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17.10.15

Por nuestra propia mano sobrevendría la destrucción del matrimonio y de la familia

“El origen de la dificultad para la comprensión de la infinita justicia de Dios y la infinita misericordia divina es la dificultad en el reconocimiento de que todo hombre es pecador”

Eudaldo Forment en su artículo XXVII. La misericordia y la justicia de Dios

 

La línea pastoral que condujera la atención y acogida de los pecadores tendría que ser conducida por la premisa propuesta por el Aquinate «el fin de todas las obras divinas es la manifestación de la bondad divina». Comprender la bondad divina implica haber comprendido el sentido de la misericordia y de la justicia divina y conseguirlos transmitir. La comprensión de la misericordia y la justicia involucra comprender y transmitir el sentido del pecado y la gracia.

La delicada situación a la que nos enfrentamos, en mucho, es debido a que desde hace décadas nadie ni los comprende ni los menciona.

Esto se debe a la penetración del Relativismo en la Iglesia el que ha tocado la médula de lo pastoral favorecido porque lo doctrinal ha sido malinterpretado, deformado y/ o excluido durante décadas.

Hagan la prueba. Indiquen con la mayor caridad posible a cualquier pecador la gravedad de sus actos; es más, hagan la prueba tan solo exponiendo a un divorciado en segunda unión que su deber como católico es, bajo dirección espiritual, discernir las acciones que lo condujeron hasta el momento presente para que, de inmediato, se sienta rechazado y nos acuse de inmisericordes. Prueben explicarle, si es que la persona la ha solicitado, las razones por las que no puede recibir la comunión. Prueben manifestar la sana doctrina ante algunos obispos, sacerdotes y laicos para que la reacción sea la misma.

La situación actual demuestra que, quienes han evitado persistentemente reconocer el sentido del pecado y la eficacia de la gracia, han caído en gran confusión respecto a la Revelación, la Tradición y el Magisterio, la cual extienden entre nosotros como la peste.  

La prueba más clara la hallamos en las propuestas de Mons. Kasper & Co así como en tantos católicos quienes, desenvolviéndose en diferentes ámbitos y niveles, proponen un sentido de la misericordia exenta de justicia así como la acogida del pecador sin mencionar el pecado, la enmienda, la necesidad de conversión, de confesión y la necesidad de la gracia.

Su sentido de la misericordia resulta mero sentimentalismo a la manera de los activistas de la Ideología de Género quienes tienen como perversa manía el elevar el DESEO a la categoría de DERECHO.

Hagan la prueba. Basta que un divorciado vuelto a unir que no viva en castidad manifieste su DESEO DE COMULGAR para que, de inmediato, volquemos la doctrina patas arriba con tal de COMPLACER su DESEO.

Cuando, por el contrario, si tuviésemos claridad doctrinal, el camino directo a la satisfacción de su deseo pasaría por ayudarle a reconocer su pecado, su necesidad de arrepentimiento y de enmienda así como ofrecerle el Sacramento de la Confesión; acompañarle, obviamente, durante todo el proceso a la manera en que, asumo, debería haberse estado haciendo hace años.

Lo pastoral yerra al momento en que reduce el sentido de lo doctrinal, es decir, al dejar de mencionar el pecado y la gracia.  

Ahora bien, a estas alturas del partido, es imperativo establecer que lo doctrinal fundamente con rigor lo pastoral, ya que –de no hacerlo- el grave peligro al que quedaremos expuestos es a que, con muy buena voluntad, estaríamos utilizando de pleno los mecanismos de la Ideología de Género dentro del mismo seno de la Iglesia dejándole el camino libre para alcanzar su objetivo ya que, por nuestra propia mano sobrevendría la destrucción del matrimonio y de la familia.

De qué manera? Al reducir el sentido del pecado, de la gracia y de los Sacramentos.

Estaremos de acuerdo en que, al no mencionar el pecado ni la gracia, nos dispone a hacer excepciones para que un pecador prescinda del Sacramento de la Confesión a la hora de recibir la comunión con lo que reducimos no solo el sentido del Sacramento de la Confesión sino el de la Eucaristía.

Cuando el pecador resulta ser, por ejemplo, un divorciado en nueva unión que no vive en castidad, no solo reducimos el Sacramento de la Confesión y el de la Eucaristía sino, además, el Sacramento del Matrimonio y, por tanto, dejamos vulnerable a la familia y, sobre todo, la vida de los hijos desde el momento de su concepción.

Esto debido a que, si no existe pecado tampoco hace falta el Sacramento de la Confesión para estar en gracia; así es como estar en gracia se vuelve innecesario para comulgar.

Si no es innecesaria la gracia y no existe pecado en ciertas uniones el Sacramento del Matrimonio lo podría solicitar cualquiera; así es como abriremos la puerta de los Sacramentos a las parejas del mismo sexo. 

Lo siguiente sería que dichas parejas en “unión católica” recurrieran a la adopción o, en su defecto, a los vientres de alquiler y a la FIV para optar por la prole sin que mediara razón para objetar ya que al haber perdido el sentido del pecado y prescindir de la gracia habrá quedado reducido a un mero acto humano el sentido del Sacramento.

Cuando elevamos el DESEO DE COMULGAR por sobre los SACRAMENTOS los propios católicos procedemos como las parejas infértiles, abortistas, quienes piden la eutanasia y el gaymonio cuando elevan su DESEO por sobre el DERECHO A LA VIDA.

Así como el Estado no debe elevar el DESEO por sobre el DERECHO y las LIBERTADES FUNDAMENTALES ya que le pertenecen a la sociedad civil, la Iglesia, no debe elevar el DESEO por sobre los SACRAMENTOS ya que ni siquiera le pertenecen. Pertenecen a Cristo.

Mi interés es que los responsables y quienes nos veremos afectados, advirtamos el peligro, para que pidamos al Señor la gracia del discernimiento que nos moverá a tomar las decisiones correctas bajo el cuidado de María Santísima.

Consuela hallar por doquier evidencia acerca de que, muchísimos laicos y una buena parte del clero, protestantes y católicos de oriente, guiados por la gracia, han advertido el peligro y se han manifestado al respecto.

Gran paz nos embarga al reconocer que Cristo, a pesar nuestro, ha guiado siempre a su Iglesia. No dejará de hacerlo. Por eso, sigamos orando.