Javier Alonso cuenta en un libro cómo salió de la pornografía y cómo ayuda a salir a otros

Javier Alonso, psicólogo y economista, es formador en habilidades interpersonales para empresas desde 2012. Ayuda a profesionales y equipos a comunicar con impacto, liderar con sentido y afrontar conversaciones difíciles. Su enfoque combina exigencia, cercanía y una metodología práctica que transforma la forma de trabajar de las personas.
Es padre de familia. Durante años trabajó en Google y fue el primer empleado de YouTube en España. En su libro Más allá del laberinto cuenta no solo cómo salió de la pornografía, sino cómo entendió qué había detrás, psicólogo y economista, es formador en habilidades interpersonales para empresas desde 2012. Ayuda a profesionales y equipos a comunicar con impacto, liderar con sentido y afrontar conversaciones difíciles. Su enfoque combina exigencia, cercanía y una metodología práctica que transforma la forma de trabajar de las personas.
¿Cuándo y en qué circunstancias empezó a caer en la pornografía?
Como más del 80% de los hombres de mi edad -tengo 48 años-: más allá de las travesuras de un niño o de un adolescente en el mundo sin internet, empecé a coquetear con la pornografía a partir de 2006, con la venida del internet de alta velocidad, que se tradujo en facilidad extrema de compartición de vídeos online.
¿Hasta que punto no era consciente de la gravedad del problema y lo veía como algo normal?
Durante unos años lo vi como algo normal. Pensaba: “esto lo hace todo el mundo", “no pasa nada", “es incluso sano". Había mensajes sociales, incluso desde ámbitos supuestamente expertos, que lo normalizaban bastante.
Con el tiempo empezó a aparecer una contradicción interna muy fuerte. Por fuera lo normalizaba, pero por dentro algo no encajaba. Después de consumir, muchas veces me sentía vacío. Esa disonancia fue clave. Porque cuando algo es realmente normal, no te chirría en tu interior.
¿Cuándo se dio cuenta de que era un asunto serio y comenzó a tratarse con un profesional de la psicología?
Mi consumo era situacional, no era una adicción incontrolable. Podía pasar semanas sin consumir.
Fui a un profesional porque soy una persona con estándares altos para su vida, y sentía que eso no estaba alineado con cómo quería vivir ni con cómo quería amar a mi mujer. Yo quería amarla sin barreras y sin secretos oscuros.
De hecho, estoy bastante convencido de que, si no hubiera tenido ese conflicto interno, hoy seguiría consumiendo en mi intimidad, sin que nadie lo supiera. No lo habría dejado, ni habría publicado este libro. Sería “mi secreto". Como le pasa a millones de hombres.
¿Por qué el conocer lo que pasaba y sus heridas sería luego clave para salir de ahí?
Porque si no entiendes el origen, solo luchas contra el síntoma. En mi caso, había muchas capas: inseguridad, necesidad de aprobación, una cierta desconexión emocional en momentos concretos…
La pornografía cumplía una función. Me calmaba, me distraía, me daba una sensación momentánea de anestesia. Cuando empiezas a ver eso, dejas de pelearte solo con el hábito y empiezas a entender qué necesidad está intentando cubrir. Y ahí es donde empieza la verdadera salida.
Pero, fue Dios el que realmente le sanó. ¿Cómo fue la experiencia?
Todo cambió con un evento que me impactó mucho: la oración de un ateo.
Un amigo, Raúl Eguía, que no creía en Dios, rezó de verdad… y tuvo una experiencia que le cambió completamente. Se convirtió de forma muy directa. Eso lo cuento bien en el libro. Yo le imité, pronuncié una oración similar. Y ahí se juntaron tres cosas muy claras: el deseo real de liberarme, la convicción de que Dios podía hacerlo… y una rendición total.
A partir de ahí, la magia se produjo.
¿Por qué, una vez sanado, ha seguido investigando en el tema para ayudar a otras personas a salir de la pornografía?
Porque me di cuenta de que no era un caso aislado. Hay muchísima gente viviendo esto en silencio, con vergüenza, pensando que es un problema solo suyo.
Y también porque vi que muchas aproximaciones eran limitadas: o muy moralistas, o muy emocionales, o muy técnicas. Yo quería aportar algo más completo: integrar lo psicológico, lo humano y lo espiritual. No desde una superioridad, sino desde alguien que ha estado ahí. Desde la sinceridad radical.
Y todavía sigo en camino, aprendiendo y preocupándome sobre cómo puedo ayudar más.
¿Por qué es un problema tan frecuente hoy en día?
Porque se dan todos los factores a la vez.
Acceso ilimitado, instantáneo, libre, anónimo, gratuito … y además una sociedad que muchas veces no sabe muy bien qué hacer con el vacío interior. Un ser humano que tiende a la soledad con la tecnología. Una sociedad puramente nihilista.
La pornografía es una respuesta rápida a ese vacío. No lo soluciona, pero lo tapa durante un rato.
Y eso engancha.
¿Por qué más allá de un problema moral es algo todavía mucho más profundo que destroza a la persona?
Porque toca dimensiones muy profundas de la persona: la identidad, la autoestima, la forma de relacionarse.
Y toca tu órgano corporal más sofisticado: el cerebro. No es solo “hacer algo mal". La pornografía cortocircuita tu sistema de recompensa muy rápidamente. Instala un virus informático en tu cerebro, de tal modo que la plena libertad quedar coartada. La parte del cerebro que toma decisiones e inhibe ciertos comportamientos -la corteza prefrontal-, está ligeramente adelgazada en consumidores de pornografía. Ello te impulsa a repetir el comportamiento enseguida.
¿Cómo las personas que caen en este vicio pueden dejarlo para siempre?
Para mí, la clave no es solo dejarlo, sino entenderlo.
Si solo intentas “dejarlo", muchas veces vuelves. Si entiendes qué hay detrás, empiezas a transformarlo.
A partir de aquí recomiendo siete cosas:
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Desarrollar el deseo por querer dejarlo. Me explico: en una escala del 0 al 10 , diez siendo un deseo perfecto de dejarlo, y 0, un deseo perfecto de no querer dejarlo, debería de ser un 10. Si no lo es, desarrolla dicho deseo. ¿lo haces por ti, por tu pareja, por tu fe? ¿Por qué lo quieres dejar?
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Entender tu historia: enfrentarte a tus heridas, sombras y ángulos de tu vida que te resultan incómodos.
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No vivirlo solo: hablarlo con pareja, amigos, etc. Sería ideal buscarse un mentor para hacer seguimiento.
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Luchar contra el perro de pavlov que llevamos dentro: modificar hábitos (deporte, etc.), diseño del entorno (móvil fuera de la habitación, etc.), ponerse bloqueadores en la tecnología (navegadores, etc.)
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Psicologizar la oración: “Señor ¿Qué heridas me quieres mostrar que todavía no veo?” “¿Qué quieres que aprenda?” “¿Qué me lleva a hacer esto?”
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Sacar a Dios de la caja: pide por lo extraordinario. Jesús, además de salvador, es sanador.
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Ayudar a gente de manera consciente para salir de ti mismo
Y ser paciente pero tenaz.
¿Por qué tener una vida espiritual fuerte y un sentido vital es un gran antídoto contra la pornografía?
Porque la espiritualidad, bien vivida, no es una norma. Es una relación. Y cuando esa relación es real, te cuida y te ordena por dentro.
Y cuando tu vida tiene sentido, necesitas menos escapes. Cuando sabes quién eres, hacia dónde vas, y te sientes conectado con algo más grande, la necesidad de llenar vacíos con sustitutos baja muchísimo.
Por Javier Navascués
6 comentarios
No sólo sirve para el tema de la adicción sexual, sino para otros desórdenes o incluso actitudes reiteradas de pecado (pienso en cosas como la ira, la vanidad, apegos exagerados, desesperanzas, etc...)
En fin, yo lo recomiendo.
No voy a recomendar mi propio libro —creo que no me corresponde hacerlo aquí—, pero sí me gustaría añadir algo que está muy en el fondo de por qué lo escribí.
Con el tiempo me he dado cuenta de que muchos creyentes viven como dentro de un laberinto. Son buenas personas, comprometidas, generosas, implicadas en la caridad, en su familia, en la Iglesia… y, aun así, llevan dentro una lucha silenciosa, un hábito del que no consiguen salir.
Y eso desconcierta. Porque por fuera todo parece estar bien, pero por dentro hay algo que no termina de encajar. A veces aparece la culpa, otras veces el desánimo, y muchas veces la sensación de estar dando vueltas siempre en el mismo sitio.
Por eso el libro no nace para señalar ni para dar lecciones, sino para ofrecer esperanza. Para decir: no estás solo, no eres el único, y no estás condenado a vivir así. Hay un camino, incluso cuando parece que no lo hay.
Gracias de nuevo por leerlo y por compartirlo con tanto cariño.
Quería proponer que me parece que hay dos cosas diferentes: una es tener un remordimiento por algo que hacemos mal ("lucha silenciosa, un hábito del que no consiguen salir"), y otra es "por dentro hay algo que no termina de encajar". Sin que sirva como excusa para establecernos en el pecado, esto segundo me parece que es inherente a nuestra condición caída, porque somos pecadores, pecamos al menos 7 veces al día y muchos pecados "ni los olemos", de tan acostumbrados que estamos a ellos, pero sabemos que "algo falta" (bendita sea esta insinuación de nuestro ángel de la guarda, que nos recuerda que todavía no somos santísimos).
Siempre que puedo, comparto esta oración. Espero en Dios que le sea de ayuda como me ha sido a mí en los momentos más difíciles:
Dios, Padre Todopoderoso, líbrame de las ataduras de la lujuria, del aguijón del deseo y de los apetitos de la carne que me seducen y arrastran al pecado.
Enséñame a desear y a buscar las cosas que provienen de Ti, siguiendo el ejemplo de todos tus santos.
Concédeme la fuerza para combatir las tentaciones y la templanza para dominarme a mí mismo, superando así y siempre auxiliado por Tu Gracia, la prueba de mi propia concupiscencia.
Que sea capaz de poseer mi cuerpo con santidad y honor, no siendo subyugado por las pasiones porque Tú, Señor, nos has llamado ser santos y nos has liberado de la esclavitud del pecado.
Ayúdame, Padre celestial, a alcanzar la corona de vida que has prometido a todos aquellos que perseveren hasta el final.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Seamos serios, por favor. Estos consejos son buenos para dejar de fumar, pero no para algo tan grave y serio como la pornografía. Demasiado mundanos los consejos estos. Y ojo, que el libro es sincero y este hombre se expone al contar su caso, probablemente pensando en sus hijos y en otros jóvenes a los cuales les puede pasar lo que a él le pasó, lo cual tiene su mérito y muestra un sincero deseo de ayudar a los demás.
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