Pagolitos y forcaditas
Me gustaron tanto estas dos palabrejas como lo que un amable comentarista ayer me dejaba en el blog: “pretenden hacer creer que los católicos de a pie somos pagolitos y forcaditas que estamos en contra de lo que dicen los obispos.”
Hay muchas maneras de pretender neutralizar lo que dice la Iglesia. La clásica es identificar a la Iglesia con la jerarquía, a la que se sigue mostrando alejada del pueblo, oscurantista y retrógrada. Viejísimo. Ya saben, la iglesia inquisitorial, represora, tardo franquista, anclada en Trento –fantástico concilio, por cierto-, preocupada por medrar y que solo disfruta haciendo la pascua al prójimo.
Frente a ella se encontrarían los cristianos de base, altura, hipotenusa y cotangente, buenos, evangélicos, liberales, amantes de los pobres, y que sufren en silencio las irritaciones de la jerarquía como si de unas molestas hemorroides se tratara.

Comprendo que para gente como Elena Valenciano la educación esté bien así. Somos la cola de Europa y nuestros niños no saben nada de nada. Mejor, mucho mejor. Porque si nuestros niños y jóvenes hubieran estudiado historia simplemente del siglo XX, sabrían perfectamente que eso de que la democracia la inventó la izquierda es algo más falso que un billete de quince euros. Por eso es mejor que no sepan historia ni geografía, y que dediquen su tiempo a ser adoctrinados en lo buena que es la izquierda y lo mala que es la derecha, y que lo que han de hacer es revolcarse en sus gustos más íntimos como sea y caiga quien caiga.
Joaquina se nos ha dado de baja en las misas. El caso es que sigue acudiendo a la capilla de la adoración perpetua, donde por cierto echa horas. Pero dice que a misa no vuelve, que se ha enfadado con la parroquia y que se acabó. ¿La razón? Que ella no está dispuesta a rezar a un Cristo de espaldas.
En la parroquia celebramos una misa los domingos con una especial presencia de niños. He de decir que personalmente me siento un tanto dividido. Comprendo que una misa donde los niños estén especialmente presentes es bueno, y a la vez tengo miedo de que acabemos infantilizando la misa, que los mayores la vean como un entretenimiento y los niños no se enteren de mucho.





