Nos quedamos sin curas
Mejor, nos estamos quedando ya sin curas. Los datos del día del seminario de este año son escalofriantes en España. Tanto que, por primera vez que yo recuerde, no se ofrecen desglosados por diócesis. Ya imaginamos por qué. 1066 seminaristas mayores en España. Podemos hacer cuentas. 1066 para 70 diócesis. O bien 1066 seminaristas en una población, la española, de algo más de 47 millones de habitantes. Un seminarista por cada 44.000 habitantes. Si tenemos en cuenta que se producirán abandonos, vamos a contar en un futuro próximo con un sacerdote ordenado para cada cincuenta o sesenta mil habitantes. Me da pereza entrar en la media de edad del clero.
Ahora, visto el dato, toca analizar causas y poner remedios.
Acepto quince minutos en el cuarto de llorar que nos sirvan para apelar a la secularización, la televisión, las redes, la baja natalidad y las maquinaciones del gobierno. He dicho que quince minutos. Vale. Veinte. Y ni uno más, porque eso se llama echar muchos balones fuera.

Me fijo en las pequeñas variaciones que los fieles introducen en cantos, oraciones y hasta textos litúrgicos.
Es conclusión a la que he llegado últimamente. Los cristianos conservadores han desaparecido como los dinosaurios. Ya. Que quieren saber cómo he llegado a esa conclusión. Y que se lo cuente. Bien. A ello vamos.
Esto es como lo de la gota fría. Siempre vuelve. No sé cuántas desamortizaciones lleva la Iglesia católica en España. Nos suena la de Mendizábal, pero esa fue una. Hubo más: Godoy, José Bonaparte y Madoz, amén de otras pequeñas e intentos varios.
He sido fidelísimo lector de Astérix. Disculpen esta pequeña debilidad. Posiblemente me hubiera sido más provechoso dedicar ese tiempo a leer las sesudas reflexiones del P. Agúndez, repasar la suma teológica de santo Tomás o meditar sobre el fin de la vida según san Alfonso María de Ligorio. Lo sé. Es un pecado que me perseguirá un ratito. Tampoco vamos a andar exagerando.