Nuevo Libro: Padre Rubio, un santo del siglo XX con el verdadero espíritu ignaciano

Autor: Carlos Fernando María Bellmont Pastor

Nueva reedición del libro “Padre Rubio: Más Actual que Nunca", con nuevas y abundantes fotografías periodísticas (390 páginas) de los lugares por donde el santo recorrió y predicó la Palabra de Dios con ese empeño jesuitico de santificar y salvar a las almas mostrando las Verdades de la Fe sin medias tintas ni adulteraciones modernistas.

No hay mejor opción por los pobres que darles el alimento espiritual para su eterna salvación. Ni ideologías nefastas, ni confusiones doctrinales, sino el Catecismo de la Tradición de la Iglesia Católica perenne. San José María Rubio, como buen jesuita, jamás renunció a hablar a los pobres de las Verdades de la Fe, de la renuncia al espíritu mundano que corroe y degrada las almas, de extirpar el pecado, de alcanzar la santidad utilizando esas dos alas que hablan los maestros espirituales: la oración y la mortificación de los sentidos y de la memoria. Con sola la oración, el pájaro no puede volar, hace falta ejercitar la otra “ala” de la mortificación y de la penitencia.

¿Y cuál es el espíritu ignaciano del cual se impregnó San José María Rubio?

Se puede resumir en breves lineas. En la contraportada del libro se redacta perfectamente la narración del hecho ocurrido en La Ventilla (Madrid) por el padre Carlos María Staehlin S.I., cuando el Padre Rubio fue a predicar a los suburbios del lugar, y, al grito de ¡No retrocedan! ¡sigan adelante hasta acallar las voces tabernarias!, enfermo y embarrado por la abundante lluvia que les caía ese día, y sin miedo a los esbirros anticlericales del lugar que les insultaban a aquel ensalayado (al mejor estilo ignaciano de usar la sotana), gritó valientemente al grupo de fieles que le acompañaba, y portando un desgastado pendón con la imagen de San Luis Gonzaga: ¡MÁS PAGÓ SAN FRANCISCO JAVIER EN LA INDIA!

Este es el camino, este es el modelo, esta es la pastoral… no sólo de ayer, sino de hoy y de siempre. La virtud no caduca.

¿Por qué hablar, hoy día, del Padre Rubio?

Se puede decir que hoy día el Padre Rubio es más actual que nunca porque nunca ha sido tan necesario santos sacerdotes como la sociedad actual precisa y santos de esta misma talla y madera, y por lo tanto, seminarios de formación tradicional. Muchos se preguntarán que motivo tiene alguien de escribir un libro sobre la vida de un sacerdote decimonónico en los tiempos que corren.

Un sacerdote que siempre usó como prenda habitual la sotana negra, que habitualmente portaba el Catecismo en la mano para enseñar las Verdades de la Fe, y en su alma la sabiduría divina del Espíritu Santo. Un sacerdote que hablaba del amor de Dios a las almas, de la unión mística con Él, del desarrollo de la gracia hasta alcanzar la perfección de estado. Un sacerdote que exponía las consecuencias trágicas de vivir en pecado mortal. Un sacerdote que hablaba del Cielo, del Infierno y del Purgatorio. Un sacerdote que defendía a sus fieles de los lobos infiltrados. Un sacerdote que hablaba de los enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Un sacerdote que pasaba largas horas en oración y trato amoroso con Dios durante largas horas al día ante el Sagrario.

Un sacerdote que se desvivía por los pobres de los más míseros suburbios hasta morir agotado por predicar las Verdades de la Fe sin adulteración ni medias tintas. Un sacerdote que daba su propia comida para alimentar al hambriento. Un sacerdote modelo de las Bienaventuranzas. Un sacerdote que no paraba hasta conseguir un empleo al necesitado. Un sacerdote que se desgastó por llevar la Palabra de Dios, moviendo carros y carretas, por todas las partes que pudo. Un sacerdote mártir del confesionario. Un sacerdote crucificado por los demás. Un sacerdote que daba la vida por salvar un alma. Un sacerdote mortificado que dormía en el suelo, usaba cilicio y disciplina como tantos santos lo han hecho. Un sacerdote que amaba su sotana y demás prendas sacerdotales. Un sacerdote que solamente se movía por la santa obediencia. Un sacerdote que amaba a la Iglesia y a la Tradición. Un sacerdote pletórico del verdadero espíritu ignaciano.

Un sacerdote que exigía a sus dirigidos no asistir a bailes ni a fiestas indecorosas, alejarse de las malas compañías, de las modas indecentes e inculcaba la Doctrina Cristiana para que pudieran vivir santamente y salvarse. Un sacerdote que esperaba paciente en un incómodo confesionario y dirigía a miles de personas que se agolpaban en filas interminables para poder confesarse con él. Un sacerdote que llamaba a la conversión de los pecadores a una vida santa. Un sacerdote santo que santificaba a los demás y enseñaba el camino del cielo.

El Padre Rubio es hoy como ayer modelo de sacerdote católico, tanto para sacerdotes diocesanos, como para los jesuitas del siglo XXI; porque todo lo que él hacía y todo lo que él decía sirve hoy de ejemplo y enseñanza.

El Padre Rubio predicó Evangelio porque, sencillamente, vivió el Evangelio en sus carnes y en su espíritu, como los santos de los primeros cristianos hasta hoy.

Su principal objetivo, desde que entró en el seminario, y ya mucho antes, fue querer ser santo, y para ello, no hay otro camino que el sendero de renuncias, propósitos, mortificaciones, muerte al mundo, abnegación, sacrificio, vida plena de oración, búsqueda afanosa de unión con Dios cueste lo que cueste, y abandonados en sus divinas manos providenciales a su Santísima Voluntad, recibir gustosos las purificaciones activas que nos impongamos y pasivas que nos quiera Dios mandar.

¡Si los hombres supieran el bien que puede hacer un santo sacerdote forjado en la Escuela de Cristo como lo fue el Padre Rubio… el mundo volvería a girar en torno a una constelación de verdaderos santos! Poder influir en las familias, en las escuelas, en las universidades, en los trabajos y empleos, en el Ejército, en el gobierno de la nación… No hay mayor engaño que pensar que la pastoral y actuación apostólica que difundió el Padre Rubio hoy ya no vale. Craso error.

En los tiempos del Padre Rubio, como en los tiempos actuales, se sigue teniendo la necesidad, y aún más urgente, de fundar colegios verdaderamente católicos que enseñen y eduquen a los jóvenes en la sana y santa Doctrina Tradicional de la Iglesia, enseñándoles que el principal objetivo del niño es, por encima de todo, conocer, amar a Dios, y como consecuencia de ello, servirle durante toda la vida cumpliendo su Santísima Voluntad, para salvar finalmente el alma, y todo lo demás vendrá por añadidura.
No hay tiempo o época en que esta misión deje de servir y de ponerse en práctica. La Palabra de Dios no caduca; ¡Ay de mi si no evangelizare!¡Ay de aquellos que al bien le llaman mal, y al mal le llaman bien!.
Ayer como hoy se ha de educar a los jóvenes del mañana para que formen familias según la moral cristiana, jóvenes piadosos que den luz a un mundo triste y en tinieblas, aún dando la vida, si Dios nos la pide, como el mismo Padre Rubio solía repetir.

A esto es a lo que hemos sido llamados los cristianos; confesar a Cristo y vivir el Evangelio, la vida de la Gracia, la lucha contra el pecado, la unión con Dios…

Y esto es lo que hacía y transmitía el Padre Rubio, y tantos y tantos santos con el afán de recuperar una sociedad enlodada en el egoísmo, en el relativismo moral, en la indiferencia religiosa y en el materialismo más aberrante y esclavizador.

Jóvenes formados en virtudes cristianas (Fe, esperanza, Caridad, castidad, modestia, humildad…) santos maestros que impidan una juventud enfangada en el vicio más pecaminoso que difunden los medios de comunicación escandalosos (cine, música, radio, televisión, prensa, moda, internet, móviles, literatura, teatro…) y gobiernos deshonrosos que los conducen al pecado más nefando.

No se trata sólo de dar pan al hambriento y agua al sediento o vestir al desnudo, hay que enseñar, además, al que no sabe y corregir al que yerra. ¿Qué hacía el Padre Rubio sino liberar a los pecadores de esas redes y cadenas de vicios con las que el mismo demonio, desde su cátedra de humo y azufre, enreda y engancha?

Ir en busca de la oveja perdida y recuperar al hijo pródigo de la vida de pecado era su labor apostólica. Buscaba rescatar el alma del pecador de las garras del mismo demonio, del vicio, y lavarle, purificarle, e imprimir el Espíritu de Cristo en su alma.

¡Qué lástima ver ciudades y pueblos vacíos de hábitos religiosos y sotanas! ¡Cuánto ilustrarían hoy esos hábitos sagrados y esas sotanas celestiales llevadas por religiosos que predicasen como San Francisco de Asís hiciera en su día diciendo a uno de sus hermanos que sólo con llevar el santo hábito franciscano por las plazas y calles sin decir palabra alguna ya era una predicación!¡Cuántos niños verían este ejemplo por las calles!.

La Verdad permanecerá siempre. La Virtud será siempre virtud, que hay que fomentar y extender, y el vicio será siempre vicio que siempre hay que destruir y extirpar. Las Verdades de la Fe serán siempre inmutables, como inmutable es el Amor de Dios. Querer buscar recetas novedosas que perturben y confundan será siempre un error y una maldad. ¡Por eso el Padre Rubio es más actual que nunca! porque necesitamos sacerdotes santos forjados en la Escuela de la Cruz y del Amor, siempre fieles al espíritu de sus santos fundadores que renueven la faz de la tierra.

La vida de los santos siempre darán luz a los hombres; son la presencia y realización viva de Cristo en la tierra, otros cristos que viven configurados con Él, enseñándonos a amarle y servirle, y con ello, conducirnos a nuestro verdadero destino; la eternidad dichosa en el cielo, porque hemos nacido para el cielo.

El Padre Rubio era consciente que la Iglesia Católica tiene por misión defender la Autoridad de Dios, la Ley de Dios contra las leyes impías, aunque sea incompatible con el devenir del mundo.

Por eso, su trabajo apostólico buscaba contribuir a defender la constitución católica en el gobierno de los pueblos. No se sometió favorecer los principios democráticos del Liberalismo timorato y de la Masonería anticlerical, sino que los combatió, ¿Y cómo? Hincando picas evangélicas allí donde se encontrara. Porque, si la Iglesia Católica no defiende la sociedad católica de los pueblos, en los gobiernos, ¿Qué defiende entonces? El Padre Rubio ayudó, colaboró, y se desgastó, por cristianizar la sociedad.
Este sencillo escrito pretende destacar la eximia aportación cristianizadora del Padre Rubio en una sociedad que comenzaba ya a decrepitar dramáticamente, y que la savia de su santa alma fervorosa por la santificación y salvación de las almas, animada por el Divino Corazón, le pulsó, como zapador de primera linea, lanzarse a las más valientes y arriesgadas misiones apostólicas.

Por eso, a penas vemos diferencia entre la vida del Padre Rubio y la de San Francisco Javier, en cuanto a valentía y Doctrina, pues siguen la misma linea, el mismo espíritu ignaciano. No hay desconexión, ni ruptura, a pesar del tiempo transcurrido entre uno y otro. Ambos fueron garantes de la Tradición Católica.

Pidamos al Altísimo nos envíe santos sacerdotes formados en seminarios de viva tradición ascético-mística, con vivo fuego del Espíritu Santo en los pechos que conviertan las almas para Cristo, único Camino, Verdad y Vida, nuestro Rey y Redentor, al amparo de María Inmaculada, Madre de Dios y Corredentora.

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