Don Carlos Osoro, obispo de Madrid. Una iglesia de porteras
Alguien dijo de este país que es un país de porteras. Efectivamente una sociedad que se vuelve loca con los programas del corazón, la bilis, el páncreas y la bilirrubina, y que conoce mucho mejor la lista de novios y medio novios de los Pantoja que la lista de los reyes godos y los tiempos verbales, es una sociedad tocada del ala.
En una España de porteras, la iglesia en España no podría ser otra cosa que una iglesia de porteras.
Acabamos de enterarnos, parece que con toda certeza, de que D. Carlos Osoro, actual arzobispo de Valencia, será el próximo pastor de la archidiócesis madrileña. Pues bendito sea Dios, así lo ha dispuesto quien puede hacerlo y no hay más que hablar.

Hace años, pastoralmente hablando, se puso de moda algo que aún colea: la famosa “opción por los pobres”. Ya saben: homilías monotemáticas sobre ayudar al pobre donde jamás cabía nada que fuera gracia, redención o conversión; una catequesis centrada en qué bonito es compartir, y unas celebraciones litúrgicas con veinte símbolos, cadenas rotas, zapatillas para el caminar, manos que se estrechan y un mapamundi. Pasó aunque aún quedan pequeños rescoldos.
Al despacho parroquial acude gente de lo más variado a pedir cosas no siempre sencillas de resolver. Tanto, que en ocasiones me quedo con ganas de hacer una lista de “imposibles”. Por ejemplo:
No hay que ser especialmente espabilado para sacar en conclusión de la liturgia de la Palabra de hoy que Dios no es un Dios que se ciña a un pueblo, una lengua, raza o idioma. Dios es para todos. Cristo es para todos, la Iglesia es católica, universal, a nadie se le puede negar la gracia de la salvación en razón de su peculiaridad personal.
No es la primera vez que me lo plantean. Llegan los papás a pedir el bautizo de su retoño y te sueltan que quieren que el niño tenga dos madrinas. Mi respuesta es que no puede ser, y que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. No es fácil hacerles comprender que hay una cosa en la iglesia que se llama el derecho canónico que regula todas estas cosas para que se hagan con seriedad y no queden al capricho de cada cual. Inútil agarrarte al canon 873: “Téngase un solo padrino o una sola madrina, o uno y una”.





