Mozambique
Los colores en las calles de Mozambique contrastan los tonos vivos de la forma de vestir de sus gentes, con los carteles de Coca-cola que invaden cada esquina. El olor a tierra mojada, se mezcla con el humo de los coches destartalados que circulan por la ciudad.
Cuando uno llega a África no tarda en darse cuenta de que está inmerso en una realidad totalmente distinta. Basta con el trayecto en el coche desde el aeropuerto, para darte cuenta de que te rodea una forma de vida muy diferente a la que conocemos, una cultura y un modo de afrontar el día a día, que por lo que diste del nuestro, nos resulta muy peculiar.
Quizás tan solo en unos días es difícil asimilar todos los contrastes de fondo que presenta un país como Mozambique. Si el Santo Padre en su última Encíclica nos ha hablado de la necesidad de un modelo diferente para los países que padecen de miseria y analfabetismo, Mozambique –como tantos otros países en África- es un ejemplo muy claro tanto de esta necesidad, así como del descalabro de un modelo hacia el desarrollo que olvida el bien común, y que hace de los sistemas una búsqueda desproporcionada del beneficio egoísta.
La homogeneización de la cultura, en la pérdida de la tradición y las peculiaridades de los pueblos -a la que hace mucha referencia Caritas in Veritate- desnaturaliza el curso de las sociedades, en la que se amputa la idea íntegra del hombre y de su dimensión social.
La sociedad del consumo ha creado un ideal de vida que quiere imponer a todo el mundo. Unos cánones obligatorios a los que parece que todos debieran aspirar, en los que no caben las peculiaridades de unas gentes con una idiosincrasia y una tradición que les conforma también en su dimensión social.

Desde Beira, Mozambique
Javier Tebas
[email protected]
