No hagan caso a las ONG

No pasa ni un sólo día sin que el sistema nos ametralle con sus monsergas estupefacientes. Son como pequeños pellizcos de Charo en medio de un marasmo nihilista de postmodernidad burocratizada. La mayor parte de las veces lo hace la televisión, esa magia negra que ha reemplazado el fuego de nuestros hogares por píxeles. Frente a ella uno se tumba y relaja para consumir artificio cultural como si fuese naturaleza. Lo analiza con maestría Agustín Laje en «La batalla cultural». Sin percatarnos, hemos entregado un enorme poder a nuestros amos. Desde hace más de 60 años hemos instalado clérigos en nuestros salones de manera sumisa y cándida. Ayatolás del pensamiento mainstream. Sumos sacerdotes de lo políticamente correcto. Creadores de la opinión pública. Ingenieros sociales. Medios de adoctrinamiento de masas que en manos de las élites plutocráticas, que diría el gran Juan Manuel de Prada, aprovechan con notable éxito la vulnerabilidad biológica de toda psique humana. Y es que me temo que nuestros cerebros no evolucionan al ritmo de nuestros inventos. Y el hogar se ha ido transformando poco a poco en algo más falso que la famosa caverna de Platón. Porque una vez libres de las cadenas, abrazar la pared de una caverna, aunque fuese la de la alegoría de Platón, entrañaba una cierta riqueza para los sentidos. Uno podía experimentar el tacto frío, la humedad, su irregularidad, la piedra afilada que se clava, la roca que se desprende desvelando vetas de un extraño mineral o la vida misteriosa que aletea guiada por sonar en forma de mamíferos voladores llenos de vocales. Por contra, en el hogar postmoderno al llegar a casa a uno sólo le recibe el ruido del televisor. O el sonido nihilista de una roomba sonámbula que choca con las paredes de pladur. O, peor aún, Alexa. ¿Cuántas horas de pantallas se vienen consumiendo por hogar desde hace décadas en España? ¿Y cuál habrá sido su impacto en la rápida mutación de nuestra sociedad?

En nuestra casa no tenemos tele. Ni está, ni se la espera. Tampoco se la echa en falta. Lo que sí que echamos en falta es una chimenea. Sobre todo en invierno. Pero todo se andará. Como hogar viene de hoguera, no hay hogar que se precie si en el salón no crepita y refulge el arjé del viejo Heráclito. Dicho arjé también decoraba el centro de la caverna de Platón. Algo de Julio Verne subyace en la alegoría del mentor de Aristóteles. El poder de la imagen nos hipnotiza, nos subyuga. Pero a pesar de no tener televisor el Leviatán es tan astuto que ha logrado eludir nuestra pobrezatelevisiva y a través de un gran amigo ha percutido mis meninges con el siguiente titular psicotropo: «Las ONG advierten: Tener hijos es un factor de riesgo para caer en la pobreza». El amigo que compartió conmigo el titular, padre de cinco niños, sabía que me iba a encender, es un provocateur. Y así ha sido, he pensado inmediatamente en los progenitores del autor que ha perpetrado dicho titular. Gracias a Dios, lo mejor ha venido después y es por esto que les escribo estas letras. El titular de mi amigo venía acompañado de un hermoso poema de su hermano, hoy sacerdote, D. José Luis de la Cuesta. Un poema paradójicamente de una gran riqueza a pesar de su humilde título: Pobreza.

GRACIAS, Pobreza,
¡me mantienes alejado
de tantas vulgaridades!

Gracias a ti
puedo no ir a Cerdeña,
ni a las islas griegas,
ni a la costa dálmata.

Sin ti, vete a saber
qué deportes absurdos
estaría practicando.
A qué chica habría invitado
a ese caro restaurante.

Gracias, Pobreza,
siempre me has recibido
con los brazos abiertos,
siempre has perdonado
que ocasionalmente ahorrara.

Gracias, Pobreza, porque
yo soy un camello,
pero tú ensanchas
el ojo de la aguja.

Barrunto que mi amigo sabe que al mal se le vence con sobreabundancia de bien. Hace unos meses el diario progresista El País propagó el siguiente titular neuroléptico maligno: «Hazte vegetariano, deja el coche y ten menos hijos si quieres luchar contra el cambio climático». ¿Qué quieren que les diga? Debemos ser caritativos y comprensivos. El cociente intelectual de sus lectores impone evitar cualquier atisbo de sutileza.

En su conferencia Agenda 2030 objetivos y amenazas organizada por ACDP el filósofo Higinio Marín deslizó la siguiente genialidad: «Yo he leído a la mayor parte de los autores de la filosofía occidental. En ninguno de los autores que han dado lugar a nuestro mundo hay una preocupación por la pobreza ni tan temprana ni tan extensa ni tan irrestricta como en los textos evangélicos y en los comentaristas de los textos evangélicos que son los padres de la Iglesia. En ningún otro sitio. En ningún otro autor. (…). Y además con una singularidad perdida. Y es que en la tradición cristiana la pobreza es a un tiempo un mal y una virtud. Con lo cual el pobre es al mismo tiempo alguien a quien hay que ayudar y es también alguien a quien en cierta medida hay que imitar. Semejante dignificación de la pobreza no existe en ninguna de las propuestas morales, incluso de las más elevadas, de nuestra tradición».

Parafraseando a un personaje de feliz memoria todos esos titulares obedecen a una conspiración globalista y neomalthusiana, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece. Todas estas paparruchas no deben desmoralizarnos. Al contrario, deben estimularnos, deben ser nuestra dosis diaria de radicalización para ser cada día más fieles a Jesucristo, verdaderos jedi frente a lo políticamente correcto. Lo punk hoy es casarse por la Iglesia Católica, uno con una para siempre y abiertos a la vida. Tengamos hijos, a poder ser muchos, y eduquémosles en la fe. Convirtámonos en la peor pesadilla de los progres, es la mejor manera de ayudarles.

Teófilo Hispano

3 comentarios

  
Ana
Genial! Enhorabuena por su escrito.
05/11/25 12:48 PM
  
María de África
El problema es la preparación y el criterio que tiene que tener una persona para ir desechando basura si tiene tele. A Higinio Marín le he visto muchas veces, lo mismo que a Mn. Jaime Mercant, y he analizado la basura con contundencia, de manera que las ONGs se han ido al garate y ya no las mantiene más que Soros y otros como él, pero la morralla entra de otra manera:
-Titulares falsos o con intención de escandalizar.
-Hipócritas que incitan al odio escribiendo contra él.
-Falsos católicos que enturbian las aguas.
Etc...
Los que somos viejos podemos analizar por lectura y experiencia, pero los jóvenes que no tengan ninguna de esas dos cosas y no sean muy despiertos por naturaleza están en peligro continuamente.
Precioso el poema.
05/11/25 4:45 PM
  
Claudio
Mucha de esa gente que dice que no se deben traer tantos hijos al mundo, resulta que tienen cuatro, cinco o más. Son unos hipócritas.
06/11/25 12:27 AM

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