Si el cura no es «otro Cristo», ¿por qué existe? Andrea Grillo ataca al Papa y al sacerdocio

Hay palabras que parecen técnicas pero que esconden batallas existenciales. «Alter Christus», otro Cristo, es una de ellas. La Iglesia llama así a los sacerdotes para expresar algo que supera la simple representación: cuando un cura consagra el pan y el vino en la Misa, cuando absuelve pecados en el confesionario, no está «actuando en nombre de Cristo» como un delegado actúa en nombre de su jefe. Está siendo instrumento de Cristo mismo, que obra a través de él. El sacerdote, en esos momentos, desaparece. Y aparece Cristo.
Pero esa comprensión, tan antigua como la Iglesia misma, continúa bajo asedio. Y el último ataque no viene de fuera, sino de dentro: Andrea Grillo, teólogo italiano considerado el ideólogo intelectual de Traditionis Custodes, cuyas ideas sobre la Misa tradicional fueron asumidas casi literalmente en el documento de 2021, acaba de publicar un artículo muy crítico contra el Papa León XIV. Su pecado: haber dicho a los sacerdotes de Madrid que su identidad consiste en «ser alter Christus».
Para Grillo, eso es intolerable. No porque sea falso, sino porque, según él, es «una invención del siglo XIX», un resabio de «clericalismo» que el Concilio Vaticano II habría superado. El problema es que, si uno lee con atención tanto el ataque de Grillo como la carta papal que critica, descubre algo inquietante: lo que está en juego no es una disputa académica sobre cuándo se acuñó una expresión latina. Es una pregunta existencial: ¿Qué es un sacerdote? ¿Y para qué existe?
La carta que incomodó: qué dijo realmente León XIV
Todo comenzó hace días, cuando el Papa León XIV envió una carta a los sacerdotes de la Archidiócesis de Madrid con motivo de su asamblea presbiteral, CONVIVIUM. No era un documento magisterial solemne, sino una de esas cartas pastorales que los Papas escriben a veces: cercana, pedagógica, llena de imágenes. Pero precisamente por eso, más reveladora.
León XIV comienza con un diagnóstico cultural que nadie podría tildar de «nostálgico». Habla de la secularización avanzada, de la polarización del discurso público, de cómo el lenguaje moral que durante siglos facilitó la transmisión del Evangelio se ha evaporado. «Las palabras ya no significan lo mismo», escribe. Y añade algo que suena casi a reto: «El Evangelio no se encuentra solo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que el primer anuncio no puede darse por supuesto».
Cualquier lector honesto reconocería ahí a un Papa consciente de los desafíos del presente. Pero entonces, en el párrafo siguiente, León XIV hace algo que parece contradecir ese realismo: en lugar de proponer «nuevos modelos pastorales» o «redefiniciones de la identidad sacerdotal», vuelve a lo de siempre. Y lo dice sin rodeos: «No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico, ser alter Christus».
Para muchos obispos y teólogos progresistas, esa frase fue como un manotazo tipo Bud Spencer. ¿Cómo puede el Papa diagnosticar lúcidamente los cambios culturales y luego proponer como solución… la teología del siglo XIX? ¿No es eso precisamente lo que el Vaticano II intentó superar?
Grillo pensó lo mismo. Y escribió.
El contraataque: Grillo acusa al Papa de traicionar a San Agustín
El artículo de Grillo, publicado en su blog personal, tiene la estructura de un ajusticiamiento académico. Empieza reconociendo que León XIV cita frecuentemente a San Agustín, el gran Doctor de la Iglesia del siglo V cuyo lema pastoral era: «Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo». Hasta ahí, todo bien.
Pero Grillo va más allá. Según él, Agustín nunca usó la expresión «alter Christus» para los sacerdotes, sino para los cristianos en general y los santos en particular. Es más: la aplicación exclusiva de ese término al clero sería una «invención tardo-moderna» que surge en el siglo XIX, se populariza con los Papas Pío X, Pío XI y Pío XII, y reaparece fugazmente con Juan Pablo II y Benedicto XVI. Una moda teológica, en suma, sin raíces antiguas.
La acusación es grave: León XIV estaría usando a Agustín como autoridad para defender una doctrina que Agustín jamás enseñó. Peor aún: estaría traicionando el espíritu del Concilio Vaticano II, que, siempre según Grillo, habría recuperado la visión agustiniana original de una Iglesia donde todos los bautizados son igualmente «alter Christus», sin diferencias «sacralizadas» entre clero y laicado.
Para reforzar su argumento, Grillo cita un pasaje de La Ciudad de Dios (XX,10) donde Agustín comenta el Apocalipsis: «Consideriamo sacerdoti tutti i fedeli perché sono membra dell’unico Sacerdote» (consideramos sacerdotes a todos los fieles porque son miembros del único Sacerdote). La conclusión de Grillo es demoledora: «Una iglesia en la que ‘alter Christus‘ se refiere no a los bautizados o a los santos, sino a los ministros ordenados, es una Iglesia pensada como ’sociedad desigual’ y ’sociedad perfecta’, según la tentación del catolicismo entre 1870 y 1950. Ni siquiera para los presbíteros madrileños sería un gran resultado volver a los tonos y estilos de aquellos tiempos».
Dicho de otro modo: León XIV sería un Papa retrógrado, atrapado en categorías eclesiológicas superadas hace setenta años.
Lo que Grillo no citó: el silencio más revelador
Pero hay un problema. Y es que Grillo, tan meticuloso en demostrar que «alter Christus» no aparece literalmente en Agustín, olvida hacer algo fundamental: tampoco cita el resto de la carta papal.
Porque León XIV no se limita a usar la expresión «alter Christus» y marcharse. La rodea de una catequesis completa, estructurada en torno a una metáfora: la catedral de Madrid. Y en esa metáfora, que Grillo menciona de pasada como «forzada y reductiva» pero que no transcribe, está la clave de todo.
El Papa invita a los sacerdotes a contemplar su catedral elemento por elemento. La fachada, dice, «indica, sugiere, invita», pero no se exhibe. Así el sacerdote: visible pero no protagonista, siempre señalando hacia Dios. El umbral marca una separación: «No conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado». Y ahí León XIV fundamenta el celibato, la pobreza y la obediencia: «Estando en el mundo, pero sin ser del mundo». Las columnas representan a los Apóstoles, fundamento de la Tradición que el sacerdote no puede modificar. El confesionario y la pila bautismal son lugares «discretos pero fundamentales» donde la gracia regenera al Pueblo de Dios. Y finalmente, el altar: «Por vuestras manos se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas».
Cada imagen es una lección de teología sacramental. Y cada lección contradice frontalmente la tesis de Grillo.
Veamos solo tres ejemplos:
Primero: León XIV escribe que en los sacramentos «la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal». Esa frase no es poética: es doctrinaria. Significa que la eficacia del ministerio no depende del carisma personal del cura, ni de su capacidad de «animar» a la comunidad, ni de su formación académica. Depende del sacramento. De lo que los teólogos llaman ex opere operato: la gracia obra por el hecho mismo de que el sacramento se celebra válidamente, independientemente de la santidad del ministro.
Pero si Grillo tiene razón y el sacerdote es solo «un cristiano con función organizativa», entonces la gracia ya no viene del sacramento, sino de la «autenticidad» de quien lo celebra o de la «participación activa» de la asamblea. Y ahí se abre una caja de Pandora: si la eficacia depende del ministro y no del sacramento, ¿por qué las mujeres no pueden celebrar la Eucaristía? ¿Por qué un pastor protestante bien formado no podría hacerlo también?
Segundo: El Papa dice que el sacerdote debe permanecer «anclado en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, custodiado por el Magisterio». No se trata de una recomendación piadosa: es un recordatorio de que el sacerdote no inventa su doctrina, no puede adaptarla a las modas culturales, no es dueño del depósito de la fe. Es un transmisor. Un cauce, como dice León XIV en otra parte de la carta: «Vosotros no sois la fuente, sino el cauce».
Grillo, en cambio, propone implícitamente lo contrario. Al negar que el sacerdote tenga una configuración ontológica especial con Cristo, reduce su autoridad a la que la comunidad quiera reconocerle. Es el modelo protestante: el pastor es elegido por la congregación y puede ser removido por ella. No tiene un «carácter indeleble» que lo marque de por vida. Es un líder carismático, no un mediador sacramental.
Tercero: León XIV usa una expresión que Grillo probablemente detesta: «configurados con Cristo». No dice «que representan a Cristo» o «que actúan en nombre de Cristo». Dice «configurados». Es un término técnico tomado de Santo Tomás de Aquino, que en la Summa Theologiae (III, q.63, a.3) explica que el sacramento del Orden imprime un character, un sello espiritual, que «configura» al sacerdote con Cristo Sacerdote. No es una metáfora. Es ontología sacramental: algo cambia en el ser del ordenado, algo que no desaparece nunca, ni siquiera si se vuelve hereje o apóstata.
Grillo no puede rebatir esto sin rechazar abiertamente a Santo Tomás, al Concilio de Trento y al Catecismo actual. Así que prefiere no mencionarlo. Cita la primera parte diagnóstica de la carta papal (que le conviene), ataca el párrafo del «alter Christus» (que le molesta) y silencia todo lo demás.
Hay no solo desviación doctrinal, también mucha deshonestidad.
La trampa dialéctica: o todo o nada
Pero lo más inquietante del artículo de Grillo no es lo que dice, sino lo que no dice. Porque su argumento, llevado a sus últimas consecuencias, destruye el edificio entero del sacerdocio católico. Y él lo sabe.
Pensemos en la lógica:
Si todos los bautizados somos igualmente «alter Christus» (como Grillo sostiene citando parcialmente a Agustín), entonces el sacerdocio ministerial es solo una función organizativa, no una participación especial en el sacerdocio de Cristo. Pero de esa premisa se siguen consecuencias inevitables:
- ¿Por qué el celibato obligatorio? Si el sacerdote no es ontológicamente diferente del laico, ¿por qué imponerle una renuncia que no se exige a los demás cristianos? Un gerente de pastoral puede casarse. Un animador de comunidad también.
- ¿Por qué solo varones? Si no hay diferencia sustancial entre el sacerdocio común (bautismal) y el ministerial, ¿qué razón teológica hay para excluir a las mujeres? El argumento tradicional, que el sacerdote actúa in persona Christi capitis, como cabeza, lo que exige la «iconicidad» masculina, solo funciona si hay una configuración especial con Cristo. Si no la hay, es puro machismo.
- ¿Por qué la ordenación es irreversible? Si el sacerdocio es una función, debería poder renunciarse a ella como se renuncia a un cargo. Pero la Iglesia enseña que el sacramento imprime un «carácter indeleble»: una vez sacerdote, siempre sacerdote, aunque dejes el ministerio o te cases. Solo tiene sentido si hay un cambio ontológico, no meramente funcional.
- ¿Por qué siete años de formación en el seminario? Si el sacerdote es solo un «cristiano con tarea pastoral», un curso de posgrado en teología y gestión parroquial debería bastar. ¿Para qué el estudio de latín, filosofía escolástica, espiritualidad sacerdotal, si al final es solo un «animador»?
Grillo nunca menciona estas consecuencias. Pero su sistema las exige. Es como alguien que quita una piedra angular de un edificio y luego se sorprende cuando el techo se derrumba.
San Agustín contra Grillo: quién tergiversa realmente al Obispo de Hipona
Hay una ironía amarga en todo esto: Grillo acusa a León XIV de manipular a San Agustín para justificar una doctrina moderna. Pero es Grillo quien hace exactamente eso.
Es cierto que Agustín dijo «con vosotros cristiano, para vosotros obispo» en uno de sus sermones más famosos (Sermo 340,1). Es cierto que enfatizó la dignidad del bautismo y el sacerdocio común de todos los fieles. Es cierto que en La Ciudad de Dios (XX,10) habla del sacerdocio escatológico universal.
Pero Grillo omite el resto. Omite que el mismo Agustín, en Contra la Epístola de Parmeniano (II, 13,28), enseñó que el sacramento del Orden imprime un carácter que permanece incluso en el hereje. Omite que en De Baptismo (III,16) distinguió entre el «carácter» (permanente) y la «gracia» (que puede perderse). Omite que Agustín defendió la validez objetiva de los sacramentos contra los donatistas precisamente porque, aunque el ministro fuera indigno, era Cristo quien actuaba a través de él.
Y sobre todo, omite el contexto del pasaje que cita. Cuando Agustín habla del sacerdocio universal en el Apocalipsis, está comentando la visión escatológica del Reino de Dios consumado, donde todos los redimidos participarán del sacerdocio de Cristo en la gloria. No está hablando de la estructura ministerial de la Iglesia peregrina en la tierra, donde Cristo mismo instituyó apóstoles con autoridad especial para «hacer esto en memoria mía» (Lc 22,19).
La diferencia es crucial. Una cosa es decir que todos los cristianos participamos del sacerdocio de Cristo por el bautismo (verdad de fe, enseñada por San Pedro en 1 Pe 2,9). Otra muy distinta es decir que esa participación borra la diferencia esencial entre el sacerdocio común y el ministerial.
El Concilio Vaticano II, que Grillo invoca constantemente, zanjó el tema en Lumen Gentium 10 con una frase que no admite tergiversación: «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial difieren esencialmente, y no solo en grado» (essentia et non gradu tantum differunt).
«Esencialmente» no significa «funcionalmente». Significa que hay una diferencia de naturaleza, no solo de tarea. Y esa diferencia, según el mismo Concilio, se basa en que los sacerdotes ministeriales están «configurados con Cristo Sacerdote» por un «carácter especial» que imprime el sacramento del Orden (Presbyterorum Ordinis, 2).
¿Dónde está, entonces, la ruptura con la tradición que Grillo denuncia? ¿Dónde está la novedad del siglo XIX? Lo único que León XIV hace es repetir, con palabras pastorales, lo que Trento definió en el siglo XVI, el Vaticano II reafirmó en el XX, y el Catecismo actual enseña en el XXI… y el propio San Agustín defendía. El Magisterio no inventa, enseña.
El proyecto de Grillo: hacia dónde lleva realmente
Quizá algún lector piense que esto es solo una discusión entre teólogos, irrelevante para la vida de fe ordinaria. Pero no lo es. Porque detrás de cada definición doctrinal hay una forma de vivir la Iglesia. Y la Iglesia que propone Grillo, aunque él nunca lo diga abiertamente, es radicalmente distinta de la que hemos conocido durante dos mil años y así nos es entregada hasta final.
Si el sacerdote no es «alter Christus» en sentido especial, sino solo un bautizado con función pastoral, entonces:
La Misa deja de ser un sacrificio ofrecido por el sacerdote in persona Christi y se convierte en un «memorial comunitario» presidido por un animador. De hecho, algunos liturgistas progresistas ya evitan la palabra «sacrificio» y prefieren hablar solo de «banquete» o «asamblea celebrante».
La Confesión pierde su carácter judicial-sacramental. Si el sacerdote no tiene el poder de las llaves dado por Cristo (potestas ordinis), entonces la absolución no es un acto de autoridad divina, sino un gesto de «acompañamiento misericordioso». Y de ahí a admitir la comunión a divorciados vueltos a casar sin confesión previa (como propone Grillo en su lectura de Amoris Laetitia) hay solo un paso. Algunos llegan a decir que no se puede negar la absolución (a quienes se los retengáis…) y en un arrebato los califican de delincutentes.
El celibato se vuelve incomprensible. Ya no es la renuncia que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Cristo (como dice León XIV: «estando en el mundo, pero sin ser del mundo»), sino una disciplina anacrónica, un resabio medieval que puede abolirse sin problema.
El sacerdocio femenino se vuelve inevitable. Si la ordenación no imprime un carácter que configura especialmente con Cristo, si no hay una diferencia ontológica sino solo funcional, ¿qué impide ordenar mujeres? El argumento de la «iconicidad» (el sacerdote como imagen del Esposo que es Cristo) solo funciona si el sacerdote es realmente «otro Cristo», no un simple coordinador elegido por la comunidad.
La «respuesta» silenciosa de León XIV
Lo extraordinario de la carta papal a los sacerdotes de Madrid es que León XIV no está polemizando con nadie. Simplemente enseña. No menciona a Grillo, ni a los teólogos progresistas, ni a las controversias postconciliares. Escribe una carta pastoral, cercana, pedagógica.
Pero precisamente por eso, Grillo tuvo que atacarla. Sabe que es nuclear, importantísimo. Y además cada frase del Papa contradice el proyecto eclesiológico que teólogos como Grillo llevan décadas construyendo.
Donde Grillo habla de «función pastoral», León XIV habla de «configuración con Cristo». Donde Grillo enfatiza la igualdad bautismal, el Papa distingue la vocación específica del sacerdote. Donde Grillo ve «clericalismo» en la diferencia, León XIV ve diseño divino.
El umbral que separa lo sagrado de lo profano refuta la horizontalización de la Iglesia. Las columnas apostólicas refutan el historicismo que cree que la doctrina puede cambiar según las épocas. El altar donde se actualiza el sacrificio de Cristo refuta la reducción de la Misa a un memorial simbólico. Y el sagrario, donde Cristo permanece «confiado de nuevo al cuidado» del sacerdote, refuta la idea de que el ministro es solo un delegado de la asamblea.
Es una lección magistral de cómo enseñar doctrina profunda sin sonar académico. Y es, también, una demostración de que la mejor respuesta a los ataques no siempre es la refutación directa, sino la reafirmación serena de la verdad.
Por qué importa: lo que está en juego para cada católico
Quizá alguien se pregunte: «¿Y a mí qué me importa si Grillo y el Papa discuten sobre una expresión latina?».
La respuesta es simple: te importa porque define qué encuentras cuando entras en tu parroquia el domingo.
Si Grillo tiene razón, lo que encuentras es una comunidad que se reúne para celebrar su fe, presidida por un coordinador que organiza la liturgia y predica. La gracia viene de la fe de la asamblea, del compromiso de los participantes, de la «autenticidad» del gesto comunitario. El cura es importante, pero no esencial. Podría ser reemplazado mañana por otro, o por una mujer, o por un equipo de laicos bien formados.
Si León XIV tiene razón, lo que encuentras es el Calvario hecho presente. El sacerdote desaparece, y en su lugar actúa Cristo mismo, que renueva su sacrificio redentor. La gracia no viene de la fe de la asamblea (aunque esa fe es necesaria para recibirla fructuosamente), sino del sacramento mismo. Y por eso el sacerdote, aunque sea pecador, aunque esté cansado, aunque predique mal, puede hacer bajar a Dios del cielo al altar. Porque no actúa en su nombre. Actúa en el de Cristo.
La primera opción es más «democrática», más «igualitaria», más «acorde con nuestro tiempo». Pero tiene un problema: si la eficacia del sacramento depende de nosotros, entonces estamos perdidos. Porque nosotros somos débiles, inconstantes, tibios. Nuestra fe flaquea. Nuestra atención se dispersa. Un domingo estamos fervorosos, al siguiente distraídos.
La segunda opción es más «jerárquica», más «vertical», más «antigua». Pero tiene una ventaja: si la eficacia del sacramento depende de Cristo, entonces estamos salvados. Porque Cristo es fiel aunque nosotros no lo seamos. Porque la gracia no es un sentimiento que yo produzco, sino un don que Dios da.
Y esa es, en el fondo, la diferencia entre una Iglesia humana y una Iglesia divina. Entre una comunidad que se organiza para sentirse bien y un sacramento que nos salva aunque no lo merezcamos.
El combate que define el futuro
El enfrentamiento entre Andrea Grillo y el Papa León XIV no es una anécdota. Es un síntoma de una batalla que lleva medio siglo librándose y que define el futuro del catolicismo, con las formulaciones modernas. Aunque recoge la modernidad luterana que tampoco es nueva.
De un lado, los que creen que el Vaticano II fue una ruptura necesaria con el pasado, que la Iglesia debe adaptarse al espíritu de los tiempos, que el sacerdocio debe «democratizarse» y que la diferencia entre clero y laicado es un resabio de épocas menos ilustradas.
Del otro, los que creen que el Vaticano II fue una profundización de la Tradición, que la Iglesia debe evangelizar la cultura y no dejarse evangelizar por ella, que el sacerdocio es un don de Cristo insustituible y que la diferencia entre el sacerdocio común y el ministerial no es invención humana sino institución divina.
León XIV ha elegido su bando. No con proclamas estridentes, no con condenas explícitas, sino con una carta pastoral que parece una meditación espiritual pero que es, en realidad, un tratado de eclesiología. Grillo también ha elegido el suyo. No proponiendo abiertamente el sacerdocio femenino o la abolición del celibato, sino erosionando los fundamentos teológicos que lo sostienen, confiando en que otros sacarán las conclusiones que él no formula.
Y cada católico, lo sepa o no, está eligiendo también. Cada vez que asiste a Misa, cada vez que se confiesa, cada vez que mira a su párroco, está respondiendo implícitamente a la pregunta: ¿Es este hombre «otro Cristo», o es solo un cristiano con función pastoral?
La respuesta que demos definirá qué Iglesia heredarán nuestros hijos y lo más importante, lo que te encontrarás tú el día que provoque esa herencia.
Me sumo al agradecimiento del otro día de José Francisco Serrano por la ocasión que facilitó que el Papa escribiese esa carta.
Armando Rubio
45 comentarios
Muchas gracias por publicar este artículo.
Pero no habría que oponer a Grillo al tradicionalismo litúrgico, que es otra herejía, que forma parte de la herejía lefebvriana, sino a la verdadera reforma litúrgica de Pablo VI, que es la verdadera tradición. Tal reforma litúrgica incluye la comunión en la boca y de rodillas como única opción obligatoria, la obligación de la sotana, la practica de la confesión frecuente, la prohibición de la cremación de cadáveres y la prohibición del divorcio express y de las nulidades matrimoniales por causas psicológicas. Esta seria la verdadera reforma litúrgica y ante esto, el tal Grillo, hereje donde los haya, aparece como un energúmeno, digno de lastima. En el movimiento modernista, la nueva teologia y el personalismo, no podía faltar un tipo como Grillo. Que Dios se apiade de él.
Trespes
16-2-26
Llevamos décadas que falsos católicos marcan el paso a la Iglesia. Así, nunca acabará la crisis.
Trespes: no te inventes herejías litúrgicas donde no las hay. Lee a B XVI cuando dice "lo que era sagrado para nuestros antepasados, sigue siendo sagrado para nosotros".
Siempre ha habido en la Iglesia quien ha discrepado, no ha querido la fe en su totalidad, etc. Pero antes se iban, fundaban una secta, una Iglesia; éstos quieren quedarse , incordiando.
Y ante eso ¿qué hace cualquier diligente padre de familia? Le amonesta, le corrige y si no responde, en un tiempo prudencial o inmediato (depende de qué hace y qué dice en casa) le echa de la casa, rogando por él. Eso sí, siempre puede volver si quiere, pidiendo perdón y haciendo reparación del mal causado. El mal padre deja que estropee la casa, cree desasosiego en los hijos fieles y dilapide la herencia , no ya la suya sino la de los otros.
Cualquier discurso, grande, pequeño, o mediano; blanco, rojo, o amarillo, que va precedido por ira, es un inminente ataque del Enemigo. Recomiendo a Grillo, al cual he conocido en el post, que aprovechando el tiempo litúrgico de Cuaresma que vamos a comenzar, intensifique el combate espiritual, le recomiendo especialmente el de San Francisco de Sales.
Entonces según el ridículo criterio de este personaje, ¿qué debe ser un sacerdote? un animador, un charlatán, u dirigente de una asamblea a lo protestante. Que se largue a alguna igkesia protestante de esas que tienen tanto éxito como fieles y que se quede allí contento con sus obispesas, sacerdotisas lesbianas más feas que Picio y sus debates teológicos desquiciados que llevan casi al suicidio.
Es la novedad del Vaticano II, la llamada universal a la santidad, que la iglesia no son solo los curas. los obispos y los religiosos en general. No entiendo qué tendrá que ver la gimnasia con la magnesia. Me refiero a Grillo por supuesto. Claro que no queremos volver al clericalismo, pero tampoco podemos negar la realidad ontológica del sacramento del orden, que imprime carácter indeleble en el alma como el bautismo y la confirmación. Los sacerdotes, incluso los renegados, serán reconocibles en el mundo futuro, para su gloria, en el Cielo, y para su imayour infamia en el infierno.
Este es el clericalismo que hay que combatir con urgencia: el de los simples laicos usurpando funciones clericales en tantas parroquias como son las homilías laicas y las innecesarias liturgias de la palabra para sustituir a la misa del domingo y no digamos ya la proliferación de los ministros extraordinarios de la comunión, que dan la comunión incluso habiendo cuatro gatos en la misa. En muchas parroquias se han formado verdaderos sanedrines de laicos que tienen acojonados a muchos párrocos. Vergüenza!
------
Arreglado el enlace
En el artículo IC en seguida se viene arriba, y manifiesta que se trata de un combate entre los que pertencen (de verdad) a la Iglesia y los que no y la pretenden corromper, es decir, entre el Papa y el grillao este.
Ojala IC tenga razón y acierte, porque significaría que el Papa es bueno y catolico y que trabaja realmente por el bien de la Iglesia y no por su protestantización.
Yo, que reconozco que no tengo la cantidad de información de IC, no tengo claro que el PAPA realmente no sea un Bergoglio con mejor sastre con frase acuñada de Charles Murr. E insisto, ojala IC tenga razón y mis incertidumbres sean injustificadas.
O sea que según Grillo Santo Tomás es posterior a 1870.
Realmente infumable.
Saludos cordiales.
Ya que vemos acciones horribles durante y después de los actos sagrados.
Por ejemplo, he escuchado que la homilía NO es Cristo quien habla. Ustedes y yo hemos oído cosas en ellas fuera inclusive de la doctrina tradicional de la Iglesia.
Gracias y la paz de Jesús y mamá María corredentora y mediadora de todas las gracias.
(SI lo desea podría enviarme su comentario al correo electrónico que esta registradoen si base de datos. Gracias.)
Sobre lo de Grillo, es cizaña. Leamos los signos y preparemos nuestra alma para el Fin de los Tiempos, que está muy cerca. Marana tha.
Recordemos el principio: gratia non tollit naturam (la gracia no destruye la naturaleza). El sacerdote actúa in persona Christi de forma garantizada en los sacramentos. Pero en su vida diaria y en la homilía, sigue siendo un hombre libre.
Si no usa su prudencia y no se ejercita en las virtudes, la gracia no actúa "en automático". El Orden no lo convierte en un robot impecable; la santidad personal hay que sudarla, por muy indeleble que sea el carácter.
En estos últimos años, abundan los teólogos y obispos que, en vez de mostrar y enseñar las verdades conocidas sobre Dios, se dedican a tergiversar impunemente hasta lo más sagrado, aprovechándose del relativismo y la indolencia de quienes tienen el deber de denunciarlos y censurarlos, para evitar que sigan escandalizando a propios y extraños.
Los más ridículos, los jesuitas, por doble partida, porque no solo son sacerdotes sino religiosos. Y ahora se te aparecen vestidos como ejecutivos 'yuppies' de los 80 con chaqueta y corbata y gominola en el poco pelo. Unos auténticos adefesios. Además, no engañan a nadie, porque es abrir el pico y se les reconoce a kilómetros con esas voces engoladas y ese lenguaje años 70 que ha envejecido muy mal.
No digo yo que vuelvan las tocas de las hijas de la Caridad, el paradigma de la vanidad clerical femenina, pero una sotana como antaño les ahorraría bastante dinero y quizá recuperarían un poco del respeto a sí mismos y el sentido de la dignidad de sus vidas.
Es SANTISIMO lo que llevan entre manos, pero muchos de ellos están lejos de permitir que esa SANTIDAD los transforme.
Esta ea la grandeza de nuestra fe,es Cristo el au lo sostiene todo
Muchas gracias por presentarnos, argumentada, la controversia a ese Grillo que necesita las cálidas noches para ser oído.
En cuanto a lo que afirma el señor "trespes", con todo respeto, es un disparate: no hay ninguna herejía lefevriana; y pensar que la tradición pasa exclusivamente por Paulo VI es algo que no se sostiene. En todo caso, Paulo VI continúa la tradición; por tanto, todo lo que le antecedió (¡siglos!) sigue vigente y con pleno valor como expresamente afirma Benedicto XVI en "Summorum Pontificum".
El texto latino también es claro: “Non utique de solis episcopis et presbyteris dictum est, qui proprie iam vocantur in Ecclesia sacerdotes; sed sicut omnes christos dicimus propter mysticum chrisma, sic omnes sacerdotes, quoniam membra sunt unius sacerdotis”.
Está muy clara la distinción entre el sacerdocio ministerial (que es el sacerdocio en sentido propio) y el sacerdocio común de los bautizados.
Creo que el señor Mario Caponnetto no entendió bien al comentarista Prestes. Es compañero mío y sé bien lo que quiso decir. Por supuesto que es plenamente aceptable, eso que usted dice: “En todo caso, Paulo VI continúa la tradición; por tanto, todo lo que le antecedió (¡siglos!) sigue vigente y con pleno valor”.
En cuanto a la herejia lefebvriana habria mucho que decir: Si no en sentido pleno, al menos en parte, en el lefebvrianismo hay concomitancias con el galicanismo, los viejo- catolicos, el bayanismo, etc y sobre todo con su concepcion del papado tal como la pronunció el Concilio Vaticano I. Que usted no lo acepte me parece comprensible puesto que usted comulga con el lefebvrismo. Nosotros no juzgamos a nadie en particular por serlo, puesto que el tema es complejo y solo Dios conoce a fondo el alma de cada uno. Pero le voy a decir algo que sí le va a molestar y que no me va aceptar: Cuando Pablo VI habló en el año 1972 de que por una rendija se habia introducido Satanas en la Iglesia, se referia a los lefebvrianos, pues estaba muy reciente la fundacion de Econe, alrededor del año 70, con su pertinaz desobediencia. Pablo VI ya habia criticado en los años sesenta a los modernistas con la “Eclesiam suam” en pleno Concilio y con la reforma del “Catecismo Holandes”. Ahora le tocaba a los tradicionalistas.
Otro de los errores de los tradicionalistas son la interpretacion de Pablo VI como modernista y sus supuestas reformas calamitosas. No lo vieron así los mas eminentes prelados del momento, tan respetados por los mismos tradicionalistas, como el Cardenal Siri, el Cardenal Mario Luigi Ciappi (discipulo de Ramirez) teologo de la casa pontificia de cinco papas, ni Ottaviani, obedientes a Pablo VI en todo. Pablo VI tambien fue intimo amigo de Corcovani, el principal responsable del Santo oficio en la primera década del gobierno de Pio XII, gran debelador del modernismo y de la nueva teologia, especialmente de su hermano de Orden, el dominico Chenu. Todo esto desdice el supuesto modernismo de tan gran Papa.
La cantidad de disparates de los lefebvrisnos sobre Pablo VI son incontables, especialmente su supuesta oposicion a la llamada Misa tradicional de San Pio V. Pablo VI fue siempre un admirador del Concilio de Trento, lo mismo que Juan XXIII, y dicha Misa nunca fue abrogada, siempre fue legitima su práctica en privado y en retiros espirituales. Pero públicamente era lógico que el “Ordo Missae” de 1969, por cuestiones prácticas tuviera prioridad en las parroquias, porque en la Iglesia debe haber un orden y que en este caso se hacía “ad experimentum” con la posibilidad de reformarla de nuevo, en un futuro si hubiera razones para ello. Pero la cosa es que esta Misa nunca se ha aplicado correctamente y todo quedó en un puro fracaso larguísimo de explicar, en parte por el galimatias en que metieron los lefebvrianos a la Iglesia. Ya para terminar, otro gran error de Lefebvre fue creerse indispensable para el futuro de la Iglesia. No supo dejarse llevar por la Divina Providencia y la infinita paciencia de Dios que todo lo sabe y a quien nada se le escapa, cuando en realidad lo que estaba haciendo es crear una Iglesia paralela. Gravisimo error que solo tiene un nombre, un cisma con todas sus consecuencias que hoy vemos de nuevo.
Nada más, he procurado ser lo mas breve posible, si en algo le he ofendido o molestado, le ruego me perdone. Laus Deo.
Anonimo Ap
17-2- 2026
Estimado señor: Gracias por su respuesta. Ante todo, se impone una aclaración: yo no comulgo con los lefevrianos; nunca pertenecí a la FSSPX; más aún, en ocasiones he sido blanco de duros ataques de parte de algunos sectores “lefevristas”. De hecho, coincido en buena medida con las críticas que usted formula en su texto. Solo que, en honor a la verdad objetiva, entiendo que no puede hablarse de una “herejía lefevriana” ya que no estamos en presencia de la negación de uno o más dogmas. Algunos ilustres teólogos y obispos, insospechados de lefevrismo, como Monseñor Schneider, avalan esta apreciación. El modernismo, en cambio, sí es una herejía, condenada expresamente por el Magisterio: San Pío X no solo lo calificó de herejía sino de “colector de todas las herejías”. Por eso no pueden ponerse en simetría, como lo hace su colega Trespes, los desvaríos del señor Grillo y el lefevrismo. Son cosas distintas.
Pero yendo al texto de su colega, advierta usted que su juicio no se limita a los seguidores de Monseñor Lefevre. Trascribo el párrafo: “Pero no habría que oponer a Grillo al tradicionalismo litúrgico, que es otra herejía, que forma parte de la herejía lefebvriana, sino a la verdadera reforma litúrgica de Pablo VI, que es la verdadera tradición”. Tal como está redactado, es claro que para su colega lo que él llama “tradicionalismo litúrgico” es una herejía de la que forma parte el lefevrismo. Esto es inadmisible ya que defender la liturgia anterior a la reforma conciliar, aceptando a la vez la plena validez de dicha reforma, no lo hace a uno un hereje.
Ahora si su colega quiso decir otra cosa sería bueno que lo aclare.
Gracias, nuevamente. Una santa cuaresma.
Muchas veces, después de la sagrada comunión, se me ocurre dar gracias a Dios por el gran don del sacerdocio. Cristo ascendió al Cielo, pero, paradójicamente, se quedó con nosotros a través del sacerdote, cauce de su gracia y educador en la fe y la moral ( esto no quita que algunos tricionen su alta misión).
Dejar un comentario




