Pablo Moreno nos habla de Pastoris, su película más personal: el amor a la tierra, a la familia y a Dios
Pablo Moreno es director, guionista y productor cinematográfico. A lo largo de su trayectoria ha desarrollado una filmografía especialmente vinculada al cine histórico y a historias inspiradas en hechos reales, entre las que se encuentran Un Dios prohibido, Poveda, Luz de Soledad, Red de Libertad, Claret, Petra de San José, La Sirvienta o Las locas del obelisco. Desde Stellarum Films desarrolla buena parte de su trabajo en Castilla y León, defendiendo la posibilidad de crear una industria cinematográfica también desde el medio rural. Con Pastoris aborda uno de sus proyectos más personales, profundamente ligado a sus raíces familiares, al territorio salmantino y a la memoria de un mundo pastoril en proceso de desaparición.
¿Por qué ha decidido rodar Pastoris, ambientada a principios del siglo XIX y en la zona de sus raíces más profundas?
El siglo XIX siempre me ha resultado fascinante, especialmente sus primeros años, que son tremendamente convulsos y están llenos de acontecimientos que acabarán definiéndonos como pueblo. Quizá el más determinante sea la Guerra de la Independencia, una guerra devastadora contra la Francia napoleónica que golpeó con especial dureza al suroeste salmantino y alteró profundamente una forma de vida ligada a la trashumancia y al pastoreo. Pero, además, Pastoris está construida narrativamente siguiendo, de algún modo, los pasos de La Odisea. Domingo, nuestro protagonista, es una especie de Odiseo pastor, un hombre que emprende un largo viaje y cuyo verdadero objetivo es regresar a casa. Y toda buena odisea necesita su particular guerra de Troya. En nuestro caso, ese punto de partida es la Guerra de la Independencia, o la Francesada, como se la conoció durante mucho tiempo en estas tierras. Me interesaba mucho que una historia profundamente arraigada en un territorio muy concreto, en el lugar del que proceden mis propias raíces, pudiera dialogar al mismo tiempo con un relato universal y antiquísimo: el del hombre que atraviesa un mundo hostil intentando, sencillamente, volver a su hogar.
¿Por qué es su obra más personal?
Primero, porque no nace de ningún encargo. Es una película que simplemente he querido hacer y que mi mujer, productora ejecutiva de Stellarum Films, y yo hemos decidido autofinanciar. Eso ya la convierte en un proyecto especialmente íntimo y libre. Pero, sobre todo, porque está llena de nombres, pasajes, historias y pequeños retazos de mi infancia; de cosas que me contaban mis abuelos, de lo que vi hacer a mi abuelo y a mi padre en las labores del campo y del pastoreo. Habla de mi tierra y de todos esos rasgos que la hacen única y, al mismo tiempo, una gran desconocida: su mitología, sus leyendas, su folclore, su lengua, sus costumbres y sus paisajes. Creo que, en el fondo, Pastoris habla de mí más que cualquier otra película que haya hecho antes, aunque prácticamente todo lo que cuenta sea ficción. Hay mucho de mi memoria, de mi manera de mirar el mundo y de aquello que siento que estoy perdiendo. También considero la película como una especie de mensaje dentro de una botella. Hemos intentado atrapar el ocaso de un mundo que, inevitablemente, está desapareciendo: formas de hablar, de trabajar, de relacionarse con los animales, con la tierra y con el paso del tiempo. Y, en ese sentido, también es un regalo que quiero dejar a mis hijos. Probablemente, dentro de no demasiados años, muchas de las cosas que aparecen en Pastoris les parecerán casi ciencia ficción.
¿Por qué este homenaje a la trashumancia y al mundo de los pastores?
Mis abuelos, mi padre y varias generaciones anteriores de mi familia se han dedicado al campo y al pastoreo. Yo mismo llegué a ayudar a cuidar las ovejas durante algunos veranos de mi infancia y adolescencia, así que es un mundo que siempre he sentido cercano. Pero hubo un momento decisivo durante la preparación de la película: una entrevista con Carlos García Medina, gran conocedor del mundo y del arte pastoril. Nos habló de los pastores, de los secretos de su oficio, de sus supersticiones, de sus costumbres y hasta del sentido que tenía cada objeto que llevaban en el morral. Aquella conversación supuso un antes y un después. Comprendimos que allí había un universo extraordinariamente rico y que merecía ser contado. Hubo además una idea que se me quedó especialmente grabada: el pastor, pese a los infortunios, al frío, a la lluvia o a la dureza del camino, conserva muchas veces una actitud profundamente vital. Eso me hizo pensar en nuestra propia manera de vivir, en la enorme cantidad de cosas que creemos necesitar para estar bien, frente a personas que, con muy poco, eran capaces de encontrar cierto equilibrio consigo mismas y con el entorno. No quiero idealizar el oficio, porque ha sido y sigue siendo un trabajo durísimo y existen tantos tipos de pastores como personas. Pero sí creo que hay algo particular en su manera de estar en el mundo. Miran al horizonte, interpretan los signos, los cielos, la tierra y el agua. En cierto modo tienen algo de profetas. Y, sobre todo, disfrutan de una forma de libertad genuina que hoy resulta cada vez más difícil de encontrar.
¿Qué es lo que quieren transmitir con la historia?
En apariencia es una historia muy sencilla. Un hombre regresa de la guerra y encuentra un hogar devastado, un mundo que ya no reconoce. Intenta reconstruirlo y, de alguna manera, reconstruirse también a sí mismo. Para conseguirlo acepta un encargo del cacique local: llevar un rebaño hasta los pastos de invierno en Cáceres. A partir de ahí comienza un viaje lleno de dificultades, encuentros y peripecias. Eso es lo que contamos en la superficie. Pero, si profundizamos un poco más, Pastoris es la historia de un hombre profundamente herido, alguien que ha cometido errores y que necesita reconciliarse con ellos. Un hombre abatido que busca el perdón, quizá de Dios, quizá de los demás, pero sobre todo de sí mismo. Y hay una idea que para mí atraviesa toda la película: Domingo ha decidido intentar ser un hombre bueno. Dicho así parece algo muy sencillo, pero probablemente sea una de las cosas más difíciles que existen. Porque la verdadera pregunta que plantea la película es precisamente esa: ¿qué significa ser bueno y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo?
¿Cuáles son los valores más profundos que florecen tras esta dura vida del campo?
El respeto por la vida, en primer lugar. Por lo que crece, por lo que nace y también por lo que muere. Hay momentos en los que Domingo queda profundamente conmovido ante cosas aparentemente sencillas: el nacimiento de un cordero, un paisaje inesperado, un rincón de una belleza arrebatadora. La Creación está siempre ahí, incluso en medio de la dureza y del sufrimiento. Vivimos dentro de ella, aunque muchas veces hayamos dejado de mirarla.
También está la familia como punto de partida y como motor de muchas de nuestras decisiones. ¿Qué no haríamos por un hijo, por alguien a quien amamos? Y, junto a eso, el perdón, que es uno de los grandes temas de la película. Perdonar es dificilísimo, pero quizá todavía lo sea más perdonarse a uno mismo. Creo que ese es el orden: aprender a reconciliarnos con nosotros mismos para poder hacerlo después con los demás. Y, finalmente, está el amor y el respeto por nuestros semejantes. Me interesaba mucho contraponer la armonía del mundo natural con las estructuras que construimos los seres humanos y que, en ocasiones, terminan volviéndose contra nosotros. La naturaleza puede ser durísima, pero no es mezquina; las sociedades humanas, en cambio, pueden llegar a ser profundamente hostiles. En ese contraste creo que Pastoris plantea también una pregunta sobre la forma en la que hemos decidido vivir.
¿Qué hay de ficción y qué de realidad en la trama?
Toda la historia es ficción, pero está construida a partir de pequeñas verdades. Después de la toma de Ciudad Rodrigo por el ejército napoleónico, el 10 de julio de 1810, muchos de los hombres que habían defendido la plaza fueron capturados y conducidos hacia Francia y los Países Bajos para realizar trabajos forzados. Muchos murieron durante el traslado y algunos consiguieron escapar y regresar a sus lugares de origen. Nosotros decidimos partir precisamente de esa posibilidad: ¿qué se encontraría un hombre al volver a casa después de años de ausencia, cuando todo el mundo lo había dado por muerto? También hay una base histórica muy real en todo lo relacionado con la trashumancia. Durante la Guerra de la Independencia, las cañadas se volvieron lugares peligrosos, los ejércitos requisaban ganado y la actividad pastoril sufrió enormemente. Y con ella se veía afectado también algo que durante siglos había tenido una enorme importancia económica en España: la lana. A partir de ahí, la película mezcla documentación histórica con recuerdos familiares, relatos, leyendas y pequeñas historias que escuché de mis abuelos durante mi infancia. Y todo lo relacionado con el trabajo con las ovejas, los gestos, las maneras de conducir el rebaño o de relacionarse con los animales procede también de algo que he visto muchas veces hacer a mi abuelo y a mi padre. Así que Pastoris no cuenta una historia verdadera, pero está hecha de muchas verdades.
¿Ha tenido fuentes de inspiración en la literatura costumbrista?
No diría que haya una obra concreta de la literatura costumbrista que haya servido como inspiración directa para Pastoris. He leído mucho a lo largo de los años y, llegado un momento, resulta muy difícil distinguir qué pertenece a una lectura, qué procede de una historia escuchada hace tiempo y qué forma parte ya de tu propia manera de mirar y de contar. Seguramente existe ese poso literario, porque uno escribe y filma también desde todo lo que ha leído, visto y vivido. Pero en Pastoris la inspiración más consciente no viene tanto de la literatura costumbrista como de la tradición oral, de las historias de mis abuelos, de la observación del mundo rural y pastoril y de mi propia relación con ese territorio
En cualquier caso, sí comparto con cierta literatura costumbrista el interés por detenerse en aquello que aparentemente es pequeño: las formas de hablar, los oficios, los gestos, las supersticiones, las costumbres o la relación de las personas con su entorno. No como una reconstrucción folclórica, sino porque creo que en esas pequeñas cosas también se encuentra la identidad de un pueblo.
¿Cómo la catolicidad y la devoción popular impregna toda la obra?
Está presente prácticamente en toda la película. En primer lugar, desde un punto de vista estructural. He dicho muchas veces que Pastoris tiene algo del viaje del héroe, pero también hay ecos de la historia del rey David y, sobre todo, de la parábola del Buen Pastor. Para mí esa es una de las claves secretas de la película. No se puede entender del todo a Domingo sin esa idea: si al pastor se le pierde una oveja, aunque sea la más pequeña del rebaño, sale a buscarla. Lo hace aunque sea de noche, aunque haya peligro, aunque tenga que dejar por un momento a las demás a resguardo. Esa imagen atraviesa toda la historia. Después está la devoción popular, que aparece de una manera muy natural, integrada en los gestos cotidianos del personaje. Domingo invoca a la Santísima Virgen cuando siente miedo o necesita protección. Lleva en su morral una pequeña talla de la Virgen de la Peña de Francia y recurre también a oraciones tradicionales, como la de Santa Bárbara frente a las tormentas o la de San Antonio ante los peligros que podían amenazar al rebaño.
También están las cruces: cuando el pastor llegaba a un nuevo chozo podía trazar una cruz en el suelo, casi como una pequeña bendición del lugar y de quienes iban a pasar allí la noche. Me interesaba mostrar una religiosidad profundamente unida a la vida diaria, al campo, al miedo, a la protección y a la propia relación con la naturaleza. Y luego está probablemente la dimensión más importante: la búsqueda del perdón. Domingo regresa de la guerra profundamente herido por lo que ha vivido y también por lo que él mismo ha hecho. Siente que sus manos siguen manchadas y necesita reconciliarse con Dios, pero también consigo mismo. En ese sentido, la fe no es simplemente un elemento ambiental de la película; forma parte del conflicto interior del personaje y de su necesidad de creer que, incluso después de haber hecho cosas terribles, todavía es posible encontrar el perdón.
¿Cómo esta fe es el motor último de estas personas de campo, curtidas en el sacrificio?
Creo que para muchas de estas personas la fe no era un añadido a la vida, sino una manera de comprenderla. Vivían permanentemente expuestas a cosas que no podían controlar: el clima, una mala cosecha, la enfermedad, la muerte de un animal, la pérdida de un hijo… La existencia era mucho más frágil y, frente a esa incertidumbre, la fe ofrecía una esperanza y un sentido. También ayudaba a entender el sacrificio. No como una resignación pasiva, sino como la certeza de que el esfuerzo, el dolor y las renuncias podían tener un significado que iba más allá de uno mismo. Había una confianza profunda en que la vida no terminaba en aquello que uno podía ver o comprender en ese momento. Y creo que eso está muy presente en Domingo. Él puede soportar el camino, el cansancio y las dificultades porque espera algo al final, porque todavía confía en la posibilidad de regresar, de ser perdonado, de reconstruir su familia y de empezar de nuevo. En ese sentido, la fe es quizá el último lugar al que puede agarrarse cuando todo lo demás se ha derrumbado. Hay algo muy hermoso en esa religiosidad sencilla de la gente del campo: no necesita grandes discursos teológicos. Está en encomendarse antes de salir, en pedir que llueva, en dar gracias por lo recibido, en hacer una cruz al llegar a un refugio o en mirar al cielo cuando ya no queda nada más que hacer. Es una fe profundamente vinculada a la vida.
¿Por qué merece la pena ver la película?
Porque creo que ofrece algo que no es tan habitual encontrar hoy en una pantalla. Pastoris propone detenerse, mirar y acompañar a un personaje en un viaje que es físico, pero también profundamente interior. Es una película de aventuras, de regreso, de pérdida y de redención, ambientada además en un mundo muy poco representado en el cine: el de los pastores, la trashumancia y una tierra fronteriza llena de historias, leyendas y formas de vida que están desapareciendo. Pero no creo que haga falta conocer ese mundo para conectar con la película, porque en el fondo habla de cosas muy universales: de la familia, del perdón, de la culpa, de la necesidad de volver a casa y de la posibilidad de empezar de nuevo. Y también me gustaría pensar que invita a mirar de otra manera aquello que tenemos alrededor. A valorar una forma de relacionarnos con la naturaleza, con el tiempo y con los demás que quizá hemos ido perdiendo. Si el espectador sale del cine con la sensación de haber viajado a un lugar que desconocía, pero al mismo tiempo reconoce algo de sí mismo en Domingo, para mí la película habrá cumplido su propósito.
Por Javier Navascués
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