Elena Alonso: “Buscando comprender España, descubrí el amor de Dios”

Elena Alonso cuenta cómo la búsqueda de la verdad sobre España, a través de su historia, la condujo al encuentro con la Virgen María, al descubrimiento del amor de Dios y a un cambio radical de vida.

¿Cómo el estudio de la historia de España le fue acercando o predisponiendo para la fe?

Yo no tenía un anhelo de buscar a Dios, sino de comprender España. Fue Dios quien, pacientemente, se sirvió de esa búsqueda para salir a mi encuentro.

Entré joven en el mundo del teatro, un ambiente profundamente liberal y progre. Mi familia nunca me habló de Dios y me empecé a mover en círculos donde el cristianismo era visto con desconfianza o con abierto rechazo… Nunca me había planteado la cuestión de Dios y mucho menos la de la Iglesia, sin llegar a ser anticlerical, tenía la sensación de que la Iglesia era algo desconocido, lejano, que no tenía nada que ver conmigo.

En aquel momento vivía en Gerona y empecé a preguntarme qué era realmente España. La convivencia con una mujer peruana, que entonces era mi pareja, avivó aún más esa inquietud. Ella compartía la misma visión de la conquista que yo había aprendido en el colegio: una España cruel, injusta y violenta. Sin embargo, había algo en ese relato que no terminaba de convencerme. Si España solo había llevado destrucción, ¿cómo era posible que hoy compartiéramos una misma lengua y una cultura tan profundamente unidas? Esa pregunta despertó mi curiosidad y me llevó a empezar a estudiar nuestra historia. Un día encontré por casualidad un libro de Marcelo Gullo titulado Madre Patria. Me llamó la atención la portada y leí la contraportada. Recuerdo perfectamente que la parte en la que el autor hablaba de la religión católica me pareció fuera de lugar y me incomodó. Pensé que no tenía ningún sentido introducir la religión en un libro sobre historia. Hoy me hace sonreír recordarlo, porque demuestra hasta qué punto ignoraba que la historia de España es incomprensible sin el cristianismo.

Le hice una foto y se la enseñé a mi pareja. Me respondió que todo aquello era mentira. Cuando le dije que el autor era un profesor argentino, no cambió de opinión. Aquella reacción, despertó todavía más mi interés. Compré el libro y empecé a leerlo.

Desde las primeras páginas quedé fascinada. Descubrí la historia de la Leyenda Negra y, sobre todo, la de los primeros misioneros españoles en América. Aquellos hombres me impresionaron mucho. Empecé a leer diarios de franciscanos, dominicos, jesuitas… sin darme cuenta de que me estaban evangelizando

Creo que esa es una de las peculiaridades de mi conversión. Yo nunca había ido a misa. Nadie me había hablado de Dios, ni de Jesús, ni de la Virgen María. Que yo sepa, no hay ningún católico practicante en mi familia, y tampoco recibí formación religiosa en el colegio. Paradójicamente, los primeros españoles que me hablaron de Dios fueron los misioneros del siglo XVI. Nunca podrían haber imaginado que, cinco siglos después, Dios se serviría de sus diarios para evangelizar también a una española que no conocía a Dios.

Al estudiar comprendí algo muy sencillo, pero que nunca me había planteado. No se puede obligar a creer en Dios. A una persona se le puede obligar a callar, a obedecer o incluso a bautizarse, pero no se le puede obligar a creer. Uno cree, o no cree. Y yo no creía, porque nadie, nunca, me había hablado de Dios. Cuando me di cuenta, sentí un dolor difícil de describir.

¿Cuál fue el punto de inflexión que le llevó a cambiar radicalmente de vida?

El punto de inflexión no fue una idea ni una reflexión intelectual. Fue un encuentro.

El 8 de noviembre experimenté, por primera vez en mi vida, el amor de Dios de una forma tan real que me resulta muy difícil describirlo con palabras. Lo primero que sentí fue un amor inmenso y, al mismo tiempo, una sensación de arrepentimiento muy profunda. No fue culpa ni juicio. Sentí un amor lleno de ternura, de comprensión y de acogida y, a la vez, un enorme arrepentimiento por toda mi vida. Me sentí profundamente amada por Dios.

Y, desde ese amor, vi mi vida desde su mirada. Me arrepentí de todo lo que hasta ese momento había considerado normal: la promiscuidad, la homosexualidad… Pero no era un arrepentimiento intelectual, porque intelectualmente todo eso había estado completamente normalizado para mí. Era un dolor del corazón. Dios no me humilló ni me condenó. Simplemente me mostró la verdad. Y se me revelaron dos palabras: orden y desorden.

En los días que siguieron comprendí que todas de las decisiones que había tomado —mi manera de entender el amor, la sexualidad, la familia y, en definitiva, la vida— formaban parte de ese desorden. Nadie me dio en la Iglesia una charla moral ni me reprochó nada. De hecho, jamás me había sentido tan acogida, tan comprendida y tan querida.

Pero el 8 de noviembre Dios no solo me mostró la vida que había llevado. También me dejó vislumbrar la vida que todavía no había vivido, la vida que podía llegar a vivir a su lado. Sentí, con una claridad inmensa, que me decía: «Puedes hacerlo conmigo». Y yo, entre lágrimas, le respondí que sí.

A partir de ese momento empecé a tomar decisiones que cambiaron mi vida por completo.

¿Qué importancia tiene la Virgen María en su conversión?

La Virgen María fue la puerta por la que Dios entró en mi vida. Lo curioso es que yo no sabía absolutamente nada de Ella. Dios no empezó corrigiéndome; empezó amándome. Y la Virgen hizo exactamente lo mismo. Se presentó como hacen las madres: queriéndome mucho.

Hasta entonces, cuando veía un cuadro de la Virgen en un museo, veía un dibujo. No veía a una persona. Mucho menos imaginaba que pudiera ser mi Madre. Ni siquiera tenía claro qué relación tenía con Jesús. No sabía que Dios nos la había dado como Madre, que el camino más seguro y más directo para llegar a Cristo es Ella. No sabía nada de esto, pero ahora puedo asegurar que es totalmente cierto. 

En el verano de 2025 llevaba casi dos años estudiando la historia de España y vivía con una gran preocupación todo lo que estaba ocurriendo. Pasaba horas escuchando análisis geopolíticos, buscando respuestas, y cada vez me sentía más angustiada. Un día me apareció en YouTube una entrevista a un sacerdote en la que hablaba de las apariciones de Garabandal. Yo no tenía ni idea de lo que era una aparición, siempre había pensado que todo aquello eran supersticiones, pero lo quise ver porque quería saber qué tenía que decir la Iglesia sobre la situación del mundo.

Puse el documental sin imaginar que mi vida iba a cambiar para siempre.

A los pocos minutos ocurrió algo que todavía hoy me cuesta explicar. Sentí con absoluta claridad que la Virgen María es real. Que no es un personaje de un cuadro, sino una persona viva. Y, sobre todo, comprendí que era mi Madre.

Me llenó una alegría inmensa. Era la alegría de descubrir que la Virgen existía, que era verdad, y que era mi Madre. No podía dejar de llorar y de sonreír. Sentía que Ella estaba allí, conmigo, que me quería, que me tendía la mano y que yo se la daba. Nunca había experimentado algo semejante.

Mirando hacia atrás, tengo la sensación de que durante aquellos meses la Virgen me llevaba de la mano y protegía mi mirada. Como a los caballos cuando les ponen esas viseras para que no se asusten con lo que ocurre a los lados. Yo solo podía mirar hacia delante, completamente confiada. No analizaba lo que estaba viviendo, no me preguntaba si aquello era normal o no. Simplemente iba con Ella.

Intentaba desesperadamente que alguien me hablara de la Virgen, pero no conocía a ningún católico. Si veía a alguien con una medalla, la señalaba con ilusión esperando que me contara algo , pero nadie me contó nada ese verano.

Poco después me mudé a Madrid. Un día, en Segovia, entré por primera vez en una tienda de artículos religiosos y compré un rosario. No sabía rezarlo. Ni siquiera sabía que aquellas cuentas estaban dedicadas a la Virgen María. Le pedí ayuda a la monja carmelita que atendía la tienda, le expliqué que estaba llegando a la fe a través de la historia de España y que quería aprender a rezar. Ella me enseñó el Padrenuestro y el Avemaría.

Así empecé.

Cada noche me arrodillaba en el salón, cuando todos dormían, y rezaba. Sentía un amor inmenso por la Virgen y una sensación de paz y de alegría que nunca había conocido.

Curiosamente, durante aquellos meses no me dirigía a Dios, sencillamente porque todavía no le conocía. Con la Virgen tenía bastante. Ella llenaba completamente mi corazón.

Empecé a ir a misa todos los domingos sin entender nada y después llegó mi encuentro con Cristo, el 8 de noviembre. 

Por eso no puedo explicar mi conversión sin el rosario. Estoy convencida de que fue la Virgen quien me fue llevando, paso a paso, hasta Jesús. Si alguien me preguntara hoy qué puede hacer para acercarse a Dios, le respondería algo que jamás imaginé que diría: empieza a rezar el rosario. Aunque no sepas rezarlo. Aunque no entiendas nada. Aunque tengas más dudas que certezas. Yo empecé exactamente así. Y fue la Virgen quien hizo todo lo demás.

¿Cómo la oración y la vida sacramental le ayudó a ir ordenando por completo su vida?

Estoy convencida de que todo eso es gracia. Evidentemente hay un asentimiento de la inteligencia, porque cuanto más estudio la doctrina católica, más convencida estoy de que es verdadera y de que propone una forma de vivir infinitamente más ordenada y más bella que la visión liberal con la que crecí. Pero eso, por sí solo, no explica lo que ha ocurrido en mi vida.

Lo que ha cambiado mi corazón no puede entenderse únicamente desde la lógica. Yo no sabía rezar. No conocía el Padrenuestro, ni el Avemaría, ni había asistido nunca a una Misa. Sin embargo, después de aquel encuentro con Dios nació en mí un deseo constante de buscarle.

Desde el día de mi Primera Comunión voy a misa todos los días. Rezo el rosario, paso tiempo ante el Santísimo y acudo con frecuencia al sacramento de la confesión. No lo vivo como una obligación pesada, voy porque allí está Cristo. Si creo que está allí, ¿cómo no voy a ir?

A veces me preguntan cómo he podido cambiar tan deprisa. La única respuesta que encuentro es sobrenatural. Humanamente no sé explicarlo. Me siento muy pequeña, me arrodillo delante del Sagrario y tengo la sensación de no comprender la inmensidad de lo que estoy viviendo. Pero precisamente por eso vuelvo. Porque sé que allí está Cristo, aunque me falten palabras para comprenderlo.

También he comprendido que un encuentro con Dios, una conversión, por intensa que sea, no basta para cambiar una vida. Si ese encuentro no se alimenta con la oración, con los sacramentos y con una vida coherente con el Evangelio, corre el riesgo de quedarse en una emoción. La Iglesia me ha enseñado que el amor necesita perseverancia, y esa perseverancia se alimenta cada día. Ese encuentro necesita convertirse en un encuentro cotidiano. Para mí, ese encuentro diario tiene un lugar muy concreto: la Iglesia, la oración y los sacramentos.

Hoy entiendo que Dios no solo salió a mi encuentro una vez. Sigue saliendo a mi encuentro cada mañana en la Eucaristía, en cada confesión y en cada rato de oración. Ahí es donde continúa ordenando mi vida.

¿Por qué cree que sus familiares y amistades no han comprendido su cambio radical de vida?

Creo que, sencillamente, es muy pronto. Mi conversión ha sido muy reciente y un cambio tan radical necesita tiempo para ser comprendido. Al principio muchos pensaban que sería una etapa más de mi vida y que acabaría pasando. Hoy creo que ya perciben que no es así, porque el cambio permanece y, sobre todo, porque ven que soy más feliz.

También entiendo que no es fácil comprender algo que uno no ha vivido. Del mismo modo que yo no podía entender la fe antes de encontrarme con Cristo, tampoco puedo pedir a quienes no han tenido esa experiencia que comprendan inmediatamente lo que ha sucedido en mi vida.

Hay una frase que un sacerdote me dijo y que me ayuda mucho cuando pienso en mi familia y en mis amigos. Yo le decía: «No saben dónde he estado, el sufrimiento que ha conllevado esa vida sin Dios». Y él me respondió: «Y tampoco saben dónde estás ahora». Esa respuesta me dio mucha paz. Me hizo comprender que no necesito convencer a nadie. Solo necesito tener paciencia y procurar que sea mi ejemplo el que hable.

Estoy convencida de que la mejor forma de evangelizar no es discutir, aunque a veces sea difícil, sino vivir con alegría, con humildad y con coherencia. Será Dios quien, con el tiempo, haga comprender a los demás lo que ahora les resulta difícil entender.

Un cambio tan radical desconcierta precisamente porque rompe la imagen que los demás tenían de ti. Y eso requiere tiempo.

¿Por qué ha elegido vivir la castidad después de su conversión?

No he elegido la castidad por culpabilidad. La he elegido por amor.

He elegido vivir la castidad porque, después de mi encuentro con Cristo, comprendí que la libertad no era lo que yo había creído durante toda mi vida.

Durante muchos años identifiqué la libertad con poder hacer lo que quisiera, también en el ámbito afectivo y sexual. Hoy sé que estaba equivocada. Vivía pendiente de gustar, de seducir, de “conquistar". 

La castidad ha supuesto exactamente lo contrario. Por primera vez me siento verdaderamente libre. Ya no necesito atraer la mirada de nadie. Puedo relacionarme con las personas sin poner en juego el deseo o la seducción. He descubierto verdadera paz y libertad.

Siento que el Señor me ha librado de una cárcel. Como si hubiera vivido durante años cargando un pesado yugo que ni siquiera sabía que cargaba. No es una pérdida; es una liberación.

Además, la castidad me ha permitido comprender algo que antes era incapaz de ver. El amor auténtico necesita tiempo, conocimiento mutuo y entrega. Hoy entiendo la sabiduría con la que la Iglesia propone el noviazgo y el matrimonio cristiano. No lo hace para limitar la libertad, sino para protegernos. Mirando mi propia vida, veo cuánto sufrimiento me habría evitado haber conocido este camino antes.

Por eso nunca hablo de la castidad como una renuncia. Para mí ha sido uno de los mayores regalos que Dios me ha hecho. No me ha quitado libertad; me la ha devuelto.

¿Se podría decir que la sociedad actual está totalmente hipersexualizada?

Sí. Creo que vivimos en una sociedad profundamente hipersexualizada porque confundimos libertad con ausencia de límites. Yo también pensaba así. Por eso puedo decir que esa forma de vivir no conduce a la felicidad ni a la libertad que promete sino a un sufrimiento y a un vacío profundos. 

¿Qué soluciones propone para que el mundo vuelva el rostro a Dios?

Creo que para buscar la verdad hay que tener humildad. Ese fue el comienzo de mi camino. A quien quiera acercarse a Dios le diría algo muy sencillo: que entre en una iglesia aunque no sepa muy bien por qué, que se siente un rato delante del Santísimo, que vaya a misa al menos un día a la semana aunque no entienda nada, que rece el rosario aunque no sepa hacerlo y que le dé a Dios la oportunidad de actuar. Yo empecé así, sin saber nada de la fe, y fue Él quien hizo todo lo demás.

Su conversión ha transformado profundamente también su vida profesional. ¿Cómo ha influido en la manera en que entiende hoy su trabajo?

Mi conversión no solo transformó mi vida personal; también transformó por completo mi vida profesional. Ahora intento preguntarle a Dios qué quiere que haga con los talentos que me ha dado.

Tengo un club de lectura “en voz alta", leo a nuestros grandes clásicos españoles, Unamuno, Galdós… y a los rusos también. Porque ya no se leen y porque creo que la literatura es una forma de recuperar nuestra identidad. No tiene una finalidad evangelizadora directa, pero estoy convencida de que los grandes clásicos benefician a las personas y nos ayudan a hacernos preguntas profundas. Y leídos en voz alta, más.

También llevo este proyecto de lectura en voz alta a residencias de ancianos. A través de una Fundación católica, formo a voluntarios que leen mi selección de clásicos en varias residencias. El resultado está siendo un éxito, algo muy bonito para todos.

Y he sido asesora de guion, pero después de mi conversión comprendí que no podía seguir poniendo mi trabajo al servicio de historias que contradijeran la doctrina católica, así que he decidido aceptar únicamente proyectos de valores cristianos.

Y, de forma más explícita, escribo en el periódico La Iberofoníala serie de artículos Sed de Dios y he abierto una comunidad de WhatsApp en la que comparto cada día el Evangelio y enseño a rezar el rosario. Esos proyectos nacen directamente de mi conversión y del deseo de que nadie llegue a los cuarenta y tres años sin haber oído hablar de Dios, como me ocurrió a mí.

Aunque puedan parecer proyectos muy distintos, para mí todos nacen del mismo deseo: hacer el bien allí donde Dios me ha puesto.

Si quieres seguir el trabajo de Elena Alonso, puedes suscribirte a su boletín en envozalta.org

Por Javier Navascués

10 comentarios

  
Luis Fernando
Dios hace las cosas tan bien que sólo nos queda contemplar extasiados su obra. Y cuando toca un alma, es impresionante el resultado.
06/08/26 8:49 AM
  
Fibonacci
Elena,

El Rosario es imprescindible. Es una de esas oraciones que conviene no abandonar jamás, sino mantener con fidelidad hasta el último día de nuestra vida, rezándolo cada jornada. Quien persevera en el Rosario tiene en sus manos un tesoro que sostiene el alma incluso cuando todo lo demás flaquea.

Pero, además, si tuviera a Elena delante, le diría una cosa: si de verdad quiere dar un paso de gigante en su vida espiritual, sin dejar nunca el Rosario, que priorice por encima de cualquier otra devoción la Liturgia de las Horas: Laudes, Hora Intermedia, Vísperas, Completas y el Oficio de Lecturas.

¿Por qué conformarse con beber de un riachuelo cuando la Iglesia nos abre cada día el caudal de un río inmenso? La Liturgia de las Horas no es una devoción privada más; es la oración oficial de la Iglesia, la misma con la que sacerdotes, religiosos y muchísimos laicos santifican el paso de las horas y se unen a la oración de Cristo. Es como dejar de contemplar el sol reflejado en un espejo para salir directamente a su luz.

Que se descargue en el móvil la aplicación de la Liturgia de las Horas de la Conferencia Episcopal. Es gratuita, muy sencilla de seguir y puede convertirse en el mayor descubrimiento de su vida espiritual. Estoy convencido de que, si persevera en ella, dentro de poco se preguntará cómo pudo vivir tantos años sin ese inmenso regalo que la Iglesia tenía preparado para ella.

Y que escuche atentamente

https://www.youtube.com/watch?v=Wru68MVZ2TM&feature=youtu.be
06/08/26 9:10 AM
  
Fibonacci
Olvidé comentarle a Elena que lo ideal es complementar el rezo de la liturgia de las horas con las catequesis de los salmos que se rezan ese día.

https://www.franciscanos.org/oracion/salmos.htm

https://www.franciscanos.org/oracion/salmosvisperas.htm


Muchas Gracias he recibido desde que lo hago asi!


06/08/26 9:31 AM
  
Francisco alias martin13 punto com
En todas las historias de conversiones es deseable que el converso recuerde que una cosa es ser santo (pecar más de 7 veces al día) y otra santísimo (nunca pecar), por tanto, que la santidad tiene grados; y que no garantiza el cielo: que la perseverancia final no la tenemos segura nunca. Hay más aspectos a hablar, como algún otro escollo a no caer tras las conversiones, pero lo callo para no alargar.
06/08/26 9:47 AM
  
Francisco
Quería decir que los santos nos enseñan que hay pecados típicos de los recién conversos y que la santidad es un camino que podemos recorrer en dos sentidos, no sólo en el sentido de ser cada día más santos. Podemos, sin darnos cuenta, ir hacia atrás. Podemos rezar cada día mas y estar en pecado mortal.
06/08/26 9:58 AM
  
Luis Fernando
Cuando uno comienza a dar pasos en la fe es un niño. Tiene que beber leche. No puede atracarse con alimento sólido. La perseverancia en la oración es clave, pero uno no se convierte y al día siguiente lleva una vida de oración, devoción, etc, como si fuera poco menos que un consagrado con largos años de experiencia y caminar en los caminos del Señor.

Así que es mejor ir dejando que Dios nos guíe por nuestro sendero, que es el nuestro, no el de nadie más.

06/08/26 11:39 AM
  
Giovanello da Pisa
Javier, le felicito muy sinceramente por la entrevista. Una más de todas las excelentes que ha hecho. Un abrazo.
06/08/26 11:51 AM
  
Luis Fernando
Por otra parte, no se nos olvide que, como dice Filipenses 2,13, es Dios quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer. No podemos hacer lo que el Señor no nos da a hacer. Y la Escritura tiene un pasaje maravilloso en Proverbios que define la vida del cristiano:

"La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto"
(Prov 4,18)

Así que Elena, deja que sea Dios quien marque el ritmo de tu crecimiento en la fe, confiada en que el que comenzó en ti la buena obra, la perfeccionará (Fil 1,6)
06/08/26 11:59 AM
  
Maricruz
Me ha dado una gran alegría, una alegría inmensa, más bien una alegría infinita, la historia de esta muchacha.
Dios la conserve en su gracia.
06/08/26 12:41 PM
  
s.a.b.a.t.h.
Mira Elena lo que San Pablo VI decía sobre la liturgia de las Horas:

Pablo VI enseñó que «de acuerdo con las directrices conciliares, la liturgia de las Horas incluye justamente el núcleo familiar entre los grupos a que mejor se adapta la celebración en común del Oficio divino: “conviene que la familia, en cuanto santuario doméstico de la Iglesia, no sólo ore en común, sino que además lo haga recitando también oportunamente algunas partes de la liturgia de las Horas, a fin de unirse más estrechamente a la Iglesia” (Vat. II, Apostolicam actuositatem 27). No debe quedar sin intentar nada para que esta clara indicación halle en las familias cristianas una creciente y gozosa aplicación» (exh. apost. Marialis cultus 1974, 53)

Exhorta a las familias a que no debe quedar nada sin intentar!! En el seno de las familias, desde que somos pequeños. Cosa que no se está haciendo y es una deformación absoluta.
06/08/26 12:41 PM

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