InfoCatólica / Joan Antoni Mateo García / Archivos para: 2010

24.03.10

Sobre la Diócesis de Urgell y su Arzobispo Obispo, Príncipe de Andorra. Observaciones a "Oriolt"

“Páramo”, “erial”, sacerdotes de primera clase y de segunda, “la rica Andorra”, “los pueblos de la desértica comarca de Urgel o las montañas de Pallars” (lugares de segunda para los “forasteros”), “un Vives preocupado por el protocolo que ya se ve Cardenal de Barcelona”… La verdad es que hace tiempo que no leía tantas y tan grandes sandeces sobre la diócesis de Urgell y su Obispo.

Y he considerado que como sacerdote de esta pequeña diócesis ( y que además ha sido párroco en “la desértica comarca de Urgel” y que ahora lo es “en las montañas del Pallars”) sería un auténtico mal nacido si no saliera en defensa de mi diócesis y de mi Obispo, más aún cuando acabo de leer semejantes despropósitos unos pisos más arriba (ahora, más abajo) de mi blog en Infocatolica.

Cada uno tiene sus filias y sus fobias y los autores del mencionado escrito acreditan las suyas sobradamente. Pero manifiestan, a mi juicio, un gran desconocimiento del la Diócesis de Urgell y de su actual Obispo, Mons. Joan Enric Vives. La verdad es que nuestra diócesis es bastante tranquila y los sacerdotes, en su gran mayoría, personas sensatas que se dedican a su trabajo pastoral y no se pierden en foros y trapicheos de la gran capital y otros lugares.

Urgell tiene una gran historia y tanta dignidad como cualquier otra Diócesis. Nuestros amigos de Barcelona que la califican de “páramo y erial” deberían preguntarse porque, siendo así, atrae cada fin de semana a tantos barceloneses. Muchos de ellos reciben más atención pastoral en nuestra diócesis que en Barcelona. Y se sienten muy bien tratados y acogidos. Yo serví ocho años en Andorra y puedo testificarlo.

La diócesis de Urgell, lo saben bien, los años sesenta sufrió una fuerte despoblación, desplazándose muchos a Barcelona en busca de trabajo. Actualmente son muchos los jóvenes que, acabando bachillerato, se van fuera y ya no vuelven. La población se ha concentrado en las capitales de comarca y esto tiene y tendrá sus repercusiones pastorales. Ante una escasez de clero previsible pero no fatal, hay que decir que una cuarentena de sacerdotes bien organizados podrían atender muy bien a la casi totalidad de la población.

Benedicto XVI hablaba del período posterior al Vaticano II utilizando unas fuertes palabras de San Basilio en su Tratado del Espíritu Santo: Una batalla naval nocturna de todos contra todos. ¿Podía quedar exenta de sus demoledores efectos la pequeña diócesis de Urgell? En Urgell, como en todas partes, se han sufrido los efectos de la crisis, de la secularización de la sociedad y de la misma Iglesia. Muchas ideas demoledoras para la fe y la vida de fe vinieron precisamente de “sesudos teólogos” de capital, también de Barcelona. Pero Urgell, a pesar de la sangría de las secularizaciones de clero que sufrió en los años setenta, ha resistido y bastante bien. El largo pontificado de Mons. Joan Martí no fue fácil pero, transcurrido el tiempo, constatamos que supo guiar el barco con mano segura y sorteó con éxito graves peligros. La práctica religiosa de nuestros pueblos es muy superior a Barcelona y seis seminaristas, según la proporción de la Diócesis, son una realidad muy aceptable.

El servicio inestimable que la Mitra de Urgell ha prestado al Principado de Andorra no es nada fácil de realizar ni de entender “desde fuera”. No es un servicio fácil para el Obispo, depositario de un legado histórico impresionante. La Santa Sede, al conceder el título de Arzobispo en la persona de Mons. Vives ha hecho algo más que un decorado protocolario. Andorra, según derecho consuetudinario eclesiástico, al ser una nación y un estado independiente y soberano, podría reclamar un arzobispado en el sentido propio. Su vinculación histórica al territorio de Urgell y las circunstancias actuales, a mi juicio, han hecho que se reconozca la singularidad de Andorra y el trato que le corresponde, y también el servicio generoso que realiza el Obispo como Príncipe ( el título de “co-príncipe” tiene muy poca tradición por no decir ninguna) en la concesión en la persona de Mons. Vives del título Arzobispal.

El protocolo, bien lo sabe el Vaticano, no es pura formalidad y apariencia. Cuando Mons. Vives cuida el protocolo no hace más que lo que le corresponde en la alta representación que le toca ejercer como Jefe de Estado. Andorra y su Jefatura de Estado merecen el respeto debido.

Finalmente, añadiría a todo esto, que me parece deplorable la presentación que se hace de mi Obispo en el escrito que motiva mi protesta. Como escribía hace poco, a propósito de otra intervención intempestiva, “hace años que le conozco, antes de llegar como coadjutor a Urgell y creo que, como el buen vino, es de los Obispos que van mejorando con los años. Lo tengo por un sacerdote con gran celo pastoral, muy trabajador, muy humano y cercano a sus primeros colaboradores que somos los presbíteros. Su doctrina es católica al cien por cien y propaga la adhesión afectiva y efectiva con el Santo Padre”. Es lo que sinceramente pienso después de colaborar nueve años con él.

Veo que Oriolt teme que Mons. Vives sea trasladado a Barcelona. Yo también lo “temo”, precisamente, porque en Urgell perderíamos un buen Obispo.

Sine ira et cum studio

Joan Antoni Mateo García, Párroco de Tremp

4.03.10

Después de comulgar: la acción de gracias.

En los dos últimos artículos hemos tratado de la preparación a la Comunión mediante la fe y la conversión. En numerosos comentarios los lectores han expuesto muy bien las indicaciones de la Iglesia sobre el modo de recibir la Sagrada Comunión. No voy a insistir en ello, pues ya lo traté en escritos anteriores. Hoy quisiera considerar un aspecto importante y muy olvidado por la mayoría: el recogimiento, adoración, acción de gracias y petición que deberían seguir a la Sagrada Comunión cuando Cristo nos ha unido tan íntima y profundamente a Él por medio de la recepción de su Cuerpo hecha con fe, fervor y conciencia pura.

Recuerdo como hace unos años, era costumbre muy observada, después de comulgar, recogerse unos momentos de rodillas o sentados en oración con el Señor que se acababa de recibir, y también, después de la bendición final de la Misa, muchos fieles se quedaban prolongando la acción de gracias. Hoy, es frecuente ver en la mayoría de los templos como la casi totalidad de los fieles, después que el sacerdote ha dicho “podéis ir en paz", salen con tal celeridad como si se hubiera producido un incendio en el recinto.

Y, lamentablemente, esto no acontece sin que se resienta la vitalidad espiritual de muchos cristianos y los frutos mismos de la Sagrada Comunión.

Comulgar, recibir la Comunión, como indica el mismo concepto, implica una fuerte unión, adhesión personal, del creyente con Cristo. Adhesión que difícilmente se puede dar sin la necesaria dedicación temporal que requiere una relación interpersonal. Cristo acaba de entrar en nosotros, incluso físicamente, ¿como podríamos negligir el prestarle la debida atención y homenaje sin pecar de gran superficialidad e insensibilidad?

La presencia eucarística de Cristo en nosotros permanece mientras permanecen las especies. Podríamos calcular unos quince minutos. Grandes teólogos, incluso con criterios dispares como Galot y Rahner, no han desdeñado escribir artículos sobre este tema. Cuentan del gran Obispo San Carlos Borromeo que, molesto por el comportamiento de una señora que abandonaba el templo apenas acababa de comulgar, hizo escoltarla por la calle con dos managuillos proveidos de cirios encendidos en honor del Señor que era así transportado por aquella inconsciente custodia…

A un huesped, a un amigo querido que nos visita en nuestra casa, no dudamos en prodigarle tiempo y atenciones, ¿por qué se los regateamos a Jesucristo?

Dedicar un tiempo a Jesucristo en dulce coloquio con Él después de comulgar nos hará grande bien a nuestra vida cristiana y, no lo dudemos, será, para muchos motivo de edificación y crecimiento en la fe y vivencia de la Sagrada Eucaristía. A menudo, en el foro, abundan las lamentaciones y críticas a abusos deplorables. Está bien, pero no es suficiente. Hay que evangelizar con el apostolado del ejemplo. Ojalá que muchos, viéndonos celebrar la Santa Misa, comulgando con fervor, transfigurados en intensa adoración y acción de gracias, puedan llegar a redescubrir y gustar la importancia capital de recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión como Él merece. Invito nuevamente a los lectores a aportar el testimonio de su experiencia sobre este último aspecto tratado.

16.02.10

¿COMULGAR SIN CONFESAR? Comulgar bien: Un objetivo pastoral prioritario y permanente (2)

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1457):

“Según el mandamiento de la Iglesia todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez la año, los pecados graves de que tiene conciencia. Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes. Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión.

En la primera parte de la reflexión hemos observado que la primera condición para una buena Comunión es la recta fe: saber a Quién vamos a recibir. Yo creo que si se tuviera una conciencia clara y meditada de esto, muchas otras cosas vendrían como lógicas consecuencias. Si fuéramos verdaderamente conscientes de que vamos a recibir a nuestro adorable Redentor, al Hijo eterno del Padre, encarnado en el seno virginal de María, crucificado a favor nuestro, resucitado y que retornará un día glorioso como Juez de vivos y muertos… ¿cómo no haríamos lo posible para recibirle dignamente?

Consiedro que las palabras que pronunciamos antes de comulgar cuando decimos “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa…” contendrán siempre una verdad mayor que lo que podemos imaginar. Sólo la bondad y amor del Señor nos dan fuerzas para tal audacia. Su palabra basta para sanarnos. Y podemos acercarnos a recibirle, eso sí, con el vestido de fiesta que se requiere. El vestido de la justicia y de la inocencia que Él nos ha obtenido y que hemos recibido en nuestro bautismo. Así, un niño recién bautizado, como es costumbre en las iglesias de Oriente, recibe dignamente el Cuerpo del Señor.

Pero ¿y los que hemos recibido el bautismo ya hace años y perdemos la gracia a causa del pecado? ¿Podemos acercarnos sin estar en gracia de Dios al Santo Sacramento?

En el debate y coloquio habido a partir de mi anterior artículo, alguno de los comentaristas casi se enfadaba porque pudiera dudarse de la respuesta a la pregunta planteada.

Efectivamente, hasta hace unos pocos decenios, todos sabíamos por la catequesis más elemental, que nadie debía acercarse a la Sagrada Comunión si, consciente de pecado mortal, no se había confesado

Yo recuerdo de niño, que si algún domingo, entretenido en mis juegos, me había saltado la Santa Misa, debía confesarme, pedir perdón, antes de volver a comulgar. No hacían falta doctos discursos teológicos para ello.

Sin embargo, ¿quién observa hoy esta praxis? Sin entrar en juicios de conciencia que sólo competen a Dios, yo, como sacerdote, contemplo despavorido, cómo se acercan a la Sagrada Comunión tantas personas que no frecuentan casi nunca la Misa por no citar otras situaciones que son públicamente conocidas. La verdad es que hemos de predicar mucho al respecto, con tacto y oportunidad, pero también con determinación.

La pérdida del sentido del pecado producida por el oscurecimiento o la ignorancia de la fe, el olvido casi perpetuo de muchos por el sacramento de la Penitencia y las Comuniones mal hechas son un pesado lastre en la vida de muchos cristianos y del conjunto de la Iglesia, una causa importante de muchos males que nos afligen.

Una visión mínimamente realista de la vida cristiana nos hace ver la inviabilidad de la misma sin el recurso frecuente a la Confesión. En este año sacerdotal es oportuno redirigir nuestra mirada al Santo Cura de Ars y constatar su dedicación ejemplar a la administración del sacramento de la Confesión. Como nos ha dicho el Papa, no podemos resignarnos a ver vacíos nuestros confesionarios: vacíos de sacerdotes y vacíos de penitentes. Nos va en ello lo más precioso de la misión de la Iglesia: la salus animarum, suprema lex.
Debemos acudir frecuentemente a la Confesión sacramental para recibir dignamente la Comunión y dar frutos de santidad. Al menos debemos acudir a la Penitencia una vez al año, en peligro de muerte y siempre que deseemos comulgar.

Sé que se tratan de cosas muy elementales pero estamos en una situación en que es urgente dar a conocer y recuperar cosas muy elementales.

25.01.10

Comulgar bien: Un objetivo pastoral prioritario y permanente

Las pasadas navidades, entre las muchas felicitaciones que recibí, me agradó especialmente la que me mandó Luís Fernando. Iba encabezada por una cita de Juan Pablo II. Es la siguiente:

“La mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia)

Les recordaba a mis feligreses, a la luz del Prólogo del Evangelio según San Juan, que una Navidad cristiana consistía fundamentalmente en recibir a Cristo y que sin esto, la Navidad perdía su identidad.

Y no hay duda que el lugar y momento de la máxima recepción de Cristo para un cristiano acontece en la Sagrada Eucaristía y en el momento de la Comunión. Un momento que debería ser culminante, íntimo y solemne, devoto y excepcional. Un momento lleno de inmenso amor y gratitud. Y por esto estoy convencido que ayudar a recibir a Jesucristo Eucaristía constituye un objetivo pastoral de primer orden.

En este año sacerdotal, a nivel personal, junto a los objetivos pastorales propios de la Diócesis, me he propuesto ayudar a los fieles a redescubrir la grandeza y el significado de un acontecimiento tan trascendente como es recibir a Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Comunión. Recibirlo como el merece: con fe y amor.

Juan Pablo II, en su última encíclica y primera del tercer milenio, nos proponía el ejemplo de María contemplando el rostro del Niño Jesús y estrechándolo en sus brazos como el modelo inigualable de amor de recepción de Cristo Eucaristía. Recuerdo una bella fórmula de comunión espiritual en que se dice que quisiéramos recibir al Señor con aquel amor y pureza con que lo recibió su Santísima Madre.

¿Cómo podríamos vivirlo nosotros?

La primera disposición es la recepción de Cristo en la fe pura y auténtica, en la confesión de fe que es adoración y que reconoce en Aquél que nació en Belén de María Virgen y murió por nosotros en el Calvario y resucitó al tercer día a quien es el Hijo Eterno de Dios, Dios y hombre verdadero.

En el catecismo más elemental se nos enseñaba que la primera condición para comulgar era precisamente ser bautizado, ser cristiano, confesar la fe. ¿Nos acercamos a la Sagrada Comunión con esta fe? San Agustín decía que pecaría el que comiera el Cuerpo de Cristo sin adorarlo, es decir sin confesar su misterio en la fe.

Eran hermosos y profundos aquellos actos de fe, esperanza, amor y penitencia que se rezaban antes de la Comunión. ¿Por qué no recuperarlos? Tal vez en forma de bellos cánticos como aquél, maravilloso a mi juicio, que empezaba diciendo “Oh buen Jesús, yo creo firmemente…”. Me parece una tarea urgente que nuestros cantos en la liturgia destilen fe recia, devoción profunda, sentimiento auténtico.

La manera como el sacerdote distribuye la Sagrada Comunión puede ayudar y mucho a captar el sentido de la fe. Haciéndolo con pausa y reverencia, mostrando bien el Cuerpo del Señor al fiel, proclamando con palabra clara su identidad: “El Cuerpo de Cristo”. Por parte del fiel, manifestando con su porte la dignidad del momento, pronunciando el amén con gozo y convicción, recibiendo el Señor con grande respeto y observando las normas de la Iglesia a respecto. Sólo con que pusiéramos atención a estos detalles, los recordáramos oportunamente, los revisáramos periódicamente, muchas cosas e importantes mejorarían en nuestras parroquias y comunidades. La rutina y dejadez en estos aspectos suele ser mortal.

Y todo esto vale también para la comunión del Sacerdote que el misal detalla con sus respectivas rúbricas y bellas oraciones, con sus gestos solemnes y reposados, con gran delicadeza. Esto constituye una excelente catequesis para los fieles. Todo nos ha de recordar que vamos a recibir en alimento a Jesucristo, Dios y Señor nuestro.

Invito a los lectores a compartir su experiencia sobre lo que les ayuda especialmente a comulgar bien. (continuará)