InfoCatólica / Joan Antoni Mateo García / Archivos para: Marzo 2010

26.03.10

Tengamos las cosas claras con la Confesión

Se acerca la Semana Santa, la Pascua y el tiempo pascual. Estos días me llegan muchas preguntas relativas al sacramento de la Penitencia y a algunas prácticas que causan perplejidad a muchos fieles. Afortunadamente en la mayoría de parroquias se ha erradicado la praxis de las absoluciones colectivas sin los requisitos que las legitiman.

Con todo, parece que en muchos lugares se ha impuesto una curiosa costumbre:

Los fieles se acercan al confesor y se acusan genéricamente. Dicen “he pecado” o sólo manifiestan algún pecado. Seguidamente se les da la absolución.
Esta manera de proceder está explícitamente reprobada por la suprema autoridad de la Iglesia y, por tanto, debe suprimirse en los lugares donde aún se practica.

Como párroco considero que uno de los bienes más grandes para la mayoría de fieles que no practican habitualmente durante el año (y que por desgracia son mucha mayoría) es que se cumpla el precepto de confesar al menos una vez al año y comulgar por Pascua de Resurrección (que puede extenderse a la cincuentena pascual). Puede parecer poco, pero preguntémonos ¿cuántos son los fieles bautizados que no confiesan ni comulgan una sola vez al año?

La solicitud maternal de la Iglesia para con sus hijos manda con fuerza de precepto grave que no falte al menos esta confesión y comunión anual. Si esto se prepara bien y se hace debidamente puede ser el punto de partida para una reinserción gradual a la normalidad de la vida cristiana.
Sería una lastima y algo muy grave para la vida sobrenatural de los fieles (en palabras de Juan Pablo II) que se olvidaran estos saludables preceptos y que se desvirtuaran con prácticas del todo abusivas e inaceptables.

Dicho esto me permito recordar algunos puntos de la Carta Apostólica en forma de Motu Propio Misericordia Dei que todos los pastores y fieles de la Iglesia deberíamos tener muy claros.

En la carta de convocatoria del Año Sacerdotal, el Papa, proponiendo el ejemplo del Santo Cura de Ars, nos decía que los sacerdotes no deberíamos resignarnos jamás a ver los confesionarios vacíos. Ni de fieles, ni de sacerdotes que están allí ofreciendo el Sacramento. Tal vez el Santo Padre debería añadir que tampoco nos resignáramos a ver iglesias “vacías” de confesionarios, pues, aunque parezca increíble, éstos han llegado a desaparecer de algunos templos.

Los puntos que siguen del documento papal, como verán, son de gran actualidad ocho años después.

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE «MOTU PROPRIO» MISERICORDIA DEI SOBRE ALGUNOS ASPECTOS DE LA CELEBRACIÓN
DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA (Breve extracto)

La tarde del día mismo de su Resurrección, cuando es inminente el comienzo de la misión apostólica, Jesús da a los Apóstoles, por la fuerza del Espíritu Santo, el poder de reconciliar con Dios y con la Iglesia a los pecadores arrepentidos: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

A lo largo de la historia y en la praxis constante de la Iglesia, el «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), concedida mediante los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, se ha sentido siempre como una tarea pastoral muy relevante, realizada por obediencia al mandato de Jesús como parte esencial del ministerio sacerdotal.

La celebración del sacramento de la Penitencia ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo que ha asumido diversas formas expresivas, conservando siempre, sin embargo, la misma estructura fundamental, que comprende necesariamente, además de la intervención del ministro – solamente un Obispo o un presbítero, que juzga y absuelve, atiende y cura en el nombre de Cristo –, los actos del penitente: la contrición, la confesión y la satisfacción.

A fin de que el discernimiento sobre las disposiciones de los penitentes en orden a la absolución o no, y a la imposición de la penitencia oportuna por parte del ministro del Sacramento, hace falta que el fiel, además de la conciencia de los pecados cometidos, del dolor por ellos y de la voluntad de no recaer más, confiese sus pecados. En este sentido, el Concilio de Trento declaró que es necesario «de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales». La Iglesia ha visto siempre un nexo esencial entre el juicio confiado a los sacerdotes en este Sacramento y la necesidad de que los penitentes manifiesten sus propios pecados, excepto en caso de imposibilidad.

Por lo tanto, la confesión completa de los pecados graves, siendo por institución divina parte constitutiva del Sacramento, en modo alguno puede quedar confiada al libre juicio de los Pastores (dispensa, interpretación, costumbres locales, etc.).

consciente de mi responsabilidad pastoral y con plena conciencia de la necesidad y eficacia siempre actual de este Sacramento, dispongo cuanto sigue:

1. Los Ordinarios han de recordar a todos los ministros del sacramento de la Penitencia que la ley universal de la Iglesia ha reiterado, en aplicación de la doctrina católica sobre este punto, que:

a) «La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede conseguir también por otros medios».

b) Por tanto, «todos los que, por su oficio, tienen encomendada la cura de almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los fieles que les están encomendados y que lo pidan razonablemente; y que se les dé la oportunidad de acercarse a la confesión individual, en días y horas determinadas que les resulten asequibles».

2. Los Ordinarios del lugar, así como los párrocos y los rectores de iglesias y santuarios, deben verificar periódicamente que se den de hecho las máximas facilidades posibles para la confesión de los fieles. En particular, se recomienda la presencia visible de los confesores en los lugares de culto durante los horarios previstos, la adecuación de estos horarios a la situación real de los penitentes y la especial disponibilidad para confesar antes de las Misas y también, para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración de la Santa Misa, si hay otros sacerdotes disponibles.

3. Dado que «el fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del Bautismo y aún no perdonados por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en la confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente», se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a sólo uno o más pecados considerados más significativos. Por otro lado, teniendo en cuenta la vocación de todos los fieles a la santidad, se les recomienda confesar también los pecados veniales.

7. Por lo que se refiere a las disposiciones personales de los penitentes, se recuerda que:

a) «Para que un fiel reciba válidamente la absolución sacramental dada a varios a la vez, se requiere no sólo que esté debidamente dispuesto, sino que se proponga a la vez hacer en su debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias no ha podido confesar de ese modo».

c) Está claro que no pueden recibir validamente la absolución los penitentes que viven habitualmente en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación.

8. Quedando a salvo la obligación de «confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año», «aquel a quien se le perdonan los pecados graves con una absolución general, debe acercarse a la confesión individual lo antes posible, en cuanto tenga ocasión, antes de recibir otra absolución general, de no interponerse una causa justa».

9. Sobre el lugar y la sede para la celebración del Sacramento, téngase presente que:

a) «El lugar propio para oír confesiones es una iglesia u oratorio», siendo claro que razones de orden pastoral pueden justificar la celebración del sacramento en lugares diversos;

b) las normas sobre la sede para la confesión son dadas por las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de garantizar que esté situada en «lugar patente» y esté «provista de rejillas» de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen.

Todo lo que he establecido con la presente Carta apostólica en forma de Motu proprio, ordeno que tenga valor pleno y permanente

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 7 de abril, Domingo de la octava de Pascua o de la Divina Misericordia, en el año del Señor 2002, vigésimo cuarto de mi Pontificado.
JUAN PABLO II

24.03.10

Sobre la Diócesis de Urgell y su Arzobispo Obispo, Príncipe de Andorra. Observaciones a "Oriolt"

“Páramo”, “erial”, sacerdotes de primera clase y de segunda, “la rica Andorra”, “los pueblos de la desértica comarca de Urgel o las montañas de Pallars” (lugares de segunda para los “forasteros”), “un Vives preocupado por el protocolo que ya se ve Cardenal de Barcelona”… La verdad es que hace tiempo que no leía tantas y tan grandes sandeces sobre la diócesis de Urgell y su Obispo.

Y he considerado que como sacerdote de esta pequeña diócesis ( y que además ha sido párroco en “la desértica comarca de Urgel” y que ahora lo es “en las montañas del Pallars”) sería un auténtico mal nacido si no saliera en defensa de mi diócesis y de mi Obispo, más aún cuando acabo de leer semejantes despropósitos unos pisos más arriba (ahora, más abajo) de mi blog en Infocatolica.

Cada uno tiene sus filias y sus fobias y los autores del mencionado escrito acreditan las suyas sobradamente. Pero manifiestan, a mi juicio, un gran desconocimiento del la Diócesis de Urgell y de su actual Obispo, Mons. Joan Enric Vives. La verdad es que nuestra diócesis es bastante tranquila y los sacerdotes, en su gran mayoría, personas sensatas que se dedican a su trabajo pastoral y no se pierden en foros y trapicheos de la gran capital y otros lugares.

Urgell tiene una gran historia y tanta dignidad como cualquier otra Diócesis. Nuestros amigos de Barcelona que la califican de “páramo y erial” deberían preguntarse porque, siendo así, atrae cada fin de semana a tantos barceloneses. Muchos de ellos reciben más atención pastoral en nuestra diócesis que en Barcelona. Y se sienten muy bien tratados y acogidos. Yo serví ocho años en Andorra y puedo testificarlo.

La diócesis de Urgell, lo saben bien, los años sesenta sufrió una fuerte despoblación, desplazándose muchos a Barcelona en busca de trabajo. Actualmente son muchos los jóvenes que, acabando bachillerato, se van fuera y ya no vuelven. La población se ha concentrado en las capitales de comarca y esto tiene y tendrá sus repercusiones pastorales. Ante una escasez de clero previsible pero no fatal, hay que decir que una cuarentena de sacerdotes bien organizados podrían atender muy bien a la casi totalidad de la población.

Benedicto XVI hablaba del período posterior al Vaticano II utilizando unas fuertes palabras de San Basilio en su Tratado del Espíritu Santo: Una batalla naval nocturna de todos contra todos. ¿Podía quedar exenta de sus demoledores efectos la pequeña diócesis de Urgell? En Urgell, como en todas partes, se han sufrido los efectos de la crisis, de la secularización de la sociedad y de la misma Iglesia. Muchas ideas demoledoras para la fe y la vida de fe vinieron precisamente de “sesudos teólogos” de capital, también de Barcelona. Pero Urgell, a pesar de la sangría de las secularizaciones de clero que sufrió en los años setenta, ha resistido y bastante bien. El largo pontificado de Mons. Joan Martí no fue fácil pero, transcurrido el tiempo, constatamos que supo guiar el barco con mano segura y sorteó con éxito graves peligros. La práctica religiosa de nuestros pueblos es muy superior a Barcelona y seis seminaristas, según la proporción de la Diócesis, son una realidad muy aceptable.

El servicio inestimable que la Mitra de Urgell ha prestado al Principado de Andorra no es nada fácil de realizar ni de entender “desde fuera”. No es un servicio fácil para el Obispo, depositario de un legado histórico impresionante. La Santa Sede, al conceder el título de Arzobispo en la persona de Mons. Vives ha hecho algo más que un decorado protocolario. Andorra, según derecho consuetudinario eclesiástico, al ser una nación y un estado independiente y soberano, podría reclamar un arzobispado en el sentido propio. Su vinculación histórica al territorio de Urgell y las circunstancias actuales, a mi juicio, han hecho que se reconozca la singularidad de Andorra y el trato que le corresponde, y también el servicio generoso que realiza el Obispo como Príncipe ( el título de “co-príncipe” tiene muy poca tradición por no decir ninguna) en la concesión en la persona de Mons. Vives del título Arzobispal.

El protocolo, bien lo sabe el Vaticano, no es pura formalidad y apariencia. Cuando Mons. Vives cuida el protocolo no hace más que lo que le corresponde en la alta representación que le toca ejercer como Jefe de Estado. Andorra y su Jefatura de Estado merecen el respeto debido.

Finalmente, añadiría a todo esto, que me parece deplorable la presentación que se hace de mi Obispo en el escrito que motiva mi protesta. Como escribía hace poco, a propósito de otra intervención intempestiva, “hace años que le conozco, antes de llegar como coadjutor a Urgell y creo que, como el buen vino, es de los Obispos que van mejorando con los años. Lo tengo por un sacerdote con gran celo pastoral, muy trabajador, muy humano y cercano a sus primeros colaboradores que somos los presbíteros. Su doctrina es católica al cien por cien y propaga la adhesión afectiva y efectiva con el Santo Padre”. Es lo que sinceramente pienso después de colaborar nueve años con él.

Veo que Oriolt teme que Mons. Vives sea trasladado a Barcelona. Yo también lo “temo”, precisamente, porque en Urgell perderíamos un buen Obispo.

Sine ira et cum studio

Joan Antoni Mateo García, Párroco de Tremp

4.03.10

Después de comulgar: la acción de gracias.

En los dos últimos artículos hemos tratado de la preparación a la Comunión mediante la fe y la conversión. En numerosos comentarios los lectores han expuesto muy bien las indicaciones de la Iglesia sobre el modo de recibir la Sagrada Comunión. No voy a insistir en ello, pues ya lo traté en escritos anteriores. Hoy quisiera considerar un aspecto importante y muy olvidado por la mayoría: el recogimiento, adoración, acción de gracias y petición que deberían seguir a la Sagrada Comunión cuando Cristo nos ha unido tan íntima y profundamente a Él por medio de la recepción de su Cuerpo hecha con fe, fervor y conciencia pura.

Recuerdo como hace unos años, era costumbre muy observada, después de comulgar, recogerse unos momentos de rodillas o sentados en oración con el Señor que se acababa de recibir, y también, después de la bendición final de la Misa, muchos fieles se quedaban prolongando la acción de gracias. Hoy, es frecuente ver en la mayoría de los templos como la casi totalidad de los fieles, después que el sacerdote ha dicho “podéis ir en paz", salen con tal celeridad como si se hubiera producido un incendio en el recinto.

Y, lamentablemente, esto no acontece sin que se resienta la vitalidad espiritual de muchos cristianos y los frutos mismos de la Sagrada Comunión.

Comulgar, recibir la Comunión, como indica el mismo concepto, implica una fuerte unión, adhesión personal, del creyente con Cristo. Adhesión que difícilmente se puede dar sin la necesaria dedicación temporal que requiere una relación interpersonal. Cristo acaba de entrar en nosotros, incluso físicamente, ¿como podríamos negligir el prestarle la debida atención y homenaje sin pecar de gran superficialidad e insensibilidad?

La presencia eucarística de Cristo en nosotros permanece mientras permanecen las especies. Podríamos calcular unos quince minutos. Grandes teólogos, incluso con criterios dispares como Galot y Rahner, no han desdeñado escribir artículos sobre este tema. Cuentan del gran Obispo San Carlos Borromeo que, molesto por el comportamiento de una señora que abandonaba el templo apenas acababa de comulgar, hizo escoltarla por la calle con dos managuillos proveidos de cirios encendidos en honor del Señor que era así transportado por aquella inconsciente custodia…

A un huesped, a un amigo querido que nos visita en nuestra casa, no dudamos en prodigarle tiempo y atenciones, ¿por qué se los regateamos a Jesucristo?

Dedicar un tiempo a Jesucristo en dulce coloquio con Él después de comulgar nos hará grande bien a nuestra vida cristiana y, no lo dudemos, será, para muchos motivo de edificación y crecimiento en la fe y vivencia de la Sagrada Eucaristía. A menudo, en el foro, abundan las lamentaciones y críticas a abusos deplorables. Está bien, pero no es suficiente. Hay que evangelizar con el apostolado del ejemplo. Ojalá que muchos, viéndonos celebrar la Santa Misa, comulgando con fervor, transfigurados en intensa adoración y acción de gracias, puedan llegar a redescubrir y gustar la importancia capital de recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión como Él merece. Invito nuevamente a los lectores a aportar el testimonio de su experiencia sobre este último aspecto tratado.