Venturas y desventuras de la capilla de adoración perpetua en verano
Lo primero aclarar que lo de “desventuras” no es más que una manera de titular, porque en la capilla de adoración perpetua todo lo que hay son “venturas” y de las grandes.
En unos días cumplirá la capilla dos años y medio desde su apertura. Sé que muchos no daban un duro de los de antes por el proyecto e incluso, no pocos, mantenían la esperanza de un pronto fracaso. Servidor era de los primeros: “vaya lío y a ver qué pasa, que Dios nos ayude y nos bendiga”. Los primeros días más o menos bien por la cosa de la ilusión de los comienzos. Pero claro, una cosa es comenzar en febrero, y otra empezar a vislumbrar épocas más complejas. ¿Qué pasará en Semana Santa? ¿Y en verano? Porque, claro, la parroquia en verano se queda bajo mínimos…

Me acaba de llamar un conocido. Vaya papeleta. El padre, anciano, completamente dependiente. La madre hospitalizada con un ictus severo. Dos hermanos. Uno viviendo fuera de Madrid, el otro trabajando horas y horas por un sueldo mínimo y mal viviendo en un piso compartido. La casa de los padres totalmente inadaptada. Imposible. La madre, ahora en un hospital de larga estancia, será dada de alta en un par de meses.
Hace apenas unos días. Como tantas veces, misa en un tanatorio madrileño. Fallece un feligrés, o un familiar de alguien de la parroquia y lo normal es que uno intente hacerse presente y ponerse a disposición de la familia. Si piden que presidas la misa de corpore insepulto en el mismo tanatorio pues hay que intentarlo.
No sé si demasiada ingenuidad o más mala uva de la necesaria, pero a mí eso de que todos amigos, todos hermanos y lo importante es llevarnos bien, siempre me ha parecido cosa que tiene más peligro que un mono con dos pistolas.





