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22.06.20

Ilustradores geniales (VIII). En pos de la belleza

                       Querubines en el jardín. Obra de Charles Robinson (1870-1937).

  

 

«El libro ilustrado tal vez no sea absolutamente necesario para la vida del hombre, pero nos proporciona un placer tan infinito y está tan íntimamente conectado con el otro arte –este sí absolutamente necesario–, de la literatura imaginativa, que debe seguir siendo una de las cosas más valiosas por las que un hombre razonable debería esforzarse».

William Morris


«Y como la vista es el primero de los sentidos y especialmente poderosa en los primeros años, es muy importante registrar libros ilustrados por artistas que trabajen dentro de la tradición que estamos estudiando, como introducción al arte y como parte de la experiencia imaginativa del libro».

John Senior

   

 

Charles Robinson (1870-1937)

       Ilustración de Charles Robinson sobre jóvenes marineros observando sirenas.

Charles Robinson encontró en la pluma y el pincel la expresión lógica del destino de aquel que habiendo sido regalado con una naturaleza artística es, a su vez, criado en un ambiente artístico. Nada puede por tanto extrañar su arte siendo como era su padre ilustrador y habiendo sido su abuelo grabador artístico; tampoco puede extrañar que su hermano mayor, Thomas, acabara también en el mismo gremio, al igual que William, su hermano menor. De hecho, en su época, fue su hermano mayor William el más reconocido de los tres brillantes Robinson, aunque Charles es mi favorito. Y ello, a pesar de que sus hermanos recibieron educación artística a tiempo completo, pero debido a restricciones financieras, Charles tuvo que arreglárselas únicamente con clases nocturnas.

Charles Robinson fue considerado uno de los mejores ilustradores infantiles de su época, lo que es decir mucho, pues hablamos de la denominada, y no por capricho, Edad de Oro de la Ilustración. Un maestro en pluma y tinta y un dominador de la acuarela, fue un ilustrador prolífico que vendió sus libros en gran cantidad y ofreció una fuerte competencia a su compañero y amigo Arthur Rackham.

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13.06.20

Literatura cristiana: ¿pecados?, ¿virtudes?, ¿o quizá personas?

                                        Plegaria. Obra de Luigi Nono (1850-1918).

    

   

«Yo soy católico romano, aunque muchos católicos romanos no entienden cómo podría escribir lo que escribo y ser católico romano. Esta es una cuestión interesante ¿Qué es un novelista católico? ¿Es un novelista que resulta ser católico, o es un novelista que primero es católico antes de ser novelista?»

Walker Percy

   

    

En la última entrada, referida a la literatura cristiana (La literatura cristiana como la más auténtica fuente de imaginación moral), les prometí que continuaría con el tema, y, como saben, lo prometido es deuda. 
 
La entrada terminaba con la afirmación de que, precisamente por su carácter católico, y aunque pudiera representar aparentemente una paradoja, en esta literatura «todo puede tratarse, todo debe tratarse, si bien su enfoque deberá conducirnos siempre a Dios». Y es sobre esto que quiero extenderme un poco más.
 
El cardenal Newman reconoce que la buena literatura ––la que acerca a la verdad, la bondad y la belleza–– puede llegar a ser un instrumento útil para el corazón y para el alma, con una utilidad que él ve como bendición, y entiende que sus creadores, los literatos, pueden convertirse en «ministros de beneficios similares para los demás». En La idea de la universidad (1852), nos dice:
 
«Si entonces el poder de la palabra es un don tan grande como cualquiera que pueda ser nombrado, si el origen del lenguaje es considerado por muchos filósofos como nada menos que divino, si por medio de las palabras se sacan a la luz los secretos del corazón, se alivia el dolor del alma, se quita el dolor oculto, se transmite la simpatía, se imparte el consejo, se registra la experiencia y la sabiduría perpetuada, si por los grandes autores los muchos son llevados a la unidad, el carácter nacional se fija, un pueblo habla, el pasado y el futuro, el Oriente y el Occidente se comunican entre sí, si tales hombres son, en una palabra, los portavoces y profetas de la familia humana, no corresponderá menospreciar a la literatura o descuidar su estudio; más bien podemos estar seguros de que, en la medida en que la dominemos en cualquier idioma y nos impregnemos de su espíritu, nosotros mismos nos convertiremos en ministros de beneficios similares para los demás, ya sean muchos o pocos, ya sea en los más oscuros o en los más luminosos ámbitos de la vida».
 
En este texto, el cardenal nos recuerda que la buena literatura no solo ha de tratar de los temas «más oscuros», sino también de «los más luminosos ámbitos de la vida». Cristo es la luz verdadera y vino a iluminar las tinieblas, aunque las tinieblas no le recibieran (Juan, 1, 5). Ambos ámbitos nos hablan de la Verdad: pues Él vino a interesarse por los pecadores (que somos todos), pero a fin de combatir el pecado y movido por el amor. Si tratamos con la luz no debemos olvidar la oscuridad de la que partimos o en la que permanecemos atrapados, y si tratamos de esa oscuridad no debemos olvidar que podemos acercarnos a «la verdadera luz, la que alumbra a todo hombre». La literatura católica debe ocuparse de todo ello, porque todo ello es propio del hombre, del estado herido del que parte y del lugar glorioso al que está destinado. 
 
No estoy sugiriendo colocar el bien y el mal a la misma altura. No me tomen por un católico heterodoxo con tendencias maniqueas, por decirlo suavemente (si así fuera, bastaría una sola palabra para calificarme: hereje). Pero no podemos dejar de lado nuestra condición, nuestra naturaleza herida, donde encontraremos tanto cimas como abismos.   
 
En los escritores cristianos citados en la última entrada, y en muchos otros, hay muestras de ambos aspectos, de esperanza y desazón, de belleza y fealdad, de excelencia y corrupción. Pero incluso en esa belleza, en ese asombro, en esa luz, hay siempre algo turbador, algo de temor y temblor, algo cegador y deslumbrante que nos deja atónitos y agitados, «una poderosa pasión, una especie de temor, una confrontación feroz con el misterio de las cosas», lo cual no debe extrañarnos, pues «el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría».  
 
Pero, con honrosas excepciones, este arte auténtico parece menguar a cada paso. Sobre todo, tras el Concilio Vaticano II, la decadencia es manifiesta. Y como en el caso de la Iglesia tras el Concilio, la causa de este mal reside, fundamentalmente, en el aggiornamento al mundo. Las generaciones de escritores católicos que siguieron a aquel acontecimiento están marcadas por un rechazo del modo tradicional y ortodoxo del catolicismo, un catolicismo que a menudo es expresado por estos autores a modo de sátira y esperpento. John C. Whitehouse, en su obra Literatura y catolicismo (1997), lo expresa así: «Junto con este rechazo, sin embargo, hay un anhelo nostálgico e incluso una obsesión por el pasado católico, especialmente por la infancia católica. Para esta ´generación perdida´ de autores católicos, el resultado es un sentido casi paralizante de ambivalencia, alienación y desarraigo». Uno de estos escritores, Anthony Burgess, muestra esta amargura y desorientación cuando dice: 
 
«Ser un católico caduco es tan doloroso que a veces parece generar una carga positiva, como si tuviera en sí mismo una cierta validez religiosa. Pero no es así. Tal vez algunas de las oraciones que van por las almas del purgatorio podrían ser usadas ocasionalmente para nosotros. Esas almas, al menos saben, dónde están. Nosotros no lo sabemos. Yo desde luego, no».
 
Sin embargo, incluso entre esa pléyade de escritores de la primera mitad del siglo XX a los que me he referido ––esos que parecen «saber dónde están»–– habita una carencia. En muchos de ellos se percibe una falta de equilibrio, una inclinación excesiva hacia el hombre pecador y hacia la perturbación causada por el pecado. «Deberíamos», dice un personaje de una de las últimas novelas de Mauriac, El mico (1951), «ser capaces de hablar de ‘hacer el odio’ como hablamos de ‘hacer el amor’». En otra novela, El final del romance (1951) de Graham Greene, el narrador comienza diciendo, refiriéndose al contenido de la historia: «Este es un registro de odio mucho más que de amor». Es imposible no sentirse impresionado por el vasto lugar que ocupa el odio y el mal, y el diminuto lugar reservado a la caridad y al bien en la obra de muchos de los novelistas católicos contemporáneos. Las novelas de Mauriac o Greene son una muestra.
 

Cierto es que, en ocasiones, este trato con la oscuridad no solo forma parte del fondo de la historia, sino que es usado como instrumento literario: algunos escritores recurren a medios de expresión violentos para hacer llegar su visión a un público hostil y reticente, con imágenes y acciones que pueden parecer distorsionadas y exageradas para la mente católica tradicional. Eso causa a menudo en el lector católico una reacción de rechazo, un rechazo que también se encuentra con frecuencia en aquellos a quienes se quiere despertar, todo lo cual da lugar a otra de las paradojas dolorosas en las que se encuentran atrapados los escritores cristianos.  

Quizá la modernidad y el progreso, cuyo precio es la muerte del espíritu, como bien definió el filosofo Eric Voegelin, contaminen de tal forma a los creadores cristianos que los impulsen irremisiblemente a uno de los lados de la balanza. Es cierto que no podemos exigir ni esperar que los cristianos de esta época de estrés, neurosis y materialismo posean la serena y tranquila visión de un Dante o un Chaucer. Un escritor depende tanto de sus creencias como de su sensibilidad y esta se encuentra muy vinculada al ambiente en el que vive y se ha educado. Para la mente medieval, cada cosa creada era un reflejo del Creador y el mundo era un símbolo. Desde hace ya mucho tiempo (mucho antes del Concilio Vaticano II), esto no es así.
 
Consciente de esta cuestión ––y en lo que podría ser un acto exculpatorio–, François Mauriac, en su discurso de recepción del premio Nobel, señaló:
 
«No hace falta decir que la historia humana contada por un novelista cristiano no puede basarse en el idilio porque no debe alejarse del misterio del mal. Pero obsesionarse con el mal es también obsesionarse con la pureza y la infancia. Me entristece que los críticos y lectores demasiado apresurados no se hayan dado cuenta del lugar que ocupa el niño en mis historias. Un niño sueña en el corazón de todos mis libros; contienen los amores de los niños, los primeros besos y las primeras soledades, todas las cosas que he apreciado en la música de Mozart. Las serpientes de mis libros han sido percibidas, pero no las palomas que han hecho sus nidos en más de un capítulo; porque en mis libros la infancia es el paraíso perdido, e introduce el misterio del mal».
 
No obstante, ese mal, esa corrupción, no puede ser total. Hemos sido hechos imago dei. En este sentido Flannery O´Connor escribió: «El cristianismo ideal no existe, porque todo lo que un ser humano toca, incluso la verdad cristiana, lo deforma un poco a su propia imagen. Incluso los santos lo hacen. Yo creo que son los efectos del pecado original, y me doy cuenta de que los católicos suelen actuar como si esa idea fuese siempre perversa y señal de calvinismo: leen pequeña corrupción como si fuera corrupción total. El escritor tiene que hacer la corrupción creíble antes de poder darle todo su valor a la gracia». La corrupción no es total; siempre hay espacio para el bien y la belleza en el hombre.
 
Por eso no solo es necesario recuperar la noción de pecado, de fragilidad y de contingencia (ciertamente perdida), sino también la de asombro, maravilla y fascinación. Junto con «las serpientes», deben ser rescatadas «las palomas que han hecho sus nidos», de las que habla Mauriac. Unas llevan al trato con el mal y el odio, las otras al trato con la belleza y el amor, y de la sabia confluencia de ambas nace la más pequeña de las virtudes teologales ––como decía Péguy––, la esperanza, fruto casi exclusivo de la literatura católica. Sin embargo, siendo ambas facetas necesarias, hoy más que nunca, la presencia de la ultima, con su alegría y su belleza, es la más urgente y Chesterton y Tolkien pueden ser buenos guías. De nuevo, la escritora Flannery O´Connor, tan incomprendida ella, viene en nuestra ayuda: «Solo si estamos seguros de nuestras creencias podemos ver el lado cómico del universo. Una razón por la que gran parte de nuestra ficción contemporánea carece de humor es porque muchos de estos escritores son relativistas».
 
En todo caso, aquellos escritores y poetas que hoy día han decidido, por causa de su fe, continuar la senda de la verdad, de la autentica imaginación cristiana, no lo tienen fácil. En su mayoría escriben para un público masivamente secular, que no tiene conciencia de la vida espiritual ni del sentido del misterio, del pecado o de la maravilla, y en cuyos corazones se esconde una imaginación dormida para el asombro y lo sobrenatural. ¿Conseguirán despertarla? ¿Podremos seguir disfrutando de, al menos, obras como Kristin Lavransdatter de Sigrid Undset, El poder y la Gloria de Graham Greene, El hombre que fue jueves de G. K. Chesterton, El diario de un cura rural de George Bernanos, o Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh? Me consta, porque lo tengo muy cerca, que hay algunos autores que han trabajado y trabajan para ello (Joseph Pearce habla de algunos de ellos en este artículo: La mejor ficción cristiana contemporánea). Recemos para que así sea, porque como señaló Flannery O’Connor:
 
«Una de las cosas horribles de escribir cuando eres cristiano es que para ti la realidad última es la Encarnación, la realidad actual es la Encarnación, pero nadie cree ya en la Encarnación; es decir, nadie en tu audiencia. Mi audiencia son las personas que piensan que Dios está muerto. Al menos, estas son las personas para las que soy consciente de escribir».
 
Y eso, desde luego, es un trabajo duro…
 

9.06.20

La literatura cristiana como la más auténtica fuente de imaginación moral

                            Oración antes de la partida. Obra de Dmitri Shmarin (1967-).

   

    

«Allá donde falta la buena literatura la reputación del hombre se rebaja».

León XIII


«Este mundo nuestro tiene algún propósito; y si hay un propósito, tras él hay una Persona. Siempre he sentido la vida primero como una historia; y si hay una historia, tras ella hay un Narrador».

G. K. Chesterton

    

   

Soy padre y ya lo seré siempre. Todavía, en estos momentos, la edad de mis hijas me obliga a velar al respecto de qué, cuándo y de qué manera determinadas cosas les pueden ser mostradas. Ello me obliga a vedarles ––aunque ya por poco tiempo–– el acceso a determinada literatura, quizá la más auténtica y real que ha existido, la grande y veraz, aquella en la que se guarda la más clara e impactante imaginación moral y el retrato mas fiel, y a veces amargo, de la naturaleza humana. Y eso, a pesar de que se trata de un compendio de obras de clara inspiración religiosa, la mayoría cristiana.

Porque aunque muchos lo nieguen a voces y se jacten de una hipotética superioridad moral del progresismo, o de los ya arcaicos socialismo o comunismo, la verdadera imaginación moral reside en la mente cristiana. El filósofo católico Peter Kreeft nos dice al respecto:

«Como señaló brillantemente Dorothy Sayers mucho tiempo atrás, haciéndose eco de Chesterton, en verdad la ortodoxia cristiana es el pensamiento más creativo y dramático que jamás se generó en este mundo. (…) El infierno tiene una imaginación muy limitada».

Por su parte, el conocido crítico literario progresista Lionell Trilling admitió esta diferencia sustancial en su libro La imaginación liberal (1950):

«Nuestra ideología liberal ha producido una gran literatura de protesta social y política, pero desde hace mucho tiempo, ni un solo escritor que comande nuestra verdadera imaginación literaria. (…) Así que podemos decir que no existe ninguna conexión entre nuestra clase educada liberal y la mejor de las mentes literarias de nuestro tiempo. Y esto es como decir que no hay conexión entre las ideas políticas de nuestra clase educada y los lugares profundos de la imaginación».

Una de las claves de la desafección y pobreza imaginativa y moral de esa literatura progresista de la que habla Trilling está en la ideología que la alimenta y en su elemento clave y central: la pérdida del sentido del pecado a que se refería el papa Pío XII cuando dijo aquello de que «quizás el mayor pecado del mundo hoy día es que los hombres han empezado a perder el sentido del pecado». Esta es también la razón de que los literatos y poetas protestantes hayan venido cediendo fuelle imaginativo y moral con el tiempo, pues el protestantismo, a causa de su relación con el liberalismo, ha ido abandonando su originaria visión del hombre. Algo a lo que quizá los literatos católicos de hoy día se estén acercando rápidamente.

En su libro, La Espada de la Imaginación (1995), Russell Kirk cita una declaración que T. S. Eliot hizo en 1933 tocante a este punto:

«Con la desaparición de la idea del pecado original, con la desaparición de la idea de la lucha moral intensa, los seres humanos que se nos presentan, tanto en la poesía como en la ficción en prosa hoy en día, son cada vez menos reales. (…) Si se elimina esta lucha, y por razones de tolerancia, benevolencia, inocuidad, redistribución o aumento del poder adquisitivo y devoción al Arte por parte de una élite como mero concepto estético, se mantiene la idea de que el mundo será tan bueno como cualquiera podría desear, entonces se deberá esperar que los seres humanos se vuelvan cada vez más vaporosos y tiendan a desparecer en su humanidad».

Todos sabemos que el origen de esta tendencia progresista y en apariencia buenista parece con fuerza con la Revolución Francesa y que, concretamente, su adalid intelectual es Jean Jacques Rousseau. Es entonces cuando muchos poetas truecan su imaginación moral por una imaginación idílica. Ralph Waldo Emerson lo expresa así: «Nunca pude darle mucha realidad al mal y al dolor». Una aversión a la creencia en el mal y en el pecado original que corre pareja a la de la existencia del Infierno. Russell Kirk pensaba que esa imaginación idílica se había transformado en nuestros días en una imaginación que él tildaba de diabólica, y con gran preocupación sentenciaba: «A medida que la literatura se hunde en lo perverso, la civilización moderna cae en la ruina».

El reconocimiento de la naturaleza caída del hombre, propio de los escritores cristianos, no es un gesto de desesperación nihilista ni tampoco un regodeo morboso y enfermizo; no es por tanto esa imaginación diabólica a la que se refiere Kirk, sino todo lo contrario. Los poetas que lo abrazaron reconocían el mal en el hombre y el mundo y lo plasmaron en sus obras, pero con la esperanza de una redención y una salvación eterna.

Esto es fácilmente reconocible en San Agustín y sus Confesiones, Dante y su Divina Comedia, Shakespeare en sus comedias y tragedias, Cervantes con su Quijote, o Chaucer con sus Cuentos de Canterbury, y después, en Dickens, Dostoyevski, Austen, Tolstoi, y más recientemente, en poetas como Manley Hopkins, Wilfred Owen, Claudel, Péguy, Gerardo Diego, Gabriela Mistral (e incluso, algunos no católicos, como Eliot y Yeats) y en escritores como Georges Bernanos, Evelyn Waugh, François Mauriac, Giovanni Papini, Graham Greene, Alfred Döblin, Shūsaku Endō, Sigrid Undset, G. K. Chesterton, C. S. Lewis, J. R. R. Tolkien, Miguel de Unamuno, Hugo Wast o Flannery O’Connor.

Todos ellos desbordan imaginación moral, esa que trabaja, como diría Shakespeare, con la substancia de los sueños, sueños de hombres reales, de carne y hueso, santos y pecadores, culpables y arrepentidos, perdidos y redimidos. Independientemente de sus concretas creencias y de las posibles desviaciones de la ortodoxia de algunos de estos escritores, todos ellos comparten una cosmovisión cristiana. El poeta católico Dana Gioia lo expresa así:

«Tienden a ver a la humanidad luchando en un mundo caído. Combinan un anhelo de gracia y redención con una profunda sensación de imperfección humana y pecado. El mal existe, pero el mundo físico no es malo. La naturaleza es sacramental, brillante, con signos de cosas sagradas. De hecho, toda realidad está misteriosamente cargada con la presencia invisible de Dios». Y continúa diciendo: «Perciben el sufrimiento como redentor, teniendo como referencia la pasión y muerte de Cristo, miran hacia la eternidad, gozan de un sentido místico de continuidad entre los vivos y los muertos y su sentido del pecado les somete, a ellos y a sus personajes, a un recurrente examen de conciencia, arrepentimiento y contrición».

Y es que en ellos había, por razón de su fe, una pasión por la verdad, lo que les llevaba a explorar plenamente, a fondo y sin reservas, la naturaleza humana, tanto en toda su bondad y belleza como en su horror y maldad. «Dí todas las verdades que tengas que decir, incluso si son sombrías, absurdas, chocantes. Después de todo, nosotros, los católicos, debemos reconocer lo impactante que es la vida humana. Nuestra raza se ha rebelado contra su Creador desde el principio de los tiempos», dijo la escritora noruega Sigrid Undset. La estadounidense Flannery O´Connor escribió, a su vez: «Los mayores dramas implican naturalmente la salvación o la pérdida del alma. Donde no se cree en el alma, hay muy poco drama. El novelista cristiano se distingue de sus colegas paganos por reconocer el pecado como tal. Según su herencia, no lo ve como una enfermedad o un accidente del entorno, sino como una elección responsable de ofensa contra Dios que implica su futuro eterno. O se toma en serio la salvación o no se toma en serio». Nada de paños calientes, nada de corrección política o de paternalismo moral. Chesterton incide en este punto: «La vida de los héroes y villanos es la vida tal y como es realmente. Toda aquella literatura que nos presente la vida como peligrosa y sorprendente es siempre más verdadera que aquella otra que nos la hace ver languideciente y llena de dudas. Porque la vida es una lucha y no una conversación».

Aunque algunos se resistan a aceptarlo, el hombre es un ser contingente y falible, un rebelde al que solo le cabe dejarse redimir por el amor de Quién lo creó. Si la literatura es la historia o biografía del hombre natural, también lo es del hombre caído, ya que «el hombre no estará siempre en estado de inocencia; llegará a pecar y su literatura será expresión de su pecado, ya sea pagano o cristiano», como nos dice el cardenal Newman. De lo contrario esa literatura no retratará al verdadero hombre.

Esta última frase encierra probablemente el secreto de porqué la literatura católica es la mayor y más profunda de todas las literaturas. Y es que al no ser únicamente creación del hombre, al jugar con materiales que están más allá de él, al tratar del hombre verdadero, del hombre con mayúsculas, trasciende al mismo y se ve impregnada de todo lo creado. En ese sentido, algunos han hablado de la «paradoja literaria católica»: dado que algunos libros podrían llamarse católicos porque su autor es un católico sincero y practicante, mientras que otros podrían serlo porque se perciben en ellos rastros, formas incluso simples residuos, de la creencia católica, a pesar de la incredulidad del autor, no es posible acotar con precisión o hablar con propiedad de literatura católica. Precisamente esto lo que da sentido a la aparente paradoja, porque lo católico, como su nombre indica, abarca todo, es universal, y no hay nada en el hombre ni en la creación que le sea ajeno y a lo que una visión católica no pueda acercarse, incluso, a través de una pluma teñida de incredulidad o agnosticismo.

Así que todo puede tratarse, todo debe tratarse, si bien su enfoque deberá conducirnos siempre a Dios. Lo que nos lleva al tema de cuál ha de ser el contenido de la literatura cristiana. El asunto tiene su enjundia, y por ello lo dejaré para una próxima entrada, tienen mi palabra.

2.06.20

De la sana rebelión contra las lecturas sesgadas

              Alonso Quijano entre sus libros. Obra de José Segrelles (1885-1969).

  

   

«Si los padres desean preservar la infancia de sus hijos deben concebir la crianza como un acto de rebelión contra la cultura».

Neil Postman

 

«Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica».

Miguel de Cervantes. El Quijote, II, XXVII

   

  

Vaya por delante que no soy miembro de la academia. No puedo presentar, por lo tanto, credenciales acreditados de mis conocimientos en relación con la materia que aquí trato. Esta no es ninguna declaración sorpresiva para aquellos que me siguen, aunque sea esporádicamente. No he pretendido ni pretendo pasar por un erudito o un estudioso. Ni siquiera en la forma de un estudioso atípico y rebelde frente a la estructura preestablecida por gran parte de los académicos de hoy (lo que podríamos denominar, en parodia de la neolengua, la «casta» académica), y ello, aunque hoy se haya llevado esta cuestión más allá, mucho mas allá de lo sensato.

Pero no, mis pretensiones son mucho más modestas. Soy un simple aficionado a la lectura y un padre de familia católico que trata de ser coherente con lo que cree ser su más grande misión en esta vida: educar a sus hijos en la bondad, la belleza y la verdad.

Lamentablemente, esta labor es cada día más dura y difícil en el mundo que nos ha tocado vivir, si bien es cierto que no podemos volverle la espalda. Está ahí fuera y, lo queramos o no, influye en nuestras vidas. Una de las maneras en las que lo hace es a través del ambiente que nos rodea. A nuestro alrededor, flotando entre nosotros, pululan las ideas maestras que rigen este mundo. El «Zeitgeist» lo llaman los germánicos. El espíritu de nuestro tiempo es como lo conocemos nosotros. Y este espíritu lo impregna todo, contaminando los más pequeños de nuestros pensamientos e impulsando, más o menos según cada uno, todas y cada una de nuestras acciones. Y, paradójicamente, en su mismo centro está la falta del verdadero espíritu, que es el espíritu de Dios. Esto lo embebe todo y hace que todo sea percibido bajo una lente que deforma la realidad. No solo vemos, por naturaleza, como a través de un espejo, borrosamente (I Corintios, 13-12), sino que este espejo ha sido deformado, como los espejos cóncavos y convexos de las ferias de antaño. El cinismo y la desesperanza se unen hoy al natural subjetivismo propio de todo hombre. Y el resultado es el fatal extravío del hombre, apartado de Dios y de todo aquello que Él creó.

Los libros, la lectura de los libros, no son ajenos a este «Zeitgeist». Hay, lo queramos o no, una «lectura ortodoxa» de la que es difícil escapar. Por eso es urgente sacudirse ese espíritu maledicente y rebelarse contra él.

Un ejemplo de ello lo encontramos en nuestro gran Miguel de Cervantes y su magnífico Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605/1615). Nuestra mayor gloria literaria.

Supongamos que pudiéramos encontrar a un hombre puro, a un hombre roussoniano o robinsoniano, a un hombre supuestamente natural, y por lo tanto, ajeno al «Zeitgeist» de que hablamos, alguien que desde el primer momento de su existencia no hubiera respirado ni un ápice de ese aire contaminado y tóxico, un John el salvaje de Un Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley, un nuevo Adán, por lo que se refiere a su inocencia original, (perdóneme Nuestro Señor ––el único «nuevo Adán»––). Imaginemos que tras darle a ese hombre unas nociones básicas de qué es el cristianismo y la historia de la Salvación, desde el Génesis al Apocalipsis, le ofreciésemos leer El Quijote. Creo, sin duda alguna, que la idea que él extraería de esa lectura sería la de un libro escrito por un cristiano, en el que se relata una historia protagonizada por cristianos en un mundo cristiano. Tal y como así fue, por cierto.

Cervantes nació en una devota familia católica. Fue bautizado el 9 de octubre de 1547, bajo el patrocinio de San Miguel, el arcángel protector contra las acechanzas de Satanás. Nomen omen est, como a los romanos les gustaba decir: «Tu nombre es tu destino». Y así fue con Miguel de Cervantes. La preferencia de sus padres por San Miguel sugiere una fe viva presente en la familia. Y un breve examen a esa familia así nos lo muestra: su hermana Luisa de Belén se convirtió en priora carmelita y sus otras dos hermanas, Andrea y Magdalena, entraron en noviciados laicos en la Venerable Orden Tercera de San Francisco, al igual que el propio Cervantes en sus últimos días, tras pasar por la Hermandad de los Esclavos del Santísimo Sacramento del Olivar. Su única hija, Isabel, ingresó en la Orden Trinitaria. Finalmente, su hermano Rodrigo luchó junto a él, en defensa de su credo, contra el Imperio Otomano en la batalla de Lepanto, dentro de la Liga Santa, liderada por España, Venecia y los Estados Pontificios. Y todo esto se le transmitió desde la cuna, penetró profudamente en su vida y de su vida pasó a su obra.

Cervantes creció y vivió en el centro de la mayor civilización cristiana que ha existido, una de cuyas mayores cimas artísticas fueron él y su obra. Probablemente no fue un católico intachable, ni un santo en vida («Porque no hay sobre la tierra hombre justo que obre bien y no peque nunca», Eclesiastés, 7, 21), pero fue lo que fue y lo que se esforzó en ser: un católico con una fe recia, como atestiguan su vida y su obra a ojos libres de prejuicios.

Pese a ello, esa no es la visión imperante hoy. Por doquier proliferan sesudos estudios y tesis doctorales por legión que, bajo perspectivas feministas o desconstrucciones varias, imponen desde los altares académicos un enfoque distinto, un enfoque distorsionado y falso. Una visión que va extendiéndose por los capilares propios de nuestro tiempo, comenzando en la escuela y terminando en la televisión, la prensa e internet, para llegar así a todos los lugares y personas de forma asfixiante y totalitaria.

El cinismo y la desesperanza moderna han trasladado sus graves defectos de base a cualquier análisis de la realidad. Por eso, la más grande obra de Cervantes, su Quijote, es vista como una gigantesca ––pero velada, claro––, crítica al cristianismo que era su vida. El hecho de que tanto el autor como su héroe, Alonso Quijano, muestren simpatía por los pobres, las mujeres, los prisioneros, los literatos o los moriscos se considera una declaración contra la Iglesia, no una representación dramática de las obras de misericordia corporales y espirituales proclamadas por el cristianismo. Que la obra contenga más de cien citas de las Sagradas Escrituras y se encuentre transida de un profundo sentido religioso, culminado con la cristiana muerte del héroe no se considera significativo. Su obra es vista como un furtivo acto de rebeldía, como si estuviéramos ante un escritor clandestino de la antigua Unión Soviética. De esta manera, se trata de sacar de cada escena o frase una doble lectura, subrepticia y falsa de toda falsedad para acomodarla al dogma imperante, sin importar que para ello se estén exportando al tiempo de Cervantes y a Cervantes mismo categorías, conceptos e ideas, no ya improbables, sino del todo inexistentes en su época. Esa lectura del Quijote bajo la lupa del «Zeitgeist» de hoy es tan anticientífica que asombra. Resulta inútil que el propio Cervantes anuncie, al comienzo de la segunda parte, su intención de dar a los lectores una historia donde «en toda ella no se descubre ni por semejas una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico». Resulta inútil que proclame en la misma obra, como principio rector, que «la pluma es lengua del alma: cuales fueran los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos».

Sin embargo, si conseguimos librarnos de esos prejuicios modernos y nos sumergimos en «el alma transcrita por la pluma», la lectura del Quijote se revela como lo que es y como lo que quiso ser: el libro escrito por un católico apostólico y romano, con visiones criticas, sí, como es propio de cualquier mente inteligente, pero sin dejar de ser el producto de una civilización cristiana.

Que no nos quiten lo que es nuestro, de hecho, lo que pertenece a todo hombre. El Quijote aquí examinado es solo un ejemplo entre muchos. Ocurre lo mismo con las obras de Jane Austen y las hermanas Brontë, con Louisa May Alcott y su Mujercitas (1868), o con el Tom Sawyer (1876) de Twain. Incluso han llegado hasta los cuentos de hadas, para, en jerga feminista, «deconstruir las narrativas patriarcales» a fin de «liberar la identidad femenina de los estereotipos impuestos», como por ejemplo en La princesa vestida con una bolsa de papel (1980) de Robert Munsch, en Caperucita en Manhattan (2010) de Carmen Martín Gaite o en La cámara sangrienta (1979) de Angela Carter. Pero seguro que no nos sorprende; Cristo, por supuesto, ha sido desde siempre objeto de estos intentos de manipulación, partiendo de las primeras herejías hasta llegar a los practicantes del método histórico/crítico o a los muy variados Renanes (Ernest Renan) y Crossanes (John Dominic Crossan, fundador del Jesus Seminar), que se han venido sucediendo… y los que vendrán.

Rebelémonos ante este expolio, ante esta destructora manipulación; hagámoslo ahora y tratemos de que nuestros hijos crezcan libres de tales velos, que puedan desenmascarar esas lecturas sesgadas a fin de que vean mejor y mas claro de lo que vemos nosotros, aunque sigan bajo la borrosa visión de nuestro espejo natural a la espera de la Luz que les ilumine para siempre.

26.05.20

Ilustradores geniales (VII). En pos de la belleza. Maestros españoles de la fantasía

                               Cubierta ilustrada por Emilio Freixas (1899-1976).

   

   

«La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas».

Francisco de Goya


«Dime donde se cría la fantasía,
¿En el corazón o en la cabeza?»

William Shakespeare. El Mercader de Venecia

   

   

 

Los cuentos de hadas y las historias de fantasía son raíz y fuente de emociones y recuerdos. No necesitarían nada más que lo que relatan para dar aquello que prometen; emoción, imaginación y satisfacción a raudales.

Sin embargo, cuando somos niños las imágenes de las ilustraciones que contemplamos nos impactan de tal forma que nos acompañan como una suerte de sombra ––las más de las veces colorida––, siguiendo fiel e inseparablemente a las historias que leímos en su compañía iluminadora. Por eso voy a hablarles de algunos ilustradores que se prodigaron en estos lares de la imaginación y la fantasía y que algunos recordamos con cariño, en la esperanza de que también acompañen y sean memoria viva de la infancia y juventud de nuestros hijos. Y lo cierto es que en España los ha habido magníficos. Así que, a ellos voy.

 

Emilio Freixas (1899-1976).

                                          Algunos de los trabajos de Emilio Freixas.

Emilio Freixas no fue solo un magnífico ilustrador, sino que también fue un pionero y un maestro de la ilustración. Tenía el pleno conocimiento de su arte (¿realmente había algo que él no pudiese dibujar?) y, a un tiempo, la voluntad de compartirlo, habiendo dedicado gran parte de su vida a esa labor didáctica ¿Cuántos hemos aprendido a dibujar con ayuda de su infinidad de manuales y carpetas de láminas? Mis hijas y yo, desde luego, tenemos que reconocerle esta deuda, al igual que muchos reconocidos ilustradores y dibujantes de hoy. No obstante, su labor pedagógica ––al igual que la artística–– no ha sido debidamente reconocida hasta hace relativamente poco tiempo.

Como he dicho, Freixas fue artista total, un todoterreno que dibujó e ilustró una enorme variedad de medios, formas y temáticas: portadas de revistas, manuales escolares, carátulas de clásicos y de novelitas baratas y, como no, cubiertas e ilustraciones de cuentos y libros infantiles y juveniles. Es en la ilustración de estos relatos fantásticos y maravillosos donde el artista dejó profunda huella y dónde plasmó lo más autentico de sí mismo. Así nos dice: «a pesar de ser más conocido como dibujante de historietas, creo que mi verdadera personalidad está en las ilustraciones de los cuentos de Hadas». Aunque Freixas poseía un estilo propio, estilizado y colorido, no dejan de notarse en él las influencias de los grandes maestros de la edad de oro, especialmente de Arthur Rackham, del que, sin embargo, se diferenciaba por un uso de colores planos e intensos frente a los tonos deletéreos y desvaídos del maestro inglés. Por otro lado, su dominio de las formas y los volúmenes era magistral y sus estilizadas figuras humanas y animales, de una hermosa plasticidad, ponían de manifiesto un conocimiento anatómico notable.

Una muestra de su pericia artística y su talento puede verse en su trabajo con la editorial Juventud y la editorial Meseguer, ilustrando portadas e interiores de sus colecciones de cuentos de hadas de prácticamente todos los países del mundo, lo mismo que su labor de ilustrador de carátulas de otras colecciones en las citadas editoriales y en muchas otras, como Bruguera o Molino.

                                   Alguno de los títulos ilustrados por Emilio Freixas.

 

José Segrelles (1885-1969).


                                 Ilustración de Segrelles para Las mil y una noches.

José Segrelles mostró, desde muy pronto, un extraordinario talento artístico, tanto es así que la editorial Araluce le contrató muy joven para ilustrar alguno de los tomitos de su conocida y mítica colección de Obras de la Literatura Universal adaptada para los niños, entre los que destacan títulos como La Ilíada, La divina comedia o El paraíso perdido. Sin duda su categoría profesional excede del ámbito de la ilustración de la literatura infantil y juvenil o el de la fantasía y la aventura; así, por ejemplo, ilustró una magnifica versión de Las Florecillas de San Francisco, ante cuya esplendidez Verdager exclamó: «artistas como Segrelles pastan de la luz del sol en su paleta». También son de destacar sus ilustraciones de El Quijote, de los cuentos de Las mil y una noches y de La Guerra de los mundos, de H. G. Wells. El pintor Ricardo Marín, en el año 1926 en el semanario El Diluvio de Barcelona, decía sobre él lo siguiente: «Su gran dominio del dibujo le permite infinidad de veces, con solo dos colores, modelar y dar sensación de ambiente como nadie». En la creación pictórica de ese ambiente, en ocasiones fantasmagórico (lo que le valió la oportunidad de ilustrar de forma excelente los cuentos de Edgar Allan Poe), destaca su preferencia, muy característica, por el color azul en todos sus tonos.

 

                                               Algunas ilustraciones de José Segrelles.

Al igual que Freixas, Segrelles ha tenido que esperar hasta hace relativamente poco tiempo para comenzar a ser justamente valorado, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. El crítico Patrick Wilshire nos dice: «Hasta hace poco, Segrelles ha sido el secreto mejor guardado en la ilustración de la edad de oro. Aunque a lo largo de toda su vida mantuvo siempre abierta alguna exposición en Nueva York, la gran mayoría de su trabajo lo hizo para publicaciones españolas. De composición y riqueza conceptual excepcional, su técnica de acuarela le permitió exprimir ese talento al máximo».

                                               Alguno de los títulos comentados. 

A finales de los 90 Anaya reeditó, en un formato más grande, varios de los tomitos de la colección Araluce, incluyendo algunos ilustrados por Segrelles, como Historias de Shakespeare, La Ilíada o el sitio de Troya, La Eneida, Fausto, Tradiciones iberas, Historias de Dante o Los caballeros de la Tabla Redonda. De todas formas, los títulos de Araluce son todavía accesibles con cierta facilidad en librerías de viejo. También por esa misma época, Espasa-Calpe ––con el patrocinio del BBVA–, publicó un económico Quijote con ilustrado por él.