Rafaela y el cura que no tenía nada que hacer
Aquella mañana, cuando volvía de la cuadrita de ver a sus gallinas y recoger los huevos recién puestos, Rafaela se sorprendió al ver a D. Jesús paseando por el pueblo. El buen cura llegaba siempre corriendo a las misas, marchaba a toda prisa para llegar al pueblo de al lado y apenas un día por semana se reunía con esas buenas mujeres y se daba algo de catequesis a los niños. Nada más.
Era lo que decía D. Jesús. Apenas pasaban de los ochocientos habitantes y no había nada que hacer en la parroquia, así que para qué pasar el día por allí. Misa los fines de semana, alguna reunión y ya. No tenía sentido echar horas, se aburría, nada que hacer.
Hombre, dijo Rafaela, a mí se me ocurren algunas cosas aunque seamos cuatro gatos, conocidos todos y ya sé que poco piadosos. Pero algo se me ocurre. ¿Me deja que le haga una lista?

Los de más edad recordarán las cosas que se le dijeron al entonces obispo de Cuenca, D. José Guerra Campos, por su opción de pasar olímpicamente de la conferencia episcopal. Los de menos, seguro que han leído mil veces, sobre todo en algunos postales de información religiosa, la importancia de la conferencia episcopal, la necesidad de que los obispos no vayan por libre, la opción por una pastoral colegiada y consensuada. Tan importante la conferencia que a la elección de secretario y luego de presidente se han dedicado páginas y páginas, rumores y más rumores. Algo así como “ningún obispo por libre”, “todo a través de la conferencia”.
Como el algodón en los azulejos de la cocina de la señora Rafaela. Porque de palabras andamos todos más que sobrados, de intenciones hasta arriba y, para qué vamos a engañarnos, el comunicado final del congreso de teología despierta menos interés que una comparecencia pública de Cayo Lara.