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27.01.26

La esperanza en la literatura (II). El fatalismo precristiano

            «Edipo y Antígona en Tebas». Ernest Hillemacher (1818-1887).


                    

 

«Coro: ¿Quién es, por tanto, el timonel de la Necesidad (Ananké)?
Prometeo: Las Moiras de tres formas y las Furias (Erinias) que no olvidan.
Coro: ¿Es, pues, Zeus más débil que ellas?
Prometeo: Ciertamente no podría escapar de lo que está predestinado».

Esquilo. Prometeo encadenado.

       

          

«Somos conducidos por los hados;
cede a los hados.
Las preocupaciones inquietas no pueden cambiar
los hilos de la red hilada [por el destino]».

Séneca. Edipo.

                    

                    

«Del sur viene Surt, el gigante de fuego,
resplandece su espada
rechocan los riscos,
al Hel van todos, con el mal de ramas,
del dios de los muertos;
rebullen las brujas,
el cielo se parte en dos».

Edda Mayor. Völuspá.

 
        

 

Si recuerdan, en la entrada anterior les hablaba de dos bibliotecas enfrentadas y de cómo la presencia o la ausencia de la idea de la esperanza daba forma a esa diferencia. Pues bien, es hora de que vayamos a explorar la primera de ellas.


LA SOFOCANTE CALIMA MEDITERRANEA

   «Las tres Parcas». Obra de Alexander Rothaug (1870-1946).

 

En la Grecia clásica, la tragedia estaba construida sobre una certeza: el hombre está sometido a las Parcas (Moiras), al fatum, al destino. No se trataba de una simple previsión, sino de una necesidad inapelable, anterior a la decisión del héroe y superior incluso a la de los propios dioses.

En el drama Edipo de Sófocles vemos claramente este fatalismo doliente. Edipo, a pesar de ser un rey prudente, inteligente y de buen corazón, acaba cumpliendo un destino que no puede evitar. Mata a su propio padre y se casa con su madre. Sus actos son libres, sí, pero ocurren dentro de un marco, un «cauce» que los condiciona, un sendero que está predeterminado por los dioses; por ello, no hay manera de desviarse de él. Esto plantea una gran pregunta sobre la justicia: ¿tiene sentido decir que se premia el bien y se castiga el mal? La respuesta que nos da la tragedia es que lo que realmente importa no es el sentido de las decisiones del hombre, sino la trama en la que se desarrolla su vida. La justicia, en este mundo, parece consistir en la mera participación en una historia que se vive —y que uno no elige, ni siquiera mínimamente—, no en la moralidad individual puesta en práctica en el desarrollo de esa vida.

En Homero encontramos una respuesta en apariencia diferente, pero con el mismo fondo. En la Odisea, pero sobre todo en la Ilíada, con su fatum, sus Parcas y sus daimones, la respuesta a la brevedad y banalidad de la vida humana es la gloria, la kleos.

Aquiles parece poder elegir, sí, pero está atado: o una vida corta pero llena de fama, o una vida larga pero sin brillo. Si elige la gloria, su destino es morir joven. ¿Hay esperanza en esta elección? No en el sentido cristiano de esperar un más allá que recompense el bien de lo vivido. Lo que hay es grandeza, aceptación y, sobre todo, una resignación seca. El Hades no es el lugar de cumplimiento de una promesa; es solo una sombra de lo vivido. Las almas son ecos de una vida ya pasada. La justicia no se cumple en un más allá que recompense a los justos. De hecho, incluso el héroe preferiría ser un jornalero vivo en la tierra que un rey muerto en el inframundo. Entonces, ¿dónde queda la esperanza cuando no hay un horizonte final que haga razonable esperar algo más allá de la muerte? La literatura griega responde: se puede actuar con dignidad, con lucidez, con belleza… pero sin esperanza. Y esta carencia de esperanza le da al mundo de los héroes griegos un tono, como diría García Lorca, de gris cansado.

Agamenón se lamenta y dice:

«Yo no soy culpable; fueron Zeus, el Destino, las Erinias –las que caminan en la bruma–, quienes, en asamblea, me inspiraron en el alma un súbito y loco error, el día en que, por propia iniciativa, despojé a Aquiles de su honor. ¿Qué iba a hacer yo? Todo es obra del Cielo».

Ilíada, Canto XIX, 86-90.

Este destino fuerte de los griegos clásicos (las Moiras o Parcas), sea en Sófocles o en Homero, establecía una suerte de sólida y sufriente estructura que sostenía un orden vital tan necesario como despótico. Esa necesidad (Ananké) o destino (fatum), a cuyo imperio estaban sometidos todos los hombres, establecía un cierto orden y justicia por el hecho mismo de que nadie se salvaba de padecerlo: «A fuerza de ser ciego», dice Simone Weil, «el destino establece una especie de justicia, ciega también ella». La Ilíada nos muestra esto de manera hermosa, haciéndonos ver que el héroe cede siempre a la fuerza, tanto si la ejerce como si la sufre; que todo empalidece ante la perspectiva brutal de un destino despiadado y que el hombre encuentra su grandeza y su belleza asumiendo con estoicismo su fatum. Pues «los hombres son juguete de los dioses. Son como moscas en manos de niños crueles», ante lo cual estos héroes exclaman a viva voz: «cuando menos, morimos con honor».

Charles Moeller nos muestra esta resignación desesperanzada y doliente en su obra Sabiduría griega y paradoja cristiana (1948). Este destino, puesto en acción a través de una fuerza misteriosa e irresistible, hace del hombre una marioneta sobre la que recae el «inútil peso de la tierra», lugar al que volverá tras un breve y doliente peregrinaje errante, siendo su irremediable fin el efecto supremo de su fatum, al igual que es su cadáver el grado sumo de su desgracia.

«Los dioses hilaron de forma que los míseros mortales vivan en la tristeza,
y solo ellos están descuitados.
En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones
que el dios reparte:
en uno están los males y en el otro los bienes.
Aquel a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados,
unas veces topa con la desdicha y otras con la buena fortuna».

Ilíada, Canto XXIV, 525-539.

Tanto es así, que para los antiguos griegos la esperanza (elpis), aun sin llegar a ser realmente un «vicio» moral (como la injusticia o la cobardía), constituía, eso sí, un mal ontológico o, al menos, una ilusión cognitiva peligrosa. Esquilo hace decir a Prometeo que, para que los hombres no previeran su muerte (el destino ineludible), «hizo habitar en ellos ciegas esperanzas»; pero no es algo virtuoso, se trata de un engaño necesario para que el ser humano soporte esa vida de destino implacable e inamovible.

Hesíodo, en Los trabajos y los días, narra cómo Pandora abre su caja liberando sobre la humanidad los males que allí moraban. Solo la Elpis (esperanza) queda atrapada bajo los bordes de la tapa. Esto podría interpretarse —y así se hace por algunos— en el sentido de que, si la caja contenía males y la esperanza estaba en su interior, para Hesíodo —y para la cultura griega de la que hablaba— aquella era un mal; quizás ambiguo (¿el peor de los males?), pero un mal en todo caso. Tucídides, por su parte, en su famosa Historia de la guerra del Peloponeso, pone en boca de los atenienses a la esperanza como un «consuelo peligroso». La critican no como un pecado, sino como una falla intelectual: confiar en un futuro incierto en lugar de actuar sobre la realidad presente y de acuerdo a los recursos disponibles.

Así que la esperanza no solo no es vista por los antiguos griegos como algo bueno, sino que, en último término —y quizá por eso mismo—, es eliminada de la vida de los hombres: en la Grecia clásica no se conoce la esperanza.

          
LAS FRÍAS BRUMAS NÓRDICAS

            «Las Nornas». Obra de Franz Stassen (1869-1949).

 

Volvamos ahora la vista hacia el norte. El escenario y el ambiente cambian, pero el mensaje permanece. El frío helado nos golpea, pero la reflexión sobre el destino y la esperanza es similar. Un destino quizá menos caprichoso (hijo de una red de deudas y linajes), pero no menos cruel e implacable.

En la Edda Mayor, el poema profético Völuspá describe el origen y el fin del mundo, que ha de culminar en el Ragnarök, la gran batalla final donde los propios dioses perecerán. Los gigantes de escarcha y hielo acecharán a dioses y a hombres. E igualmente, antes de que el sol y la luna sean devorados y antes de que los dioses sean destruidos para siempre, sucederán cosas terribles en el mundo. Los hombres lucharán entre sí, hermano contra hermano, hasta que todo sea aniquilado. Y los terribles vientos y el fuego destruirán y quemarán la Tierra. Y el sol y la luna volverán a ser devorados, y estos tiempos de oscuridad se llamarán Ragnarök, el crepúsculo de los dioses. 

Este fin es inevitable y pétreo. Incluso los dioses saben que van hacia su ocaso. Las Nornas hilan el destino (Wyrd/Urðr), una red de causalidades tejida por ellas que ata tanto a los hombres como a los dioses, y que ni Odín, el mismo Odín, puede evitar. En esta tupida red, la «esperanza» (entendida como la expectativa de una salvación final o un «final feliz») es inexistente.

«Volando baja desde Nidafiol, Nídhogg, el dragón tenebroso;
sus plumas van llenas de muertos.
El reptil fulgurante
–sobre el llano planea–
¡Y ahora se precipita!».

Edda Mayor. Völuspá.

Entonces, ¿qué le queda al hombre en este escenario? Le queda mirar por sí mismo y por los suyos: luchar porque le toca, mantener el honor, ser fiel a su clan. El Valhalla promete banquetes y combates tras la muerte, pero no ofrece una bienaventuranza que satisfaga la sed profunda de sentido y de inmortalidad, de propósito y permanencia, solo quedará ese honor, esa fama.

«Muere el ganado,
mueren los parientes,
muere uno mismo igual;
yo sé una cosa
que nunca muere:

el juicio sobre cada muerto».

Edda Mayor. Hávamál.

Este universo tiene una grandeza ruda y admirable, pero no sigue una lógica moral final que premie el bien como tal. Por eso, incluso el héroe más generoso puede ser devorado por la oscuridad; su valentía solo garantiza la memoria de los suyos y, quizás, no por mucho tiempo. No hay posibilidad alguna de victoria. El valor del héroe reside en la voluntad de resistir a pesar de saber que la derrota es segura. Otra vez, la respuesta es lucidez y coraje y, otra vez, la ausencia de esperanza en un sentido profundo.

Y así, tanto en Grecia como en el gran norte, el hombre vive bajo dioses caprichosos o bajo un destino impersonal. Sus actos pueden ser nobles o infames, pero no determinan un juicio final que trascienda esta vida. La esperanza —entendida como la convicción de que existe un bien futuro acorde con nuestros deseos más profundos y que depende en parte de nuestras decisiones morales— no encuentra lugar aquí. Cuando todo está ya escrito por fuerzas arbitrarias o ciegas, esperar lo mejor se asemeja demasiado a ilusionarse vana e, incluso, peligrosamente. Lo que prevalece es un fatalismo elegante, heroico, a veces bello y sublime, pero un fatalismo al fin.

Un fatalismo que sin embargo, para fortuna del hombre, cedió su sitio preeminente a la esperanza. Pero para entender cómo el hombre pasó de ser un juguete de los dioses a ser el protagonista de una promesa, debemos cruzar el umbral hacia esa segunda biblioteca, donde la luz ya no es una calima sofocante ni una gélida ventisca, sino una claridad que, cálida y deslumbradora, abre por fin un horizonte.

22.01.26

La esperanza en la literatura (I): el abismo entre dos bibliotecas

                         «La Esperanza». Obra de Pierre Puvis de Chavannes (1824-1898).



               

                    

«A menudo, la esperanza nace cuando todo está perdido».

J.R.R. Tolkien. El regreso del rey

          

          

«Si el invierno llega, ¿puede acaso la primavera andar muy lejos?».

Percy Bysshe Shelley. Oda al viento del oeste

               

                              

                                                       

                

Permítanme comenzar con una escena. Imaginen dos bibliotecas enfrentadas. De un lado, Homero, Sófocles; cerca de ellos, Esquilo y Eurípides; no lejos, los cantos ásperos y magnéticos de la Edda Mayor y la Edda Menor, acompañados de las armonías heladas del Kalevala.

Opuesta a esta primera biblioteca se alza otra; allí Dante traza un mapa del más allá; más tarde, los poetas del Siglo de Oro español —como Góngora, Quevedo, Calderón o Fray Luis de León— entonan su lírica sobre el misterio de la fe, mientras el Caballero de la Triste Figura, a pesar de su nombre, inunda de emoción y alegría al lector cervantino.

En un segundo plano, del lado de los antiguos griegos, y en el umbral de la modernidad y la posmodernidad, se mueven inquietos y desasosegados Kafka, Camus y Beckett; y frente a ellos, del lado de la segunda biblioteca, T. S. Eliot, Bernanos y Péguy tratan de disipar la espesa niebla que viene de enfrente, mientras contemplan con anhelo la llama luminosa portada por un Chesterton que, acompañado de Tolkien, Lewis y Waugh, baja de una colina bañada por el sol para acercarse.

A simple vista, las dos bibliotecas hablan de lo mismo: del dolor, del heroísmo, de la belleza, de la muerte. Pero, si prestamos atención, descubriremos que entre una y otra media un abismo: silencioso y vacío si nos colocamos del lado de la primera, lleno de alegre bullicio si lo hacemos del lado de la segunda. Y lo que llena el vacío y el silencio en esta segunda biblioteca tiene nombre: se llama esperanza.

También podría verse de otro modo: de un lado se encontrarían aquellos que están con y en Cristo; del otro, los que lo niegan o simplemente no lo encuentran. Los unos gozan de esperanza; los otros carecen de ella.

Pero ¿a qué esperanza se refiere usted, podrían preguntar?

Y es que la esperanza es una palabra, amén de gastada, mal entendida y mal usada, llena de matices y honduras.

Simplificando un poco (o bastante), podríamos hablar, en una acepción amplia de esperanza, del deseo de algo, unido a la expectativa de obtenerlo. Y en una división clásica, podríamos referirnos, por un lado, antropológicamente, a la esperanza como un movimiento del apetito hacia un bien futuro, difícil, pero posible de alcanzar; y por otro, teológicamente, a una virtud teologal, por la cual esperamos confiadamente –con base en una promesa divina–, con la ayuda imprescindible de Dios, alcanzar la felicidad eterna y los medios para obtenerla.

Pero yo no voy a hablar aquí ni de unas ni de otras específicamente, sino de unas y otras, mezcladas, como en una especie de silva de varia lección.

Lo que es evidente es que la esperanza no es simple optimismo ni buen ánimo; no es una especie de placebo sentimental, ni una ilusión ingenua contra los golpes de la vida. La esperanza de la que hoy quiero hablar —y su ausencia— es algo más hondo y que toca profundamente al hombre y a su destino. Por eso, hablar de esperanza en literatura es hablar de qué imagen del hombre sostiene y proclama esa literatura. ¿Se trata de un hombre entregado a un destino ciego? ¿De un hombre cuyos actos están preescritos en piedra por dioses caprichosos? ¿O, por el contrario, de un hombre cuyas decisiones, libertad, amor y culpa tienen su peso real en un horizonte último que no se agota en esta tierra?

Lo veremos en las próximas entradas en las que, sucintamente, trataré de mostrar, primero, cómo en las literaturas precristianas —especialmente la griega y la nórdica— la esperanza, tal como la entendemos, está esencialmente ausente: reina un fatalismo que aplasta el alma. En segundo lugar, veremos cómo, en la plenitud de los tiempos, irrumpe el Logos —Cristo como Razón y Sentido, como promesa y salvación—, y con Él llega la esperanza como virtud teologal, que no destruye, sino que eleva la esperanza natural del corazón humano y lo prepara para su verdadero fin, para aquello para lo que fue creado.

Por último, recorreremos las fracturas modernas que han ido erosionando ese horizonte, hasta desembocar en una literatura de los siglos XX y XXI a menudo marcada por la oscuridad de una gran desesperanza, si bien aliviada con rendijas a través de las cuales se filtran obstinados y esperanzadores rayos de luz. Y en tanto recorremos ese camino oiremos a Dante, a Góngora, a Quevedo; veremos a Edipo, a Aquiles y a los guerreros del Gran Norte; y escucharemos la voz rotunda de los que esperan y de quienes, algunos sin saber del todo por qué, siguen esperando.

Porque, como dice el famoso verso de Wordsworth:

Aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en la flor,
no nos doleremos; antes bien, hallaremos
fuerza en lo que atrás queda,
en esa simpatía primigenia
que, habiendo sido, ha de ser eternamente.

15.01.26

Ilustradores geniales(IX). En pos de la belleza

              Ilustración de Robert Ingpen, para «El viento en los sauces».
 
 
 
 

«El ilustrador es un sirviente de la historia».

Robert Ingpen

                                         

                                                   

                                                  

Hay veces –más de las que pensamos– en las que un libro puede aportar elementos que están más allá del sentido de las palabras que lo conforman. Me refiero a las imágenes que ilustran las historias y que completan, enriquecen y, en ocasiones, iluminan zonas adyacentes al texto, zonas oscuras o en penumbra, donde la mayoría de las palabras se detienen y las pocas que se atreven a traspasar ese umbral se desvanecen.

En este blog les he hablado profusamente de ilustración e ilustradores; del arte de ilustrar una historia y de cómo la imagen, usada en su sentido estricto, como representación inteligible y fiel de una cosa o como símbolo de una realidad intangible, y, en todo caso, como expresión plástica de lo bello, puede aportar mucho al sentido y a la finalidad de una buena educación.

Hoy vuelvo a las andadas. Como escribió –alejándose de su ámbito artístico– el gran Walter Crane:

«Un libro puede ser el hogar del pensamiento y la visión».



Robert Ingpen (1936-)

                            Alguno de los títulos ilustrados por Ingpen.

Comenzaré por el artista más cercano en el tiempo. No sé si conocen a Robert Ingpen, pero si no es así, deberían poner empeño en ello, o al menos, en conocer su obra. Ingpen es un australiano, nacido en 1936, que lleva consigo, con toda justicia, el título de ilustrador con mayúsculas. Para fortuna de los niños, Ingpen dedicó parte de su actividad artística a ilustrar libros infantiles y juveniles, lo que le fue recompensado con la concesión en 1986 del premio Hans Christian Andersen de ilustración.

Su formación clásica (todavía posible en su generación; hoy casi perdida) le permite trasladar a las páginas de los libros que ilustra verdaderas obras pictóricas, en las que el encuadre, la paleta de colores y la composición destacan sobremanera, dotando a la ilustración de un impacto memorable. Incluyo algunas imágenes que sirven de ejemplo de ello.

                                     Algunas ilustraciones de Ingpen.
 

La editorial Blume tuvo la buena idea –que los aficionados no dejamos de alabar– de acercarnos a la obra de Ingpen, al editar en castellano una colección de clásicos ilustrados por él. Una colección que, ¡albricias!, a pesar de haberse iniciado a principios de este siglo, todavía mantiene en su catálogo bajo el título de «Clásicos de siempre y para siempre». La colección se compone de ocho grandes obras: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll; El cascanueces, de E. T. A. Hoffmann; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi; Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; El maravilloso mago de Oz, de L. Frank Baum, y La isla del tesoro, de R. L. Stevenson.

También se siguen editando por Blume, aunque fuera de la referida colección, otras obras memorables ilustradas por Ingpen como Canción de Navidad, de Charles Dickens, El libro de la selva y Los cuentos bien contados, de Rudyard Kipling, Peter Pan y Wendy, de J. M. Barrie, y La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne. Aunque todavía hay grandes obras ilustradas por él pendientes de editar en España, como El viento en los sauces, El jardín secreto o el Robinson Crusoe. La mayoría, libros comentados en este blog.

 

Rafael de Penagos (1889-1954) (1889-1954)

                  Reediciones de Calleja por Real del Catorce Editores.

En las antípodas del lugar de nacimiento de Ingpen y casi medio siglo antes, nació el otro artista del que quiero hablarles: Rafael de Penagos. Como Ingpen, Penagos se prodigó en una variedad de ámbitos artísticos: confeccionó carteles, portadas de revistas y libros, pintó cuadros y retratos, e incluso ilustró algunas obras infantiles de la antaño señera Editorial Calleja. A estas últimas me voy a referir.

Su nombre no requiere mucha presentación, dado su reconocido prestigio en el mundo de la ilustración y la pintura españolas. Sin duda, fue el mayor creador gráfico español de principios del siglo XX y excelso representante de la ilustración del art déco en España. Incluso tuvo reconocimiento internacional, recibiendo en 1925 la medalla de oro en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París. Famosas son sus ilustraciones de la joven mujer española de la época, moderna y sofisticada, las conocidas «chicas Penagos», representativas de su estilo de líneas gráciles y colores planos y puros. Prolífico y precoz (comenzó profesionalmente a los 15 años dibujando para La Novela Ilustrada), se formó clásicamente en la Academia de San Fernando, lo que potenció su innata habilidad para el dibujo. Su nombre sigue presente en el ámbito artístico; tanto es así que el más reconocido premio de dibujo en España lleva su nombre: el «Premio Penagos» de la Fundación Mapfre.

                               Ilustraciones y portadas de Penagos.

No obstante, su carrera como ilustrador de literatura infantil y juvenil es menos conocida. En esta faceta artística, su destreza como dibujante se vio afectada considerablemente debido a las precarias condiciones con las que se trabajaba en la industria editorial de la época en España –incluso en la infantil y juvenil–, con poco uso del color y una mala calidad del papel. A pesar de ello, Penagos colaboró en varias ediciones de los famosos cuentos de la editorial Calleja, en su «Colección Perla», como, por ejemplo, Los cuentos de Perrault; una selección de cuentos –expresamente escogida para niños– de Las mil y una noches, titulada El califa ladrón, y una selección de historias de los hermanos Grimm, titulada Cuentos de Grimm.

Afortunadamente, las obras citadas han sido reeditadas en una edición muy cuidada y buen papel por Real del Catorce Editores (editorial española independiente que destaca por un catálogo muy especializado y de gran calidad estética), pero de ello hace ya 20 años, razón por la cual estas ediciones solo pueden encontrarse en librerías de segunda mano.

9.01.26

De nuevo sobre la vocación

        «El despertar de la conciencia». Obra de William Holman Hunt (1827-1910).

 

                              

                                        

                    

        

«Para cada uno de nosotros, solo hay una cosa necesaria: cumplir nuestro propio destino de acuerdo con la voluntad de Dios, para ser lo que Dios quiere que seamos».

Thomas Merton. Ningún hombre es una isla

 

 

 

Hay algo admirable, misterioso y acaso providencial en cómo ciertas obras literarias, de una sencillez pasmosa y —cómo no— destinadas a un público joven, contienen más verdad que muchos sesudos tratados pretenciosamente serios. Y, sin embargo, no debería sorprendernos. Nuestro Señor nos advirtió que las cosas del Reino permanecen escondidas a los sabios y presuntuosos, siendo únicamente reveladas a los más pequeños y sencillos. 

Uno de los asuntos del que estas enseñanzas tratan es del verdadero sentido de la vocación, en su significado más profundo, tema que ya he tratado aquí. De alguna de esas obras paso a hablarles a continuación.



LAS ZAPATILLAS DE BALLET

 

Pensemos, en Las zapatillas de ballet (1936), novela de Noel Streatfeild, editada en castellano hace unos años por Salamandra y recientemente por Blakie Books. Fue el primer libro de Streatfeild, y en su día fue todo un terremoto. Se publicó cuando el mercado lo inundaban las aventuras de vacaciones donde los padres brillan por su ausencia (piensen en Vencejos y Amazonas). Streatfeild rompió el molde: aquí los padres están (o sus sustitutos) y la vida es cotidiana.

Las protagonistas de la novela —las hermanas Fossil: Pauline, Petrova y Posy— crecen bajo el mismo techo y tutela, pero reciben un llamado vocacional distinto: Pauline se desenvuelve a las mil maravillas en el escenario; Posy es una promesa del ballet; y Petrova, en cambio, sueña con motores y aviones, lo cual —para una novela publicada en 1936— aunque audaz, carece de cualquier atisbo de feminismo combativo.

Sin jamás abandonar el tono contenido, sencillo y claro de una historia para jóvenes, Streatfeild consigue mostrar cómo la verdadera vocación no siempre coincide con las expectativas sociales, ni siquiera con el entorno familiar. Se trata de descubrir aquello para lo que se ha nacido y que uno, por deber, piedad y generosidad bien entendida, debe hacer. La vocación no es hacer lo que quieres, sino lo que eres.

Hay, en esa historia, una seriedad moral extraña a nuestra época. Me refiero a la conciencia de que ser fiel a uno mismo y a aquello para lo que uno ha sido hecho, no es buscar una autoafirmación arbitraria, o un empoderamiento obsesivo, sino responder con humildad y perseverancia a algo que nos ha sido dado, a un don, a un regalo, frente al que responder con gratitud. 

Por ejemplo, Petrova, que detesta la dureza y las exigencias de las bambalinas y el escenario, persevera en su llamada vocacional, aunque por deber continúa haciendo aquello que no le satisface con la esperanza de que su momento llegará. He aquí una lección profunda: que la fidelidad antecede al triunfo, que lo bueno puede hacerse esperar, y que no toda espera es un fracaso.



REBECA DE LA GRANJA SOL

 

Otro tanto podríamos decir de Rebeca, de la granja Sol (1903) de Kate Douglas Wiggin, una novela cuyo optimismo nunca incurre en superficialidad. Rebeca es una niña de 10 años, inteligente, sensible, con un corazón amable y una apreciación apasionada por la belleza en todas sus formas. Al comienzo de la historia, y a causa de las estrecheces económicas de su familia, es enviada por su madre viuda a vivir con sus tías solteronas. Una de ellas, Miranda, es dura y exigente, la otra, Jane, es suave y sentimental, y en compañía de ambas pasa Rebeca siete años difíciles, enfrentada al rigor, a la pobreza y a numerosas restricciones. Pero nuestra muchacha no cede al resentimiento o la desesperanza. Descubre progresivamente su vocación en su alegría, en su don para lo bello, en su talento literario, pero sobre todo en el efecto transformador que esta actitud causa en los demás. En cierto sentido, Rebeca es una especie de «agente providencial»: allí donde va, renueva. Y esta renovación no viene de su esfuerzo consciente por cambiar el mundo, sino de su fidelidad sencilla a su llamado interior.

Si bien Rebeca no ha llegado a la altura de popularidad de Ana, la de Tejas Verdes (1908) de Lucy Maud Montgomery, recibió, como aquella, elogios de literatos de altura, como Jack London, George Orwell o Mark Twain. Además, es innegable su influencia en Montgomery. quien reconoció que Rebeca y Ana eran «espíritus afines».

En 1943, la editorial Hymsa lanzó la primera de varias ediciones españolas de la obra, ilustrada por la prestigiosa Mercedes Llimona (seguidora del estilo cuidado, tierno y equilibrado de Rackham); acompañaba al volumen la siguiente indicación: «novela americana para niñas de 12 a 16 años». En 1945, Hymsa publicó una secuela titulada Lo que Rebeca contó a sus amigas (1907), en la que Douglas Wiggin relata varios episodios adicionales protagonizados por Rebeca durante los años que esta pasa en la casa de sus tías.


POLLYANNA

 

Un caso más explícito es el de Pollyanna (1913) de Eleanor H. Porter. Desde luego, la cultura popular ha trivializado la historia, reduciéndola a una caricatura sentimental (así, en los Estados Unidos suele llamarse despectivamente “pollyanna” a cualquier persona con un optimismo excesivo, ingenuo y ciego a la realidad, o inocentemente imprudente). Pero, bajo esa capa superficial, late una verdad mucho más profunda: Pollyanna es una imagen de la esperanza. Su forma de aproximarse a la vida y a los que la rodean no es una simple evasión optimista, un escape melifluo y trivial, sino una forma infantil, y, quizá por ello sorprendentemente profunda, de obedecer al mandato paulino: «Dad gracias en todo».

Lo que esta encantadora niña enseña con su «juego de la alegría» no es ingenuidad, sino que siempre podremos encontrar algo positivo o alguna cosa por la que estar agradecido, en cualquier situación, por mala o dura que esta sea.

Así, hay una inspiración o influencia redentora en aquellos que la tratan: Pollyanna restaura la esperanza en su amargada tía Polly y en el viejo ermitaño Sr. Pendleton; devuelve las ganas de vivir a la impedida señora Snow y hace aflorar un sentido de la familia en Jimmy Bean, el respeto en la señora Tom Payton, y el significado del compañerismo y el amor en el aislado Dr. Chilton.

Hay otros modelos en novelas ya comentadas en este blog; por ejemplo, la pasión literaria de Emily, la de Luna Nueva (1923) en la trilogía de Lucy Maud Montgomery. Una historia escrita con una sensibilidad mucho más introspectiva —y parcialmente autobiográfica— que su célebre Ana, la de Tejas Verdes (1908). La trilogía protagonizada por Emily Byrd Starr es, más que una novela de crecimiento, un retrato moral del alma que ha escuchado la llamada del arte —específicamente, la literatura—, y se resiste a traicionarla. Otro ejemplo estaría en la llamada literaria, al menos inicialmente, de Jo en Mujercitas (1868) de Louisa May Alcott, así como la derivación que toma dicha vocación poética hacia la enseñanza en su secuela, Hombrecitos (1871), de la que les hablaré más extensamente algún día.

Podemos decir, sin temor a exagerar, que las novelas comentadas aquí, si bien escritas para un público joven, contienen una visión más sana y profunda de la vida vocacional que gran parte de la pedagogía moderna: ¿qué tienen en común todas estas niñas? Que ninguna empieza sabiendo quién es. Y, sobre todo, que no entienden la vocación como “autorrealización". Nos recuerdan que aquello que está uno llamado a ser no es la realización de nuestros caprichos, sino la respuesta libre a una verdad superior. 

La vocación, por tanto, no es un luminoso cartel de neón grande y deslumbrante; sino una pequeña cerilla, una luz interior, que, aunque tenue y refleja, ilumina el camino correcto. No exige condiciones ideales, ni facultades extraordinarias, sino disponibilidad y humildad, y ciertamente, algo de esfuerzo. No promete aplausos; promete sentido. Signifique lo que signifique esto. Como escribió Newman:

«Dios no me ha creado en balde».

A esa certeza debemos aferrarnos; como lo hacen en sus historias Pollyanna, Rebeca y las hermanas Fossil. Y acaso estas niñas ficticias, con sus alegrías y pruebas, nos lo recuerden mejor que cualquier tratado teológico o filosófico. Porque, en el fondo, no se trata de inventar nuestra vida, ni construirla a base de esfuerzos ímprobos pero inconsecuentes y carentes de verdadero sentido; sino de ofrecerla; hacerla ofrenda, llevando a cabo aquello para lo que fuimos hechos. Como los santos. Como Cristo.

          

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17.12.25

Cuentos Navideños y de Invierno para el Corazón y la Fe

 
                   «María y el Niño». Albert Edelfelt (1864-1905).

 

             

Porque un Niño nos ha nacido,
un Hijo nos ha sido dado,
que lleva el imperio sobre sus hombros.
Se llamará Maravilloso, Consejero,

Dios poderoso, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz.

Isaias, 9,6.

           

              

La descristianización progresiva, silenciosa o estridente, según los casos, del mundo Occidental es visible cada año un poco más.

No hace falta ser un hombre muy observador para notar como, para cada vez más personas, la Navidad representa un interludio lúdico, trufado de vacaciones, fiestas, y consumo. Son raras las referencias, no ya para ir a la iglesia («oh, la misa del gallo, ¿qué era eso?»), sino siquiera la mención a un nacimiento, a un niño y a un pobre establo, en las conversaciones que se escuchan a nuestro alrededor.

Como consecuencia de esta secularización descarnada, de ese vaciamiento espiritual y de significado, cosas como los villancicos y las canciones navideñas casi han desaparecido, para dar paso a melodías puramente comerciales, de ritmos machacones y reiterativos y letras de un simplismo ramplón y previsible.

Igual ocurre con los libros. La literatura navideña se ha desprendido, ya con descaro, del mismo tema navideño. Los libros infantiles (que siempre habían sido el nicho más propicio para esta temática, por razones obvias) sufren más que nadie este destierro. Las historias de navidad ya no miran al cielo; se enfrascan en discursos humanistas y edulcorados que nadie se cree realmente, basta echar un vistazo a los periódicos de cada día.

Aún así, es consuelo pensar que las cosas comenzarán a invertirse en el momento divinamente designado, aunque, ciertamente, no sepamos cuando. En tanto esto es así, sigamos en nuestro camino, entre otras cosas, buscando tesoros literarios escondidos, de los cuales hoy les traigo algunas muestras.

Así que no nos pongamos tristes. Estos son los días de fiesta más tiernos del cristianismo, no lo olviden…

Porque es Navidad.

     

RELATOS PARA EL TIEMPO DE NAVIDAD

1. Cuentos de Invierno (cuentos de Navidad para los sentidos)

El muñeco de nieve, de Raymond Briggs. Un clásico ilustrado, hermoso y melancólico, sobre la magia efímera del invierno y la amistad, pero carente de cualquier referencia religiosa. Todo se centra en la nieve y la fantasía. Para los más pequeños.

Un día de nieve, de Ezra Jack Keats. El autor, con maestría, transmite a través de los ojos de un niño, la maravilla y el encanto que representa el amanecer a un nuevo día bajo un hermoso manto de nieve que cubre completamente las calles. El asombro de la primera vez que vimos caer copos, y el disfrute del juego sobre el blanco inmaculado de la nieve, están presentes en el texto. No obstante, no hay rastro alguno de la Navidad.

Déjame decorar el árbol de Navidad, de Mireille d’Allancé. Una historia tierna sobre un osito y su padre decorando un árbol de Navidad dentro de su cueva, cuando fuera está nevando. Perfecta para el invierno, si bien la Navidad es solo el marco temporal y el árbol un símbolo desprovisto de significado religioso. Para los más pequeños.

El cascanueces y el rey de los ratones, de E. T. A. Hoffmann. Otro clásico. Tiene como inicio y escenario la noche de Navidad, con árbol y regalos, pero luego es básicamente un cuento de fantasía. El Nacimiento de Cristo no tiene papel alguno en la trama ni en el desenlace. Para adolescentes y jóvenes.

La reina de las nieves, de Hans Christian Andersen. Maravilloso cuento clásico de invierno (hielo, nieve, viajes y aventuras fantásticas). No obstante, no es un relato de Navidad, aunque guarda connotaciones cristianas. Para todas las edades.

2. Cuentos de Humanismo Desarraigado (cuentos de Navidad enfocados a las emociones, pero que pueden ser reconducidos hacia la verdadera Navidad)

¡Cómo el Grinch robó la Navidad!, de Dr. Seuss. Un clásico. El mensaje es que la Navidad “no viene de ninguna tienda”, sino que está en el corazón de uno y en la compañía de los otros. Es un mensaje positivo, pero puramente humanista y comunitario, sin trascendencia alguna, y menos católica. Para los más pequeños.

El Expreso Polar, de Chris Van Allsburg. Hermosas ilustraciones. Pero aquí la “fe” se reduce a la capacidad de creer en la magia (representada por Papá Noel), no en el Misterio de la Encarnación. Para los más pequeños.

El gatito del día de Navidad, de James Herriot. Un veterinario rural (alter ego de Herriot) relata cómo, un día de Navidad, una gata medio salvaje y enferma acude a su casa con su gatito recién nacido, y se lo confía antes de morir. Tono entrañable y nostálgico, típico de Herriot: amor a los animales y pequeños gestos de bondad. Pero no hay mención a la noche de Belén ni trascendencia alguna. Para todas las edades.

El regalo de Navidad, de Pearl S. Buck. Un adolescente descubre cómo puede regalarle algo realmente valioso a su padre: su propio sacrificio. La Navidad está en el escenario, pero realmente este es un gran cuento sobre el amor filial. Así y todo, la idea del don gratuito y sacrificial se entiende mejor desde la fe cristiana, más que desde el consumo y el materialismo. Para todas las edades.

La pequeña vendedora de fósforos, de Hans Christian Andersen. Cuento de ritmo perfecto y brevedad expresiva. Un clásico tremendamente triste, que más que de la Navidad, formula una cierta denuncia social. En una noche de frío (ni siquiera hay constancia de que se trate de Nochebuena), una niña pobre y desamparada trata de vender cerillas, pero nadie le presta atención. Para mitigar el gélido ambiente, va encendiendo fósforos mientras, aterida y hambrienta, ve visiones de lo que no tiene: calor, comida y, finalmente, su abuela. Consumida por el frío muere y su alma sube al cielo en compañía de aquella. Para adolescentes en adelante.

El niño mendigo ante el árbol de Navidad de Cristo, de Fiodor Dostojevski. Muy ruso; en el estilo del anterior cuento de Andersen, pero mucho más intenso. Escatológica y trágica historia, en la que Dostojevski nos relata cómo un niño pobre muere de frío en las calles de San Petersburgo mientras los ricos festejan la Navidad ignorando al pequeño mendigo. El niño despierta en el “Árbol de Cristo", acompañado de Jesús y otros niños fallecidos como él. Para adolescentes en adelante.

El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry. Probablemente el mejor relato del autor (y eso es decir mucho). Trata sobre un joven matrimonio pobre y de cómo cada uno de los esposos se sacrifica para hacer un regalo al otro. Aunque se mencionan vagamente los Reyes Magos como símbolos de dar y obsequiar (de ahí el título), la Navidad queda reducida a una metáfora de amor humano sin conexión con la Encarnación. Enseña que la verdadera Navidad no es “tener”, sino “darse". Es un antídoto perfecto contra el materialismo de hoy. Para adolescentes en adelante.

Canción de Navidad (o Cuento de Navidad), de Charles Dickens. Ciertamente, Dickens es el inventor de la «Navidad filantrópica», cercana, pero distinta de la original, la litúrgica y teológica. En este cuento clásico, Dickens habla, en términos cristianos, de culpa, arrepentimiento y redención, pero no de la Encarnación de Cristo. Para Chesterton –que admiraba este cuento– se trata, como su título insinua, «estrictamente de un villancico», porque la historia canta de principio a fin «una alegría positiva y apasionada», algo que ocurre independientemente de que los espíritus navideños conviertan o no a Scrooge, pues a los que de verdad convierten es a nosotros los lectores. Para adolescentes en adelante.

3. Verdaderos Relatos de Navidad (cuentos sobre la Navidad Original)

La Noche Santa, de Selma Lagerlöf. Uno de los más hermosos cuentos sobre la primera Nochebuena. En un estilo sencillo, casi oral: mezcla de ternura, simbolismo y cierta gravedad moral, la premio Nobel Lagerlöf recrea aquella noche, pero hasta casi el final no somos conscientes de ello. Con un espíritu totalmente cristiano, vincula lo sagrado y lo milagroso, pero anclado en la tierra y la naturaleza. Para todas las edades, si bien los primeros párrafos introductorios no son quizá para los más pequeños (pero la historia en sí, ciertamente lo es).

Navidad en el establo, de Astrid Lindgren. La escritora sueca, con un lenguaje claro, cálido, casi de canción de cuna, perfecto para niños pequeños, recuenta la noche en que María y José llegan a un establo y nace Jesús. Para todas las edades.

La mula y el buey, de Benito Pérez Galdós. A pesar de que no se prodigó en exceso en la narración corta y de que su fama le viene por el lado de las novelas, Galdós escribió uno de los más bellos –y tristes– cuentos con niños como protagonistas de nuestra literatura del pasado siglo. Aunque no trata específicamente del nacimiento en Belén, este es el leitmotiv de la historia, que acaba en el Cielo. Con ecos del virgiliano «Sunt lacrimae rerum». Para adolescentes en adelante.

El Primer Árbol de Navidad, de Henry van Dyke. El reverendo van Dyke recrea aquí, a modo de leyenda, el origen y significado del árbol de Navidad, vinculándolo con la figura histórica de San Bonifacio. Otro relato famoso de van Dyke es El otro rey mago. Aquí, el autor nos habla de Artabán, el cuarto rey mago, quien, por detenerse repetidamente para ayudar a los necesitados, no llega a ver al Niño Rey. Pasa el resto de su vida buscándolo y gastando sus tesoros (destinados al Niño) en actos de caridad. Finalmente, muere en Jerusalén el día de la crucifixión escuchando la voz de Jesús que le asegura que, al haber servido a los más pequeños, en realidad lo ha servido a Él. Conecta la Epifanía con la caridad cristiana. Para todas las edades.

Babushka Galya. Vieja leyenda rusa que cuenta la historia de una anciana que se niega a acompañar a los Reyes Magos porque tiene que limpiar su casa. Luego se arrepiente y sale a buscar al Niño Dios, dejando regalos en cada casa por si Él está allí. Historia preciosa sobre el arrepentimiento y la búsqueda incansable de Dios. Explica la figura del Santa Claus nórdico y anglosajón y los Reyes Magos latinos, desde una perspectiva de peregrinaje espiritual. Para todas las edades.

Los reyes, de Juan Ramón Jiménez. Con su prosa poética y clara, Juan Ramón Jiménez evoca la ilusión y el misterio de la noche de Reyes desde el punto de vista de un niño. Una bella exploración poética de la experiencia infantil de la Epifanía (mezcla de fe, ensoñación, temor e ilusión). La irrupción del misterio de lo sagrado en la noche de la infancia. Para todas las edades.

La adoración de los reyes, de Ramón María del Valle-Inclán. El escritor gallego, con su prosa modernista y exquisita, recrea brevemente la escena bíblica a que se refiere el título. No es un cuento con “trama", sino la descripción poética de una estampa sagrada en movimiento. Ideal para leer en voz alta en familia. Para todas las edades.

Un cuento de Navidad para Le Barroux, de Natalia Sanmartín Fenollera. Una pequeña y breve joya que explora la belleza, el misterio y la esperanza cristiana. Con una prosa poética y cuidada, la autora de El despertar de la señorita Prim nos cuenta la historia de un niño y su relación con los misterios de la vida y de la muerte, y lo hace a través de la sacralidad, el rito y una visión de la Navidad como un misterio teológico puesto de manifiesto por medio de la tradición y la liturgia. Para todas las edades.

4. De difícil clasificación

La Tienda de Fantasmas, de G. K. Chesterton. Un Chesterton anterior a su conversión escribió este delicioso cuento, publicado en Navidad en el Daily News de Londres (luego incluido en la colección de historias y ensayos, Tremendous Trifles). Se inicia con una visita a una vieja tienda de juguetes en época navideña, y termina afirmando el futuro inacabable de la Navidad. Para adolescentes en adelante.

El gigante egoísta, de Oscar Wilde. Otro clásico hermosísimo. De difícil clasificación, pues no todo el cuento se desarrolla durante el invierno, y, aunque el Niño Jesús es protagonista decisivo de lo que acontece, no es propiamente un cuento de Navidad. Para todas las edades.

La Navidad especial de Papá Panov, de León Tolstoi. Recreación por Tolstoi de una historia popular. Papá Panov es un zapatero anciano y solitario que espera devotamente que el Señor lo visite en Navidad. A lo largo del día ayuda a mendigos, necesitados, niños… Al final, Cristo le revela que ha venido a él en cada uno de aquellos a los que ayudó. Relato sencillo, muy emotivo, que transmite la verdad evangélica de la presencia de Dios en el prójimo. Para todas las edades.

El regalo (Cuento de Navidad), de Ray Bradbury. Un brevísimo relato de uno de los padres de la ciencia-ficción literaria. Una evocación del asombro original ante lo creado: Una familia, en un futuro indeterminado, viaja en una nave espacial el día de Navidad. El niño está triste porque no hay celebración ni regalos. El padre le promete un obsequio. A medianoche, lo lleva ante uno de los ojos de buey de la nave y le muestra el espacio exterior infinito, plagado de estrellas ardientes y luminosas, recortadas sobre el oscuro cielo, y le dice: «Ahí tienes tu regalo: la luz de la Navidad». Para todas las edades.

Conclusión:

Todos estos relatos pueden y deben ser leídos. Unos no necesitan apoyo o guía, pues hablan de la verdadera Navidad por sí solos; los otros (los dos primeros grupos) deben ser reconducidos al objeto y sentido de la Navidad; en concreto, en casi todos los que se relacionan en este post, eso puede hacerse con facilidad, pues en ellos late de fondo un sentir cristiano, y, consecuentemente, pueden servirnos para limpiar la Navidad de juguetes y consumismo, y centrarla en la acogida del Niño Dios en nuestros corazones.

Que tengan una feliz lectura, y una feliz y santa Navidad.

        

P. D.

Por último, y como siempre, les comparto no solo las entradas anteriores de este blog relacionadas con la Navidad, sino también, como es costumbre, una recopilación de relatos y poemas navideños.

También les anuncio que, a partir de hoy y hasta que finalice el tiempo de Navidad (tradicionalmente, hasta el 2 de febrero, día de la Candelaria), iré publicando, sin orden ni cadencia, poemas de tema navideño en mi otro blog «La memoria poética» (https://lamemoriapoetica.blogspot.com, accesible con cliquear una pestaña en la parte superior derecha de la página). Espero que sean de su gusto y disfruten de ellos como yo lo hago. 


Entradas:

LECTURA PARA NAVIDAD

LA NAVIDAD. OTRA VEZ, Y SIEMPRE, LA NAVIDAD

DE LA NAVIDAD Y DE LOS LIBROS COMO REGALO NAVIDEÑO

NAVIDAD

NAVIDAD: LIBROS PARA LOS MÁS PEQUEÑOS

LA NAVIDAD, LOS MONJES Y UN PEQUEÑO Y HERMOSO LIBRO

TIEMPO DE NAVIDAD, INFANCIA Y POESÍA

NAVIDAD Y REGALOS: ALGUNAS RECOMENDACIONES

POESÍA Y NAVIDAD

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS DE ORIENTE

LA NATIVIDAD: REALISMO, ILUSTRACIÓN Y SÍMBOLO

NAVIDAD, IMAGEN Y BELLEZA

IMAGINACIÓN Y FE: RECUPERANDO EL ASOMBRO DE BELÉN

EL DIOS DE LA CUEVA


Compilaciones de relatos y poemas navideños:

POEMAS PARA EPIFANÍA Y REYES

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