Economía parroquial: ahorrar ochavos o tirar duros
A ver, ni una cosa ni la otra. La frase es del genial marqués de Salamanca. Decía que para hacerse rico solo había dos caminos: ahorrar ochavos o tirar duros. Pues de alguna manera esto habría que aplicarlo a la economía parroquial, aunque como es lógico, salvando los extremos.
En las parroquias andamos todos a a cuarta pregunta en cosas de dinero, especialmente porque si llega siempre hay mil cosas que atender y los pobres nos acucian. Frente a esta escasez los hay que optan por el ahorro de ochavos. Es decir, dejemos de encender dos bombillas, apaguemos la climatización, vamos a reduicir a la mitad las velas o hacer una fotocopia para cada tres. No sirve. En el pueblo aprendí que ningún perro lamiendo engorda.

Conozco gente que ante una alegría corre a celebrarlo con la Virgen. No es extraño que tras un alumbramiento lleguen flores, y seguro que algunos recordarán la bonita costumbre de que las novias, tras el enlace, depositaran el ramo a los pies de su advocación preferida.
Con mi post de ayer se abrió el melón de las no siempre fáciles relaciones entre párroco y vicario parroquial, lo que en tiempos se denominaban coadjutores. Muchos estereotipos. De un lado el párroco mandón que tiene al pobre cura joven asustado, en un puño, que no le deja respirar y que hasta le mantiene asfixiado económicamente. También podría darse el extremo del vicario parroquial poco amigo de trabajar, que hace lo que le viene en gana y que necesita para sus labores pastorales más presupuesto que la catedral de la Almudena. O el párroco progre pasado de rosca que todo lo sabe o el vicario puntillista que se escandaliza ante una genuflexión no exctamente bien ejecutada. O a la vicevrsa.
En una ocasión, comentando con alguien el evangelio del domingo pasado, la parábola del juicio final de San Mateo ¿recuerdan? “Venid benditos de mi padre porque tuve hambre y me disteis de comer…” Me decía que si al final nos vamos a salvar o a condenar por eso, que qué sentido tenía entonces rezar, formarse, leer la escritura o celebrar los sacramentos. Que no dejaba entonces de ser una pérdida de tiempo. En el fondo subyacía algo clave: ¿nos diferencia, nos debería diferenciar algo de una ONG al uso? ¿Qué nos aporta la fe en esto?
Tienen los fieles tal impresión de falta de autoridad en sus pastores que cuando un obispo ante una situación especialmente complicada señala que hasta aquí hemos llegado y toma una decisión firme, decimos que ha pegado un baculazo. Por ejemplo: vaya baculazo, ¿no te has enterado? El obispo llamó ayer al párroco de Tal, le ha cantado las cuarenta por aquello que ya sabes y sin más, trasladado a la otra punta.





