Sudor peregrino
Las impresiones estéticas son eso. Impresiones. Es casi imposible que las cámaras recojan en un reporte de telediario el espíritu real de lo que se hace en una JMJ. El periodista, normalmente no integrado en la jornada y alejado de sus objetivos, busca la imagen llamativa. El que da la nota. Y los hay, y sí, es un poco lamentable. Pero hay que vivir una JMJ para darse cuenta de que esto es un evento extraordinario.
Fui a dar la bienvenida al Papa a la Puerta de Alcalá. El plan era ver como el Santo Padre la cruzaba con varios chicos y aplaudir su llegada. Supongo que eso haría Benedicto, la realidad es que yo no pude verlo ni de refilón. Tardé una hora en esquivar gente agolpada desde la boca de metro de Retiro hasta aproximadamente la cuarta fila frente a la Puerta de Alcalá (unos trescientos metros). Desde allí, entre banderas y grupos de jóvenes del mundo entero, se adivinaba toda la calle Gran Vía llena de peregrinos. La gente ocupaba más espacio que en ninguna de las manifestaciones multitudinarias que he vivido en Madrid. Y estábamos, os lo aseguro, como sardinas en lata. Sardinas calentándose en el microondas.
El ambiente era excelente. La actitud de interrelación entre la gente, hacía de una espera agobiante una experiencia muy enriquecedora. Maorís neozelandeses, chicos indonesios, libaneses. Blanquitas canadienses en el suelo al borde del golpe de calor abanicadas por caballerosos mexicanos, sudafricanos, keniatas, recios nórdicos, asfixiados franchutes, y mucho italiano. En medio te todo el sarao, un obispo ensotanado guiando a todos sus chicos.
Hablas con unos, con otros, y comprendes que en la dinámica de un mundo frenético necesitamos compartir la fe. Necesitamos la prueba material de que esto de la Iglesia de Cristo es una realidad universal. Así que allí estuvimos los cientos de miles, sudando como cerdos, sin ver absolutamente nada, pero compartiendo impresiones de forma espontánea.
Si algo es importante, es escuchar Benedicto XVI. Así que procuré alejarme de la masa en la que me había metido e ir hasta el paseo Recoletos para ver y oír, más holgado, lo que nos decía el Papa. Causalidades de la vida, me encuentro con mis primas francesas que están con un grupo atentas a la pantalla. Me cuentan que lo están pasando muy bien. Que los no hispanoparlantes no se enteran mucho de los actos porque las traducciones simultáneas no funcionan bien. Pero que bueno, que bien. Fue magnífico seguir con ese grupo la liturgia de la Palabra, emocionante recibir la bendición, y apoteósico, para un carca como yo, entonar juntos el Salve Regina.
Causalidades de la vida, por segunda vez en la tarde, me encuentro con un gran amigo argentino. ¡Qué alegría! Besos y abrazos, como si no hiciese apenas un mes que nos veíamos. Es lo que tiene encontrarse aquí y ahora. Y claro, me lo llevé de cañas y tapas por el centro, que es lo que tocaba. Vimos pasar a la cofradía del Cristo de Mena por la calle Mayor portando su cruz orgullosos. Con los pelos de punta. Y allí me di cuenta que a mí también me invade la fiebre de los gritos. Que debo ser un friki más. ¡Viva el Cristo de la Buena Muerte!, ¡Viva su Santísima Madre!, ¡Viva la Legión!, ¡Viva España!. Y un abuelito, malagueño, con la lágrima apunto. Y yo, sentimentalón con estas cosas, también.
¡Hasta luego!
