“Si no consigues abrir el corazón, luego la cabeza no escucha”.
Mucho tiempo atrás, habiéndome planteado la promoción de la misa según la forma extraordinaria, quise abordar a sacerdotes conocidos para tocarles el tema pero la experiencia fue desastrosa. Lo fue por varias razones, entre ellas, que estuve enfadada por la desatención o desconocimiento del Motu Propio Summorum Pontíficum pero también por los abusos en la liturgia que se han vuelto cosa común.

Dejando de lado su aspecto sórdido y tenebroso, detengámonos en el luminoso, pródigo y honesto el cual es el que, obviamente, tendría que interesar a cualquier católico o persona de buena voluntad.
Hoy domingo, palabra, que me parecía estar escuchando al Señor decírmelo muerto de risa tras salir de misa.
Habiéndome el Señor sacado aquella sonrisa me dispuse a abordar el día con buen ánimo a pesar del frío, las pesadas y oscuras nubes.
Recién amanecía y yo, como siempre despierta desde muchas horas antes, salí a la terraza para asomarme al amanecer.