Entre el fidiómetro y el devotómetro
Me sale poner en medio el idiotómetro, incluso el gilipollómetro, y no me voy a quedar con las ganas.
Ayer terminé las fiestas de mis pueblos. El remate braojeño, ciertamente espectacular: cuatro días con misa solemne, procesión, subasta de varas y ramos y aperitivo popular, y un día de romería a la ermita. Nada mal. Mucha asistencia, especialmente a la romería, con un rito que se repite año tras año: traslado de la Virgen hasta la ermita, con acompañamiento de dulzainas, trajes serranos y baile de jotas. Al llegar, subasta de varas y ramos, ofrenda floral, misa “serrana” solemnísima con compañamiento de guitarras, laúdes, tambor y dulzaina, y, al acabar la misa, presentación de niños a la Virgen. Aperitivo una vez más, y traslado de nuevo a la parroquia.
Yo no tengo homologado fidiómetro alguno que me permita calibrar si la fe de los braojeños y su cariño hacia la Virgen del Buen Suceso son suficientemente conciliares, sinodales, maduros, insertados en la realidad y comprometidos con la causa de los pobres y el calentamiento planetario. Es más, si les preguntase por el particular simplemente me responderían con un muy expresivo ¿mande? Tampoco un devotómetro para discernir entre devociones maduras, superstición, costumbres y repeticiones de loro. Vaya usted a saber.
Eso sí, tengo un gilipollómetro que me permite detectar a distancia tanta cursilería en forma de “falta formación", “hay que actualizarse", “superar lo tradicional” y “ofrecer nuevos enfoques teológicamente más ricos y precisos". Cosas mías.
Romería de la virgen del Buen Suceso. Los braojeños, felices con la Virgen y portando cada uno su ramito de flores para la ofrenda. Los mejores trajes tradicionales para que se note que es fiesta grande, hasta los chiquitines, y la Virgen ese día de serrana, con su refajo y su mantón.
No sé que hubieran marcado este pasado sábado el fidiómetro y el decotómetro. Me da igual. La gente sabe de amores a la Virgen y lo expresan no cómo pretenden los sabios de este mundo, sino según lo aprendido de sus mayores. Y parece que va bien.
Los serranos somos duros a la hora de mostrar sentimientos, pero las lagrimitas asoman incluso alguna vez y si hay que dejar salir los sentimientos un día, pues se hace.
Hablé en la homilía de lo bonito que es querer a la Virgen con apellido, porque si bien es verdad que solamente hay una, uno tiene todo el derecho del mundo a decir que si, que una, pero mi virgencita del Buen Suceso es algo muy especial. Concluí la homilía diciéndoles que me llevo a la Virgen del Buen Suceso en el corazón, y que ante ella seguiré rezando cada día por los braojeños. Se me quebró la voz… y entonces rompieron en un aplauso enorme allí en la ermita que no acababa nunca. Terminamos llorando todos, yo abrazado al buenazo de Cándido, ese sacristán fidelísimo y hoy gran amigo.
Oiga, D. Jorge, que no se puede aplaudir dentro de la misa. Bah. Trabajo para el gilipollómetro.

Muchos de ustedes se han volcado con estos pueblos serranos de mil maneras. Creo que bien podemos decir que se han sentido de alguna manera feligreses y como tales han sabido comportarse. Por eso creo que es bueno aportar algunas consideraciones:
Eso decía en mis tiempos de joven religioso el buenazo de Ananías. Con su aparente cortedad lo que ponía de manifiesto es que no podemos andar con afirmaciones rotundas ni tomas de posición demasiado radicales.





