El P. Millán Núñez Ossorio habla de nueva Capilla de Adoración Perpetua inaugurada ayer en Zamora
Entrevistamos al P. Millán Núñez Ossorio, rector del Seminario, provicario general de la diócesis de Zamora y capellán de la nueva Capilla de Adoración Perpetua “Reina de la Paz” de Zamora, que fue inaugurada ayer. Les invitamos a leer la crónica del acto de inauguración en la mima web oficial de la Diócesis de Zamora. Incluye abundantes y preciosas fotos.
¿Qué supone para Zamora tener una capilla de adoración perpetua?
Supone una gracia inmensa para nuestra diócesis y un verdadero regalo de Dios para Zamora. Tener una capilla de adoración perpetua significa que Jesús Eucaristía estará expuesto y acompañado día y noche, convirtiéndose en un corazón espiritual que late continuamente por toda la diócesis. En una sociedad marcada por el ruido, la prisa y muchas heridas interiores, esta capilla será un lugar de silencio, encuentro, consuelo y esperanza. Además, será un signo visible de que Dios permanece con nosotros y nos espera constantemente, haciendo visible su promesa: “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 20, 28).
¿Por qué el señor obispo está tan ilusionado con esta iniciativa?
Nuestro obispo, D. Fernando, sabe que toda renovación auténtica de la Iglesia nace de la Eucaristía. La adoración perpetua no es una actividad más, sino una fuente de gracia para toda la diócesis. El señor obispo desea una Iglesia viva, evangelizadora y profundamente unida a Cristo, y sabe que cuando una comunidad pone a Jesús en el centro comienzan a surgir conversiones, vocaciones, mayor comunion y un renovado fervor espiritual. Esta capilla puede convertirse en un motor espiritual para toda Zamora.
¿Cómo ha sido el esfuerzo para organizarlo todo?
Ha sido un trabajo grande, pero también muy hermoso. Detrás de esta capilla hay muchas personas que han entregado tiempo, oración y esfuerzo con enorme generosidad. Quiero destacar la labor de Eufemio, misionero de la Eucaristía que nos ha acompañado en esta apertura. Desde la organización de los turnos de adoración hasta la formación de adoradores, la coordinación y la preparación del espacio, todo ha requerido mucha dedicación. Pero también hemos experimentado cómo Dios iba abriendo caminos y tocando corazones. Ha sido una obra construida desde la fe y sostenida por la oración y muchas personas que han dicho “sí” al Señor.
¿Cómo esperan que dinamice la vida espiritual de la diócesis?
Esperamos que ayude a muchas personas a encontrarse con Dios y a profundizar en su vida espiritual. La adoración transforma el corazón: fortalece la fe, trae paz, ayuda a discernir y renueva el amor a la Iglesia. También esperamos que sea fuente de nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas, de reconciliación en las familias y de un mayor compromiso cristiano. Cuando una diócesis adora, toda su vida espiritual se fortalece. Además, cada hora ante Jesús Sacramentado se convierte en un momento de intercesión por el mundo entero y de reparación por tanto sufrimiento, pecado y alejamiento de Dios. En la adoración presentamos al Señor las heridas de la humanidad para que su amor misericordioso sane, consuele y transforme los corazones con la gracia que brota de la Eucaristía.
¿Se podría decir que es la forma más fecunda de transformar la sociedad?
Sí, porque la verdadera transformación del mundo comienza en el corazón de las personas. Ante Jesús Eucaristía el corazón humano cambia, aprende a amar, a perdonar y a vivir con más humildad y caridad. Muchas veces pensamos que solo las grandes acciones transforman la sociedad, pero la historia de la Iglesia demuestra que la santidad y la oración tienen una fuerza inmensa. La adoración sostiene espiritualmente al mundo y derrama gracias silenciosas pero reales sobre tantas personas y situaciones.
¿Qué supone la Eucaristía en su vida?
La Eucaristía es el centro de mi vida y de mi ministerio sacerdotal. En ella encuentro la presencia viva de Cristo, la fuerza para cumplir la voluntad de Dios y el sentido profundo de mi vocación. La adoración me ayuda a permanecer en el amor del Señor, a escucharle y a dejarme transformar por Él. Sin la Eucaristía no podría entender mi vida ni mi ministerio sacerdotal. Por eso, como decía Santa Teresa de Calcuta, “nuestra vida tiene que desarrollarse en torno a la Sagrada Eucaristía”. Necesitamos fijar los ojos en Aquel que es la luz, acercarnos de corazón a su Divino Corazón y pedirle la gracia para conocerlo, fortaleza para amarlo y valentía para servirlo. Solo buscándolo con todas nuestras fuerzas podremos comprender verdaderamente quiénes somos y para qué hemos sido llamados.
¿Qué cambios ha visto en las personas?
El Señor me ha permitido ver personas recuperar la paz interior, reencontrarse con la fe, sanar heridas profundas y volver a los sacramentos. También he visto crecer vocaciones, matrimonios fortalecidos y personas que descubren una alegría nueva en su relación con Dios. La adoración cambia poco a poco el corazón porque pone a las personas frente al amor inmenso de Cristo.
En definitiva, he podido percibir frutos de santidad, haciéndose realidad aquello que decía Santa Teresa de Calcuta: “El tiempo que uno pasa con Jesús en el Santísimo Sacramento es el tiempo mejor invertido en la tierra. Cada momento que uno dedica a Jesús profundiza nuestra unión con Él y le imprime al alma un aspecto más eternamente glorioso y hermoso en el Cielo, que nos ayudará a alcanzar una paz duradera en la tierra”.
¿Cómo animaría a que se abran capillas de adoración en más ciudades?
Les diría que no tengan miedo de poner a Jesús en el centro. Allí donde se abre una capilla de adoración perpetua comienzan a derramarse muchas gracias, aunque algunas no se vean inmediatamente. Es una obra que transforma comunidades enteras. Hace falta generosidad y perseverancia, pero merece la pena. Nuestro mundo necesita lugares donde Cristo sea adorado y donde las personas puedan encontrarse con Él en silencio y verdad.
Además, la adoración perpetua ha sido impulsada y deseada por muchos santos. San Juan Pablo II expresó este deseo para toda la Iglesia diciendo: “Espero que el fruto de este Congreso dé como resultado el establecimiento de la Adoración Eucarística Perpetua en todas las parroquias y comunidades cristianas de todo el mundo”. Y verdaderamente, ¿cómo no escuchar la invitación del Señor a través de un santo que tanto amó a la Eucaristía y a la Iglesia?
Por Javier Navascués
2 comentarios
Más bien da la impresión de que algo tuvo que ver aquella reforma litúrgica que introdujo las lenguas vernáculas, junto con el pequeño detalle de pasar de una participación en la Misa donde un porcentaje nada desdeñable de fieles se limitaba a no entender gran cosa —y, en consecuencia, a refugiarse en novenas o rosarios paralelos— a una participación más consciente, activa y, por qué no decirlo, también más fecunda. Como si comprender llevase, de forma casi escandalosamente lógica, a amar más; y como si amar más condujese, inevitablemente, a buscar la presencia real con mayor intensidad.
Y así, sin hacer demasiado ruido (o quizá haciéndolo, pero del bueno), fue creciendo ese amor por Jesús sacramentado hasta materializarse en algo tan poco sospechoso como setenta y siete lugares donde adorarlo día y noche.
Por si alguien sigue pensando que esto son coincidencias encadenadas o casualidades sin argumento —que siempre los hay—, conviene repetir el dato, no sea que se nos haya pasado por alto: la primera de estas capillas abrió en Cancelada, al lado de Marbella, en el año 2004.
A partir de ahí, lo demás… bueno, lo demás parece que se explica casi solo.
Lo interesante —y aquí ya no hablo de oídas, sino de experiencia propia— es que quien suscribe fue adorador tanto en Marbella (que tambien hay otra capilla) como en Cancelada. Y lejos de encontrar un reducto nostálgico o residual, lo que abundaba era más bien lo contrario: gente joven, devota, fervorosa… de esa que, según ciertos pronósticos, parecía destinada a desaparecer o, como mínimo, a diluirse en la irrelevancia.
“No se puede amar lo que no se conoce.”
(Non potest amari quod ignoratur)
“Conozca para amar, y ame para conocer.”
(Cognoscere ut ames, amare ut cognoscas)
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