El numerito anual de la recogida de firmas

Aquí eterno, solo Dios. Los obispos tienen que dirigir sus diócesis y eso lleva a tener que realizar nombramientos de sacerdotes para los distintos cargos pastorales, sabiendo que aquí no hay más criterio que el del obispo después de escuchar a quien tenga que hacerlo. Vamos a presuponer la buena voluntad del obispo, qué menos. 

Los cambios son inevitables, sanos y yo diría que imprescindibles. Las razones, de lo más variado. Hay razones de tipo físico: edad, salud que pueden aconsejar un nuevo nombramiento. Otras veces por cansancio en el mismo lugar. Puede suceder falta de entendimiento con la feligresía, dificultades de relación dentro del mismo equipo sacerdotal, una administración pastoral o económica muy deficiente. También necesidades urgentes que precisan de un tipo de sacerdote muy concreto, por ejemplo edificar un nuevo templo, levantar una comunidad que ha pasado por situaciones complejas. Otras veces es porque ese sacerdote hace falta en el seminario, la curia o es bueno que realice estudio superiores, o pide ir a misiones. 

Ya tenemos el  baile de curas. Como cada año en estas fechas. 

En la inmensa mayoría de los traslados de sacerdotes las cosas transcurren con total serenidad. Por supuesto que se siente, en unos casos más que en otros, el señor cura se va con su corazoncito tocado, y la gente echa su lagrimita porque te cogen cariño. Pero las cosas son así. 

Lástima encontrarnos cada año con algún caso en que el señor cura, cabreado por el cambio y sin tener a su disposición otro recurso que el del pataleo, anima o consiente la tradicional recogida de firmas de los fieles que exigen se suspenda el cambio e incluso amenazan con no volver a misa hasta que regrese su reverendo favorito. 

Seamos claros. No hay recogida de firmas ni numerito raro si el señor cura no lo consiente.

Esa recogida de firmas, impulsada o al menos consentida, enfrenta a los fieles entre sí, porque no todos están de acuerdo, levanta una guerra contra el obispo y la iglesia y complica mucho el trabajo pastoral del nuevo párroco que llega a su nuevo destino encontrando a la gente dividida y cabreada y exigiéndole que se posicione.

Un obispo no puede aceptar un chantaje. Si hay recogida de firmas, razón de más para el cambio. 

Otra cosa es dialogar, hablar, exponer razones. ¿Firmas? Ni mucho menos. 

Por cierto, cuánto cariño estos días en mis pueblos. Dios se lo pague. 

6 comentarios

  
Carlos Porras
Querido Padre Jorge

Estoy seguro de que los fieles que usted atendía deben estar muy agradecidos con su servicio. Le deseo lo mejor en su nueva parroquia.
En este asunto de los traslados, como en todos los asuntos de la Iglesia y de la vida en general, hay que guiarse por el Evangelio.
Cristo envió a sus discípulos a predicar la Buena Nueva a todos los pueblos. Por tanto, el sacerdote debe estar dispuesto a ir donde su obispo lo envíe.
Por otra parte, el Evangelio también dice que el buen pastor reconoce a sus ovejas y ellas lo reconocen. Todos conocemos casos de sacerdotes forasteros, o incluso extranjeros, que han llegado a una comunidad y, por haber permanecido en ella mucho tiempo, no solo conocen a cada uno de sus fieles por el nombre, sino hasta por generaciones. Los párrocos de larga duración, han bautizado, dado catequesis, escuchado la primera confesión, dado la primera comunión, celebrado el matrimonio, oficiado el funeral de los padres y bautizado a los hijos de prácticamente todos los habitantes del lugar. Esa no es una relación cura-feligrés, ese sacerdote es parte de la familia.
Los obispos tienen la autoridad y la responsabilidad de tomar las decisiones que consideren oportunas y uno, fiel de la última banca, no está para juzgar, cuestionar, dar sugerencias o pretender cambiar esas decisiones. Pero en mi humilde opinión, basada en las dos enseñanzas del Evangelio, la del envío y la del buen pastor, creo que los curas deben cambiar de destino, pero también creo que esos cambios no deben ser muy frecuentes.
El sacerdote abandona su hogar para cumplir su misión. Pero en cada sitio al que llegue, debe quedarse el tiempo suficiente para considerarlo su hogar y, otra vez, estar dispuesto a abandonarlo.
En sus publicaciones y en las entrevistas, noticias y reportajes que han hecho los medios sobre usted, siempre me ha llamado la atención el gran amor con que usted se refiere a "mis tres pueblos".
Ruego a Dios que lo llene de bendiciones en su nuevo destino y que le conceda muy pronto la dicha de sentirse allí también en casa.
Rezo su Ave María.
31/08/26 1:33 PM
  
Juan Mariner
Un tio-abuelo mio sacerdote siempre decía que no se había hecho buen trabajo si te despedía todo el pueblo con palmas y agasajos. Nunca va a ser tu labor a gusto de todos, porque, a veces, hay que hablarle claro a los feligreses.
31/08/26 2:56 PM
  
Guillermo
De acuerdo con el comentario de Carlos Porras. Al final los sacerdotes son peregrinos y en su ordenación prometen obediencia a su obispo. En las diócesis, como Madrid, en las que haya más abundancia de sacerdotes va a haber siempre más cambios que en las que un sacerdote tiene que atender 10 o 12 parroquias él solo. Lo que no es admisible es eso de las firmas como forma de "exigir" a un obispo, cuya autoridad no viene de los fieles. También es cierto que no me parece el mismo caso cuando piden que un sacerdote se quede que cuando piden que se vaya.
Pero tampoco son convenientes los cambios continuos de sacerdotes en una parroquia y menos del párroco. Así no hay manera de que un sacerdote lleve a cabo su acción pastoral medianamente bien. Conozco casos de sacerdotes que no han estado en la parroquia ni un año.
En general no me parece correcto coger tanto cariño a un sacerdote como para interferir en su sacerdocio. Se debería saber tenerle cariño pero conociendo también que en cualquier momento puede pasar que ya no se le vea tanto.
31/08/26 7:06 PM
  
Frailevi
Lo de negarse a si mismo y tomar la cruz para seguir a Cristo, cuesta y ese es el mérito de quien lo hace.

Tengo cariño, agradecimiento y algun tipo de relación con los cuatro Parrocos que he tenido, otros ya se fueron y con ellos tambien la tuve.

No hay duda que ser parroco y feligres engancha, aun en los casos en que la relación deberia haber sido mejorada.

Hay que comprender las lágrimas de despedida y agradecerlas, hay que comprender que a algun parroco le cueste e incluso se enfade un poco.

Pero las necesidades se imponen y al final se acepta. Este es el mérito.

Pero quien dejo al padre y a la madre por seguir su vocacion, tambien es capaz de dejar a los feligreses.

A no ser qué... pero al final.no hay qué que se resista.
31/08/26 7:11 PM
  
M Codax
Un sacerdote al que tengo por muy sabio, en el mejor sentido, solía decir que después de diez años en un lugar ya has hecho todo lo bueno que podías hacer y que a partir de ese momento transfieres, sin quererlo, tus vicios a esa comunidad.

Entiendo que no es una regla matemática, pero si las leyes eclesiásticas han suprimido los nombramientos de párrocos «ha perpetuidad» sus razones habrá.
31/08/26 7:56 PM
  
M.Hinojosa
Lo complejo cuando se va un buen sacerdote como es el caso. Es que uno se va a preguntar. ¿Voy a poder comulgar en la boca con el nuevo sacerdote que venga?, aunque habrá una mayoría que seguirán recibiendo a Nuestro Señor en la mano. ¿voy a poder confesarme cuando lo necesite?.

Algo que parece simple pero es difícil.
31/08/26 8:58 PM

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