciados alcanzan al final un propósito: crear vacíos e inconsistencias legales de facto, que quedan como instrumentos de arbitrariedad para uso de los jueces o para presiones externas sobre los mismos jueces, por ejemplo, por parte de poderosos y bien subsidiados lobbies.

Estamos ante un ejemplo claro y reciente del colapso de la rama judicial, que así sigue de cerca al colapso de la rama legislativa–que ya había caído en el pozo séptico del positivismo jurídico–y al colapso de la rama ejecutiva, que ya se había redefinido a sí misma en términos de pragmatismo social para sostenerse en el poder dando a la gente lo que las encuestas digan que hay que darle.

Presenciamos así, a distintas velocidades y niveles de gravedad, el derrumbe del sistema actual de gobierno, conocido como “democracia” y basado teoricamente en la tripartición de poderes. Ese derrumbre deja en extrema desprotección a todos, empezando por las instancias intermedias, es decir, las formas de asociación que son superiores al individuo pero menores en número frente al Estado.

Lo cual significa que la familia, en primer lugar, y luego los grupos o comunidades nacidos de creencias religiosas o de prácticas académicas, están en situación de creciente vulnerabilidad frente a un sistema que dispone de poderosas herramientas para silenciar a los opositores.

En efecto, he aquí algunas de las mordazas que ya hemos visto entrar en acción: crear leyes ad hoc; utilizar dobles estándares; aplicar multas onerosas pero selectivas; restringir los permisos de existencia jurídica; y sobre todo, reclasificar como “discurso de odio” todo lo que no quepa en el “pensamiento único.”

A este árido panorama deben añadirse algunas herramientas de manipulación masiva como son:

(1) La seducción de la mujer hacia el campo profesional, como si fuera su campo único de verdadera plenitud al margen de la maternidad y la crianza, que quedan redefinidas como explotación. Objetivo: hacer caer la natalidad y destruir la fuerza pedagógica de la familia.

(2) La agresiva intervención en el campo educativo para segurar la docilidad desde los primeros años de vida por medio de un intenso adoctrinamiento del cual quedan excluidos por principio los padres de familia.

(3) La presentación selectiva de la información a través de los canales de noticias u otros medios, de modo que la respuesta emocional de las masas sea controlada dentro de los resultados que se consideran deseables.

(4) La exaltación de estereotipos en los más dversos campos de la cultura y las artes para secuestrar prnta y eficazmente la mente de los jóvenes.

(5) La conquista progresiva de líderes (escritores, sacerdotes, teólogos y algunos obispos) de la Iglesia Católica que van adaptando su discurso de manera que resulte aceptable en el nuevo orden de cosas.

¿Qué experimenta entonces un cristiano que quiere ser fiel a Cristo y a su Iglesia, la que brilla con el rojo escarlata de sus mártires? Experimenta combate espiritual.

¿Cuáles son sus armas? Las mismas de los mártires: oración, penitencia, humildad, paciencia, testimonio coherente, buena formación, sentido de comunidad, evangelización sin cobardía y esperanza sobrenatural centrada en la gloria del Cielo.

17.11.17

El ecumenismo no se puede hacer a las carreras

Una comprensión seria de los sacramentos enseña que el ecumenismo no se puede hacer a las carreras.

Si uno entiende los sacramentos como meras acciones simbólicas, según piensa la mayor parte de los protestantes, entonces es natural la prisa por celebrar tales “símbolos” junto a, y en comunión con otros cristianos no católicos, de manera que se pueda “enviar un mensaje” de reconciliación o de unidad.

Pero los sacramentos no son recursos para “enviar mensajes.” En preciosa expresión de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia, “lo que era visible en la carne de Cristo ha pasado a los sacramentos.” Lo cual significa que los sacramentos NUNCA están, por así decirlo, en nuestras manos sino que celebrar los sacramentos es ponernos, como Iglesia, de modo absolutamente único, en las manos y bajo la autoridad de Cristo.

Esa es la razón por la que se ha afirmado con verdad que “la Eucaristía hace a la Iglesia” como lo expuso con elevada elocuencia San Juan Pablo II en su última encíclica, Ecclesia De Eucharistia, sobre todo en el capítulo II. No nos acercamos a la Eucaristía en primer lugar para expresar algo nuestro, ni siquiera la magnitud o claridad de la fe que tenemos: al altar vamos, por el contrario, como Iglesia siempre necesitada, que sabe que nada puede sin el alimento celeste y sin el amor redentor que se hace presente en el “sagrado banquete, en que se recibe al mismo Cristo,” según expresión perfecta de Santo Tomás de Aquino.

El ecumenismo apresurado lastima a la Iglesia porque hace borrosa la realidad sacramental; lo cual no es pequeño daño porque la Iglesia sólo puede tocar la realidad de la redención y la verdad de la Encarnación cuando toca a Cristo en los sacramentos. Quitar, o por lo menos oscurecer, los sacramentos es privar a la Iglesia de su alimento propio y del criterio último de verdad que posee mientras peregrina sobre esta tierra.

Hacer ecumenismo no es lograr que todos coman la hostia consagrada, si es que ha sido de verdad consagrada. La comunión, en efecto, no es asunto sólo de abrir la boca o masticar con los dientes: es primero asunto de abrir el corazón a la fe plena para que sea Cristo, divinamente presente en la Eucaristía, quien disponga qué debe quedar y qué no de cuanto forma nuestra vida. En cierto sentido, es Él quien tiene que masticar y triturar nuestra carne con su carne, que ha sido primero macerada en la Cruz. Sólo así será verdad lo que dijo San Agustín: que al comulgar no lo transformamos a Él en nosotros sino que es Él quien nos transforma en Él mismo.

Hacer ecumenismo no es entonces sentar gente alrededor de un altar y comer juntos materialmente unas mismas hostias consagradas, si es que de verdad han sido consagradas. La comunión externa, corporal, material, ha de ir precedida por el largo camino de la conversión, que implica ciertamente la renuncia al pecado y al error–sobre todo al error en la fe sacramental misma.

Oremos, pues, para que la Iglesia aprecie y adore con todo su ser el sacramento que ha recibido, de modo que no haya engaños ni prisas sino conversión, humildad, camino bien hecho y con paciencia, hasta el día en que comulguemos lo mismo porque de verdad aceptamos y vivimos la misma fe que nos dejaron los apóstoles.

29.09.17

Sobre las tensiones dentro de la Iglesia

¿Hay tensiones en el interior de la Iglesia Católica? Sí. Puede decirse además que es normal que las haya, como señal de crecimiento y de la riqueza del don del Espíritu, que no está reservado sólo a algunos sino que alcanza a multitud de fieles de distinta clase y condición. Lo malo empieza cuando esas tensiones incluyen insultos, irrespeto, descalificación absoluta, o también: desprecio del depósito de la fe simplemente por deseo de imponer una determinada agenda o postura.

¿Pueden sanarse las tensiones en la Iglesia? Por supuesto. Estamos llamados a seguir el ejemplo que nos muestra el capítulo 15 de Hechos de los Apóstoles: escucha, diálogo, oración, y al final, la palabra autorizada de los sucesores de los apóstoles. Esto indica que hay cosas que definitivamente NO van a funcionar y cosas que tal vez SÍ pueden funcionar. En la medida en que todos nos concentremos más en lo que sí puede ayudar a la unidad de la Iglesia, mejor para todos, en Cristo.

Cosas que NO funcionan

1. El lenguaje apocalíptico, marcado por el pánico, endurece todas las posturas. Pregonar a las masas que estamos al borde o al comienzo de un cisma espantoso no ayuda por una razón: la inmensa mayoría de los fieles católicos no tienen la preparación teológica ni pastoral para comprender los términos de lo que está en discusión. Lo que se logra con un lenguaje de pánico es acelerar que la gente se apegue por razones más bien emocionales a los líderes, voces, sacerdotes o movimientos que les ofrecen de modo más inmediato una sensación de seguridad. Los llamados “tradicionalistas” se encerrarán con mayor empeño en el latín y en las costumbres de hace años; los llamados “progresistas” se encerrarán en los discursos y páginas web que les confirmen que recién ahora estamos descubriendo el Evangelio. No sirve. No funciona.

2. La multiplicación de “etiquetas” para designar a la parte opuesta sólo hace daño. Buena parte del conflicto actual proviene de una auténtica guerra de palabras. Y ello no puede dar fruto que sirva. Repetir palabras como “hereje” al que sostiene una postura para que luego ése grite “fariseo” a quien así lo llamó no es útil para la unidad del Cuerpo de Cristo. No es difícil hacer la lista de los epítetos lanzados por cada parte contra la otra. Unos serían los “legalistas, casuistas, fariseos, retrógrados, inquisidores, ultra-católicos,” y más adjetivos de ese orden. Los otros serían los “modernistas, progres, herejes, mundanizados, masones,” y otras cuantas palabras más. Detrás de las etiquetas ha habido, con dolorosa abundancia, exageraciones y sofismas, en particular, el muy famoso sofisma del “hombre de paja": presentar una caricatura de la postura del otro para así ridiculizarlo y vencerlo.

3. El silencio, o simplemente dejar pasar el tiempo, no arregla nada. Si alguien pregunta, sobre todo si se esfuerza por preguntar con respeto, ciertamente merece una respuesta que esté por lo menos al mismo nivel de elaboración y precisión de la pregunta. El simple silencio envía un mensaje errado, o mejor, una serie de mensajes que sólo pueden hacer daño: ¿No me responden porque no merezco que me respondan, es decir, predicamos diálogo con los de fuera pero despreciamos el diálogo con los de adentro? ¿O es que todo lo que estoy preguntando ya está respondido en alguna parte? ¿O ese silencio es una estrategia para que, en el tiempo que va pasando, se afiancen posturas pastorales, como quien “crea un hecho” con el que después no se pueden ya detener? ¿O ese silencio es una estrategia mediática para supuestamente no dar voz a los que tenemos objeciones, o sea, estamos frente a una simple pugna de poder ante los medios? Uno ve que todas esas nuevas preguntas, claramente dolorosas y legítimas, sólo pueden empeorar la división y no sanarla.

4. Los actos administrativos o de potestad contra personas que sostienen perspectivas contrarias a la de uno aumentan y no disminuyen la desconfianza. Si un adversario teológico es simplemente removido de su cargo, la teología no resulta enriquecida ni aclarada ni beneficiada. La desconfianza, en cambio, crece, y con ella crece también la sensación de que aquel que está en el poder está aprovechando su tiempo para instalar su propio programa y su propia agenda con su propia gente. Todo ello parece sólo una invitación a que un día los del otro “bando,” cuando por fin logren “el poder” hagan lo mismo. ¿Acaso se parece eso a la Iglesia de Cristo?

 
Cosas que SÍ funcionan

1. Es nuestro deber más inmediato ORAR. Pedir luz, gracia, don del Espíritu Santo, y en particular, don de sabiduría. Pedir en favor de todos, empezando por el Papa. Pedir con perseverancia, humildad, esperanza firme, caridad ardiente.

2. Es necesario utilizar lenguajes más formales. Las metáforas, anécdotas y sobre todo, como ya se dijo, las caricaturas, crean demasiado “ruido” y no son útiles para aclarar las cosas. Los grandes maestros de la “disputatio,” entre los cuales todos cuentan a Santo Tomás de Aquino, se caracterizaron siempre por el sosiego de ánimo, la precisión del lenguaje, el uso coherente de los términos. Esto vale particularmente para los temas de moral en los cuales el emocionalismo, las historias particulares, el dramatismo en el discurso no ayudan a un verdadero discernimiento. De hecho, ese lenguaje de emociones crispadas ha sido útil a los enemigos de la Iglesia, como en el ya conocido caso de la despenalización del aborto en tantos países: siempre se empieza por casos lacrimógenos como la pobre niña violada que ahora es “condenada” a tener el hijo fruto de esa violación.

3. Conviene centralizar los espacios de diálogo. Lo propio de la Iglesia está en la unidad expresada por el apóstol: “Un Señor, una fe, un bautismo” (véase Efesios 4,5-6). Cuando lo que es creído y vivido en una parte se opone frontalmente a los que es creído y vivido en otra parte la belleza y la verdad de la Iglesia dejan de ser reconocibles. No puede ser bueno para la Iglesia que a pocos kilómetros, los que cruzan la frontera entre Polonia y Alemania se practique la fe y se entiendan los sacramentos de modos opuestos e incompatibles. Cuanto más se delegue a las Conferencias Episcopales mayor es el riesgo de que casos así se multipliquen. Y lo que cabe esperar de tales diferencias de credo es que cada uno se endurezca más en lo suyo, sea porque lo considera una especie de “conquista” o porque lo ve como una “verdad defendida.” Por todo ello, es muy necesario centralizar el diálogo: un diálogo real, honesto, seguramente prolongado, pero que puede dar verdadero fruto.

4. Hay que enviar un mensaje claro sobre la verdadera catolicidad de la Iglesia. Es preciso cuidar que la potestad de régimen no se utilice como una especie de argumento implícito, que luego todos tendrían que “descifrar.” Sobre todo porque cuando los nombramientos dependen de “si eres o no” de mi grupo, el mensaje que se está enviando es: “Haz esto y tu carrera eclesiástica tendrá futuro.” Ello se traduce en que lo verdaderamente correcto es nombrar también a aquellos que pueden parecer “opuestos” en un cierto sentido de doctrina o de teología pero cuya adhesión a Cristo y deseo de servicio estén fuera de discusión.

5. Este es el tiempo para mostrar el verdadero sentido de la “senda estrecha” y de la Cruz misma de salvación. Mientras que el mundo se rige por la lógica de las mayorías; mientras que el mundo usa sin remordimiento estrategias de manipulación y marketing masivo; mientras que el pensamiento mundano se impone con dinero y lobbies, la Iglesia está llamada a ser a la vez signo de misericordia y signo de contradicción. ¡No puede renunciar a ninguna de las dos cosas! No puede, a precio de verse más acogedora, ser menos verdadera, ni tampoco, a precio de fidelidad a la doctrina, ser menos compasiva y madre de todos.

6. Sobre todo es necesario preguntarse con honestidad en qué puede estar acertando el que no piensa como yo. Y en este punto quiero terminar con una alusión personal. Si hay algo que, como cristiano, como teólogo y como dominico, le admiro a Santo Tomás de Aquino es su capacidad de buscar hasta el último miligramo de acierto o verdad en sus oponentes, o en general en quienes él cita o estudia. Es una actitud sabia, prudente, de la más alta caridad, que tiene mucho que enseñarnos hoy.