Introducción a la Sagrada Escritura. Fundamentos teológicos para una comprensión católica de la Biblia

La Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano ofrece cursos católicos on line.

En esta ocasión presentamos el curso «Introducción a la Sagrada Escritura». Doce clases grabadas por el P. Gabriel Calvo Zarraute, que siguen su manual «Introducción a la Sagrada Escritura». Se publicará una cada semana desde el jueves 15 de octubre de 2026. Entrevistamos al profesor que imparte el curso, el P. Gabriel Calvo Zarraute.

¿Por qué han decidido en la Escuela Melchor Cano impartir un curso virtual titulado «Introducción a la Sagrada Escritura»?

Por una razón muy sencilla: porque nos lo han pedido insistentemente. Un número creciente de seguidores de Tekton, tanto fieles como sacerdotes, llevaban tiempo reclamándonos una formación bíblica seria —tradicional y sistemática—, y la Escuela Melchor Cano no podía desatender esa necesidad. Además, el material ya existía. Entre 2014 y 2018 impartí este curso en Getafe a los alumnos universitarios de Magisterio. En el verano de 2014 recopilé, sinteticé y ordené los materiales, posteriormente los fui ajustando y puliendo curso a curso; después quedaron guardados en un cajón hasta el verano de 2026 cuando los retomé para darles la forma definitiva del manual.

Por otra parte, como dijo Gaston Levis en Maximes et réflexions, «nobleza obliga». Nuestra Escuela lleva el nombre de Melchor Cano, discípulo de Francisco de Vitoria y gran teólogo tomista (imperial) del Concilio de Trento, quien en su valiosa obra De locis theologicis, coloca la Sagrada Escritura como el primero de los lugares teológicos (fuentes), y a continuación las tradiciones apostólicas. Una escuela que lleva su nombre no puede dejar la Biblia para el final. Pero también hay también un motivo de orden. Este curso es la puerta y no la casa entera. Después vendrán otros cursos sucesivos sobre cada parte de la Biblia, al igual que el resto de las asignaturas que se imparten en un seminario: el Pentateuco, los libros históricos, proféticos y sapienciales, los sinópticos y los Hechos, el corpus joánico y el corpus paulino. Pero no se puede empezar la casa por el tejado. Y que nadie deje de matricularse por dinero: quien tenga verdadero interés y no pueda pagar, que se ponga en contacto con la Escuela.

¿Por qué es necesario tener unos conocimientos previos para poder leer con fruto la Sagrada Escritura?

Ningún libro antiguo se entiende sin una guía de lectura y unos conocimientos previos, y la Biblia menos que ninguno. Quien hoy comience a leer una edición sin notas de la Ilíada o de la Odisea se va a enterar de muy poco, siendo muy probable que incluso lo poco que entienda sea incorrecto. Lo mismo le pasará con la Eneida de Virgilio, la Anábasis de Jenofonte o las Tragedias de Sófocles o Eurípides. Incluso hasta la lectura el Don Quijote de la Mancha, que es nuestro y está en nuestra lengua, necesita de una introducción y una serie de notas para su comprensión, porque nos separan de Cervantes cuatro largos siglos. Si eso ocurre con obras humanas, cuánto más con la Sagrada Escritura. Las dificultades son de dos órdenes.

Unas son humanas: la Biblia está escrita en unas lenguas antiguas, en unos tiempos y lugares lejanos, por unos hombres con una cultura y un modo de pensar muy distintos de los nuestros. Otras son sobrenaturales: la Biblia contiene verdades de fe que superan la razón humana. El propio Nuevo Testamento lo enseña. San Marcos interrumpe su relato para explicar a sus lectores de Roma, que venían de la gentilidad, por qué se escandalizaban los fariseos de que los discípulos comieran sin lavarse las manos (cf. Mc 7). Y el eunuco etíope, leyendo a Isaías, le responde a Felipe: «¿Cómo voy a entenderlo si nadie me guía?» (Hch 8,31). San Pedro ya avisaba de que en las cartas de san Pablo hay cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los inconstantes tergiversan para su propia perdición (cf. 2 Pe 3,16). La Biblia es un libro demasiado importante —la Palabra de Dios—como para leerlo «a pelo» como un simple libro de historia, un tratado de espiritualidad o una novela de Julio Verne o Agatha Christie.

¿En qué errores podemos caer si no tenemos resueltas las cuestiones más básicas?

En dos errores de signo contrario, que en el fondo nacen de la misma raíz: separar la Escritura de la Iglesia, que es precisamente lo que hicieron los protestantes.

El primero es el fundamentalismo. Nace del protestantismo y su absurdo principio de la sola Scriptura, con la consiguiente separación entre Biblia y Tradición. Concibiendo la inspiración como un dictado palabra por palabra (al igual que el Corán en el islam), sin prestar atención a los géneros literarios ni a los modos humanos de hablar, y muchas veces convierte en información histórica lo que no pretendía serlo. Es decir, la Biblia es historia, pero historia de salvación, en el sentido de que evoca el pasado como fue vivido y conforme al sentido que tuvo para sus protagonistas en orden a la salvación del hombre. No se trata de la historia científica que pretendían los grandes historiadores griegos como Heródoto (Historias), considerado el «padre de la historia» al narrar las Guerras Médicas, o Tucídides (Historia de la Guerra del Peloponeso). Lo mismo puede decirse en el ámbito romano con Suetonio (Vida de los doce césares), Tito Livio (Ab urbe condita) o Quinto Curcio (Historia de Alejandro Magno). Pongamos un ejemplo. Con los limitados conocimientos de que disponían los hombres de hace varios milenios, la Biblia clasifica a la liebre entre los rumiantes. Entonces, el fundamentalista se ve obligado a defenderlo como zoología, mientras que el incrédulo se ríe de ello. Ya lo dijo san Agustín: el Señor no prometió el Espíritu Santo para enseñarnos el curso del sol y de la luna; quería hacer cristianos, no matemáticos.

El segundo es el racionalismo, que se traviste de ciencia. Es la exégesis que, en nombre de una supuesta neutralidad del método histórico-crítico, prescinde del carácter inspirado del texto y excluye por sistema el elemento sobrenatural. Niega los milagros, la concepción virginal y la voluntad de Cristo de morir crucificado en sacrificio por nuestros pecados. Eso no es ciencia, es un racionalismo camuflado de historicismo. En definitiva, una teología degradada en antropología —pues eso es el modernismo—, que se niega a explicitar sus instrumentos filosóficos modernos-idealistas, que son incompatibles con el cristianismo.

Hay también un tercer error, aunque sea más «de andar por casa»: el subjetivismo pietista. Es el de quien abre la Biblia por cualquier página y le hace decir lo que él siente subjetivamente. Contra eso vale la regla de oro de santo Tomás de Aquino: todos los sentidos se fundan en el literal, que es el único del que se pueden extraer argumentos racionales. Si no, el sentido espiritual degenera en elucubraciones de la fantasía, que conducen al espiritualismo de la pseudo-mística emotivista o al febril neopentecostalismo tan promovido hoy en la Iglesia.

¿Cuáles serían los principales fundamentos a saber antes de leer la Biblia?

Son los que forman la disciplina clásica de la Introducción general a la Sagrada Escritura, y por ese orden:

a) Qué es la Revelación 

Este el punto de partida. La Escritura forma parte de la Revelación sobrenatural y pública que Dios ha querido comunicar a los hombres para su salvación eterna.

b) La inspiración 

Los libros sagrados tienen a Dios por autor, y al mismo tiempo los escribieron hombres verdaderos, con su idiosincrasia particular, sus facultades y su estilo propio. Dios es el autor principal y el hagiógrafo, el instrumento que no es anulado o sustituido.

c) La verdad de la Biblia

Si Dios es su autor, la Escritura enseña sin error la verdad que Dios quiso consignar para nuestra salvación.

d) El canon

Hay que conocer qué libros son Escritura, quién lo ha determinado, cuándo y por qué motivos. Al mismo tiempo, por consiguiente, quienes han sido sus principales impugnadores que han eliminado arbitrariamente libros del canon bíblico, como en el caso de los herejes Marción y Lutero.

e) El texto

Cómo ha llegado hasta nosotros: los originales hebreos y griegos, las distintas versiones, la Vulgata de san Jerónimo y la crítica textual.

f) La hermenéutica. 

Cuáles son los sentidos de la Escritura y con qué reglas ha de ser interpretada.

Y en el fondo de todo ello, a modo de cimiento, una disposición permanente: la Biblia se estudia con un método preponderantemente teológico, en el que la fe y la razón se entrelazan armónicamente. No se lee la Biblia sin la razón, porque eso es fideísmo, como tampoco sin la fe, pues eso es racionalismo.

¿Hay que tener muy claro qué es exactamente la Revelación?

Por supuesto, ya que la Escritura no se entiende fuera de ella. Revelar, re-velare, significa quitar el velo, descubrir lo que estaba oculto. Aplicado a Dios, quiere decir que el Dios escondido sale de su ocultamiento y se manifiesta a los hombres, a sí mismo y sus designios de salvación. Aquí está la gran diferencia con las religiones paganas. En ellas el hombre busca a Dios a tientas. En la Biblia es Dios quien busca al hombre y le habla. Los ídolos tienen boca y no hablan; el Dios de Israel habla, y su palabra, el dabar, no es solo información, sino acontecimiento: lo que Dios dice, sucede. Dios interviene en la historia, lo que resulta inconcebible para la mentalidad de la Ilustración.

Es preciso distinguir dos modos de Revelación. De una parte lo que podríamos llamar la revelación natural, por la cual el hombre puede conocer por su razón, con certeza. la existencia de Dios a partir de las cosas creadas, como definió el Vaticano I (. Y la Revelación sobrenatural propiamente dicha, que da a conocer lo que la razón por sí sola jamás podría alcanzar, y que además permite conocerlo «fácilmente, con firme certeza y sin mezcla de error alguno» Dei Filius, cap. 2, Dz 1785; DS 3004), incluidas las verdades naturales que el pecado original ha oscurecido. La plenitud de esa Revelación es Nuestro Señor Jesucristo, mediador y plenitud de toda la Revelación, con Él y con los Apóstoles, la Revelación pública queda cerrada. No hay que esperar ninguna otra antes de su segunda venida. Esto incluye los documentos papales y conciliares. Conviene no olvidarlo y meditarlo frecuentemente. Si esto no está claro, la Biblia se convierte en un libro religioso más, o en un depósito de mensajes subjetivos a la carta para cada lector, sea un simple fiel o una jerarquía eclesiástica. Eso cuando no se pone al mismo nivel cualquier revelación privada, o se cree que la Revelación sigue evolucionando con los tiempos; que es exactamente la tesis modernista —el liberalismo en teología—de la que hoy está infestado por completo el cuerpo eclesial, empezando por su vértice.

¿Cómo discierne la Iglesia si un libro es divinamente inspirado y determina cuáles son los libros canónicos?

Lo primero es distinguir dos cosas. La inspiración se refiere al origen divino del libro. La canonicidad, a su reconocimiento por la Iglesia. La canonicidad presupone la inspiración, no al revés. Los libros no son inspirados porque la Iglesia los aprueba, sino que la Iglesia los reconoce porque son inspirados. La Iglesia no crea su canon: lo reconoce, y lo reconoce infaliblemente.

¿Con qué criterios? Los hay externos: la apostolicidad, la antigüedad, la ortodoxia, la concordancia con el resto de la Escritura y su utilidad para la Iglesia universal, y no solo para una circunstancia concreta. Los hay internos, que son los decisivos: la experiencia que la Iglesia tiene del testimonio del Espíritu Santo en esos escritos. La Iglesia, animada por el mismo Espíritu Santo, reconoce sus obras. Los hay eclesiales: la recepción de un libro en muchas iglesias particulares, mejor si son apostólicas, su cita como Escritura por los Padres y su uso litúrgico en la Santa Misa. Por eso dice la Constitución Dei Verbum, que es la misma Tradición la que da a conocer a la Iglesia el canon íntegro de los libros sagrados. Esto es de una importancia decisiva, porque significa que la Tradición antecede a la Escritura, y que ella nace albergada en la Tradición previa.

La historia es clara. Los concilios de Hipona (393) y de Cartago (397 y 419), con san Agustín en carne mortal, ofrecen la lista completa con los libros deuterocanónicos para el Antiguo Testamento. El papa san Inocencio I la confirma en 405, y es la misma que dará el Concilio de Trento (1545-1563), reafirmando los libros (o los pasajes) eliminados por luteranos, calvinistas y anglicanos. El Concilio de Florencia (1441) ofrece el primer catálogo de la Iglesia universal, y ulteriormente Trento lo define dogmáticamente el 8 de abril de 1546. Por cierto, no deja de ser irónico que por más que los modernistas quieran enterrar el Concilio de Trento, la Iglesia sigue viviendo de él más de lo que se imaginan.

Y aquí está la pregunta que desarma a cualquier protestante: si solo es válida la Escritura, ¿quién te ha dicho qué libros forman tu Biblia? La lista no está en la Biblia. Te la ha dado la Iglesia Católica. Lutero rechazó esa autoridad. Entonces, ¿con qué criterio sabía él qué libros eran inspirados? Sin la Iglesia no hay canon, y sin canon no hay Biblia. La tesis protestante de la sola Scriptura es la cuadratura del círculo.

¿Es necesario conocer los diferentes sentidos que tienen los textos de la Biblia?

La Biblia tiene dos autores, Dios y el hagiógrafo, el hombre concreto que escribe inspirado por el Espíritu Santo, y el sentido depende de la intención de los dos. Conviene distinguir antes entre «sentido» y «significado». El significado es lo que establece el diccionario. El sentido es lo que el autor quiso decir. Dios nos habla en la Escritura de dos maneras. Lo hace con las palabras, y ese es el sentido literal. Y lo hace con las realidades que esas palabras significan, y ese es el sentido espiritual o típico. Un ejemplo: el maná es, en sentido literal, el alimento con el que Dios sustentó a Israel cuarenta años en el desierto, pero esa realidad estaba destinada por Dios a significar otra futura, la Sagrada Eucaristía. Así, el arca de Noé, único lugar de salvación en el diluvio prefigura a la Iglesia, puesto que, por mucho que les haga convulsionar a los modernistas, como dijo san Cipriano de Cartago, «fuera de la Iglesia no hay salvación» (Sobre la unidad de la Iglesia Católica, 6).

La tradición patrística y medieval lo resumió en un dístico que todo católico debería saberse: Littera gesta docet, quid credas allegoria, moralis quid agas, quo tendas anagogia. Esto es, la letra enseña los hechos; la alegoría, lo que has de creer; el sentido moral, lo que has de hacer; la anagogía, adónde has de tender. Quien no conoce esto se esclerotiza en una de dos amputaciones. O bien se queda en la letra, y lee el Antiguo Testamento como un libro de historia judía, sin Cristo. O bien se va por las nubes, y saca de la Biblia lo que le dicta su imaginación y sentimientos. Insisto, la regla es la de santo Tomás: el sentido espiritual se funda siempre en el literal, y en él no se contiene nada necesario para la fe que la Escritura no afirme con claridad, en sentido literal, en otro lugar. Por eso decía san Jerónimo que «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo» (Comentarios al profeta Isaías, Prologo): porque toda la Escritura habla de Él.

¿Qué es la exégesis bíblica y cuáles son sus principales métodos?

Hay que distinguir dos conceptos que se confunden. La hermenéutica es la ciencia que estudia las reglas de la interpretación. La exégesis, del griego exegéomai, «guiar, conducir, explicar», es la aplicación de esas reglas a un texto concreto, y su resultado.

Hasta el siglo XVI toda la exégesis cristiana tenía tres ejes claros: la Tradición, la unidad de la Escritura y la analogía de la fe, lo que no significaba en absoluto un desprecio por la filología, todo lo contrario. Ya Orígenes hizo las meritorias Hexaplas (seis columnas), una edición crítica y comparativa del Antiguo Testamento, san Jerónimo llenó sus comentarios de observaciones filológicas sobre el texto, san Agustín escribió en el De doctrina christiana el primer gran tratado de hermenéutica. Sin olvidar la monumental Biblia políglota del cardenal Cisneros en 1520-1521. A partir de los siglos XIX y XX advendrá el llamado «método histórico-crítico», con sus escuelas: la hipótesis documentaria, la historia de las formas, la historia de la redacción. Después vienen los análisis retórico, narrativo y semiótico, los acercamientos canónicos, los de las ciencias humanas e incluso los contextuales, como la lectura marxista de la Biblia con la Teología de la liberación y su sucedáneo de la Teología del pueblo, o la lectura feminista, ecologista y sodomítica con la sinodalidad.

¿Qué valor tienen?

Exactamente el mismo que tengan sus presupuestos. En la medida en que se apoyan en datos objetivos y comprobados, sobre la lengua, los modos de escribir de la época o la historia pueden ser muy útiles. Pero la Pontificia Comisión Bíblica ya denunció en 1964 sus prejuicios filosóficos: el naturalismo que niega el plano sobrenatural, el fideísmo que separa la fe de la historia y la exageración del poder creativo de la comunidad primitiva. El cardenal Ratzinger advirtió que esa discusión no se puede dar por cerrada. Causa asombro la arbitrariedad con que se trocean los textos sin ningún criterio apodíctico. Los acercamientos contextuales son directamente ideología, puro gnosticismo mesiánico e inmanentista: la Teología de la liberación disuelve el contenido objetivo del Evangelio en la lucha de clases y la Teología del pueblo —que es lo mismo pero descafeinada— reduce la Biblia a lo social en sentido demagógico. El método histórico-crítico «no puede bastar para todo», sino que no es más un mero instrumento que conlleva una serie de limitaciones. Se ha de leer la Biblia con la razón iluminada por la fe, de lo contrario no se lee la Biblia, sino un libro humano más que se instrumentaliza según la conveniencia de cada persona y grupo.

¿Es necesario conocer la geografía e historia de Israel, sus instituciones, sus fiestas, su cultura…?

La Revelación no cae del cielo en abstracto. Dios se ha revelado en un periodo histórico concreto, en un lugar concreto y a un pueblo en concreto. La Biblia se entiende según la forma mentis del hagiógrafo y en su contexto, como el propio san Marcos hace cuando explica a los romanos las costumbres judías sobre las leyes de purificación (cf. Mc 7,3-4). Si uno no sabe que el territorio de Palestina es una especie de cuerno de la «media luna fértil», un lugar de paso entre Egipto y los imperios de Oriente (hititas, asirios, babilonios y persas-medos), no entiende por qué Israel vivió siempre entre invasiones, ni tampoco el exilio de Babilonia, y menos todavía la profecía de restauración que lo acompaña.

Con las instituciones sucede lo mismo y con mayor motivo. El Nuevo Testamento está escrito con el vocabulario del Antiguo. ¿Cómo se va a entender la Epístola a los Hebreos sin conocer el sacerdocio levítico, los sacrificios y el Día de la Expiación, cuando el sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos y el cordero era cargado con los pecados del pueblo era llevado al desierto? ¿Cómo se entiende la Última Cena sin la Pascua y los Ázimos? ¿O el valor de que Cristo hable de su cuerpo como Templo, si no se sabe lo que era el Templo de Jerusalén para Israel: la morada de Dios en medio de su pueblo? ¿O por qué el Evangelio de san Juan sitúa a Jesucristo en Jerusalén en la fiesta de la Dedicación, que es la Hanuká de los Macabeos? El Antiguo Testamento está todo él ordenado a Cristo, preparándolo, prefigurándolo, anunciándolo con figuras o tipos. Pero para ver la figura hay que conocerla, quien desconoce la historia e instituciones de Israel lee el Evangelio sin conocer nada del fondo.

¿Cómo se complementan las dos fuentes de la Revelación: Sagrada Escritura y Sagrada Tradición?

Brotan de la misma fuente divina que es la Revelación, se funden en cierto modo y tienden al mismo fin. La Escritura es la Palabra de Dios puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. La Tradición es la Palabra de Dios confiada por Cristo a los Apóstoles y transmitida íntegramente a sus sucesores. Tradere significa «entregar». No son dos caminos paralelos ni independientes: cada una afirma la existencia de la otra, y sin una la otra queda sujeta a la arbitrariedad y al subjetivismo.

Su naturaleza es distinta. La Escritura es un texto fijo y definitivo. La Tradición es viva: crece, pero no por añadir cosas ajenas al depósito de la fe, sino porque profundiza en lo que ya estaba contenido en él de modo implícito para hacerlo explícito. La Tradición precede a la Escritura, porque la Iglesia predicaba y celebraba los sacramentos antes de que se escribiera una línea del Nuevo Testamento. También la acompaña y la sigue, y es su contexto natural de interpretación, lo que significa que la Tradición es el criterio de la Iglesia; de ahí que la Iglesia no saca solo de la Escritura su certeza sobre todas las verdades reveladas, y manda recibir y venerar ambas con el mismo afecto de piedad, como enseñó Trento. Forman un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia. ¿Y qué es la Tradición, en concreto? Los concilios dogmáticos, la enseñanza unánime de los Padres y la continuidad de la tradición liturgia, por la que las verdades de la fe nos han llegado. Lo que se ha creído «siempre, en todas partes y por todos», como decía san Vicente de Lerins (Conmonitorio, II, 3).

Y para finalizar, una precisión que hoy es capital. La interpretación auténtica de ese depósito está confiada solo al Magisterio de la Iglesia. Pero el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido. Interpretar significa descubrir el verdadero sentido, no inventarlo, transformarlo ni modificarlo. La Iglesia no empezó con el Concilio Vaticano II, tiene veinte siglos de historia. La Escritura y la Tradición están tan unidas que ninguna se sostiene sin la otra y, al servicio de ambas se encuentra el Magisterio, no por encima de ellas. Pablo VI dijo que la Iglesia era «en cierto modo la matriz de las Sagradas Escrituras» (AAS, 66, 1974, 235). Ella las engendró, ella las custodia y solo la Tradición de la Iglesia las interpreta con autoridad.

Puede apuntarse aquí: «Introducción a la Sagrada Escritura».

Por Javier Navascués

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