La sinodalidad con chichonera
Hay noticias en este mismo portal que a uno le producen una enorme satisfacción. A estas alturas no necesito explicar que el invento del sínodo de la sinodalidad siempre me pareció una tomadura de pelo. Y lo que me pareció, viendo ya en concreto su funcionamiento y desarrollo, se me ha ido confirmando.
El entusiasmo sinodal fue y es perfectamente descriptible. Hubo que seguir la jugada, porque a ver qué obispo se va a negar y la máquina ha ido funcionando por pura inercia.
¿Cómo puedes decir que el sínodo no va a servir de nada? Pues porque al no ser dogma de fe es algo opinable y en consecuencia servidor sinodalmente opina que es una mezcla entre nada con sifón y sifón con un poco de nada.
La noticia que me ha levantado en ánimo la pueden leer en este mismo portal y no deben perdérsela, y es que un obispo, OBISPO, y encima holandés, es decir, que conoce muy bien el cataclismo de la Iglesia en los Países Bajos, ha dicho lo que le ha parecido sobre el particular y no en petit comité o en la hoja diocesana, sino en una extensa carta abuerta al santo padre. Y dice… ya lo creo que dice. Da palos a todo el proceso sinodal hasta la extenuación. Se pongan chichonera.
Algunas frases de monseñor Rob Mutsaerts, Obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch:
Mi pregunta es sencilla y grave: ¿está ayudando el proceso sinodal a acercar realmente las almas a Cristo y a la salvación eterna?
Esa es la clave.
¿Se ha fortalecido la fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Han aumentado las conversiones, la asistencia a misa, las vocaciones sacerdotales? ¿Ha crecido la reverencia eucarística? ¿Se ha clarificado la enseñanza moral de la Iglesia?
Pues claro, porque si no es para eso, buena gana de inventos.
En el discurso sinodal actual, la sinodalidad amenaza con convertirse en un fin en sí misma. Y ahí comienza, desde una perspectiva católica tradicional, el problema.
Eso es: reuniones que se reproducen hasta el infinito.
El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?», plantea. La respuesta, sostiene, es «a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, naturalmente, también a los fieles.
Claro. Porque no es lo que yo quiero, sino lo que Dios quiere.
En ciertos textos sinodales, sin embargo, la secuencia se invierte: «Se parte de las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas del hombre contemporáneo y luego se pregunta cómo debe reaccionar la Iglesia». Mutsaerts identifica aquí un peligro: «¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre. Eso se llama, en el cristianismo, conversión. Y precisamente esa palabra suena llamativamente poco en muchas discusiones eclesiales modernas.
La palabra conversión ya ni se utiliza, a pesar de ser la primera llamada del evangelio: convertíos.
Cuanta menos evangelización, más comisiones sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente va a la iglesia, más largas se hacen las reuniones sobre el ser eclesial.
Reuniones que no falten. Y cada vez más.
Frente al modelo sinodal, Mutsaerts propone recuperar lo que considera el motor histórico de toda auténtica reforma católica: la santidad. «Las grandes reformas católicas casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos.
Santidad. Por Dios, qué antiguos.
Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad», afirma el obispo, que propone una inversión de prioridades: «No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación.
El santo cura de Ars no tenía tiermpo para sinodalidades.
He disfrutado con la carta del obispo. Mucho.
Esta noche la comentaré ampliamente en un nuevo programa de “¿Qué pasa en la Iglesia?".
5 comentarios
Lo que ocurre es que es un obispo auxiliar y no sabemos lo que piensa su obispo titular.
Confiemos que ni su obispo titular ni la Conferencia holandesa, ni el Dicasterio para los Obispos ni S. S. le "misericordien" al estilo "francisquista " anterior.
Que nuestro Señor le proteja de las "misericordias" humanas.
"El joven católico que viaja tres horas para asistir a una liturgia tradicional no suele formar parte del grupo de trabajo diocesano".
Y puedo dar fe de que ese joven y esa joven existen.
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