Pido perdón por mi cobardía y mi falta de fe
La gente en general, los católicos en particular, observo que tienen una capacidad de entrega y sacrificio que me impresiona cada día. Eso sí, siempre que lo que se les pide sea algo que de verdad merezca la pena.
Muchas veces me he quejado de la falta de respuesta de la gente. Ahora sé lo que sucedía. Si pido algo “abstracto” nadie se mueve. Por ejemplo: “harían falta voluntarios en Cáritas”. Nada. O decir en el micrófono: “si alguien se ofreciera para ver la posibilidad de un grupo de oración”. Nada. Tampoco sirve eso de anunciar que la parroquia precisa de colaboradores. Seguro que no encontraremos respuesta.
Por eso nos desanimamos y pensamos que no merece la pena intentar nada. Nos conformamos con un ligero mantenimiento y un ir tirando con lo de todos los días conscientes de que es imposible cualquier esfuerzo.

Resulta realmente curioso e interesante comprobar cómo los países de dictaduras más consolidadas han intentado crear “su” propia Iglesia que dé razón a sus desvaríos y ensoñaciones. La cosa viene de lejos.
“Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”. Cosas tenedes, cosas veredes, cosas estamos viendo, amigos, que farán fablar las piedras, las redes sociales, las linotipias, los mudos y los muertos.
En víspera del domingo “gaudete” puede ser buen momento para hablar de esto. Porque tendrán que reconocerme que hay pasajes del evangelio que no es que saquen una sonrisa, es que te arrancan la carcajada. Voy a referirme a tres, empezando por el texto de mañana domingo.





