Las ofrendas de la Misa (II)

2. A la luz de la historia

   Entenderemos mejor, sin duda, qué se lleva como ofrendas en la Misa, por el sentido que tienen, si acudimos un poco a la historia de la liturgia, evitando así las cosas tan sorprendentes y extrañas que hoy se hacen.

  Sabemos, por las fuentes antiguas, cómo era esta procesión. Hipólito, en su obra la “Traditio Apostolica”, señala cómo los diáconos llevan al altar, el pan, el vino y el agua; san Justino, a mediados del siglo II, lo describe en su I Apología: “seguidamente se presenta al que preside sobre los hermanos pan y una copa de agua y vino mezclado: cuando lo ha recibido, eleva al Padre de todas las cosas alabanzas y gloria” (I, 65). Poco tiempo después, sobre el siglo IV, los fieles mismos llevaban al altar pan y vino (al no ser pan ázimo, aumentaba más y se procuraba llevar suficientes panes para que todos pudieran comulgar una vez fraccionados) y alimentos y ropas para los pobres y también para el sostenimiento de los sacerdotes:

            “también en el siglo VI la presentación de las ofrendas incluye una intención caritativa, pues los fieles llevan más de lo necesario con el objeto de subvenir a las necesidades de la Iglesia, del clero y de los pobres. La presentación de las ofrendas era considerada como un deber y un privilegio de los fieles, pues si éstos tenían la obligación de llevarlas sólo podían hacerlo quienes estaban en comunión con la Iglesia”[1][1].

      Más desarrollada es la presentación de los dones en los siglos VII-VIII, según el Ordo Romanus I, el rito de una Misa solemne del Papa. Aunque la descripción es amplia y detallada, ilumina mucho ver el valor que se le daba a este rito ofertorial, ceñido al pan y al vino, donde todos aportan. Es el pontífice quien se acerca a recogerlas en la nave de iglesia según los distintos órdenes jerárquicos y grupos de fieles, y también los subdiáconos. Todos ofrecen o pequeñas ánforas con vino o panes.

            “Entonces un diácono se acerca al altar, llevando el cáliz y el corporal; con el brazo izquierdo levanta el cáliz. El corporal se lo entrega a otro diácono para que lo retire del cáliz, lo ponga sobre el lado derecho del altar, y así, con la ayuda del diácono segundo, extienda la otra punta hasta el otro lado del altar.

            Suben a la sede el “primicerius” y el “secundicerius”, y el “primicerius” de los “defensores”, con todos los de la zona y los notarios. El subdiácono sigue al archidiácono el cáliz vacío.

            El pontífice, tras decir: Oremus, desciende al “senatorium”, sostenido por el “primicerius” de los notarios, que le da la mano derecha, y el de los “defensores” le da la izquierda. Ahí recibe las ofrendas de las autoridades, por orden de jerarquía.

            El archidiácono, tras él, recoge las ánforas (amulas) y las vacía en el cáliz mayor con la ayuda del subdiácono de zona, al que sigue un acólito con una jarra (scypho) sobre la casulla, en la que vuelve a vaciar el cáliz lleno.

            El pontífice entrega las ofrendas al subdiácono de zona, y éste al siguiente, el cual las coloca en un lienzo que sostienen dos acólitos. Las otras ofrendas las recoge el obispo hebdomadario, que va tras el pontífice, y las deposita en otro lienzo próximo. Tras él, el diácono que sigue al archidiácono recibe las ánforas (amulas) y las vacía en la jarra (scypho).

            El pontífice, antes de pasar al lugar de las mujeres, baja a la “confesión” y recibe las ofrendas del “primicerius” y “secundicerius” y del “primicerius” de los defensores. Lo mismo hace el pontífice cuando sube al lugar de las mujeres. Finalmente, vuelve a la sede, de la mano del “primicerius” y “secundicerius”.

            El archidiácono, tras la recogida (de las ofrendas), de pie ante el altar, se lava las manos y mira al pontífice, que le hace una señal de cabeza. El archidiácono le contesta con un saludo y sube al altar.

            Entonces los subdiáconos de zona toman las ofrendas de la mano del subdiácono siguiente y se las entregan al archidiácono. Este prepara el altar. Luego toma el ánfora (amula) del pontífice de manos del subdiácono oferente y la vierte sobre el cáliz. Así hace también con la de los diáconos.

            Baja el subdiácono siguiente adonde está la schola (coro de cantores) y recibe del archidiácono otro recipiente (fontem). La lleva al archidiácono, que la vierte también, haciendo la señal de la cruz.

            En este punto, los diáconos se dirigen al lugar donde está el pontífice. Al verlos, el “primicerius”, el “secundicerius”, el “primicerius” de los “defensores” de zona y los notarios y “defensores” de zona bajan a su sitio, donde se quedan de pie.

            El pontífice se levanta de su sede, baja al altar, lo besa y recibe las ofrendas de manos del presbítero hebdomadario y de los diáconos. El archidiácono recibe del oferente las ofrendas del pontífice y se las entrega a éste, el cual las coloca sobre el altar.

            El archidiácono levanta el cáliz que recibe del subdiácono de zona, lo pone sobre el altar, junto a la ofrenda del pontífice, envueltas las asas en el “offertorio”, colocándolo en uno de los lados del altar. Se queda de pie tras el pontífice. Éste, inclinándose un poco ante el altar, hace una señal a la schola (coro de cantores) para que calle.

            Al terminar el ofertorio, los obispos quedan en pie tras el pontífice, el primero en el medio, y luego, por orden, el archidiácono a la derecha de los obispos y el segundo diácono a la izquierda, y así sucesivamente”[2][2].

 

   Es un precioso y complicado rito, donde queda patente la importancia de las ofrendas, que se ciñen al pan y al vino, por supuesto, y que son recogidas por el pontífice y subdiáconos.

      En Oriente, sin embargo, los dones son llevados por los fieles antes de iniciarse la Misa a un lugar conveniente, y son los diáconos quienes durante la liturgia llevarán en procesión el pan y el vino al altar.

      Éste es, entonces, el espíritu que subyace hoy en nuestro rito romano y que no se ha de perder de vista en la procesión de ofrendas: aportar el pan y el vino necesarios para la comunión de todos, y aportaciones reales para la iglesia y los pobres.

 



[1][1] IBÁÑEZ-GARRIDO, Iniciación…, 312-313.

[2][2] Tomamos la traducción de MALDONADO, L., La plegaria eucarística, Madrid 1967, 482.

6 comentarios

  
Norberto E.
He participado, en E. Espirituales p.ej., de lo siguiente:
Se dispone en una mesa, a la entrada de la capilla, una caja con las formas y el copón, y cada uno de los asistentes a la Misa pone su forma, como ofrenda personal, así, en el ofertorio los oferentes llevan el copón, así como el caliz el vino y el agua.
¿Qé le parece en celebraciones más nutridas?.

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JAVIER:

Bien, no está mal. Pero para grupos pequeños... En celebraciones más concurridas es complicado porque no todos lo harían y a la hora de la comunión habría problemas (faltarían formas).
30/08/18 11:34 AM
  
Javier Augusto Velásquez Vásquez
Difundamos los contenidos... Son, sencillamente, iluminadores.

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JAVIER:

Gracias
31/08/18 12:57 AM
  
Anonimo
Yo también he vivido lo que dice Norberto.

No me parece muy higiénico que todo el mundo manosee las formas, la mayoría tendrá las manos limpias pero por probabilidad no todos.

Y creo que el simbolismo de la ofrenda es el mismo aunque uno personalmente no prepare el copón.

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JAVIER:

El simbolismo es el mismo, naturalmente. Espero, confío, en que cuando cada uno deposite una forma en el copón, como se decía en otro comentario, no se haga directamente con las manos sino con alguna pinza o tenaza preparada a tal efecto.
31/08/18 9:06 AM
  
Raquel D. Catequista
Complicado! Una forma un poco difícil para los latinos.
En la Liturgia celebrada en países como Colombia, los fieles que llevan procesionalmente y presentan al Sacerdote las ofrendas de Pan, Vino, flores, cirio,La Biblia, y alguna otra por ej. canasta de frutos, de mercado para las familias, o un sobre con el estipendio u ofrenda familiar, suben por el centro de en medio de los fieles, y se las entregan al Sacerdote celebrante quien casi siempre se adelanta a la mesa del Altar, las recibe con un saludo al oferente y las van colocando, unas sobre la mesa del Altar y otras sobre una mesita auxiliar.
Esta ceremonia litúrgica se hace al terminar la Homilía e iniciar la segunda parte de la Liturgia, que inicia con la procesión y presentación de ofrendas. Entre tanto, alguien lee un comentario sobre cada una de las ofrendas... y luego canta el pueblo, al Ofertorio acompañado del coro si lo hay.
Si se hace con respeto, conocimiento del por qué de las ofrendas, resulta hermoso. En las novenas previas a Fiestas de Navidad, o del santo patrono, resultan muy bien, son acogidas, y son el producto del ofrecimiento de algún sector parroquial que resulta "emulable" y en esto se cuidan mucho los Párrocos al presentar solamente el Total y su destino, para evitar envidias y consejas entre los parroquianos... para ello debe acompañarse de algún Retiro preparatorio de las voluntades, que lleve a la recepción digna del Sacramento Eucarístico, mediante la Confesión, ofrecida día a día para los diferentes Sectores.
El pueblo ha olvidado La Confesión, porque del templo se retiraron los confesionarios, y da "pereza" tener que ir a la Casa Cural a buscar al Sacerdote a horas precisas... Considero más conveniente que haya durante la Santa Misa, ojalá dos o tres Confesores. (como hacen los Redentoristas).
Hay que pedírselos a Dios, que no deje sola la iglesia, sino que la alegre con cantidad de buenos Sacerdotes Confesores.
Y que se planee para que varios Sacerdotes, religiosos y religiosas concurran a pueblos en momentos especiales de celebraciones como la Semana Santa y fiestas patronales, con la finalidad de hacer la Catequesis propia de la Solemnidad y los Sacerdotes puedan servir como verdaderos Administradores de la Gracia de Dios.
Serían los verdaderos Planes Pastorales Parroquiales, supervisados por el Párroco, donde todos los gremios fueran atendidos para su crecimiento espiritual.
Después de los cambios del Vat II quedó en veremos el que La Iglesia debe ser el "fermento" dentro de la masa. Y para esto, hay que sobar, sobar y sobar... humildemente! Todos, respondiendo a su consagración Bautismal podemos colaborar. Pero la guía es del Párroco, no de laicos aislados... o mal preparados y orgullosos... Qué bueno que La iglesia tome en serio a los consagrados : religiosos y religiosas... laicos...! Pero... están en otros menesteres... y no tienen "tiempo".

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JAVIER:

Respecto a las ofrendas, no corresponde al Misal los ejemplos que pone: una Biblia, por ejemplo. Se trata de ofrenda de pan y vino y bienes para la Iglesia y los pobres, ofrendas reales. Como tampoco concuerda que haya alguien, un comentarista o monitor que "explique" cada ofrenda, sino que simplemente, está sonando el órgano o se hace un canto de ofertorio. Lo veremos en sucesivos artículos.

31/08/18 6:10 PM
  
Daniel Argentina
Este comentario se refiere al artículo "Las ofrendas de la misa (I)
Uy! Que susto! En Argentina esto casi no pasa, pero ya veo que como pasa siempre con las malas costumbres, litúrgicas o no, acabaremos por importarlas. :(
Aqui cuando hay ofrendas distintas al pan y al vino, se las deposita frente al altar y lo hacen los portadores.
También a veces se regula el tiempo de la colecta, de manera que su finalización coincida con la presentación de las ofrendas y lo recolectado se deposita frente a uno de los ambones o frente al altar, y tambien lo hacen quienes se encargaron de ello.
En todos los casos no se les da jerarquía como si sucede con las ofrendas de pan y vino.
04/09/18 6:07 AM
  
Anorgi
He observado que la oración sobre las ofrendas hay sacerdotes que lo hacen en voz alta y otros lo hacen en silencio. ¿Cuál es la diferencia? ¿Liturgicamente las dos son aceptables?

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JAVIER:

Ambas están bien según el Ordo Missae.
Para ser más precisos, la primera fórmula que presenta es decir en silencio: "Bendito seas, Señor..." y luego añade "también el sacerdote PUEDE decir en voz alta..."
06/09/18 12:25 AM

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