La oscuridad de Phillip Pullman

                               Los tres volúmenes de la trilogía La materia oscura.

 

         

“Ay de aquellos que llaman al mal ‘bueno’ y al bien ‘malo’….”


Isaías 5, 20

“El mismo Satanás se disfraza de ángel de luz”.


Corintios, 11, 14

     

   

La “ansiedad de la influencia” es un término acuñado por el conocido crítico literario Harold Bloom. Bloom define este concepto como la angustia que sufren los autores noveles ante las grandes obras literarias y los problemas que enfrentan al intentar sobreponerse a ese sentimientoEn suma, se trataría de la clásica problemática del “estar a la altura” trasladada al ámbito artístico; de hecho, Bloom relaciona ese estado con el freudiano complejo de Edipo. Creo que en este caso el crítico estadounidense acierta en su diagnóstico: a lo largo de toda la historia de la literatura (probablemente podría extrapolarse esta teoría a cualquier expresión artística), puede observarse una influencia ––casi siempre perniciosa–– del maestro o del precursor sobre sus seguidores (sean estos voluntarios o no). La ansiedad que ese fenómeno produce puede enfrentarse de tres maneras: bien oponiéndose a esa obra precedente y magistral, bien tratando desesperadamente de escapar de su influencia o bien siguiéndola (alargándola o desarrollando secuelas). No obstante la intención secreta y no confesada de unos y otros es siempre la misma: superar al original. 

Pues bien, tanto J. R. R. Tolkien como C. S. Lewis produjeron un tipo de obra primigenia que conformó el concepto mismo de fantasía épica y mística, y que por su propia originalidad trajo consigo imitadores y afectados que quisieron ––o no pudieron evitar–– seguir su estela, aquejados todos ellos, sin excepción, de la mencionada ansiedad.

El número de obras que deben tributo a uno u otro son legión. No obstante, Tolkien tiene en el ciclo de La espada de Shannara  (1977-2005) de Terry Brooks y en el de Las crónicas de Thomas Covenat  (1977-1983) de Stephen Donaldson, las obras en las que se percibe más claramente su influencia. Lewis, por su parte, tiene en Lev Grossman y su serie Los magos (2009-14), o en la de El País Secreto (1985-89) de Pamela Deano incluso en Stardust  (1997) de Neil Gaiman, sus más destacados influjos.

Sin embargo, no voy a hablar aquí de los resultados encomiásticos de estas influencias (en su mayoría mediocres, y en todo caso nunca superiores). No. Me interesa hablar de los autores que trataron de superar la obra de Tolkien y/o de Lewis, tratando de destruirla. 

Quizá recuerden que en un post anterior les prometí que hablaría sobre ciertas obras de fantasía que no gozaban de mis simpatías, es más, que me parecían perniciosas. Una de ellas es la serie La Materia Oscura, del autor británico Phillip Pullman, compuesta por los libros Luces del norte (1995), La daga (1997) y El catalejo lacado (2000) y completada con otras obras menores como El Oxford de Lyra (2003), Había una vez en el Norte (2008), y El libro del polvo (2017), que al parecer constituyen una nueva serie relacionada con la anterior.  

Y nada mejor que comenzar este análisis con lo que el propio autor nos cuenta, porque lo cierto es que Pullman no engaña a nadie que no quiera ser engañado. Sus declaraciones al respecto son exquisitamente claras. Así, ha declarado que su objetivo al escribir su trilogía fue construir una antítesis de El Paraíso perdido (1667) de John Milton, en la que Satán desempeñase el papel del héroe y Dios el del villano. Y no solo eso; no es raro encontrar entrevistas suyas en las que proclama, con una inquina sorprendente, que sus libros tratan de matar a Dios, o que su intención es “socavar los cimientos de la fe cristiana". Y no crean que se trata de frases grandilocuentes para captar titulares. Pullman habla muy en serio y quien haya leído su obra lo constatará. Lo cierto es que en esta serie el autor británico busca que sus lectores crean en esa verdad suya (“matar a Dios”) tanto como él. Es más, en la introducción de su primer libro adapta una conocida frase de William Blake referida a Milton (“Milton era del partido del diablo sin saberlo”) para, medio en broma medio en serio, decir que está en el bando del diablo y que, a diferencia de Milton, él lo sabe.

La obra literaria que Pullman trata de superar intentando su aniquilación son Las Crónicas de Narnia (1950-56) de C. S. Lewis, a la que odia especialmente y a la que descalifica con frecuencia, adornándola con adjetivos la mar de elogiosos como “sucia”, “racista”, “malvada”, “que odia la vida”, “detestable” o “basura propagandística”. Es evidente que no puede soportar la obra de Lewis. Y no la soporta porque es manifiestamente cristiana y él un ateo fanático y furibundo. La trilogía de La Materia Oscura es por tanto la respuesta atea de Philip Pullman a la “ansiedad de la influencia” causada en él por Las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Quizá por eso las dos series guardan ciertas similitudes: ambas tienen lugar en la tierra y en un mundo paralelo al que se llega atravesando un armario; ambas se inician en Oxford, ambas tienen como protagonistas a niños extraordinarios, y el sustrato de ambas es religioso. Pero si en los libros de Lewis los niños buscan lo divino para trascender a una felicidad y a un amor perfecto en su seno, en la trilogía de Pullman lo buscan para destruirlo.

En coherencia con esta postura, en La materia oscura se nos presenta una parodia de la Iglesia bajo una luz maligna, practicando la adivinación y enseñando doctrinas erróneas: 

“Queda claro que el autor tiene una implacable animosidad hacia Dios, la iglesia, la religión en general, y especialmente el cristianismo. Cada diálogo, cada momento de revelación, cada discurso de un personaje sabio y cada representación de un personaje malvado se convierte en otra oportunidad para que Pullman ataque y predique contra los males de la Iglesia. Todo lo que ha ido mal en cualquiera de los universos, al parecer, es culpa de la Iglesia o de aquellos que creen en Dios.” (Dickerson y O’Hara, 2006). 

Con razón, críticos como Tony Watkins han señalado que la teología de La Materia Oscura es una especie de gnosticismo postmoderno que presenta el pecado original y la actuación tentadora de los ángeles infernales como el inicio y la señalización del camino hacia el conocimiento y la plenitud del ser humano. Otros nombres prestigiosos como Stratdford Caldecott han señalado que Pullman, habiendo inmunizado a sus jóvenes lectores contra la cosmovisión cristiana e invertido el mito del Génesis, nos deja con una selección de virtudes cristianas ––libertad, benevolencia, bondad, coraje y, sobre todo, amor–– flotando sin fundamento aparente. Esa falta de apoyo, ese fluir descompensado y errático de las virtudes que deambulan sin rumbo por la serie lleva a donde sin duda nos vamos acercando, aunque no deseemos llegar, un lugar ya señalado por Chesterton como aquel en el que “quedan sueltas las virtudes, y estas vagan con mayor desorden y causan todavía mayores daños [que los vicios]. Podríamos decir que el mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas  porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias”.

En todo caso las novelas (ciertamente bien escritas y de una notable complejidad, pues se trata de un escritor talentoso) son demasiado francas en su aversión, lo que afecta a su credibilidad y a la solidez de una trama que en ocasiones deviene grotesca. Pullman siempre está a la contra, y queda claro que su obra tiene su fundamento (aunque sea en negativo) en el cristianismo que tanto odia, que en último termino es lo que la sostiene en pie. 

Todo lo dicho no parece una buena tarjeta de presentación. Ese cúmulo de circunstancias enumeradas, juntas o individualmente consideradas, supondrían ya de por sí motivación suficiente para alejar a los chicos de estas novelas y de este autor. Pero hay algo más. Porque estas lecturas consumen un tiempo precioso en un momento vital especialmente sensible, un tiempo que los adolescentes necesitan para adquirir los pilares básicos de su formación, pues ideas como las que Phillip Pullman defiende y propaga son las que se encontrarán a lo largo de sus vidas, y ¿cómo podrán sortearlas y combatirlas si carecen de una base sólida? Ahora no es el momento para que los jóvenes se topen con ellas, sino para que se preparen para hacerles frente. Así que alejen a Pullman y a su oscuridad de ellos y acérquenlos a quienes parecen ser los némesis de este ateo escritor británico, Tolkien y Lewis y a la obra que estos nos han legado.

 

7 comentarios

  
Manoletina
"La brujula dorada" no lo he leido, solo he visto la pelicula. No conocia al autor aun, y recuerdo que pense que la intencion era pervertir el alma y la mente de los niños. Y que el autor era alguien realmente perverso.
Incluso parecia invitar a los niños a relacionarse con demomios.

Asco de pelicula!
26/06/19 4:22 PM
  
Salmantino
Gracias por el artículo. Interesante.

A mi las trilogías originales de "La espada de Shannara" y "Las crónicas de Thomas Covenant" me gustaron, aunque estoy totalmente de acuerdo que no están al nivel de Tolkien. De hecho, Tolkien creó el género y practicamente lo "mató" también, pq todo lo que ha venido después es inferior.

No sé si tiene intención de hablar de Terramar, el ciclo de Ursula K. Leguin. Cuando lo leí no me gustó (de hecho me ponía mal cuerpo) y, años después, encontré un artículo en un blog americano donde se discutía que la autora lo había escrito con el propósito claro de atacar al cristianismo y oponerse a Tolkien.
26/06/19 4:37 PM
  
Guus
Tolkien lo que hizo fue adaptar la mitología a los tiempos modernos, se nota mucho la influencia de las sagas nórdicas, del Kalevala, del ciclo artúrico, etcétera, en su obra, no se inventó ese mundo partiendo de cero ni mucho menos. Ya existían los elfos, los enanos, el concepto moderno de mago (Merlín), sus héroes son los típicos de la épica, etcétera. Tampoco inventó la fantasía épica, puesto que ya existía Conan el Bárbaro antes de que Tolkien escribiera el Hobbit.

Lo que sí hizo fue influir enormemente en la fantasía épica posterior, pero eso es normal en la literatura, también Petrarca influyó enormemente en la poesía posterior y le salieron un montón de imitadores.

Hay mucha basura posterior en ese género, pero también hay grandes obras, por ejemplo la "Saga de Geralt de Rivia", de Andrzej Sapkowski, si bien el autor no es cristiano, ello no le quita un ápice de calidad. O "mundodisco" de Terry Pratchett, saga que es una sátira de la fantasía.
26/06/19 7:34 PM
  
Pavlvs Albvs
Mi tía, cuando cumplí 13 años, me regaló la trilogía completa precisamente porque sabía que me encantaban las Crónicas de Narnia y ESDLA. Debo reconocer que la lectura fue entretenida, aunque ya a esa edad me resultó profundamente desagradable el pesimismo que lo impregnaba todo, y que jamás había percibido en los otros títulos. Y ya, cuando presenta a Dios como un abuelete con alzheimer y habla de la fusión de las conciencias con la naturaleza tras la muerte decidí que no volvería a leer ese bodrio en mi vida. Mi familia no era practicante, ni yo lo era apenas en esa época, pero aquello me pareció detestable, pura propaganda. Aún recuerdo cuando tiré los libros al contenedor, sin ningún remordimiento...
27/06/19 1:56 PM
  
Gerardo S. I.
Muchas gracias por la recomendación de NO leer a Pullman; pasaré la voz en mi circulo de influencia. Saludos cordiales.
27/06/19 10:38 PM
  
un católico
Estimado lectores de infocatolica, quisiera invitar a todos a alertar urgente que el 4 de noviembre se estrena en televisión la terrible serie fantástica anticatólica y contraria a la existencia de Dios del ateo Philip Pullman, que distribuirá HBO: "La materia oscura"; que gracias a Dios fracasó en 2007 con el inicio de una anunciada trilogía "La brújula dorada". Esta nueva serie peligrosamente atrapante para niños y jóvenes, vuelve a basarse en la historia de la lucha de todos los mundos fantásticos contra Dios Padre representado, al final del tercer libro, en un anciano al que logran matarlo. Ya el escritor católico inglés Joseph Pearce dijo que invitemos a los jóvenes a buscar entretenimientos sanos como el Señor de los Anillos, etc. Así que invito a alertar en todas las redes sociales sobre esta basura de Philip Pullman. Dios les page.
16/10/19 12:26 AM
  
al
"han señalado que la teología de La Materia Oscura es una especie de gnosticismo" = CORRECTO

***


Pero el tremendo error es deducir gratuitamente que las obras de tolkien serían ya aptas para los niños y adultos.

El gnosticismo en la obra de tolkien es sin duda PEOR que en la obra comentada aquí, ya que es más subliminal; y parece que los que son fanáticos de tolkien no quieren darse cuenta, ya que tendrían que renunciar y desprenderse de ella. (El que no se desprenda radicalmente será entonces como el joven rico).

( Por Miguel Angel Fuentes Sacerdote del IVE):



Introducción

¿Qué debemos pensar de la difusión y entusiasmo por las obras de Tolkien en ambientes católicos e incluso religiosos? ¿No es acaso una de las lecturas más elegidas por los seguidores de la New Age? ¿Es malo leerlo? ¿Hay que tener alguna precaución?

La obra literaria de J.R.R.Tolkien, quien era un convencido católico, es uno de los mayores logros de las Letras inglesas de este siglo y un ápice del ingenio humano.

Pero quiero restringirme al "problema" que se ha perfilado en los últimos anos en torno a esta obra (1). Prescindo deliberadamente de las intenciones del autor que, en última instancia, sólo conoce Dios, y me inclino a juzgar benignamente. Lo que llamo "el problema" es el efecto que su lectura causa en ciertos ambientes "pro-tolkienianos", no sólo "New Age" sino "católicos" (2).

Tolkien se lee como un agradable y cautivante pasatiempo. Tiene un estilo brillante cuya aptitud para atrapar al lector subyace a pesar de las traducciones. Tiene la capacidad de despertar simpatía (en el sentido de "afecto, identificación de sentimientos") entre el lector y sus personajes. Esto ocasiona que el lector tienda a emitir juicios indulgentes sobre elementos extraños a una mentalidad cristiana y que en otros contextos probablemente habría rechazado o mirado con sospecha; por ejemplo, el tema de "magos buenos", "sortilegios buenos", "poderes mentales bien usados", "anillos de poder buenos y malos", la temática de un viaje típicamente iniciático, etc. Mas perplejidad que el "Señor de los Anillos" deja el "Silmarillion" que se plantea como una completa "cosmogonía" con cierto sabor -al menos cierto sabor- gnóstico. La mayoría de los elementos pueden ser bien interpretados, pero ¿vale la buena interpretación para todos los elementos de su obra?

"Es una ficción literaria", se me puede objetar. Por supuesto; es solo "fantaciencia"; pero una fantaciencia que hay que poner en su lugar y no extralimitar bajo ningún pretexto, porque es una ficción literaria que tiene como argumento la explicación total de la realidad, y la gran inquietud del hombre es poder explicar toda la realidad, y la gran tentación del hombre es explicarla a su medida y racionalmente; eso fue lo que paso en el Paraíso (3).

Vuelvo a indicar un presupuesto: no condeno a Tolkien ni lo defiendo; respecto de el y de su intento literario no quiero elaborar ningún juicio por el momento. Voy, pues, a su efecto sobre la psicología del lector católico que se obsesiona con su lectura.


1. Nuestra subyacente tentación gnóstica

Nuestra naturaleza esta herida como consecuencia del pecado original; y este pecado fue un pecado de "gnosticismo" (4). La inclinación al pecado que nos ha quedado luego del bautismo incluye, pues, una tendencia al gnosticismo que se manifiesta en el gusto morboso por lo fantástico, lo diabólico, el misterio del mal en sus raíces y -como ya he dicho- las explicaciones globales, racionales e incluso espurias de la realidad. Esto no hay que olvidarlo pues la obra que analizamos exacerba esta tendencia que es una "herida", una "desviación" de nuestra naturaleza: el "fomes" de nuestra inteligencia (5). La obra de Tolkien ha tenido desde hace anos una llamativa aceptación en los ambientes gnósticos de la New Age. "Ellos lo tergiversan", se dice. Concedo; pero al menos hay que aceptar que tiene un lenguaje, una temática y muchos elementos que son del gusto de las tendencias New Age, y por eso dudo que sea un instrumento apto para dialogar con ellas. Me parece que en tal intento es mas el riesgo de que se distorsione el pensamiento evangélico y no que se conviertan los gnósticos a la ortodoxia metafísica.


2. El problema psicológico

Tolkien es un genio. Ha hecho en la literatura algo que nadie ha logrado jamás. Ha creado una especie de "realidad virtual" literaria. Porque su obra tiene todas las características de la realidad, salvo que ella misma -como un todo- es irreal. Pero el que no asienta este presupuesto va muerto.

El mito creado por Tolkien tiene todas las dimensiones de la realidad. Tiene pasado (posee una prehistoria celestial y terrena), un presente agónico y un futuro vislumbrable; es decir: tiene Génesis y Apocalipsis. Y ese pasado, presente y futuro, no se identifica en absoluto con el nuestro: es distinto y lleno de anacronismos que dan la sensación de encontrarse en otra dimensión. Tiene volumen físico: posee una geografía minuciosa y propia, totalmente distinta de nuestro planeta, pero sin que falte en ella nada: ríos, bosques, montanas, llanuras, mares, y cada lugar con su historia, sus hechos, sus anécdotas; tiene un espacio estelar propio; tiene una fauna propia, solo en parte coincidente con la nuestra; tiene especies racionales propias que van de los ángeles, semi-ángeles, hombres, semihombres, sub-hombres; y cada uno con su psicología propia, sus rasgos propios, su genealogía propia, su lengua propia (creada enteramente por el mismo Tolkien) en la cual hablan, cuentan sus raíces históricas, recitan, cantan, y lo hacen con belleza, con poesía. Tiene ángeles y demonios propios; tiene encarnaciones del bien y del mal propios... Tiene su Dios y sus demiurgos; tiene su tentación y su caída original; tiene su Héroe y tiene su propio Redentor. Todo en esta creación es plausible. Todo cierra, como una esfera perfecta. Desde dentro uno no se plantea la duda de encontrarse en el mundo real o en una pesadilla o en un sueno.

Esto es lo genial y lo dramático. Porque el que entra en el mundo de Tolkien corre el riesgo de traspasar una puerta que lo conduce a otro universo donde todo cuadra, todo encaja, todo tiene lugar y razón de ser. No tiene puntos de referencia internos que exijan volver a nuestra realidad. Si el lector se encuentra a gusto allí, queda atrapado en una dimensión irreal que el cree real. Es una "realidad virtual", como se dice hoy. Y dentro de ella puede llegar a fabricarse su propia personalidad virtual estructurada en base a las interacciones virtuales con sus personajes de fantasía y sus nuevos gustos (y si es religioso, esa personalidad virtual tendrá su propia oración virtual, su libertad virtual, su comunidad virtual, sus superiores virtuales, sus obligaciones y sus derechos virtuales). Puede caer así en una especie de paranoia de origen literario, como la que causa el uso de la realidad virtual en el mundo informático.
3. ¿Clave de interpretación de los misterios cristianos?

Para muchos esta fabula mítica se convierte en una vía hermenéutica de los misterios revelados; creen que ilumina la Encarnación y Redención, una especie de "Biblia comentada" (sic) o al menos una alegría explicativa de los misterios revelados. Se de otros que llegan a ver, meditar y rezar los misterios cristianos "a la luz" de Tolkien y los saborean mas cuando Cristo es visto bajo la figura de Aragorn, de Gandalf o de Frodo que cuando es leído en la pureza -tal vez insípida para ellos- del relato evangélico.

Se llega incluso a aplicar algunas reglas de "tipología bíblica" yendo ahora al revés: de la realidad para elaborar el mito literario y luego del mito para comprender mejor la realidad. ¿Es esto plausible? Me parece que es el punto mas delicado de la distorsión mental a la que lleva esta moda.

Ante todo, porque constituye en realidad una "antitipologia". Cierto que uno puede crear una historia como sucedida en el pasado inventando personajes con las características y rasgos esenciales de seres reales posteriores a ella, y concretamente de Cristo. ¿Es licito? Como intento literario nadie puede prohibirlo; pero con la condición de que muera en el intento literario, es decir, que no se le de mas importancia que esa. Porque la tipología verdadera, es decir, el que personas y acontecimientos del pasado hayan prefigurado a Cristo, a realidades futuras, sacras o celestiales, es solo posible si Dios que es el autor de la historia así lo ha determinado. Y la única forma de saberlo es por Revelación del mismo Dios. Podemos ver a Cristo en la figura de Moisés, de Noé, de Jonás, de Job, del cordero pascual o del mana... porque sabemos por Revelación que lo "significaban". Por el mismo motivo, nada impide que también lo hayan representado Alejandro Magno, Buda o Platón... pero es ocioso buscar en ellos algún rasgo de Cristo porque nos falta el dato que justifica la verdadera prefiguración: la intención del Autor Divino. Alguien puede, si quiere, servirse de alguno de esos personajes profanos para hablar de Cristo, pero no le debe dar ningún valor mas que el retórico. Mas ocioso es buscarlo en personajes ficticios creados por un autor posterior a Cristo.

Si alguno se autosugestiona pensando que con una historia de este tipo se iluminan mas los rasgos evangélicos de Cristo, de su doctrina o de su moral, esta invirtiendo los papeles: pasamos de la luz a la tiniebla, de la veritas a la figura, de la realidad a la sombra.

Por otro lado, así como el marxismo y la teología política intento una "carnalizacion" del Evangelio (leyendo los hechos del Nuevo Testamento a la luz del Antiguo; por ejemplo, la obra de Cristo como un nuevo Moisés que nos libra de la opresión capitalista), así esto parece representar una "gnostizacion" del Evangelio: leerlo en clave pagana, gnóstica, mágica.

Repito una vez mas: a Tolkien tal vez ni se le haya cruzado por la cabeza... pero ¿se podrá decir lo mismo de todos sus lectores?


4. ¿Apoyo u obstáculo?

¿Por qué resulta tan "cautivante" para la mente del cristiano actual un genero como este? ¿De dónde esa "necesidad" del "mito"? ¿No es el cristianismo "de suyo" una religión de misterios? Creo que en muchos puede provenir de (o por lo menos conducir a) un "desencanto" del misterio verdadero, un desencanto de lo propiamente sagrado. En los primeros siglos ayudarse a comprender el misterio de la Encarnación y la Redención apoyandose en los "misterios de Mitra" fue una de las tentaciones gnósticas: primero Mitra fue un "apoyo", luego fue un sustituto de Cristo.


5. Una vía inversa

Veo también en el uso extralimitado que se hace de esta literatura el peligro de "embotar" el entendimiento de frente al misterio divino, y un entendimiento embotado es lo que la Escritura llama un "necio" (Sal 92,7; Prov 10,21). Es lo contrario de la purificación de la inteligencia que los místicos cristianos han enseñado como única vía de acceso al conocimiento divino. Es, entonces, una anti-mistica. La tradición cristiana ha planteado siempre el rechazo de todas las falsas místicas naturalistas y la afirmación de la única mística ortodoxa cuya enseñanza esencial es la necesidad de trascender las imágenes sensibles para llegar a Dios; es la vía de la negación, o de las noches, que comienza a ser subrayada en la Tradición con la doctrina espiritual de San Gregorio de Nyssa. San Juan de la Cruz, que le da la máxima expresión, sostiene claramente que la unión con Dios se obtiene a través de la noche oscura del sentido: para llegar al conocimiento esencial de Dios hay que trascender todas las imágenes y conceptos que han servido de paso inicial en la vía de la afirmación (muchas veces a través de una devoción sensible), entrando así en la vía de la negación que es el camino de la fe (desapegándonos del soporte material de nuestros conceptos y afectos inadecuados para unirnos a Dios), para desembocar finalmente, como han hecho los grandes místicos, en la vía de la eminencia donde las imágenes vuelven al alma ya situada en lo esencial (6). Aquí se transita muchas veces la vía inversa; o al menos se ancla la inteligencia en un mundo de imagen sensible y fantasiosa.


6. Función introductoria, solamente

Creo que cuando este tipo de literatura focaliza toda la -o simplemente "mucha"- atención del lector católico (sobre todo si es religioso o sacerdote, y en menor escala en el laico) es un síntoma que denota profunda superficialidad intelectual, o al menos una inclinación hacia ella. Porque se da un traspaso del gusto de lo "teológico", que es riguroso y científico, a lo alegórico, figurativo y fabulesco. Entiéndase bien: esto puede cumplir una legitima función, y muchas veces lo hace; pero es una función introductoria. La fábula moral no es la moral, la alegoría dogmática no es el dogma. Aquello de San Pablo: "Os di a beber leche, no os di comida, porque aun no la admitíais. Y ni aun ahora la admitís" (1 Cor 3,2). Volver a la alimentación infantil es un retroceso. El gusto excesivo por la "teología fabulística" es signo no de madurez sino de "senilidad" intelectual.


7. "Desinculturación"

El recurso al mito o a la imagen pagana para "interpretar" el misterio cristiano puede llegar a ser una "desinculturación". Los Santos Padres lucharon para cristianizar los valores rescatables del paganismo; no tenemos que ceder a la tentación de "paganizar" los valores y las verdades cristianas. Lo que mas entusiasma en este tipo de literatura es la plasmación de altos valores como la amistad, la lealtad, la nobleza, la simpatía, el heroísmo, la fortaleza, el sacrificio. Nadie puede negarlo. Pero hay que tener conciencia que esos valores no tienen la misma dimensión en el cristianismo y en el paganismo, ya sea porque en el cristianismo existe un organismo infuso de tales virtudes o al menos (para quienes no admiten la teoría de las virtudes morales infusas) porque están elevadas por la caridad. Presentarlas en un contexto "natural" es rebajarlas, quitarles el espíritu de fe y caridad que le abren metas mas altas y a veces distintas de las humanas. Además, "naturalizar" lo sobrenatural es precisamente lo que hace el "espíritu del mundo", por tanto, esto por el solo hecho de ser "menos bueno" que lo bueno a que nos hace aspirar la fe, es algo mundano; y, en gran parte, tal ha sido uno de los mayores empeños del progresismo.


8. Conclusión

Prescindiendo de Tolkien, el uso exagerado que se hace de el en muchos ambientes católicos, ¿no es acaso uno de los síntomas de la necedad proverbial del mundo moderno? Quiero recordar algunos textos que si tienen a Dios por Autor principal:

-Ba 3,23: "Los autores de fábulas y los buscadores de inteligencia, no conocieron el camino de la sabiduría ni tuvieron memoria de sus senderos".

-1 Tm 4,7: "Rechaza, en cambio, las fábulas profanas y los cuentos de viejas. Ejercítate en la piedad".

-2 Tm 4,3-5: "Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportaran la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartaran sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tu, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio".

-Tt 1,13-14: "Por tanto repréndeles severamente, a fin de que conserven sana la fe, y no den oídos a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad".

-2 P 1,16: "Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad".

Espero que de ninguno de los lectores de Tolkien deba decirse como de aquel hidalgo que "se enfrasco tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le seco el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentos y disparates imposibles; y asentósele de tal modo la imaginación que era verdad toda aquella maquina de aquellas sonadas invenciones que leía, que para el no había otra historia mas cierta en el mundo" (7).
Notas

[1] Escribo esto con interés puramente sacerdotal: para dar respuesta a quienes en conciencia han puesto en mis manos su preocupación al respecto. No me mueve ningún prurito literario de discutir la validez de un gran autor como fue Tolkien, ni de un género literario cualquiera (ésa es tarea para especialistas).

[2] En escala mucho menor pero casi los mismos ambientes, el mismo fenómeno se repite con el uso de “Crónicas de Narnia”, de C.S.Lewis.

[3] Esta sensación de “explicación global” se refuerza ante el sorprendente hecho de lo reiterativo del argumento de Tolkien. La mayor parte de sus obras guardan una gran unidad; el argumento de base se reitera en El Silmarillion, El Hobbit, El Señor de los Anillos, Cuentos Inconclusos, parte de su correspondencia (en muchas de sus cartas escribe, discute, reinterpreta personajes y hechos de sus obras incluso como si se tratasen de personajes o hechos históricos). Creo que debe ser un caso único en la historia de la literatura en que un Autor dependa tanto del mundo ficticio al que ha dado a luz en su creación literaria.

[4] Muy bien lo explica el P. ALBERTO GARCIA VIEYRA en: El Paraíso o el problema de lo sobrenatural, Ed. San Jerónimo, Santa Fe 1980.

[5] El mismo Tolkien caracterizaba a su obra de “mito”. Lewis, después de calificar la obra de su amigo como mito, explica este género contraponiéndolo con la “alegoría”: “...un buen mito (es decir una historia de la cual brotarán siempre significados diversos para diferentes lectores y diferentes edades) es algo más elevado que una alegoría (en la cual se ha puesto un solo significado). En una alegoría un hombre puede poner solamente aquello que ya conoce; en un mito pone lo que todavía no conoce y que no podría surgir por ningún otro camino” (“Letters of C.S.Lewis”, New York and London, Harcourt Brace Jovanivich, 1975 p. 271). Es precisamente esta capacidad de suscitar diversos significados en el lector lo que ha llevado a algunos a sostener los mayores disparates.

[6] Cf. especialmente lo que dice SAN JUAN DE LA CRUZ en: Subida del Monte Carmelo, L.2 c.6,1.

[7] Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, c.1.

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1. Introducción

Algunas observaciones y sugerencias que he recibido a raíz de mi artículo “Leer a Tolkien en una sociedad gnóstica”[1] me exigen retomar el argumento en algunos puntos. Vuelvo a insistir sobre el interés puramente pastoral de dicho escrito. Si para dar una respuesta a las consultas recibidas he tenido que meterme en terreno teórico, se ha debido a la necesidad de intentar una explicación de casos precisos. Pero los casos son históricos, reales y concretos. Las explicaciones de los mismos, caen bajo mi responsabilidad y se fundamentan en mis conocimientos que, al ser limitados, son materia totalmente opinable. Evidentemente puedo equivocarme; creo estar en lo cierto, pero si se me demuestra lo contrario retractaré mis afirmaciones, pues, como dijo Lugones: “solamente los necios jáctanse de no enmendar sus errores, sean ellos literarios o ideológicos. Quien aprende, rectifica”[2]. Dicho esto quiero aclarar algunas cosas.

1. Un escape de la realidad

Afirmé que la obra de Tolkien presenta una situación ficticia tan vívida y ensamblada, tan global y exhaustiva que, a mi juicio, produce en el lector una especie de realidad virtual. Se me ha objetado que toda obra literaria crea una cierta realidad virtual. Ciertamente; pero habría que hacer una precisión conceptual. Intenté expresar con tal término algo más fuerte que la simple construcción imaginaria que es propia de toda literatura. He usado con anterioridad este concepto de realidad virtual, tomándolo del uso que se le da en algunos medios de difusión para hablar de una variante moderna de la pornografía informática: “La realidad virtual, que se va extendiendo asombrosamente en el mundo de los juegos computarizados, consiste en recrear tridimensionalmente la fantasía elaborada por computación. Gracias a algunos elementos, como son el casco tridimensional, auriculares y algunos accesorios más, el usuario ‘entra’ en otro mundo, el mundo de la fantasía, donde los personajes y paisajes tienen cierta ‘realidad’ para él. Por obra del casco, y eventualmente de sensores, sólo un acto de reflexión puede hacerle tomar conciencia de que todo cuanto lo rodea (ese mundo en el que está ‘sumergido’ y los personajes que giran a su alrededor) no existe en la realidad. Ya no es una escena que aparece en la pantalla de su computadora, sino que es un escenario donde él esta dentro, y su fantasía lo rodea. Pueden colegirse algunos de los efectos que esto puede ocasionar, y ocasiona de hecho, sobre la psicología humana: pérdida del sentido de la realidad, ausencia del sentido de relación, principios de estados paranoicos, disociaciones de la personalidad, ocasionales brotes esquizofrénicos”[3].

Al hablar de Tolkien quise referirme a algo semejante elaborado literariamente. Si el término se presta a equívocos lo llamaré “alucinación literaria”. Sigo insistiendo en el problema psicológico de fondo: creo que este tipo de literatura (no sé si por sí misma o por el ambiente cultural en que se inserta) crea para el lector un “espejismo” que lo aleja de la realidad. Así como hay cultores de “La guerra de las galaxias” o “Viaje a las estrellas” que son capaces de suicidarse para viajar eternamente en la cola de un cometa paradisíaco[4], así los hay que ven la realidad que nos rodea con los ojos de la fantasía desorbitada por este tipo de literatura.

El profesor Vítor Manuel de Aguiar e Silva escribe: “entre el mundo imaginario creado por el lenguaje literario y el mundo real, hay siempre vínculos... El mundo real es la matriz primordial y mediata de la obra literaria; pero el lenguaje literario no se refiere directamente a ese mundo, no lo denota: instituye, efectivamente un heterocosmo, de estructura y dimensiones específicas. No se trata de una deformación del mundo real, pero sí de la creación de una realidad nueva, que mantiene siempre una relación de significado con la realidad objetiva”[5]. Pero, ¿no puede esto agudizarse en algún tipo de literatura, al menos por influencia de factores externos a ella? Esto es precisamente lo que creo sucede con la literatura que tomamos en consideración al ser combinada con el contexto cultural hoy reinante. De hecho el mismo catedrático menciona más adelante como una de las finalidades asignadas con frecuencia a la literatura, la evasión: “En términos generales la evasión significa siempre la fuga del yo ante determinadas condiciones y circunstancias de la vida y del mundo, y, correlativamente, implica la búsqueda y la construcción de un mundo nuevo, imaginario, diverso de aquel del cual se huye, y que funciona como sedante, como compensación ideal, como objetivación de sueños y aspiraciones. La evasión, como fenómeno literario, puede comprobarse tanto en el escritor como en el lector”[6]. Después de analizar la evasión en el creador literario, continúa con la evasión en el lector, que es la que me interesa reseñar: “Éste llega a la evasión a través del tedio, de la frustración y del proceso psicológico conocido como bovarismo (del nombre de Emma Bovary, personaje central de la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary), es decir, la tendencia a soñar ilusorias felicidades y aventuras, y a creer en el ensueño así tejido. La lectura resulta entonces excitante de un sentimentalismo ávido de quimeras, realización ficticia de deseos inconfesados, forma ilusoria de compensar frustraciones existenciales”[7].

Según mi opinión, aquí está el punto. Las condiciones socioculturales de nuestra época de fin de siglo y milenio son propias de un momento histórico de desencanto; el fenómeno social está signado por una neurosis de decepción y depresión causada por la falta de respuesta adecuada que ofrece al hombre de hoy la cultura de masas, una religión disecada, el materialismo y el hedonismo, la tiranía de la tecnología sobre la actividad del espíritu y, sobre todo, la herencia de la filosofía de la inmanencia. Por eso la mayoría de los fenómenos que caracterizan a las masas son fenómenos de evasión: la droga, el suicidio y la falsa mística. La reacción es la búsqueda de una trascendencia pseudo-espiritualista que ofrece devolver el mundo de la ilusión exacerbado sentimental y sensualmente por su concubinato con la ética hedonista y permisiva. En la literatura el fenómeno se presenta en la moda New Age. El estilo de Tolkien y el argumento elegido no son ningún antídoto al problema sino, por el contrario, confunden como una “variante catolizante” Por eso insisto: he hablado del peligro de leer y transmitir a Tolkien en una sociedad gnóstica, es decir, nuestra cultura; tal vez cuando lo escribió y como alegato contra el racionalismo materialista de la primera mitad de siglo, haya tenido otro efecto. Hoy la realidad es otra.



2. Cuentos de hadas sí, cuentos de hadas no

No estoy en contra de la fantasía, sino de algún tipo de fantasía: de la fantasía de evasión.

A principios de siglo Chesterton escribió un trabajo imperecedero en defensa de los cuentos de hadas[8]. Sostengo, sin embargo, que lo que Chesterton defendía allí era algo totalmente diverso de lo que caracteriza a Tolkien.

La relación con el mundo real que guarda el mundo literario puede ser doble: de negación o de simbolismo. De negación o de equívoco es el vínculo que crea la literatura que critico, al menos en el modo en que hoy es leída e interpretada. Ya lo he dicho: como evasión. En este orden de cosas me parece se debe colocar a Tolkien porque crea un mundo alternativo (donde uno puede refugiarse y huir de éste que no es tan romántico como aquél).

La segunda es una relación de simbolismo. Los cuentos de Chesterton (como, por ejemplo, “El hombre que fue Jueves”) hacen referencia a la realidad, la interpretan, nos llevan a mirarla incluso con ojos descubridores. Por eso Chesterton dice: “el reino de las hadas no es más que el luminoso reino del sentido común”[9]. Pienso que el mensaje que Chesterton ve encerrado en esta literatura es el hacernos percibir aquello que no nos revelan los sentidos y que la filosofía sólo puede exponer en fórmulas abstractas: la posibilidad del milagro, la causalidad de las cosas, el mundo del espíritu, el gobierno de la Providencia, la irrupción constante de lo sobrenatural en lo natural, el mundo tenebroso de la tentación y del diablo, y el brillante reino de la virtud y del ideal.

También Tolkien tiene mucho de eso; y en tal sentido puede dejar esas mismas enseñanzas. Pero se me antoja un sistema cerrado y, por tanto, en conjunto contraproducente. Los cuentos de Chesterton nos hacen tropezar a cada momento con el cockney[10], con el borracho filósofo y el marinero irlandés tomador de ron y devorador de queso, sus héroes nacieron en Irlanda, Escocia o un barrio londinense; sus enemigos encarnan a los filósofos kantianos, hegelianos y nietzcheanos, tienen los rasgos verdeolivos del Islam o los ojos achinados de Buda, son abstemios como los puritanos y fanáticos como predicadores de la sola Scriptura; Chesterton nos obliga a conquistar islas que resultan ser la misma Inglaterra y pelear batallas épicas por los barrios bajos de Londres o a dar la vuelta al mundo para terminar en la torre del Big Ben. Y sus cuentos obligan a bajar a la realidad por la incoherencia que deliberadamente les hace padecer con su espíritu de paradoja; no vaya a suceder lo que aquellos contadores de historias de uno de sus propios cuentos, que se deprimían porque el rey les creía todas las ficciones que inventaban por más absurdas que fuesen[11]. En cambio, Tolkien nos saca da la realidad, nos crea una fantasía y nos da todos los elementos para que en ella no nos falte nada. Son tan diferentes como Santo Tomás y Kant contando cuentos.


3. Y otras cosas más

Al margen de todo esto sigo sosteniendo que es un descalabro usar a Tolkien como ilustración teológica o como parábola de la lucha entre el bien y el mal en el mundo. Porque es incompatible, al menos en algunas cosas fundamentales, con la realidad histórica y la fe católica. Es incompatible con el pecado original tal como es concebido por la teología católica, pues para nosotros entra por un solo hombre, Adán, y afecta a todos por la solidaridad con él, y es destruido por un solo hombre, Cristo, y somos redimidos por la solidaridad con Él; no puede decirse otro tanto del mundo tolkieniano habitado por una enorme diversidad de especies racionales (elfos, medianos, hombres, enanos, trolls, orcos y ents). Como consecuencia se hace incompatible con el sentido católico de la redención. En cambio, uno y otro fenómeno, tal como los presenta Tolkien, sí son compatibles con el concepto pelagiano (que es una variante del gnosticismo): la transmisión del pecado por influencia extrínseca o ejemplaridad; la redención por la nobleza natural de la criatura que se levanta de sus cenizas y sus miserias hasta el heroísmo individual, y por igual vía lo transmite: la ejemplaridad heroica.
Tal vez estas aclaraciones sirvan más para entender mi posición.


NOTAS

[1] Cf. Diálogo 17, pp. 143-151.

[2] Leopoldo Lugones, Historia de Sarmiento, Publicaciones de la Comisión Argentina de Fomento Interamericano, Buenos Aires 1945, p.7.

[3] “Pornografía y sexualidad”, Diálogo 12, p. 141.

[4] Cf. Diálogo 17, Editorial.

[5] Vítor Manuel de Aguiar e Silva, Teoría de la literatura, Gredos, Madrid 1986, p. 18.

[6] Ibid., p. 61.

[7] Ibid., p. 67.

[8] Chesterton, La ética en tierra de duendes, en: Ortodoxia, Obras completas, Plaza & Janés, Barcelona 1967, T.1, pp. 540-565.

[9] Ibid., p. 544.

[10] El cockney, que es el personaje que encarna muchas veces al sentido común en las obras de Chesterton, es el habitante de los suburbios de Londres, particularmente del “East End of London”.

[11] Cf. Chesterton, “La prolongada reverencia”, en: “Alarmas y disgresiones”, Obras completas, I, p. 1069-1074.
12/10/21 8:10 AM

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