Liturgia: lo mínimo, lo bueno, lo óptimo y lo posible
En la liturgia, como en tantas cosas de la vida de la Iglesia, hay que saber distinguir entre lo mínimo, lo bueno, lo óptimo y lo posible. Lo mínimo es celebrar según mandan las rúbricas. Qué menos. Lo bueno, poder disponer de algo más como lectores que sepan su oficio, monitor si es necesario, algo de canto, acólitos.
Ayer estuve en la catedral de la Almudena en la misa que presidió el señor cardenal. Así cualquiera. Un cardenal, concelebrando un obispo, varios vicarios episcopales y unos cuantos sacerdotes. Diácono, varios acólitos, maestro de ceremonias, ayudante del maestro, religiosas, laicos contratados al servicio de la catedral, imponente órgano de tubos, organista, señora solista excelente por cierto animando el canto. Insisto: así cualquiera. Pero eso sí, en la catedral.


Es igual lo que se diga ni lo que suceda en realidad. Hay gente que sigue estando convencida de que a los curas nos paga el estado y de que la iglesia vive de los presupuestos generales del ídem. Pues me gustaría, una vez más, explicar estas cosas, partiendo de lo que uno escucha en los medios de comunicación y a bastante gente todavía. Voy a hacerlo tratando de explicarlo frase a frase, sabiendo que al que ha decidido que la Iglesia vive del Estado le da todo lo mismo, lo ha decidido y punto y le dan igual los datos.
No. No es que nos estamos volviendo tontos. Al revés, somos demasiado listos, por eso la libertad de expresión, el respeto a las ideas ajenas, la tolerancia, el diálogo y todas esas cosas, son siempre para los mismos.
Harto estoy de curas, laicos, frailes y monjas, qué le vamos a hacer, y más arriba no quiero presentarme, que no tienen problema en ponerse la doctrina de la iglesia por montera, hacer de la liturgia su propio sayo y reinventar la moral católica con el aparentemente indiscutible argumento de que todo lo que dicen, hacen o declaran es “en conciencia”.