D. Jesús se niega a confesar
Menuda cara se le quedó al párroco de N., cuando esa mañana, al organizar el siguiente fin de semana, don Jesús, un sacerdote colaborador, le soltó a bocajarro, sin anestesia ni nada, que misas lo que hiciera falta, distribuir la comunión, atender el despacho, hacer papeles, bautizar… Pero que él no volvía a sentarse en un confesionario.
- Pero hombre ¿a estas alturas me sales con esto? ¿Cuántos años llevas ordenado?
- Cuarenta y seis.
- Tú siempre has echado horas de confesionario. ¿Qué mosca te ha picado?

Sé que no debiera afectarnos, pero los sacerdotes somos humanos, afortunadamente, y como tales, débiles y flojuchos en nuestra fe. Bien sabemos que no podemos esperar otra paga que al mismo Cristo, y que uno siembra y quién sabe dónde se producirá la cosecha. Pero… como somos humanos, gracias a Dios, nos gustaría cosechar éxitos humanos, recibir enormes respuestas, sentir cómo nuestras acciones pastorales levantan entusiasmos y el mundo, aunque sea el mundo clerical y parroquial, nos aplaude con pasión.
Esto es lo de Mahoma y la montaña, ya saben. Nuestra parroquia es pequeña para lo que es Madrid. Yo no sé si pasamos de los ocho mil habitantes. Además, es casi barrio dormitorio. Salir por la mañana y acercarse a la plaza de Tres Olivos es algo bastante parecido a un paseo por el centro del Sáhara a las cuatro de la tarde. Algún despistado y poco más.
Sor Lucía Caram y un servidor ya tuvimos algún encontronazo. Incluso
En mis tiempos de crío, cuando alguno tenía trato de especial favor ante cura, maestro o cualquier autoridad, decíamos que Fulanito “tenía gorra”.





