Ignacio Fernández Candela: “Dios no es un refugio para evitar la realidad, sino el apoyo para afrontarla”

Ignacio Fernández Candela es escritor, ensayista, pintor, articulista, orador y analista sociopolítico con décadas de trayectoria. Autor de más de una decena de libros, miles de artículos y una extensa obra pictórica, su vida se ha forjado en la experiencia directa, la reflexión crítica y una profunda dimensión de justicia terrena y espiritual que consolida toda su obra. Su recorrido no responde a una trayectoria convencional, sino a una evolución sostenida en la que pensamiento, vivencia y expresión se entrelazan de forma inseparable.

Ignacio, ¿cuándo empieza realmente su vocación?

Empieza antes de que pudiera explicarla. No nace de una decisión literaria, sino de una necesidad interior. Hay momentos en los que uno percibe que la realidad no encaja con el relato dominante, y esa tensión necesita expresarse. La escritura, en mi caso, surge como una exigencia de conciencia.

Con el tiempo uno comprende que no escribe porque quiere, sino porque no puede dejar de hacerlo. Porque hay algo que empuja desde dentro y que, si no se expresa, termina por desordenar incluso la propia percepción de la realidad.

En su trayectoria hay muchas facetas: escritor, ensayista, pintor, articulista… ¿qué las une?

Las une una misma mirada. No son disciplinas separadas, sino distintos lenguajes para expresar una misma inquietud. La pintura, por ejemplo, no es una evasión, es otra forma de decir lo que no siempre se puede formular con palabras. El ensayo intenta ordenar, la narrativa explora, el artículo reacciona… pero todo responde a una misma raíz.

Al final, uno no cambia de registro: cambia de herramienta. Pero la mirada es la misma. Y eso es lo que da coherencia a todo el recorrido.

Además de su obra propia, ha desarrollado una actividad constante como presentador y crítico literario. ¿Cómo vive esa faceta?

Es una prolongación natural de lo mismo. A lo largo de los años he presentado mis propios libros, pero también los de otros autores, y ahí ocurre algo interesante: uno deja de estar en su propio discurso para entrar en el universo de otro.

No me ha interesado nunca hacer una crítica en el sentido convencional. Más que juzgar una obra, intento comprenderla. Y, en la medida de lo posible, comprender también a quien la ha escrito.

Quizá por eso, con el tiempo, se ha ido generando cierta percepción —no buscada— de que mis reseñas no se quedan en la superficie del texto, sino que tratan de ir más allá, de acercarse a lo que podríamos llamar el núcleo creativo del autor.

No siempre es fácil, porque implica una forma de lectura más exigente, más atenta, pero también más honesta. En el fondo, tanto al escribir como al leer a otros, lo que me interesa no es la apariencia, sino aquello que hay detrás.

También ha participado en numerosos debates sobre la situación de España y del mundo. ¿Cómo entiende esa dimensión de su trayectoria?

Ha sido una constante a lo largo del tiempo. He participado en numerosos debates donde no se trataba solo de analizar la actualidad inmediata, sino de situarla en un contexto más amplio, histórico y también espiritual. Porque lo que ocurre en una sociedad no es solo político o económico: responde a un estado de conciencia.

España, como otros países, ha atravesado momentos de evolución, de afirmación, pero también de pérdida de referencias. Y en ese movimiento, a veces de avance y otras de clara involución, se van generando nuevas etapas que no siempre se comprenden en el momento en que se viven.

Lo que me ha interesado siempre es intentar leer esos procesos más allá de lo superficial. No quedarme en el hecho, sino tratar de entender qué lo sostiene y hacia dónde apunta. Porque, en el fondo, las sociedades no solo cambian por decisiones externas, sino por transformaciones más profundas que tienen que ver con la conciencia, con la verdad y con la capacidad de reconocerla.

¿Se puede escribir sin haber vivido?

Se puede escribir, pero no se puede decir verdad. La diferencia entre quien escribe desde fuera y quien escribe desde dentro es enorme. La experiencia no garantiza lucidez, pero sí te obliga a confrontarte con la realidad sin filtros.

En mi caso, muchas de las cosas que he escrito no habrían sido posibles sin haberlas vivido antes. Y eso marca una diferencia que el lector percibe como la emoción inspirada.

¿Qué papel ha tenido Dios en su vida?

Dios en mi vida ha sido primero y siempre. No como una idea aprendida ni como una formulación teórica, sino como una presencia que se va revelando en el tiempo, muchas veces en los momentos en los que todo lo demás deja de sostenerse.

Hay etapas en la vida en las que uno puede apoyarse en certezas externas: proyectos, relaciones, expectativas, incluso en la propia capacidad de construir. Pero llega un momento —y en mi caso ha ocurrido más de una vez— en el que esas estructuras se resquebrajan. Y ahí es donde se ve con claridad qué permanece y qué no.

Yo he vivido experiencias donde la lógica humana no alcanza para explicar lo que sucede. Situaciones de pérdida, de ruptura, de incomprensión, de lucha sostenida en el tiempo. Y en medio de todo eso, hay algo que no desaparece. No es algo que uno construya, ni algo que dependa de su voluntad. Está ahí. No hablo de una fe cómoda. Hablo de una fe que se pone a prueba precisamente cuando no hay consuelo inmediato, cuando las respuestas no llegan, cuando incluso la justicia humana parece ausente o incompleta.

En esos momentos es donde uno descubre si lo que cree es una idea o una realidad. Y en mi caso, siempre ha sido una realidad. Hay una experiencia que lo resume bien. Después de reencontrarme con mi mujer tras casi treinta años, de casarnos y empezar una nueva etapa, la muerte de mi padre a los pocos meses, seguida casi inmediatamente por la de alguien tan cercano como Enrique Vargas, en el contexto de un confinamiento que impedía incluso el gesto más básico de despedida… eso no se puede encajar desde una lógica ordinaria.

Enterrar a un padre sin poder velarlo, sin poder acompañarlo como corresponde, sin poder siquiera llevarle flores… eso te coloca en un lugar donde las palabras ya no sirven. Y sin embargo, en ese lugar, no hay vacío absoluto. Hay presencia.

No como consuelo superficial, sino como algo más profundo: una certeza difícil de explicar, pero imposible de negar. A lo largo de mi vida también he estado en situaciones donde la confrontación, la injusticia o la incomprensión han sido evidentes. Y en esos momentos, la tentación de responder desde el mismo plano es grande. Pero hay algo que te obliga a mirar más allá.

Para mí, esa referencia ha sido siempre Dios. No como un argumento, sino como un punto de apoyo que no depende de las circunstancias.

Eso no significa que uno entienda todo. Muchas veces no entiende nada. Pero sí sabe que hay un orden que no se agota en lo visible, y una verdad que no depende del reconocimiento inmediato.

Y eso cambia la forma de vivir, de escribir y de posicionarse. Porque cuando uno tiene esa referencia, ya no puede conformarse con lo aparente. Ni en la vida personal, ni en el ámbito público. Hay una exigencia interior que no permite mirar hacia otro lado.

En ese sentido, todo lo que he hecho —la escritura, la pintura, incluso las controversias— no nace de una voluntad de protagonismo, sino de esa necesidad de coherencia entre lo que uno percibe como verdad y lo que está dispuesto a sostener. Dios no ha sido para mí un refugio para evitar la realidad, sino precisamente lo contrario: el punto desde el cual no se puede evitar y el apoyo para afrontarla.

Y por eso digo que ha sido primero y siempre.

Porque cuando todo lo demás cae, lo único que no desaparece es aquello que no depende de uno mismo. Y en mi caso, eso ha sido —y sigue siendo— la presencia de Dios.

¿Cómo influye esa dimensión espiritual en su obra?

No como un discurso explícito, sino como un fundamento.

No escribo “sobre Dios”, pero escribo desde una conciencia que está atravesada por esta Presencia primera. Eso cambia la forma de mirar, de juzgar, de interpretar.

También introduce un elemento importante: la responsabilidad. Porque cuando uno es consciente de que hay Verdad, ya no puede refugiarse en el relativismo.

¿Qué está ocurriendo hoy con la verdad en la sociedad?

Vivimos un momento en el que el relato ha sustituido a la verdad en muchos ámbitos.

No es que la verdad haya desaparecido, es que ha sido desplazada. Y eso tiene consecuencias muy profundas, porque cuando la verdad deja de ser el referente, todo se vuelve manipulable.

El problema no es solo informativo, es moral.

Has tenido una etapa como propietario y editor en ÑTV España. ¿Qué le enseñó esa experiencia?

Me enseñó algo que no siempre se ve desde fuera: cómo funcionan realmente los medios digitales.

Hay una diferencia entre lo que se proyecta y lo que sostiene esa proyección. Y esa diferencia es clave. Más allá de lo visible, hay estructuras, decisiones, dinámicas que condicionan completamente el resultado.

Ha sido una experiencia que, sin duda, ha aportado comprensión.

Ha escrito miles de artículos posicionados en Google que son referentes permanentes de la realidad sociopolítica y varios libros. ¿Qué hilo une toda su obra?

La búsqueda de coherencia.

No en un sentido teórico, sino vital. Intentar que lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno vive no estén completamente separados.

Es un camino difícil, porque implica confrontarse constantemente con uno mismo y con la realidad que no responde a criterios de valores elementales ante la que hay que plantar batalla de conciencia.

¿Cuál fue el origen de su primer libro y qué le llevó a escribirlo?

Mi primer libro nace de una experiencia directa que me obligó a posicionarme.

La afilada navaja de Ockham no surge como un ejercicio literario, sino como una respuesta a una situación concreta en la que viví lo que entendí como un abuso de autoridad en el ámbito policial. A partir de un error que derivó en una acusación injusta, me vi en la necesidad de defender algo que considero esencial: los derechos del ciudadano honrado.

Aquella experiencia no la viví desde el resentimiento, sino desde la responsabilidad. Por eso el libro no es un ataque, sino también una llamada a la conciencia. De hecho, lo dediqué a las Fuerzas de Seguridad del Estado, precisamente porque soy plenamente consciente de la enorme responsabilidad —no solo profesional, sino también humana y espiritual— que recae sobre quienes ejercen esa función.

Existen grandes profesionales que entienden ese compromiso con integridad. Pero también es cierto que, cuando se producen desviaciones o abusos, las consecuencias pueden ser devastadoras para personas completamente inocentes.

En mi caso, aquello fue un punto de inflexión. No solo por lo que tuve que afrontar, sino porque me llevó a comprender que hay situaciones en las que uno no puede permanecer en silencio.

También ha abordado cuestiones de gran calado político.

Sí. Uno de los trabajos más significativos en ese sentido fue mi ensayo sobre el 11-M, que escribí en 2010. En él intento analizar lo que considero un punto de inflexión en la evolución social y política de España.

No solo por los hechos en sí, sino por las consecuencias que se han proyectado en el tiempo. Desde mi perspectiva, aquel acontecimiento marcó una desestructuración cuyos efectos, de una u otra forma, siguen presentes.

Ese trabajo responde a la misma necesidad que atraviesa toda mi obra: no quedarme en la superficie del acontecimiento, sino tratar de comprender su alcance real.

Usted ha estado cerca de figuras muy relevantes en momentos complejos e históricos. ¿Qué ha supuesto esa experiencia en su trayectoria?

Ha supuesto, sobre todo, una inmersión directa en una realidad que rara vez se comprende desde fuera.

Tuve la responsabilidad de desempeñar funciones como portavoz y director de comunicación junto a José María Ruiz-Mateos, en una etapa especialmente compleja. Aquello no fue solo una experiencia profesional, sino también humana.

Conviví con una situación marcada por procedimientos judiciales, decisiones institucionales y una enorme controversia pública. Con el paso del tiempo, se produjeron resoluciones que matizaron profundamente el relato inicial, y sin embargo muchas de sus consecuencias quedaron abiertas durante años.

Estar ahí, en ese contexto, te obliga a ver las cosas de otra manera. No desde la distancia, sino desde dentro. Y eso cambia completamente la percepción de conceptos como justicia, responsabilidad o verdad.

Recuerdo también los años posteriores, el proceso vinculado a Nueva Rumasa, el contacto con abogados, con representantes de inversores, el esfuerzo por que determinadas cuestiones pudieran aclararse en sede judicial. Son etapas largas, complejas, donde uno entiende que la realidad rara vez es simple.

Más allá de cualquier interpretación, lo que sí puedo decir es que aquella experiencia me dejó una huella profunda. No solo por lo vivido, sino por la relación personal que se genera en ese tipo de circunstancias. Hay vínculos que nacen en momentos difíciles y que ya no se disuelven.

Y, en mi caso, todo eso forma parte de una trayectoria que no se ha construido desde la comodidad, sino desde la implicación directa en procesos complejos.

¿Hasta qué punto asumió usted un compromiso personal tras esa etapa? Recuerdo haberle entrevistado antes de conseguir su objetivo cumplido, del que ya anunció firmemente la intención de conseguirlo.

Hubo una continuidad. No entendí que todo terminara ahí. Me impliqué en la defensa de los intereses de inversores afectados en el proceso de Nueva Rumasa, en contacto con abogados y representantes, con el objetivo de que se celebrara el correspondiente juicio y se pudieran esclarecer responsabilidades.

Era, ante todo, una cuestión de justicia. En paralelo, las circunstancias vividas en años posteriores me llevaron a la necesidad de dar voz a muchas situaciones no atendidas.

En ese contexto se inscribe también la adquisición de ÑTV España, entendida como una herramienta orientada a la búsqueda de verdad y de justicia. Todo responde a una misma idea de coherencia.

Su trayectoria es amplia y muy diversa. ¿Cómo definiría su recorrido en conjunto?

Nunca lo he entendido como una suma de actividades, sino como distintas formas de expresar una misma inquietud.

He escrito más de una decena de libros, miles de artículos a lo largo de décadas, y en paralelo he desarrollado una trayectoria pictórica con más de quinientas obras y medio centenar de exposiciones, tanto individuales como colectivas. Es una faceta que ha ido creciendo de forma constante y que, con el tiempo, ha encontrado también su espacio en circuitos internacionales.

Pero más allá de los números, lo que me interesa es la coherencia entre todo ello. No son compartimentos estancos: la escritura, la pintura, el análisis… responden a una misma necesidad de interpretar la realidad.

Usted ha protagonizado algunas controversias relevantes a lo largo de su trayectoria. ¿Hubo alguna especialmente significativa?

Sí, hubo una etapa que, con el tiempo, ha adquirido un significado especial para mí.

Durante años mantuve una controversia pública con Luis María Ansón a raíz de mi salida de El Imparcial, en unas circunstancias que yo viví como profundamente injustas. Aquello no se quedó en un episodio puntual, sino que dio lugar a una respuesta sostenida en el tiempo.

Decidí entonces plantear esa situación en el espacio público, no desde la descalificación, sino desde una reivindicación de coherencia. Y ocurrió algo que no era previsible: un blog que prácticamente surgió desde la nada llegó a alcanzar más de cinco millones de visitas, situándose en los buscadores inmediatamente por debajo de las referencias al propio medio.

Más allá de lo cuantitativo, lo relevante fue el sentido de esa experiencia. No se trataba de una confrontación personal, sino de algo más profundo: la convicción de que quienes ocupan posiciones de referencia social deben responder no solo con palabras, sino con actos.

Aquella etapa fue, en cierto modo, una forma de poner a prueba ese principio. Y también de entender que, en el ámbito digital, la coherencia puede encontrar su propio espacio, incluso frente a estructuras más consolidadas.

No lo viví como una victoria ni como una derrota, sino como una experiencia que reafirmó una idea: que la justicia, cuando se entiende como exigencia interior, no depende del tamaño del interlocutor.

Actualmente mi empeño es desenmascarar a quien en sin público ejerce la más feroz hipocresía con apariencia falaz de adalid del reino de España. Lo dicta la conciencia y un profundo afán de justicia.

Ha hablado de la importancia de Dios en su vida. ¿Qué papel han tenido las personas cercanas en ese camino?

Un papel decisivo. Porque, al final, Dios también se manifiesta a través de las personas que pone en tu camino. Y en ese sentido, mi mujer ha sido, sin duda, una de las presencias más importantes en mi vida.

No solo por nuestra historia —que ya de por sí es singular— sino por lo que representa. Es una psicoterapeuta extraordinaria, con un conocimiento profundo de la mente humana, de la hipnoterapia y de los procesos interiores, pero lo verdaderamente relevante en ella no es solo su formación, sino el alma que pone en todo lo que hace.

He visto cómo ha ayudado a muchas personas a salir de situaciones muy difíciles, a despertar, a reconstruirse. Y eso no se logra solo con técnica. Se logra con una entrega que va más allá de lo profesional.

En ese sentido, muchas veces he pensado que es, literalmente, un ángel en la vida de otros. Y también en la mía.

Porque más allá de su labor, ha sido un apoyo constante, alguien que no solo ha estado, sino que me ha ayudado a evolucionar, a ver cosas que uno solo no siempre alcanza a comprender.

Nuestra historia, además, tiene algo que la hace aún más significativa. Después de no vernos durante casi treinta años, la vida nos vuelve a cruzar, retomamos el vínculo, nos casamos… y, a pesar de todo lo que vino después —momentos muy duros, pérdidas, circunstancias extremas—, ahí sigue.

Eso te hace entender el valor real del amor. No como emoción pasajera, sino como permanencia, como decisión, como acompañamiento incluso en las etapas más difíciles.

Y junto a ella, también hay personas que han sido especialmente importantes en ese camino, como Sonia y Óscar. Amistades que no aparecen por casualidad, sino en momentos concretos, cuando uno necesita entender algo más profundo.

Son esas personas que Dios pone en tu vida en determinados momentos para que tomes conciencia de algo esencial: del valor de la amistad, del apoyo sincero, de la lealtad sin condiciones.

Con el tiempo, uno comprende que incluso las experiencias más duras —las pérdidas, el sacrificio, las situaciones límite— pueden transformarse en algo distinto si hay un sentido, si hay una evolución interior.

Y en ese proceso, no caminas solo.

En mi caso, siempre ha estado esa doble presencia: la de Dios, como fundamento, y la de las personas que Él ha puesto en mi camino.

Y entre ellas, mi mujer ocupa un lugar central. Porque ha sido, y sigue siendo, alguien que no solo acompaña, sino que eleva.

¿Hay alguna experiencia especialmente significativa que haya marcado su vida y su forma de escribir?

Sí, hay una que durante mucho tiempo no he contado, y que probablemente explica muchas cosas.

Mi mujer y yo fuimos novios siendo muy jóvenes. Estuvimos juntos casi cinco años. En aquella etapa yo monté una tienda de motos con mi hermano Javier junto a una de las peleterías de Enrique Vargas, el Príncipe Gitano. Era otra vida, otro tiempo.

Después nos separamos. Y no por poco tiempo: casi treinta años.

La vida siguió, cada uno por su lado, hasta que en 2018 volvimos a encontrarnos. Y ahí ocurre algo que uno no puede prever ni explicar del todo: retomamos la relación, nos casamos… y apenas tres meses después murió mi padre, ser de mi ser.

Y prácticamente al mismo tiempo, con menos de un mes de diferencia, murió también Enrique.

Todo eso sucedió en el contexto de los confinamientos. Es decir, no solo fue la pérdida, sino la forma en que se produjo: sin velatorios, sin despedida, sin la posibilidad siquiera de acompañar a los tuyos como corresponde.

Enterrar a un padre en soledad, sin poder velarlo, sin poder llevarle flores… eso deja una huella difícil de describir. Cuando uno vive algo así, entiende que hay experiencias que no son solo biográficas, sino que te atraviesan por completo. Y, en mi caso, inevitablemente, acaban apareciendo en la forma de mirar, de escribir y de entender la vida.

¿Cómo conecta todo esto con su trayectoria global?

De forma natural. La experiencia personal, la obra literaria, el análisis político, la pintura… todo forma parte de un mismo proceso. No son compartimentos separados.

Cada experiencia, incluso las más difíciles, ha sido también una forma de evolución. No solo humana, sino espiritual. Y esa evolución es la que, de una manera u otra, termina expresándose: a través de la palabra, del pensamiento o de la creación artística.

¿En qué momento vital se encuentra ahora?

En un momento de síntesis. Después de muchos años, uno empieza a ver las cosas con más perspectiva. No porque tenga todas las respuestas, sino porque entiende mejor las preguntas.

Y también en un momento de continuidad. Porque, en el fondo, todo lo vivido no termina, se transforma siempre con Dios como norte y razón absoluta de mi existencia.

Por Javier Navascués

Todavía no hay comentarios

Dejar un comentario



No se aceptan los comentarios ajenos al tema, sin sentido, repetidos o que contengan publicidad o spam. Tampoco comentarios insultantes, blasfemos o que inciten a la violencia, discriminación o a cualesquiera otros actos contrarios a la legislación española, así como aquéllos que contengan ataques o insultos a los otros comentaristas, a los bloggers o al Director.

Los comentarios no reflejan la opinión de InfoCatólica, sino la de los comentaristas. InfoCatólica se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere que no se ajusten a estas normas.